Consejo editorial, The Palestine Chronicle, 2 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

«Esto no es Iraq»
Hay momentos en los que el primer campo de batalla de una superpotencia no es una capital extranjera, sino su propia credibilidad.
Desde el principio, la administración Trump ha insistido, casi a la defensiva, en que lo que ha emprendido contra Irán «no es un nuevo Iraq», no es un atolladero, no es una «guerra sin fin». Las palabras del secretario de Defensa, Pete Hegseth, estaban destinadas a cerrar la puerta a la historia antes incluso de que entrara en escena: «Esto no es Iraq, esto no es una guerra sin fin».
Pero precisamente ahí está la clave: los gobiernos que confían en su estrategia no lideran con negaciones. Lideran con claridad: objetivos, límites y un final político coherente. En cambio, Washington está vendiendo la tranquilidad como política, como si la repetición pudiera borrar la memoria pública de cómo las «guerras cortas» se convierten en catástrofes regionales.
La insistencia es importante porque la guerra ya se ha expandido más allá de su marco anunciado. Una campaña «quirúrgica» no necesita una sedación política tan fuerte. Una operación «limitada» no comienza discutiendo con los fantasmas de Iraq.
La brecha de inteligencia
El segundo frente es la historia que Washington le cuenta al mundo, y la historia que se cuenta a sí mismo.
Según Associated Press, los funcionarios de la administración Trump dijeron al personal del Congreso en reuniones privadas que la inteligencia estadounidense no había sugerido que Irán estuviera preparando un ataque preventivo contra Estados Unidos antes de la operación conjunta de Estados Unidos e Israel. Sin embargo, la justificación pública se basó en gran medida en el lenguaje de la urgencia y la inminencia, y Trump presentó el ataque como necesario para «eliminar amenazas inminentes».
Esta contradicción no es incidental. Es estructural. La brecha entre lo que se afirma públicamente y lo que se reconoce en privado es la forma en que se hace para que las guerras parezcan inevitables. «Inminente» se convierte en un instrumento político, no en una conclusión de inteligencia, un término elástico que se utiliza para cerrar el debate en lugar de informarlo.
El informe de AP también subraya lo que se ha convertido en un patrón familiar: la operación se llevó a cabo con una velocidad y una coordinación asombrosas, pero la pregunta «¿y ahora qué?» siguió sin resolverse, incluso en las ruedas de prensa oficiales. Cuando una guerra comienza sin un «día después» creíble, lo que sigue no es una estrategia, sino improvisación disfrazada de determinación.
La fantasía de la decapitación
El argumento de Washington se basaba en una ilusión seductora: elimina a los líderes y el sistema se derrumbará.
La lógica era sencilla sobre el papel, pero imprudente en la práctica: la «decapitación» fracturaría las estructuras de mando de Irán, provocaría deserciones entre la élite y deslegitimaría el sistema, especialmente si el asesinato del líder espiritual del país pudiera presentarse como un golpe que acabaría con los cimientos sociales que aún le quedan al régimen.
Pero esa teoría ha comenzado a desmoronarse por su propio peso. Reuters informa de que los funcionarios estadounidenses y las evaluaciones de los servicios de inteligencia apuntan a un serio escepticismo sobre la posibilidad de que se produzca un cambio de régimen rápidamente, lo que pone de relieve las dudas sobre la capacidad de la oposición, la probable aparición de sucesores de línea dura y la ausencia de las deserciones de los servicios de seguridad que suelen preceder a las revoluciones exitosas.
Esto es importante porque pone de manifiesto la apuesta que subyace a la guerra: si la «decapitación» no provoca el colapso, lo que queda es la escalada. Un conjunto de objetivos cada vez más amplio. Un espacio de represalias cada vez mayor. Una necesidad cada vez mayor de inventar el éxito.
Y las señales de esa reinvención ya son visibles. Trump ha dicho que los nuevos líderes de Irán «quieren hablar» y que él «ha aceptado hablar». Esa no es la postura de una administración convencida de haber «terminado» nada. Es la postura de una Casa Blanca que siente el peso de las consecuencias y busca una forma de replantear la retirada como un triunfo.
La escalada gradual de Irán
La respuesta de Irán no ha venido definida sólo por el espectáculo, sino también por la secuencia.
Teherán ha ampliado el campo de batalla con pasos calibrados, demostrando su capacidad e intención, al tiempo que mantiene en reserva las opciones de escalada. Este enfoque gradual no es simplemente táctico, sino que supone una imposición estratégica de costes. Cada peldaño de la escalera obliga a Washington a defender más lugares, tranquilizar a más socios y absorber más riesgos políticos. Incluso las amenazas que no se ejecutan por completo deben tener un precio, y ese precio en sí mismo es una forma de presión.
Aquí es donde el error de cálculo de Estados Unidos se agudiza: Irán no necesita replicar la escala militar de Washington para tener éxito a nivel estratégico. Necesita demostrar que no se le puede «liquidar» rápidamente, que puede imponer costes a largo plazo y que las consecuencias de la guerra no van a limitarse al territorio iraní.
