Jonathan Cook, Middle East Eye, 5 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net
Resulta casi imposible entender, al menos a partir de las justificaciones ofrecidas, qué es lo que el presidente estadounidense Donald Trump realmente espera conseguir con su guerra de agresión, y la de Israel, contra Irán, una guerra claramente ilegal.
¿Se trata de destruir un programa de armas nucleares iraní del que nunca ha habido pruebas tangibles y que Trump afirmó hace sólo unos meses haber «destruido completa y totalmente» en un ataque anterior que también infringió la legalidad?
¿O se trata de obligar a Teherán a volver a las negociaciones sobre su programa de enriquecimiento de energía nuclear, que se interrumpieron prematuramente cuando Estados Unidos lanzó su ataque no provocado? Cabe señalar que estas negociaciones se hicieron necesarias porque, en 2018, durante su primer mandato, fue Trump quien rompió el acuerdo original con Irán.
¿O se supone que la guerra debe intimidar a Irán para que sea más flexible, a pesar de que Trump hizo saltar por los aires las conversaciones en el mismo momento en que Omán, el principal mediador, insistía en que Teherán había capitulado ante casi todas las onerosas exigencias de Washington y que un acuerdo estaba «a nuestro alcance»?
¿O acaso los ataques aéreos tienen como objetivo «liberar» a los iraníes, a pesar de que entre las primeras víctimas se encontraban al menos 165 civiles de una escuela femenina, la mayoría de ellos niñas de entre 7 y 12 años?
¿O el objetivo es presionar a Irán para que renuncie a sus misiles balísticos, la única disuasión que tiene contra los ataques y que lo dejaría totalmente indefenso ante los perversos designios de Estados Unidos e Israel?
¿O Washington creía que Teherán estaba a punto de atacar primero, a pesar de que los funcionarios del Pentágono han confesado al personal del Congreso que no había ninguna información de inteligencia que indicara que se iba a producir un ataque?
¿O el objetivo es decapitar al régimen iraní, como ya se ha logrado con el asesinato del líder supremo de Irán, Alí Jamenei? Si es así, ¿con qué propósito, dado que Jamenei se oponía tanto a la bomba nuclear iraní que emitió un edicto religioso, una fatwa, en contra de su desarrollo?
¿Podría el sucesor de Jamenei, tras haber visto lo absolutamente poco fiables que son Estados Unidos e Israel, su actuación de Estados canallas sin restricciones ante el derecho internacional, decidir ahora que el desarrollo de una bomba nuclear es una prioridad absoluta para proteger la soberanía de Irán?
No hay una justificación clara
No hay una justificación clara por parte de Washington, ya que el autor de este ataque no se halla ni en la Casa Blanca ni en el Pentágono. Este plan se gestó en Tel Aviv hace décadas.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, lo admitió el domingo. De ello alardeó al decir: «Este esfuerzo conjunto nos permite hacer lo que he esperado lograr durante 40 años: aplastar por completo al régimen del terror. Esa es mi promesa y eso es lo que va a suceder».
Cabe señalar que esas cuatro décadas fueron también el marco temporal de una serie interminable de advertencias de Netanyahu y otros líderes israelíes de que Teherán estaba a sólo unos meses de desarrollar una bomba nuclear.
Netanyahu ha estado vendiendo este mismo pretexto urgente y sin sentido para atacar Irán durante todo ese tiempo. Durante 40 años, cada año se ha proclamado como la última oportunidad para impedir que los «mulás locos» obtengan una bomba, una bomba que nunca se materializó.
Y mientras tanto, el propio arsenal de armas nucleares de Israel, no declarado y, por lo tanto, no controlado, ha sido un secreto a voces.
Europa ayudó a Israel a desarrollar su bomba, mientras que Estados Unidos hacía la vista gorda, incluso cuando los líderes israelíes defendían una doctrina suicida conocida como la «opción Sansón», que postulaba que Israel preferiría detonar su arsenal nuclear antes que sufrir una derrota militar convencional.
La opción Sansón rechaza implícitamente la idea de que se permita a cualquier otro Estado de Oriente Medio adquirir una bomba y, con ello, lograr la equivalencia en el terreno de juego militar con Israel.
Es precisamente esa premisa la que, durante décadas, ha guiado la política israelí hacia Teherán. No porque Irán haya mostrado inclinación alguna por desarrollar un arma. Tampoco porque sus supuestos «mulás locos» fueran tan insensatos como para dispararlas contra Israel si alguna vez las adquirieran.
No, fue por otras razones. Porque Irán es el Estado más grande y unificado de la región, con una rica historia, una fuerte identidad cultural y una formidable tradición intelectual. Porque Irán ha demostrado repetidamente, tanto bajo líderes seculares como religiosos, su renuencia a someterse al dominio colonial occidental e israelí.
