David S. D’Amato, CounterPunch.org, 2 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

David S. D’Amato es abogado, empresario e investigador independiente. Es asesor político de la Future of Freedom Foundation y colaborador habitual de The Hill. Sus artículos han aparecido en Forbes, Newsweek, Investor’s Business Daily, RealClearPolitics, The Washington Examiner y muchas otras publicaciones, tanto populares como académicas. Su trabajo ha sido citado por la ACLU y Human Rights Watch, entre otros.
Los estadounidenses no deben dejarse engañar ni desviar por los medios de comunicación corporativos o la clase asesora de Washington DC: el alarmismo y el belicismo sin fundamento sobre Irán han sido algunas de las posiciones más bipartidistas en Washington durante muchas décadas. A pesar de todo el lenguaje grandilocuente que se utiliza en los círculos gubernamentales y mediáticos estadounidenses sobre los regímenes rebeldes y los Estados que patrocinan el terrorismo, casi nunca se menciona el hecho de que Estados Unidos ha sido durante mucho tiempo el mayor infractor y violador del derecho internacional. Es importante tener claros los hechos: Irán no es una amenaza real para Estados Unidos, y es Washington quien siempre ha sido el agresor en la relación con ese país. Irán no tiene misiles balísticos intercontinentales, y el propio Donald Trump ha afirmado en repetidas ocasiones que el programa nuclear de Irán quedó «destruido» el verano pasado.
El propio Gobierno estadounidense es en gran parte responsable de la dictadura teocrática que gobierna hoy Irán, cuyas semillas germinaron después de que la CIA ayudara a derrocar al líder electo del país en el verano de 1953. Unos años más tarde, con la entusiasta ayuda de la CIA y los servicios de inteligencia de Israel, entre otros, el régimen del sah creó un servicio de seguridad e inteligencia interno brutal y represivo, llamado SAVAK. La censura extrema y los abusos del SAVAK contribuyeron a radicalizar a los iraníes, que asociaron acertadamente la violencia y el autoritarismo del régimen con las potencias extranjeras que ayudaron a entrenarlo y equiparlo. Con los partidos políticos rivales y los grupos de la sociedad civil eliminados, las organizaciones religiosas se convirtieron en el vehículo de la revolución política y, por lo tanto, de la revolución que dio paso a la República Islámica.
Hoy en día, el régimen de sanciones del Gobierno de Estados Unidos es un ataque directo contra los iraníes inocentes, no contra una clase dirigente aislada en Teherán, que puede soportar fácil y cómodamente los costes del estrangulamiento económico de Washington. Como académicos y comentaristas llevan mucho tiempo señalando, «la amplitud y el alcance de las ‘sanciones de máxima presión’ de Estados Unidos abocaron a los iraníes a la pobreza y aumentaron la desigualdad de ingresos, lo que provocó un sufrimiento generalizado. También debilitaron a la población e hicieron que los iraníes dependieran cada vez más del Estado, que se ha militarizado y securitizado aún más, lo que ha provocado un sentimiento generalizado de resignación».
La Ley de Consolidación de las Sanciones a Irán (SISA, por sus siglas en inglés), que fue aprobada por la Cámara de Representantes el año pasado, es parte de la culminación de una trayectoria de décadas, al eliminar la cláusula de caducidad de la Ley de Sanciones a Irán de 1996. La SISA convertiría en permanentes las sanciones de la ley anterior, a menos que se derogaran. (La aprobación de la SISA por parte del Senado no es urgente, ya que la ley de 1996 no expirará hasta finales de año). El abrumador apoyo bipartidista a la SISA es uno de los muchos ejemplos de cómo el marco de «máxima presión» hacia Irán se ha convertido en una característica permanente de la legislación estadounidense. Los grupos de derechos humanos llevan mucho tiempo llamando la atención sobre el hecho de que son los iraníes inocentes, que desprecian a su Gobierno más que cualquier político estadounidense, quienes más sufren las consecuencias de esta cruel e inhumana política de máxima presión.
