Ray Acheson, CounterPunch.org, 4 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Ray Acheson es directora de Reaching Critical Will, el programa de desarme de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (WILPF, por sus siglas en inglés). Proporciona análisis y defensa en las Naciones Unidas y otros foros internacionales sobre cuestiones de desarme y desmilitarización. Ray formó parte del grupo directivo de la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), que ganó el Premio Nobel de la Paz en 2017 por su labor en pro de la prohibición de las armas nucleares, y también participa en la organización de campañas contra las armas autónomas, el comercio de armas, la guerra y el militarismo, el sistema carcelario y otras causas. Es autora de Banning the Bomb, Smashing the Patriarchy (Rowman & Littlefield, 2021) y Abolishing State Violence: A World Beyond Bombs, Borders, and Cages (Haymarket Books, 2022).
Una vez más, Estados Unidos e Israel han lanzado una guerra ilegal de agresión contra otro país. Una vez más, los funcionarios estadounidenses e israelíes alegan «defensa propia» y «prevención», intentando manipular al mundo para que acepte la narrativa de que los que sufren la agresión son los agresores. En un déjà vu de la guerra ilegal de Estados Unidos contra Iraq, las falsas afirmaciones sobre las capacidades e intenciones de Irán se convierten en justificaciones para la guerra. Pero en este caso, el pretexto es aún más endeble, y la mayoría de la gente puede ver a través de la fachada. Ya hemos pasado por esto antes y sabemos lo que viene después: caos, destrucción y muerte.
Sin base legal
No existe ninguna base legal internacional para los «ataques preventivos» o la «guerra preventiva», ni el caso de Irán habría cumplido ninguna de las condiciones, ni siquiera discutibles, para tales ataques. La guerra viola tanto el derecho internacional, incluida la Carta de las Naciones Unidas, como el derecho interno estadounidense, incluida la Constitución de los Estados Unidos y la Resolución sobre los poderes bélicos. Como explicó Ben Saul, relator especial de la ONU sobre la promoción y protección de los derechos humanos y las libertades fundamentales en la lucha contra el terrorismo, el ataque a Irán es «una clara violación de la prohibición del uso de la fuerza en virtud de la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional, que es el eje del orden internacional desde 1945». El cambio de régimen por la fuerza y los asesinatos políticos también son ilegales.
Pero está claro que la ley no significa gran cosa para los responsables de las políticas exteriores y militares de Estados Unidos e Israel, que bautizaron los ataques como «Operación Furia Épica», como si fueran unos gamers de instituto que dirigen el mundo desde el sótano de sus padres. El autoproclamado secretario de Guerra, Pete Hegseth, afirmó que el ejército estadounidense no se vería limitado por «estúpidas reglas de combate» durante esta guerra. No es que las anteriores administraciones estadounidenses se hayan sentido siempre limitadas por las normas que rigen la conducción de la guerra. El hecho de que Estados Unidos e Israel se hayan salido con la suya y hayan sido recompensados por sus ataques ilegítimos e injustificables contra otros países y sus graves violaciones del derecho internacional y abusos de los derechos humanos ha envalentonado a ambos países para convertirse en perpetuos matones, armados voluntariamente por otros gobiernos de todo el mundo.
Esto no es específico de las actuales administraciones de Estados Unidos o Israel, ni de los gobiernos que apoyan sus acciones ilegales. Es más bien una rutina que se ha venido repitiendo desde la Primera Guerra Mundial, cuando el objetivo de la guerra pasó a ser la capitulación total del enemigo y el dominio de los vencedores, y a los gobiernos dejó de importarles cuántos cadáveres producían sus conflictos en un proceso industrial de muerte y destrucción.
Muerte y destrucción
En consonancia con esta tendencia, durante los primeros días de esta última guerra, que comenzó el sábado 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel han bombardeado hasta ahora más de 2.000 objetivos en Irán, entre ellos una escuela de niñas de primaria, un gimnasio, una cafetería, instalaciones médicas y otras infraestructuras civiles, así como instalaciones militares y de enriquecimiento de uranio. También han asesinado al líder supremo de Irán y a otros funcionarios del Gobierno. Hasta ahora, estos ataques ilegales han causado la muerte de al menos 780 personas.