Y porque es considerado una fuente de autoridad y liderazgo por las comunidades religiosas chiíes de los países vecinos —Iraq, el Líbano, Siria, Yemen— que tienen un historial similar de negarse a doblegarse ante la hegemonía israelí.
El temor de Israel era que, si Irán seguía los pasos de Corea del Norte y adquiría un arma nuclear, Israel dejaría de ser el Estado cliente militarizado más útil de Occidente en el Oriente Medio rico en petróleo.
Despojado de su capacidad para aterrorizar a sus vecinos, avivar la división sectaria y ayudar a proyectar el poder imperial de Estados Unidos en la región, Israel perdería su razón de ser. Se convertiría en el elefante blanco definitivo.
Los líderes israelíes, engordados por las interminables subvenciones militares pagadas por los contribuyentes estadounidenses y con licencia para saquear los recursos de los palestinos, nunca iban a abandonar voluntariamente su gallina de los huevos de oro.
Por eso Irán rara vez ha estado fuera del punto de mira de Israel.
«Dolores de parto»
El alcance del extraordinario engaño de Israel sobre los argumentos para la guerra contra Irán puede calibrarse comparándolo con el engaño perpetrado por la administración de George W. Bush al lanzar su invasión de Iraq en 2003.
Iraq era otro Estado militar fuerte —aunque más frágil por sus profundas divisiones sectarias y étnicas— que Israel temía que pudiera desarrollar una capacidad nuclear que arruinara su posición de liderazgo.
En el período previo a esta guerra ilegal —de nuevo aplaudida por Israel—, Bush afirmó que el líder iraquí Sadam Husein tenía grandes arsenales secretos de armas de destrucción masiva que databan de antes de la introducción en 1991 del régimen de inspección de armas de las Naciones Unidas.
Los inspectores, que gozaron de amplios poderes en Iraq, consideraban que eso era improbable. También señalaron que, incluso si algunas de las armas químicas conocidas de Iraq hubieran eludido sus inspecciones, para entonces serían tan obsoletas que se habrían convertido en «una inofensiva sustancia pegajosa».
Tras la invasión, nunca se encontraron armas de destrucción masiva. No obstante, los políticos y los medios de comunicación occidentales se creyeron fácilmente la gran mentira. Al menos en esa ocasión, pudieron alegar que sólo habían tenido unos meses para evaluar la credibilidad de las acusaciones.
En el caso de Irán, por el contrario, los políticos y los medios de comunicación han tenido 40 años para investigar y sopesar la verosimilitud de las afirmaciones de Israel. Hace tiempo que deberían haber comprendido que Netanyahu es un narrador totalmente poco fiable de una supuesta «amenaza» iraní.
Y eso sin tener en cuenta que también es un fugitivo sospechoso de crímenes de guerra que lleva más de dos años mintiendo sobre la destrucción genocida de Gaza por parte de Israel. Nadie debería creer una sola palabra de lo que sale de su boca.
Al igual que la actual aniquilación de Gaza y la anterior ocupación de Iraq, el actual ataque contra Irán es otra coproducción criminal de Estados Unidos e Israel, de hecho, una continuación del mismo proyecto.
El discurso promovido es claro.
Netanyahu habla de su deseo de «aplastar el régimen del terror», al igual que antes hablaba de «erradicar» a Hamás en Gaza.
Trump afirma de manera similar que un Irán derrotado es la clave para un «Oriente Medio totalmente diferente». Tras el lanzamiento de los ataques aéreos el fin de semana, instó a los iraníes a derrocar su «teocracia represiva» y construir un «Irán libre y que busque la paz».
Todo ello está diseñado para hacerse eco de las fantasías sobre la creación de un nuevo Oriente Medio que Israel y sus agentes ideológicos en Washington —conocidos como neoconservadores o neocons— llevan vendiendo desde hace más de un cuarto de siglo, desde antes de las inútiles invasiones de Afganistán e Iraq.
Condoleezza Rice, secretaria de Estado de Bush, habló en 2006 de los penosos «dolores de parto» que tendría que soportar la región mientras los ejércitos estadounidense e israelí actuaban como comadronas de esta nueva era.
La primera vez, el plan fracasó rápidamente. Las tropas estadounidenses no pudieron superar la feroz resistencia iraquí. Afganistán fue recuperado lentamente por los talibanes de sus ocupantes estadounidenses y británicos. Y Hizbolá infligió una sangrienta derrota a Israel cuando este intentó volver a ocupar el sur del Líbano en 2006.
No obstante, la primera ronda fue un espectáculo de horror. Implicó la matanza masiva de poblaciones en toda la región por parte de Estados Unidos e Israel. Se establecieron centros clandestinos especiales del ejército estadounidense donde floreció la tortura. Se hizo trizas el derecho internacional. Y el desplazamiento de millones de personas por la guerra las empujó hacia Europa y avivó el auge de una extrema derecha antiinmigración.
