Soumaya Ghannoushi, Middle East Eye, 26 febrero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Soumaya Ghannoushi es una escritora británica de origen tunecino experta en la política de Oriente Medio. Sus trabajos periodísticos han aparecido en The Guardian, The Independent, Corriere della Sera, Aljazeera.net y Al Quds. Puede encontrarse una selección de sus escritos en: soumayaghannoushi.com y en X: @SMGhannoushi
Cuando Tucker Carlson entrevistó recientemente al embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, su diálogo hizo algo más que poner de manifiesto diferencias políticas al revelar algo más trascendental: no sólo a un embajador que tergiversaba la historia, sino una visión del lugar que ocupa Israel en Oriente Medio y del papel de Washington a la hora de hacerlo posible.
Rápidamente se hizo evidente un determinado patrón. Al enfrentarse a hechos históricos incómodos o a complejidades legales, Huckabee se mostraba dubitativo. Pero cuando repetía las conocidas posiciones el Gobierno israelí, su confianza era inquebrantable. La precisión sólo desaparecía cuando la narrativa se complicaba.
Consideremos su afirmación de que los cristianos «prosperan» en Tierra Santa. Citó que había 34.000 cristianos en Israel en 1948 y 184.000 en la actualidad, cifras que pretendían sugerir un crecimiento y protección constantes.
Pero las cifras sin contexto implican frecuentemente una distorsión. En diciembre de 1946, las Naciones Unidas estimaron que había aproximadamente 145.000 cristianos en Palestina, que representaban alrededor del 8% de la población total del país.
Durante la Nakba de 1948, las milicias judías expulsaron o ahuyentaron a cientos de miles de palestinos, entre ellos unos 90.000 cristianos. Sólo unos 39.000 permanecieron en sus hogares dentro de las fronteras de 1948, el núcleo de la actual minoría cristiana palestina dentro de Israel.
La trayectoria demográfica de Jerusalén es igualmente penosa. Los cristianos constituían alrededor del 20% de la población de la ciudad en 1946. Desde entonces, su número ha disminuido significativamente; en 2006, representaban aproximadamente el 2% de la población de la ciudad, según los datos demográficos publicados por el Instituto de Investigación Política de Jerusalén.
Describir esto como «próspero» oculta la posición cada vez más precaria de los cristianos palestinos dentro de un Estado que se define a sí mismo en términos explícitamente judíos y en el que las corrientes ultranacionalistas se han vuelto cada vez más asertivas.
Momentos decisivos
La evasiva se extendió más allá de la demografía. Huckabee afirmó que Gran Bretaña controlaba Palestina en el momento de la Declaración Balfour de 1917. No era así. La declaración precedió al sistema de mandatos y no tenía fuerza vinculante en el derecho internacional; era una promesa imperial, no un instrumento jurídico.
Además, dio a entender que los árabes iniciaron la Guerra de Suez de 1956. Los registros son inequívocos: Israel invadió Egipto en coordinación con Gran Bretaña y Francia. El expresidente estadounidense Dwight D. Eisenhower se opuso públicamente a la invasión y obligó a su retirada, lo que contribuyó a la dimisión de su homólogo británico, Anthony Eden.
En 1982, durante la invasión israelí del Líbano y el bombardeo de Beirut, el expresidente estadounidense Ronald Reagan utilizó deliberadamente la palabra «holocausto» en una llamada con el líder israelí Menachem Begin, advirtiendo que el ataque ponía en peligro el futuro de las relaciones entre Washington y Tel Aviv.
No se trata de detalles marginales. Son momentos decisivos en la política exterior estadounidense. Tergiversarlos no sólo oscurece la historia, sino que reescribe la memoria política.
Fue igualmente sorprendente ver a Huckabee citar cifras del Ministerio de Salud de Gaza —cifras que él mismo cuestiona en otros contextos— para argumentar que el número de víctimas civiles allí es el más bajo en la guerra urbana moderna, y que Israel ha hecho más que nadie, incluso que el ejército estadounidense, para evitar víctimas civiles.
Los datos cuantificables complican esa afirmación. A principios del año pasado, Israel había lanzado sobre Gaza aproximadamente 275 toneladas de explosivos por kilómetro cuadrado. En comparación, Estados Unidos lanzó aproximadamente 15 toneladas por kilómetro cuadrado en Vietnam. La densidad en Gaza superó a la de Vietnam en una proporción de 1 a 18, incluso antes de los meses posteriores de operaciones continuadas.
Un experto en asuntos internacionales de la Universidad de Bradford describió la destrucción como «equivalente a seis Hiroshimas» y «sin parangón en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial».
El observador independiente Airwars informó de que, en los primeros 25 días del ataque de Israel contra Gaza, habían muerto aproximadamente cuatro veces más civiles que en el mes más mortífero registrado durante la campaña liderada por Estados Unidos en Iraq en 2017.
Cuando un embajador estadounidense describe al ejército israelí como más moderado y humano que el ejército del país al que ha jurado representar, la cuestión deja de ser estadística y se convierte en política.
«No pasaría nada si se lo quedaran todo»
Cuando se le presionó sobre si la geografía bíblica implicaba soberanía más allá de las fronteras actuales de Israel, Huckabee respondió: «No pasaría nada si se lo quedaran todo».
Esa frase no es casual. Resume una visión del mundo. Bajo su invocación selectiva del derecho internacional se esconde el sionismo cristiano: la creencia de que la legitimidad de Israel no se basa en la soberanía negociada o en las normas jurídicas contemporáneas, sino en el pacto bíblico.
