Orly Noy, +972.com Magazine y Local Call, 1 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Orly Noy es editora de Local Call, activista política y traductora de poesía y prosa farsi. Es presidenta de la junta ejecutiva de B’Tselem y activista del partido político Balad. Sus escritos tratan sobre las líneas que se cruzan y definen su identidad como mizrahi, mujer de izquierdas, mujer, migrante temporal que vive dentro de una inmigrante perpetua y del diálogo constante entre ellas.
La sirena quebró el silencio de la mañana del sábado en todo Israel. No para instar a los civiles a correr a los refugios, sino para anunciar el estallido de la guerra, casi como una fanfarria triunfal. Después de más de una semana de angustiosa incertidumbre entre la tensa anticipación de una guerra que, según nos repetían, era inevitable, y la débil esperanza de que la diplomacia pudiera prevalecer, finalmente aquella llegó.
«No se puede entrar dos veces en el mismo río», dice el proverbio del antiguo filósofo presocrático griego Heráclito. Pero, al parecer, sí se puede destruir de nuevo a un enemigo al que ya se ha proclamado destruido. Hace sólo ocho meses, tras el alto el fuego con Irán, el primer ministro Benjamin Netanyahu declaró que «en los 12 días de la Operación León Naciente, logramos una victoria histórica, que perdurará durante generaciones».
Resulta que esta «victoria histórica» no duró ni siquiera un año, y mucho menos generaciones.
Esta vez, el ataque se producía con un objetivo adicional: liberar al pueblo iraní del régimen opresivo de los ayatolás. Porque es bien sabido que una de las funciones principales de Israel en Oriente Medio es llevar la libertad a los pueblos de la región con aviones de combate y bombarderos.
De repente, las vidas iraníes se han vuelto muy queridas para los israelíes, tan queridas que están dispuestos a pasar largas noches en refugios antiaéreos, sabiendo que sufrirán numerosas bajas en su propio bando, siempre y cuando nuestros pilotos traigan buenas noticias de libertad, o al menos el asesinato de los líderes iraníes y la destrucción de las infraestructuras de la Guardia Revolucionaria y las instalaciones nucleares.

Gente refugiada en una estación de metro subterránea en Ramat Gan, durante los continuos ataques con misiles desde Irán, el 28 de febrero de 2026. (Oren Cohen/Flash90)
«Nuestra operación creará las condiciones para que el valiente pueblo iraní tome las riendas de su destino», tuiteó Netanyahu poco después de que comenzara el ataque. «Ha llegado el momento de que todos los pueblos de Irán —persas, kurdos, azeríes, baluchis y ahwazíes— se liberen del yugo de la tiranía y construyan un Irán libre y pacífico».
El mismo hombre que, más que ningún otro en la historia de Israel, ha trabajado incansablemente para enfrentar a los ciudadanos entre sí, para incitar y exacerbar, para despertar un odio sin precedentes entre ellos; el hombre que tiene una orden de detención internacional pendiente por crímenes contra la humanidad, este hombre ahora expresa su preocupación por la unidad del pueblo iraní y su lucha contra la tiranía. Podría resultar cómico si no estuvieran en juego tantas vidas.
El pueblo iraní está librando una lucha valiente e inspiradora por su libertad. La comunidad internacional dispone de herramientas diplomáticas y económicas para ayudarle sin necesidad de repetidos ataques aéreos que prometen pocos cambios duraderos. Aplaudir el ataque israelí-estadounidense es abrazar un orden mundial caníbal en el que solo la fuerza define la moralidad.
Al celebrar la guerra, los israelíes están celebrando ese sistema: un mundo en el que el matón establece las reglas. Por ahora, pueden estar tranquilos porque el matón está de su lado.