Irán ha respondido lanzando misiles contra Israel y las bases militares y embajadas estadounidenses en la región. Estos también han alcanzado infraestructuras civiles, como un hotel y varios apartamentos. Hasta ahora, estos ataques han causado la muerte de una docena de personas.
El caos se está extendiendo ya. Israel ha utilizado el pretexto de su guerra con Irán para intensificar también sus continuos bombardeos sobre el Líbano y ha lanzado una invasión terrestre. Ha intensificado asimismo sus ataques en Cisjordania y ha provocado otra hambruna en Gaza al amparo de esta nueva guerra. Kuwait derribó accidentalmente aviones de combate estadounidenses, mientras que los miles de soldados estadounidenses estacionados en docenas de bases militares de toda la región se preparan para el impacto.
El cálculo oficial de Estados Unidos sobre cuánto «durará» esta guerra sigue cambiando, y los funcionarios del régimen de Trump afirmaron que iban a ser unos días, luego unas semanas y ahora quizá unos meses. La realidad es que el Gobierno estadounidense no tiene ni idea de lo que vendrá después, porque no se ha preparado para ello.
Una política exterior caprichosa y delirante al servicio de los intereses económicos
Los analistas han señalado acertadamente que la «guerra caprichosa» de Trump contra Irán es una «guerra de elección» que «roza el delirio». Otros la han comparado con la época en que Trump era un magnate inmobiliario y llevó a la quiebra a varios casinos por su afición a las apuestas de alto riesgo. En este contexto, las justificaciones esgrimidas para la guerra son tan incoherentes como la falta de comprensión sobre lo que ocurre ahora que la guerra ha comenzado.
En los pocos días transcurridos desde que Estados Unidos e Israel iniciaron esta guerra, la narrativa de justificación ha pasado de prevenir un ataque iraní contra Estados Unidos e Israel, a poner fin a su programa nuclear y de misiles balísticos, a un cambio de régimen y al asesinato del ayatolá, a la protección de los manifestantes iraníes, a la represalia por la supuesta interferencia iraní en las elecciones estadounidenses, a la protección de los «intereses» de Estados Unidos e Israel en la región.
La última es la única justificación que tiene peso en el mundo real. Israel lleva mucho tiempo tratando de eliminar a un Irán independiente para asegurar su dominio en la región, un papel que Estados Unidos ha financiado y apoyado desde la fundación de Israel. El respaldo del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a la visión de un «Gran Israel» guía la búsqueda de la expansión territorial de Israel en toda la región y, aunque Irán no forma parte históricamente de esa expansión, lleva mucho tiempo obstaculizando este objetivo. Para socavar los objetivos de expansión de Israel en toda la región, Irán ha financiado y armado a diversos grupos, fomentando la violencia. Pero, una vez más, las afirmaciones de Israel de que la violencia sancionada por el Estado iraní es una amenaza para Israel son más bien un intento de manipulación psicológica para ocultar quién es el agresor. La causa fundamental de la violencia es el proyecto colonial de Israel, para el que no tiene derecho a la autodefensa.
Mientras tanto, los multimillonarios estadounidenses, las empresas de combustibles fósiles y los neoconservadores también llevan mucho tiempo presionando para que se produzca un cambio de régimen en Irán, ansiosos por instalar otro gobierno títere que satisfaga sus intereses, como lo hacían antes de la revolución de 1979. Y, por supuesto, los contratistas de armas verán cómo se disparan sus beneficios, como ocurre con todas las guerras. El dominio económico y militar son las verdaderas justificaciones de esta guerra; todo lo demás no es más que una excusa para que quienes apoyan la guerra lo hagan por motivos de seguridad internacional o derechos humanos. En este contexto, el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y la intensificación de los bloqueos a Cuba para obligar a estos países a capitular ante los intereses estadounidenses pueden considerarse precursores de la guerra contra Irán. La «intimidación como política exterior» hipermasculinizada del régimen de Trump y la reafirmación categórica de «la fuerza hace el derecho», «el ganador se lo lleva todo» y las doctrinas de expansión y control imperial están cumpliendo el destino del dominio militar estadounidense.
