A medida que se intensifica la guerra entre Estados Unidos e Israel, Teherán y las principales ciudades iraníes se enfrentan a una crisis humanitaria sin precedentes

Mahmoud Aslan, The New Arab, 4 marzo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Mahmoud Aslan es un periodista iraní afincado en Teherán. 

En el cuarto día de la guerra conjunta de Estados Unidos e Israel, Irán entró en lo que los trabajadores humanitarios y los residentes denominan una catástrofe humanitaria sin precedentes.

Con 787 muertos confirmados en todo el país desde que comenzaron los ataques el 28 de febrero, 153 ciudades y pueblos afectados y más de 1.000 ataques registrados, el martes trajo una nueva ola de ataques sobre Teherán y los principales centros urbanos, que afectaron no sólo a la infraestructura militar, sino también al ritmo cotidiano de la vida civil, con una fuerza tal que dejó a los residentes sin ningún lugar adónde ir y sin una salida clara.

Los aeropuertos y las escuelas están cerrados. Los hospitales están desbordados. Internet y las redes móviles fallan de forma intermitente en varios distritos. Y para millones de personas en Teherán, Isfahán, Shiraz y Karaj, la cuestión ya no es si marcharse, sino si marcharse es más seguro que quedarse.

En el este de Teherán, los barrios de Suhanak y Payam fueron los más afectados el martes. Los residentes informaron del derrumbe de partes de edificios mientras intentaban huir, y podían oirse los gritos de los atrapados bajo los escombros antes de que los equipos de rescate pudieran llegar hasta ellos.

Qom Ahmad Rezaei, de 42 años, funcionario del Ministerio de Transporte de Irán que vive en el barrio de Tajrish, al norte de Teherán, describió lo que se encontró cuando salió a la calle.

«El humo se elevaba desde casi todas las calles y el sonido de las explosiones aumentaba con cada minuto que pasaba. Había coches volcados en las carreteras, gente corriendo sin rumbo fijo y todo a nuestro alrededor parecía estar derrumbándose. Oía gritar a niños y mujeres por todas partes, y era imposible ignorar el dolor que todos estaban sufriendo», describió Rezaei.

Intentó ponerse en contacto con sus compañeros del ministerio para saber si el edificio había sido alcanzado. La red estaba completamente colapsada. «Sólo acertaba a pensar en cómo proteger a mi familia. Pero ni siquiera salir era seguro. Las calles estaban congestionadas con coches abandonados y escombros, y no había ninguna vía clara para salir. Vi a vecinos heridos delante de mis ojos y a algunos que habían perdido a sus familiares», dijo.

Farzad Najafi, de 28 años, taxista del distrito de Sadeghiyeh, al oeste de Teherán, se dirigía a su casa cuando los ataques se intensificaron.

«Oí el sonido de los misiles cayendo cerca de la carretera y el humo lo cubrió todo a mi alrededor. Sentí como si el mundo entero se derrumbara en un solo instante y la ciudad que amaba se hubiera convertido en un campo de terror. La gente corría por las calles, tratando de escapar de la muerte que los perseguía. Algunos llevaban niños en brazos, otros gritaban buscando a sus familiares», dijo Najafi.

Describió cómo vio cómo barrios enteros quedaban reducidos a escombros y dijo: «En cada esquina había gritos y heridos. Incluso los pájaros en el cielo parecían confundidos y aterrorizados por el sonido de las explosiones. Me sentí completamente impotente mientras trataba ayudar a quien podía, pero el peligro nos rodeaba por todos lados».

Ali Jahanbaghshi, de 50 años, comerciante del mercado de Tajrish, estaba cerrando su tienda cuando las explosiones comenzaron a acercarse rápidamente.

«Sentí que el suelo temblaba y todos los edificios a mi alrededor se estremecían. El humo llenaba el cielo y los escombros volaban por todas partes. La gente corría por el mercado tratando de salvarse a sí misma y a sus hijos. Había gritos continuos, gente que perdía el conocimiento, heridos justo delante de mí», dijo.

Jahanbaghshi vio cómo sus vecinos perdían sus hogares, algunos a toda su familia, y describió: «Había un sentimiento colectivo de desesperación, como si la muerte estuviera presente en cada rincón».

Majid Foroughi, de 39 años, ingeniero de software del barrio de Niavaran, en el norte de Teherán, iba en su coche de camino al trabajo cuando se encontró con una carretera cubierta de polvo y escombros, vehículos volcados y gente tratando de moverse entre los cascotes.

«La ciudad que yo conocía se había vuelto irreconocible. Intenté llamar a mi familia para saber cómo estaban, pero el teléfono no funcionaba. Lo único que podía hacer era detenerme unos instantes para ayudar a quien pudiera y luego seguir avanzando por calles llenas de caos. Con cada explosión pensaba en lo frágil que es la vida», comentó Foroughi.