El panorama interno de Estados Unidos agrava esta vulnerabilidad. Una encuesta de Reuters/Ipsos reveló que solo el 27% de los estadounidenses apoya los ataques, mientras que una proporción mayor se opone a ellos. En Washington, el tiempo no es neutral, sino político. A medida que aumentan las víctimas o se abren nuevos frentes, la paciencia política se derrumba.
Mientras tanto, la fricción de la guerra ya ha convertido los errores operativos en desventajas estratégicas. El Mando Central de Estados Unidos confirmó que tres aviones F-15E Strike Eagle estadounidenses se estrellaron sobre Kuwait debido a un aparente incidente de fuego amigo: «derribados por error por las defensas aéreas kuwaitíes». No se trata sólo de un episodio embarazoso, sino de un recordatorio de que la escalada no se queda en teoría por mucho tiempo. Se convierte en algo sistémico.
El cálculo de Israel
Es casi seguro que la planificación de Israel tuvo en cuenta una realidad fundamental: Irán no es un Estado que se derrumba fácilmente con la eliminación de una sola figura. El sistema cuenta con mecanismos, redes y continuidad institucional. Precisamente por eso, el cálculo de Israel depende de la resistencia de Estados Unidos.
Israel puede tolerar un conflicto cada vez más amplio si cree que Washington asumirá los costes, tanto militares como económicos y diplomáticos. Pero la cuestión central ya no es lo que Israel anticipó. Es lo que Washington puede sostener.
Los mensajes de la administración revelan una arquitectura reveladora: Trump como el único que decide la duración; objetivos descritos como flexibles y cambiantes; y la victoria enmarcada en un lenguaje amplio y flexible. Hegseth dijo que «no hay un calendario fijo», y subrayó que sólo Trump decidiría cuánto tiempo duraría la guerra.
Esta es la gramática de una salida de emergencia. Cuando los objetivos no están definidos, las salidas pueden declararse como logros. Cuando se evitan los plazos, el conflicto prolongado puede achacarse a la «negativa» del adversario. Cuando se pide al público que confíe en lugar de comprender, la disidencia se convierte en un problema de seguridad en lugar de un problema democrático.
Sin embargo, las limitaciones políticas ya son visibles: bajo apoyo público, mayor escrutinio sobre los poderes y la autorización para la guerra y un escepticismo cada vez mayor sobre si Washington tiene una justificación honesta o un final creíble.
Si Irán aumenta la presión sobre Israel introduciendo nuevas variables —más frentes, más objetivos, una perturbación más profunda—, Israel podría descubrir que el respaldo estadounidense no es una garantía perpetua, sino un instrumento político que puede expirar.
Nuestro análisis estratégico
Washington engañó al público y al mundo, y luego calculó mal las consecuencias.
Vendió la guerra como una defensa contra una «inminente» amenaza iraní, aunque reconoció en privado que los servicios de inteligencia no respaldaban esa afirmación. Intentó ocultar la analogía con Iraq insistiendo en que esta guerra «no es Iraq» y «no es interminable», porque entiende que las sociedades reconocen las urgencias fabricadas cuando las ven. Y apostó por un modelo de decapitación que subestimaba la resiliencia institucional de Irán, sus vías de sucesión y la cohesión de su arquitectura de seguridad, realidades que ahora se reflejan en el escepticismo interno y en las evaluaciones de los servicios de inteligencia.
Irán, por su parte, parece estar configurando la dinámica estratégica central: la escalada como una escalera que se sube con pasos mesurados. El enfoque gradual de Teherán está diseñado para imponer costes que superan la tolerancia política de Washington, costes que se acumulan no sólo a través de las represalias, sino también a través de una mayor exposición, la ansiedad de los aliados y las fricciones operativas. La pérdida por «fuego amigo» de aviones estadounidenses sobre Kuwait es un claro símbolo de la rapidez con la que se pierde el control en una guerra regional.
Por eso, la prueba más clara del retroceso de Estados Unidos no es el anuncio de un alto el fuego, sino la aparición de un discurso de salida. La disposición declarada de Trump de dialogar —«ellos quieren hablar y yo he accedido»— no refleja la voluntad de una Administración segura de una victoria decisiva. Es la voz de una Casa Blanca que se prepara para gestionar las expectativas, redefinir los objetivos y buscar una narrativa que haga que la retirada suene a control.
Si Washington realmente creyera que Irán está colapsando, no plantearía negociaciones. Si realmente creyera que la decapitación es decisiva, no basaría todo su argumentación pública en la negación de la historia.
La realidad es que Estados Unidos inició esta guerra con conmoción, pero Irán está respondiendo con mesura. Y en las guerras de resistencia, la mesura derrota al espectáculo, especialmente cuando el espectáculo se basa en una historia que no resiste el contacto con los hechos.
(Análisis de Ramzy Baroud en colaboración con el Consejo Editorial de The Palestine Chronicle).