El retorno del mito de las armas de destrucción masiva
Pero incluso en esta época en la que el Gobierno estadounidense admite abiertamente que busca derrocar gobiernos para asegurarse el acceso al petróleo, sigue ofreciendo un pretexto poco convincente para la guerra. De ahí el enfoque en el programa nuclear de Irán, una cuestión que podría haberse resuelto hace más de una década si no fuera por los neoconservadores y los israelíes que presionan a Trump para que la convierta de nuevo en un problema. Así pues, han recurrido a lo que utilizaron para Iraq: la amenaza inventada de las armas de destrucción masiva.
Las afirmaciones sobre los programas nucleares y de misiles balísticos de Irán realizadas por funcionarios israelíes y estadounidenses son manifiestamente falsas. Como han demostrado sistemáticamente los expertos internacionales y estadounidenses y los agentes de inteligencia, Irán no está cerca de desarrollar armas nucleares o misiles balísticos intercontinentales que puedan alcanzar los Estados Unidos; su enriquecimiento de uranio, aunque superior al necesario para su uso en reactores nucleares, sigue estando muy por debajo del necesario para su uso en armas nucleares; y los líderes políticos y religiosos de Irán han afirmado en repetidas ocasiones que han prohibido la búsqueda de armas nucleares.
El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha evaluado en varias ocasiones que «no hay indicios creíbles» de actividades relacionadas con la militarización del programa nuclear de Irán después de 2009, ni de ningún desvío de materiales nucleares con fines militares. Todas las agencias de inteligencia estadounidenses han llegado a la misma conclusión. Irán ha sido sometido al régimen de inspecciones más estricto de la historia del OIEA. El OIEA y muchos Estados han expresado acertadamente su preocupación por el aumento del nivel de enriquecimiento de uranio de Irán más allá de lo que se considera necesario para uso civil. Sin embargo, el aumento de sus niveles de enriquecimiento fue una respuesta directa a la retirada unilateral del régimen de Trump del Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC) en 2018 y a la reanudación ilegal de las sanciones contra Irán, en violación de las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
En lugar de adelantarse a un supuesto ataque, Estados Unidos e Israel están lanzando ataques preventivos contra la diplomacia. Desde que inició esta última guerra, Trump ha dicho que los funcionarios iraníes ahora están dispuestos a dialogar y que deberían haberlo hecho antes. Esta absurda afirmación ignora el hecho de que Estados Unidos e Irán estaban ya negociando sobre el programa nuclear iraní. Los mediadores de esas conversaciones confiaban en que se pudiera llegar a un acuerdo. La necesidad de estas negociaciones se debe, por supuesto, únicamente a que Trump se retiró unilateralmente del anterior PAIC con Irán, negociado durante la administración Obama, que Irán cumplía plenamente cuando Trump lo rompió y volvió a aplicar ilegalmente las sanciones.
Mientras se celebraban las conversaciones entre Irán y Estados Unidos, el verdadero trabajo estratégico se llevaba a cabo entre funcionarios estadounidenses e israelíes, que coordinaron una sincronización de ataques contra Irán. «En lo que ahora se ha convertido en un componente característico del enfoque de Trump hacia Irán», informaba Drop Site News, «Estados Unidos construyó una falsa apariencia de continuas negociaciones diplomáticas, sólo para darse media vuelta y lanzar un ataque a gran escala».
En efecto, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán se programó para arruinar las negociaciones en curso, no para llevar a Irán a la mesa de negociaciones. Esto quedó aún más claro el martes 3 de marzo, cuando Trump declaró que era «demasiado tarde» para las conversaciones con Irán. Por no mencionar, por supuesto, la doble moral inherente al hecho de que dos Estados con armas nucleares bombardeen a un Estado sin armas nucleares, alegando que se sienten amenazados por él. A diferencia del programa nuclear de Irán, ni el programa nuclear de Estados Unidos ni el de Israel están sujetos a las inspecciones del OIEA. Además, atacar instalaciones nucleares, incluso aquellas enterradas a gran profundidad como las de Irán, conlleva el riesgo de contaminación radiactiva. Tales ataques constituyen una violación de la Carta de las Naciones Unidas, el derecho internacional y el Estatuto del OIEA.