Esta política ha unido durante mucho tiempo a las clases dirigentes de Washington y Tel Aviv, y la postura maximalista de Benjamin Netanyahu sobre Irán se ha convertido progresivamente en el consenso de la élite política estadounidense. El primer ministro israelí fue el primer líder extranjero en visitar la Casa Blanca tras el regreso al poder de Trump, y ha vuelto más veces que ningún otro líder, seis veces en poco más de un año, siendo su visita más reciente a principios de este mes. Esto es significativo en parte porque el primer ministro más longevo de Israel (más de 18 años en tres períodos distintos: 1996-1999, 2009-2021 y 2022-presente) ha presionado obsesivamente al Gobierno estadounidense para que entre en guerra con Irán durante décadas, tanto dentro como fuera de sus funciones oficiales. En 1992, en su calidad de miembro de la Knesset, Netanyahu advirtió de que Irán «alcanzaría la autonomía en su capacidad para desarrollar y producir una bomba nuclear» en un plazo de tres a cinco años. Repitió esta y otras afirmaciones claramente falsas una y otra vez en los años siguientes, incluso durante un infame discurso ante una sesión conjunta del Congreso como primer ministro en 1996.
Pero Israel no es, ni mucho menos, el único país extranjero que ha empujado a Estados Unidos hacia un mayor conflicto con Irán. Los principales aliados de Estados Unidos en el Golfo Pérsico, por ejemplo, Catar y los Emiratos Árabes Unidos, han mantenido profundos vínculos financieros con el mundo de los think tanks y las consultoras de Washington, utilizando su inmensa riqueza para influir en la política estadounidense y presionar a favor de políticas agresivas y militaristas hacia Irán. Más recientemente, Catar regaló a Trump un jet Boeing de 400 millones de dólares descrito como un «palacio volador», una medida que muchos consideran un soborno ilegal e inconstitucional. Por su parte, los Emiratos Árabes Unidos han invertido mucho dinero en la familia Trump, algo que ha llamado bastante la atención, con un «acuerdo para adquirir una participación del 49% en World Liberty Financial, la empresa de criptomonedas fundada por la familia Trump y varios aliados en otoño de 2024, durante la campaña presidencial de Trump, que contó con el respaldo del jeque Tahnun bin Zayed Al Nahyan, uno de los funcionarios más poderosos de los Emiratos Árabes Unidos».
Estados Unidos e Israel llevan casi 75 años interfiriendo de forma violenta e ilegal en los asuntos del pueblo iraní. Ambas mitades del partido único de Washington son responsables de la última incursión imperialista de Trump y de las catastróficas consecuencias que traerá consigo. Lo admitan o no, los líderes del Congreso de ambos partidos sabían que esto iba a suceder y podrían haber presionado para garantizar que el Gobierno de Estados Unidos no entrara en otra guerra sin la intervención del Congreso.
La triste realidad es que todos ellos querían este resultado, porque se alinea con los poderosos intereses agrupados alrededor del círculo de Washington DC, entre los que destaca el complejo militar-industrial. Simplemente no querían tener que votar a favor o en contra; quieren ser socios fiables para esos intereses y para las celebridades de las redes sociales sin tener que pronunciarse oficialmente sobre nada importante. De ahí la presidencia imperial.
Los estadounidenses siguen sorprendidos de que no aprendamos de Vietnam, Iraq, etc., pero la verdad es que nuestra clase dirigente, abiertamente corrupta e imperialista, ha aprendido mucho y ahora se siente segura de que nunca vamos a enfrentarnos a sus fechorías, aquí en casa o en el extranjero. Hace mucho tiempo que el Gobierno de Estados Unidos abandonó incluso la más mínima pretensión de que su política exterior de guerras agresivas selectivas y hambrunas masivas de civiles tenga algo que ver con la seguridad o los intereses concretos de los estadounidenses. Lo que los estadounidenses deben aprender no es que las guerras ilegales de Washington han fracasado, sino que son un mayor fracaso para nosotros y para el mundo, al tiempo que se dedican a enriquecer a una pequeña élite de especuladores de la guerra.
Foto de portada de Nathaniel St. Clair.