Algunas interpretaciones prevén fronteras que se extenderían desde el Nilo hasta el Éufrates, abarcando territorios en el Líbano, Siria, Jordania, Egipto, Iraq y Arabia Saudí, países que en conjunto albergan a cientos de millones de personas.
Esto ya no es una teología marginal. Cada vez se entrecruza más con el poder político.
Los líderes israelíes modernos proceden en gran medida de comunidades de inmigrantes europeos. El padre de Benjamin Netanyahu, el primer ministro que más tiempo ha permanecido en el cargo en Israel, nació en la capital polaca, Varsovia, y cambió su apellido de Mileikowsky a Netanyahu tras emigrar a Palestina.
De hecho, el idioma oficial del Primer Congreso Sionista, celebrado en Basilea en 1897, fue el alemán, no el hebreo; un detalle revelador sobre los orígenes europeos del movimiento político que más tarde reclamaría exclusividad indígena.
Al igual que muchos movimientos nacionales colonizadores, el sionismo se basó en un vínculo civilizatorio mítico para legitimar el retorno y el asentamiento. La Biblia se convirtió tanto en inspiración como en instrumento.
Pero Palestina no estaba vacía. Ha estado habitada durante milenios por pueblos semíticos que abrazaron el judaísmo, el cristianismo y el islam, y que permanecieron arraigados en la tierra a lo largo de sus transformaciones.
En el marco de Huckabee, apenas se registran palestinos, apareciendo como obstáculos en una tierra prometida hace mucho tiempo al pueblo judío. Sin embargo, existen: como cristianos, como musulmanes y como herederos de una presencia continua. No pueden ser borrados por una abstracción teológica.
Desestabilización sistémica
Incluso dentro de la tradición abrahámica, las reivindicaciones de un pacto exclusivo son objeto de controversia. Los judíos trazan su descendencia de Abraham a través de Isaac; los musulmanes trazan su descendencia a través de Ismael y consideran el islam como una restauración del monoteísmo de Abraham. Si la genealogía sagrada se convierte en la base de la soberanía, las reivindicaciones contrapuestas se vuelven inevitables y la política se derrumba en la teología.
La Biblia no puede funcionar como un registro catastral contemporáneo. El peligro radica en la fusión de la certeza teológica con la supremacía militar.
La visión del «Gran Israel» implica el desplazamiento de decenas de millones de personas. Tal convulsión no se detendría en las fronteras de Oriente Medio.
Europa soportaría una parte importante de la inestabilidad y el desplazamiento resultantes. El proyecto no promete seguridad, sino más bien una inseguridad en cascada: regional, continental y global.
Seguir ciegamente el sionismo maximalista y a sus socios cristianos evangélicos no conduce a la estabilidad. Lleva a un conflicto prolongado y a una desestabilización sistémica.
Huckabee no es un predicador privado. Es un embajador de Estados Unidos. Los Estados árabes y musulmanes se opusieron formalmente a sus comentarios, pero la respuesta de Washington fue notablemente moderada. En lugar de desmentir enérgicamente el fondo de sus afirmaciones, los funcionarios estadounidenses describieron los comentarios como «sacados de contexto».
Esta formulación parece más una contención que una corrección. Si sus comentarios tergiversaran la política estadounidense, se habría producido una clara refutación. No fue así.
Equilibrio de poderes
Todo lo anterior plantea una pregunta más amplia: ¿se trata simplemente de la teología de Huckabee o de la postura estratégica de la actual administración estadounidense?
La convergencia entre el gobierno de Netanyahu y la política evangélica de la era Trump ha transformado el cálculo regional. El lenguaje de los derechos bíblicos ya no se limita a la retórica religiosa, sino que se superpone cada vez más con la doctrina estratégica.
La inminente confrontación con Irán debe verse desde esa perspectiva. Irán representa el principal contrapeso regional al dominio militar israelí, y su eliminación alteraría drásticamente el equilibrio de poderes.
La última gran reconfiguración regional se produjo tras la Guerra del Golfo de 1991. A raíz de ella surgieron la Conferencia de Madrid y el proceso de Oslo, que dieron lugar a un marco que consolidó el control israelí al tiempo que proyectaba una apariencia de autogobierno palestino.
Hoy en día, la ambición parece más amplia. Todo aquello que los Acuerdos de Abraham pretendían normalizar diplomáticamente —la aceptación regional de la primacía israelí—, puede ahora perseguirse mediante la coacción.
Netanyahu ha declarado en repetidas ocasiones que Israel estaba «cambiando Oriente Medio» y que su guerra contra Gaza «resonaría durante generaciones». No se trata de una floritura retórica, sino de una señal estratégica.
La entrevista de Huckabee no sólo expuso la visión del mundo de un diplomático. Ilustra un proyecto regional. Cuando la expansión se enmarca como destino, cuando la guerra regional se convierte en preludio y cuando el maximalismo bíblico se alinea con el respaldo de una superpotencia, las implicaciones se extienden mucho más allá de Palestina.
Y cuando tal visión es articulada por un embajador estadounidense sin una corrección significativa, la cuestión ya no es teológica. Es política.
Foto de portada: Mike Huckabee, ahora embajador de Estados Unidos ante Israel, testifica durante su audiencia de confirmación en el Senado en Washington el 25 de marzo de 2025 (Kevin Dietsch/Getty Images/AFP).