Los hospitales de Teherán alcanzaron su capacidad crítica el martes, cuando las víctimas llegaron en oleadas. La Media Luna Roja iraní confirmó que el número de muertos en todo el país había aumentado a 787 desde el inicio de la campaña, cifras que incluyen a civiles y personal militar, entre ellos mujeres y niños.

Los equipos médicos describieron que trabajaban en condiciones que se deterioraban por momentos. Las salas destinadas a la atención rutinaria se convirtieron en unidades de emergencia. El suministro de electricidad y agua se interrumpió en varias instalaciones, lo que complicó los procedimientos médicos básicos. En algunos hospitales, los pacientes fueron evacuados parcialmente después de que edificios cercanos resultaran alcanzados.

En toda la ciudad, el personal médico se enfrentaba a una afluencia casi constante de víctimas con fracturas, quemaduras y hemorragias graves, a menudo con recursos insuficientes para el número de personas que llegaban. Las madres llegaban en estado de shock tras haber perdido a sus hijos. Los niños llegaban solos.

Los hospitales Ghandi y Motahhari de Teherán fueron algunas de las instalaciones que se vieron obligadas a iniciar protocolos de evacuación durante los ataques del día.

Más allá de Teherán: Isfahán, Shiraz, Karaj

Los ataques estadounidenses e israelíes no se limitan a la capital. Isfahán y Shiraz sufrieron explosiones en zonas residenciales y centros educativos y sus alrededores. Las calles quedaron cubiertas de piedras y cristales rotos. Los residentes describieron cómo los niños que se dirigían al colegio se tiraban al suelo asustados y se refugiaban detrás de coches y farolas.

Las carreteras principales se convirtieron en escenarios de atascos y colisiones, ya que los residentes intentaban huir todos al mismo tiempo. Los servicios públicos, incluidos la electricidad y el agua, quedaron cortados en varios distritos.

En los suburbios del sur de Teherán, incluidos Karaj y Damavand, los residentes informaron de cientos de heridos después de que los misiles impactaran en barrios densamente poblados. Un testigo dijo: «Cada vez que intentábamos movernos, veíamos cómo la muerte se acercaba. Una nueva explosión, a sólo unos metros de distancia. Era como si el cielo se nos cayera encima».

En Shiraz, los ataques contra zonas residenciales cercanas a instalaciones militares provocaron la muerte de civiles en las calles antes de que pudieran llegar los equipos de rescate. Los residentes describieron calles cubiertas de sangre, escombros y humo, y calificaron lo que quedaba como «una ciudad fantasma, donde la muerte acecha a cada paso».

Para aquellos que aún no han huido, el cálculo de la supervivencia se reconsidera hora tras hora.

Mohammad Rezaei, de 62 años, funcionario de relaciones públicas jubilado de la Universidad de Teherán, tiene una pequeña bolsa preparada cerca de la puerta de su casa con documentos y ropa para cambiarse, listo para marcharse si la situación se deteriora aún más. Su plan es dirigirse al norte, hacia Gilan, donde tiene familiares que describen las condiciones como relativamente más tranquilas.

«Pero el problema no es el destino», afirma. «La carretera puede convertirse en un punto peligroso en cualquier momento. Con ataques tan frecuentes, nadie sabe lo que puede pasar».

Cada vez que la familia decide marcharse, una nueva explosión les hace retrasar la salida. «Mi mujer cree que quedarse en casa es menos peligroso que estar en la carretera en una época tan inestable. Y yo estoy dividido entre querer proteger a mis hijos y temer que pueda ponerlos en mayor peligro al intentar escapar».

Mahdi Mousavi, de 56 años, ingeniero del Ministerio de Transporte de Irán, tiene en mente el mismo destino y la misma parálisis que le impide partir.

«Vivimos en un estado de constante indecisión. No podemos apenas dormir y no podemos tomar una decisión definitiva. Tengo amigos que intentaron marcharse y algunos regresaron al encontrar las carreteras muy congestionadas. Eso me hizo pensar: ¿y si nos quedamos atrapados en la carretera durante horas? Durante los bombardeos, una carretera abierta puede ser más peligrosa que quedarse en casa», dijo Mousabi.

Sus hijos le preguntan por qué no se van al norte como los demás. Él intenta explicarles que la decisión no es sencilla, diciendo: «Marcharnos significa abandonar todo lo que tenemos: el trabajo, la casa, la rutina que nos da una falsa sensación de estabilidad».

«Ahora vivimos entre una maleta hecha y una decisión pospuesta. Seguimos la evolución de la situación hora a hora. Si los bombardeos se intensifican aún más, nos iremos inmediatamente. Pero hasta ese momento, permaneceremos en esta dolorosa incertidumbre entre quedarnos o irnos», añadió.

(Esta historia ha sido elaborada en colaboración con Egab).

Foto de portada: Una bandera nacional sobre las ruinas de una comisaría de policía alcanzada el lunes durante los ataques estadounidenses e israelíes en Teherán, Irán, el 3 de marzo de 2026. [Getty]

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