La guerra no es una estrategia de no proliferación. Ocho meses después de que Israel y Estados Unidos atacaran las instalaciones nucleares de Irán en junio de 2025, estamos viendo las mismas afirmaciones falsas sobre el programa nuclear de Irán, afirmaciones que Netanyahu lleva treinta años repitiendo. Además, la posesión de armas nucleares por parte de algunos Estados es la principal causa de la proliferación. Teorías como la disuasión nuclear y la estabilidad estratégica incentivan la proliferación, ya que los países que se sienten amenazados por los Estados con armas nucleares ven el valor de adquirir sus propias armas nucleares.
Del mismo modo, la guerra no es una estrategia por los derechos humanos. Las afirmaciones de que la violenta represión del Gobierno iraní contra manifestantes y otras personas justifican la guerra pasan por alto dos hechos importantes: 1) Los derechos humanos se seguirán pisoteando y violando durante la guerra, como ya podemos ver con el creciente número de víctimas civiles; y 2) La guerra proporciona una excusa a los gobiernos para intensificar la represión interna, la tortura, el encarcelamiento y la ejecución de quienes se resisten a la violencia estatal.
La vergonzosa respuesta de Occidente y su destrucción del derecho internacional
A pesar de todos estos hechos, los aliados occidentales de Estados Unidos e Israel han dado su bendición a esta guerra ilegal. El servil apoyo de los aliados de Estados Unidos a la guerra contra Irán, entre ellos Australia, Canadá y la mayoría de los gobiernos europeos, ha vuelto a situar a la autodenominada «potencia media» en una posición de apoyo directo a los crímenes de guerra y a la violación del derecho internacional. Desde armar a Israel durante su genocidio de palestinos hasta apoyar esta nueva guerra contra Irán, estos países están demostrando que seguirán apoyando la deconstrucción de su supuesto «orden basado en normas» si ello conviene a sus intereses políticos y económicos. En eso se ha quedado la afirmación del primer ministro canadiense, Mark Carney, de que ya no iba a apoyar la búsqueda de poder por parte de las potencias hegemónicas mundiales, lo que demuestra su propia tesis de que las «potencias medias» son igual de ilegales cuando les conviene.
La hipocresía de los Estados occidentales en relación con el programa nuclear de Irán es especialmente grave. Los nueve Estados con armas nucleares gastan miles de millones cada año en modernizar, mejorar y ampliar sus arsenales nucleares, sus sistemas vectores y sus instalaciones relacionadas. Y mientras Israel y Estados Unidos bombardean Irán para impedir su programa nuclear, Canadá ha anunciado que suministrará uranio a la India, que posee armas nucleares, y Francia ha anunciado que aumentará su arsenal nuclear y colaborará con otros países en una «estrategia de disuasión avanzada», entre los que se encuentran el Reino Unido, Alemania, Polonia, los Países Bajos, Bélgica, Grecia, Suecia y Dinamarca. «Los próximos 50 años serán una era de armas nucleares», proclamó el presidente francés Emmanuel Macron. Ambas medidas violan el Tratado de No Proliferación Nuclear, al que están vinculados todos estos países excepto la India.
El doble rasero es inconcebible y temerario, y echa más leña al fuego que envuelve la infraestructura del derecho internacional. Hasta ahora, España es el único gobierno occidental que ha condenado la guerra contra Irán, con el presidente Pedro Sánchez rechazando abiertamente la acción militar unilateral de Estados Unidos e Israel. España también se niega a apoyar materialmente la guerra, denegando a Estados Unidos el permiso para utilizar las bases militares de operación conjunta en su territorio. Esta es la única acción responsable de cualquier Estado del mundo y debe ser replicada por otros. Pero la mayoría de los países occidentales, los Estados capitalistas más militarizados del mundo, están avanzando claramente en la dirección opuesta: de vuelta al infierno de la guerra mundial y la anarquía.
La guerra debe terminar ya con el cese inmediato de las hostilidades por parte de Israel y Estados Unidos, el fin de los ataques de represalia de Irán y la retirada completa de las fuerzas estadounidenses de la región. Más allá de esto, es necesario que el resto del mundo tome medidas urgentes para detener la furiosa embestida de «el poder hace la fuerza», «el ganador se lo lleva todo», la búsqueda imperial del poder y el botín que dictan la política estadounidense e israelí. Hay que detener a esos chicos con sus bombas, antes de que sea demasiado tarde para el resto de nosotros.
Imagen de portada de Roger Peet (Justseeds).