Fuerzas de rescate israelíes en el lugar donde un misil balístico lanzado desde Irán impactó en una zona residencial del centro de Tel Aviv, el 28 de febrero de 2026. (Oren Ziv)
Un coro de sobra conocido
Pero la retórica de la solidaridad se disipó casi tan rápido como apareció. Una vez que comenzaron a surgir informes de víctimas civiles, especialmente de la escuela primaria de niñas en Minab, donde alrededor de 150 niñas fueron asesinadas en un evidente ataque aéreo israelí, la supuesta preocupación por el pueblo iraní se revelaba como algo superficial.
Conmocionada, compartí los vídeos de la escuela en mi página de Facebook. Confieso que no esperaba la avalancha de odio que sobrevino.
Ya sé que, salvo en un grupo muy reducido, no se pueden esperar reacciones empáticas ante la matanza masiva de palestinos; que la inmensa mayoría del público judío en Israel no sólo no llora, sino que se regocija abiertamente por cada muerte palestina, en cualquier circunstancia. Pero no imaginaba que una sed de sangre similar acompañaría al bombardeo mortal de niñas con uniformes escolares, sobre todo después de que tantos israelíes se apresuraran a declarar que nuestro enemigo no es el pueblo iraní, sino el régimen.
En cinco horas, mi publicación había acumulado cientos de comentarios llenos de odio, y la habitual oleada de amenazas e insultos había comenzado a bombardear mi bandeja de entrada. Algunos negaban que el incidente hubiera tenido lugar, o afirmaban que el régimen iraní había bombardeado su propia escuela. La parte mayor se regodeaba por el destino de las niñas asesinadas.
«¡Qué pena que no cierren las escuelas en shabat!», escribió alguien, añadiendo cinco emojis risueños para subrayar su alegría. «Excelente, excelente, excelente, alegre y ¡qué conmovedor! Que haya muchos más casos como este, y pronto entre los izquierdistas», escribió otro.
No menos deprimente, y predecible, fue cómo los líderes de la oposición judía se unieron con entusiasmo y de forma refleja a Netanyahu en apoyo a la guerra. «Quiero que todos lo recordemos: el pueblo de Israel es fuerte. Las Fuerzas de Defensa de Israel y la Fuerza Aérea son fuertes. La potencia más fuerte del mundo está con nosotros», tuiteó Yair Lapid. «En momentos como estos, nos mantenemos unidos y ganamos juntos. No hay coalición ni oposición, sólo un pueblo y unas Fuerzas de Defensa de Israel, con todos nosotros detrás de ellos».

El legislador de la oposición israelí Yair Lapid visita el lugar donde un misil balístico iraní impactó en una zona residencial del centro de Tel Aviv, el 1 de marzo de 2026. (Chaim Goldberg/Flash90)
Incluso Yair Golan, que se supone que marca el límite más izquierdista del espectro sionista como presidente del partido Los Demócratas, mantuvo una cortés moderación y ofreció su pleno apoyo a la guerra. «Las FDI y las fuerzas de seguridad están actuando con fuerza y profesionalidad», escribió. «Tienen todo nuestro apoyo».
Naftali Bennett, el principal candidato para desbancar a Netanyahu en las próximas elecciones, se quedó rezagado con respecto a sus colegas porque tuvo que esperar a que terminara el shabat para tuitear. Una vez que lo hizo, se alineó rápidamente con el esfuerzo bélico. «Apoyo plenamente al ejército israelí, al Gobierno de Israel y al primer ministro en la operación ‘León Rugiente’. Todo el pueblo de Israel está con vosotros hasta que la amenaza iraní quede destruida», declaró.
Se supone que para estos tres hombres —Lapid, Golan y Bennett—no hay tarea más urgente que sustituir al sanguinario Gobierno kahanista de Netanyahu, que ha llevado al país a una situación sin precedentes. Entienden lo peligroso que es. Saben la devastación que supondría otro mandato.
Sin embargo, en el momento en que el olor de la guerra llena el aire, todas estas ideas se evaporan, sustituidas por una reverencia automática hacia la maquinaria bélica israelí. Es como si la idea misma de que pueden oponerse a una guerra simplemente no existiera dentro de su marco cognitivo.
Foto de portada: Fuerzas de rescate israelíes en el lugar donde un misil balístico iraní impactó en una zona residencial del centro de Tel Aviv, el 28 de febrero de 2026. (Chaim Goldberg/Flash90)