El mito del «cambio de régimen»
La segunda ronda, que Israel y los neoconservadores estaban deseando iniciar desde entonces, iba a ser siempre aún más desagradable.
Su momento llegó a finales de 2023 con la letal fuga de Hamás del campo de concentración de Gaza, donde los palestinos —unos 2,3 millones en ese momento— llevaban décadas encarcelados por Israel.
Insistiendo en su derecho a «tomar represalias», Israel lanzó una campaña genocida de ataques aéreos indiscriminados. El pequeño enclave costero quedó arrasado, decenas —probablemente cientos— de miles de palestinos murieron y toda la población quedó sin hogar y en la indigencia.
Pero esa devastación, al igual que la campaña paralela de Israel para matar de hambre a la población de Gaza, no fue simplemente una respuesta al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, aunque haya sido tabú sugerir lo contrario.
Israel tenía desde hacía tiempo un plan para «remodelar» Oriente Medio, que se remontaba incluso a antes de la llegada al poder de Netanyahu.
Aún no está claro en qué medida el modelo de Israel para transformar Oriente Medio coincide con el de Washington, aunque los analistas suelen referirse vagamente a ambos en términos de «cambio de régimen». Pero ese es un nombre poco apropiado. Incluso para Washington, el cambio de régimen impide la instauración de un líder democrático que represente la voluntad del pueblo iraní.
El secretario de Guerra Pete Hegseth, que sirvió en Iraq, al menos fue más honesto que sus recientes predecesores al descartar la idea de que algo benévolo pudiera surgir de este ataque ilegal.
«No hay reglas de combate estúpidas, ni atolladeros de construcción de naciones, ni ejercicios de construcción de democracias, ni guerras políticamente correctas», declaró a los periodistas.
Hay buenas razones para esa aversión. La última vez que Irán tuvo un gobierno democrático, a principios de la década de 1950, su primer ministro laico y socialista, Mohamad Mosadegh, indignó a Occidente al nacionalizar la industria petrolera iraní en beneficio de los iraníes.
La Operación Ajax de la CIA lo derrocó en 1953 y reinstauró al brutal Mohamad Reza Pahlavi como monarca, o sah, lo que permitió a Estados Unidos y Gran Bretaña recuperar el control del petróleo iraní.
La reacción tardó 26 años en llegar. Los clérigos islámicos aprovecharon el odio popular hacia Estados Unidos y el sah, respaldado por Israel, para lanzar su revolución.
Una minoría desquiciada
Sin duda, a Washington le gustaría un «cambio de régimen» que consistiera en instalar a Reza Pahlavi, el hijo mayor del sah, como nuevo autócrata y títere occidental.
Israel también podría estar satisfecho con ese desenlace.
Pero nadie en Washington ni en Tel Aviv imagina realmente que se pueda bombardear Irán para que acepte el regreso de un líder cruel como el sah.
Todo lo que Estados Unidos ha logrado demostrar hasta ahora es lo obvio: que un gran número de iraníes pueden salir a las calles a protestar, como lo hicieron a finales de diciembre, si ellos y su país se empobrecen más allá de lo soportable a causa de un régimen sostenido y despiadado de sanciones económicas estadounidenses.
Pero, independientemente de las insinuaciones de los políticos y los medios de comunicación occidentales, los enfadados iraníes por haber sido empujados a la indigencia no constituyen un movimiento político coherente ni es probable que sean receptivos a las súplicas de las mismas élites estadounidenses que han pasado años arruinando su país.
Si la idea de que la oposición iraní está a punto de hacerse con el poder parece plausible, es sólo porque los medios de comunicación occidentales han estado preparando a su público con dos falsedades probables.
En primer lugar, que el régimen iraní no cuenta con el apoyo de las masas. Y, en segundo lugar, que quienes protestan culpan exclusivamente a sus propios gobernantes de su difícil situación, en lugar de reservar parte de su ira para los actores externos que interfieren maliciosamente en sus vidas.
Es posible que unos pocos exiliados iraníes adinerados —deseosos una vez más de lucrarse vendiendo la plata de Irán a los amos coloniales occidentales— estén aplaudiendo el bombardeo de escolares iraníes desde la seguridad de los estudios de televisión occidentales. Pero no sería prudente imaginar que representan algo más que una pequeña minoría desquiciada.
Agitación en MAGA
A diferencia de la confusión causada en Washington por la necesidad de apaciguar al público estadounidense, el plan a largo plazo de Israel para «remodelar» Oriente Medio es clarividente.
En Tel Aviv no hay interés en un «cambio de régimen» a menos que el nuevo régimen esté dispuesto a subordinarse —como han hecho los Estados del Golfo— a Israel como señor supremo de la región.
Dado que eso es poco probable, Israel quiere lo que se denominaría más bien «derrocamiento del régimen» o «colapso del régimen»: la destrucción total de la infraestructura de Irán, la disolución de toda autoridad gubernamental y militar y la creación de un vacío de poder en el que Israel pueda manipular a los actores rivales y fomentar una guerra civil permanente y enervante.
¿Les suena familiar?
Esto se debe a que el ataque contra Irán concuerda con la misma desastrosa estrategia militar estadounidense empleada por los aliados neoconservadores de Israel en Washington en los ataques contra Afganistán, Iraq, Libia, Siria y Yemen antes de octubre de 2023.
Trump llegó al poder precisamente porque prometió que pondría fin a las «guerras eternas» —guerras por Israel— que han sembrado el caos en Oriente Medio y han alimentado directamente nuevas formas de extremismo islámico militante, desde Al Qaida hasta el Estado Islámico.
Es por ello comprensible que su movimiento MAGA esté ahora en plena tormenta política por el ataque a Irán.
Pero Trump, que depende electoralmente de los votos de los evangélicos cristianos, vehementemente proisraelíes, y financieramente de grandes donantes israelíes como Miriam Adelson, nunca iba a alejarse mucho del guion existente.
Desde octubre de 2023, con el respaldo de la administración Biden, Israel ha desplegado sus guerras para derrocar regímenes en Gaza, en el Líbano y, una vez más, en Siria. Cada uno de ellos está ahora militarmente destrozado y es apenas gobernable.
Trump no se opuso a esas guerras, cuyo objetivo principal era allanar el camino para aislar a Irán de sus aliados regionales, dejándolo lo suficientemente expuesto como para el actual ataque.
Esto ha seguido un guion totalmente predecible, como admitió el general de cuatro estrellas Wesley Clark en 2007. Poco después del ataque a las Torres Gemelas en 2001, se le mostró un documento informativo clasificado sobre un plan del Pentágono para «derrocar» a siete países, que comenzaba por Iraq y terminaba por Irán.
Pacto con el diablo
Es posible que los aliados occidentales de Washington se sientan incómodos en privado por estar visiblemente asociados con otra guerra ilegal entre Estados Unidos e Israel. Pero al apoyar más de dos años de genocidio en Gaza, ya hicieron su pacto con el diablo. Ahora no hay vuelta atrás.
Por eso, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Canadá y Australia se alinearon obedientemente detrás de la administración Trump esta semana.
La primera reacción de Mark Carney, primer ministro de Canadá, fue retractarse de las palabras que pronunció en Davos en enero relativas a que era hora ya de que las «potencias medias» como la suya dejaran de «vivir en la mentira» de la benevolencia liderada por Estados Unidos y, en su lugar, establecieran su propia autonomía estratégica para promover una política exterior más honesta.
No obstante lo anterior, Carney emitió un comunicado el fin de semana en el que apoyaba plenamente a Estados Unidos e Israel en su guerra de agresión contra Irán, que es claramente ilegal y que el derecho internacional define como el «crimen internacional supremo», aunque tuvo que retractarse ante la reacción negativa en su país.
Por su parte, el primer ministro británico, Keir Starmer, ha entregado a Trump las llaves de las bases aéreas del Reino Unido para lo que él denomina hipócritamente «fines defensivos».
Alguien debería explicarle a Starmer, que en su día fue un afamado abogado defensor de los derechos humanos, que no se puede apoyar «defensivamente» una guerra de agresión. Al hacerlo, uno se convierte también en agresor.
El calendario del plan del Pentágono para derrocar regímenes en 2001 que vio el general Clark era de «siete países en cinco años». Como han demostrado los acontecimientos un cuarto de siglo después, ese escenario era muy poco realista.
No hay motivos para suponer que Estados Unidos o Israel tengan ahora una visión más clara que en 2001 sobre cómo se desarrollará la situación. Lo único seguro es que no saldrá según lo previsto.
Israel ha borrado del mapa la pequeña Gaza, pero Hamás sigue en pie y al mando de las ruinas, sin duda con una ira y un deseo de venganza aún más intensos.
Irán es una propuesta mucho, mucho mayor que Gaza o cualquiera de los otros objetivos anteriores de los ataques israelíes y estadounidenses.
Las brasas de la resistencia —en Gaza, Iraq, Líbano, Siria, Yemen y, potencialmente, en nuevos lugares como Bahréin— no se han extinguido. Y ahora, con el ataque a Irán, se están avivando con cada nuevo crimen, cada nueva atrocidad, cada nuevo ultraje.
Foto de portada: Manifestantes queman fotos de Donald Trump y Benjamin Netanyahu durante una concentración tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, en Quezon City, Filipinas, el 2 de marzo de 2026 (Noel Celis/Reuters).