«¡El horror! ¡El horror!» Nostalgia colonial y confiabilidad aria

Juan Cole, TomDispatch.com, 12 marzo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Juan Cole, colaborador habitual de TomDispatch, es catedrático Richard P. Mitchell de Historia en la Universidad de Michigan. Es autor de The Rubaiyat of Omar Khayyam: A New Translation From the Persian y Muhammad: Prophet of Peace Amid the Clash of Empires. Su último libro es Peace Movements in Islam. Su galardonado blog es Informed Comment. También es miembro no residente del Center for Conflict and Humanitarian Studies de Doha y de Democracy for the Arab World Now (DAWN).

Bajo el mandato del presidente Donald J. Trump, Estados Unidos se ha convertido en un motor para la difusión del nacionalismo blanco. Desde la década de 1930 no se había visto que una ideología de este tipo —que exalta a los grupos étnicos que califica de «blancos» y denigra a todos los demás— sustentara las políticas internas y exteriores de una gran potencia mundial. Como es habitual (en estos tiempos), la reciente Estrategia de Seguridad Nacional (NSS, por sus siglas en inglés) de Trump describía a Europa como sumida en un claro «declive civilizatorio» debido al compromiso de la Unión Europea con la democracia multirracial y el derecho internacional humanitario. En la actualidad, gracias a sus políticas raciales, el equipo de Trump incluso encuentra la manera de inyectar odio racial en las áridas estadísticas económicas, quejándose de que «Europa continental ha ido perdiendo cuota del PIB mundial, pasando del 25% en 1990 al 14% actual».

Un alcalde llamado Khan

Sin embargo, resulta que, en términos reales, los europeos son hoy más del doble de ricos por persona que hace 36 años. La máxima que en su día citó Mark Twain, según la cual hay «mentiras, malditas mentiras y estadísticas», queda perfectamente ilustrada en la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump. En 1991, apenas dos años antes de que se creara la Unión Europea (UE), el PIB per cápita era de 15.470 dólares (en dólares actuales). En 2024, esa cifra era de 43.305 dólares. Lo que cambió desde entonces no fue que Europa comenzara a decaer, sino que el bienestar de la población del Sur global, en lo que Trump despectivamente denomina «países de mierda», también ha mejorado significativamente, le guste o no, lo que ha alterado la cuota de Europa en el PIB mundial.

En su Estrategia de Seguridad Nacional, Trump admite, sin embargo, que la supuesta degradación económica de Europa no le preocupa ni de lejos tanto como otra cuestión: «Este declive económico queda eclipsado por la perspectiva real y más cruda de la desaparición de la civilización», gracias a las políticas migratorias de Europa. En resumen, el Gobierno de Trump ha adoptado ahora una versión modernizada de la ideología nazi del Gran Reemplazo, criticando «las políticas migratorias que están transformando el continente europeo y creando conflictos», junto con «la caída en picado de las tasas de natalidad y la pérdida de identidades nacionales y de confianza en sí mismos».

Trump afirma que ya no está seguro de que los europeos vayan a seguir siendo europeos. Al parecer, le preocupa que, dentro de dos décadas, el continente sea irreconocible y que los países de la UE ya no sean capaces de ser «aliados fiables» de Washington. Esa pulla va dirigida, por supuesto, claramente a los inmigrantes musulmanes que llegan a Europa, aunque estos constituyan una clara minoría entre los que allí llegan. En una entrevista sobre su NSS, Trump comentó con sarcasmo: «Si echas un vistazo a Londres, tienes un alcalde llamado Khan». Y luego continuó exclamando horrorizado que los inmigrantes no sólo vienen de Oriente Medio, «vienen del Congo, un número tremendo de personas que vienen del Congo». En otras palabras, lo único que supera la islamofobia de Trump es su horror hacia las personas negras.

Por supuesto, está completamente desinformado sobre la inmigración en Europa, lo que significa que su NSS también lo está. Para empezar, la mayor afluencia de personas a la UE en los últimos años ha sido de 4,3 millones de ucranianos. Las principales fuentes de inmigración a Alemania en 2024 fueron Ucrania, Rumanía, Turquía, Siria y la India. En el caso de España, fueron Colombia, Marruecos, Venezuela, Perú y Argentina. En cuanto a la fiabilidad futura de Europa, Trump ya ha dicho que «no puede confiar» en Dinamarca, por mucho que su población sea firmemente luterana y predominantemente rubia, porque ese país no le cederá Groenlandia. Y dado que el presidente ha expresado su disposición a romper la alianza de la OTAN, si es necesario, para añadir 57.000 groenlandeses a sus dominios feudales, su escepticismo respecto a la fiabilidad de los europeos debe considerarse sumamente irónico.

La fiabilidad aria

Los fundamentos del razonamiento de Trump pueden (o al menos deberían) describirse como de estilo nazi. Al fin y al cabo, parte de la base de que los inmigrantes a los que detesta son inherentemente incapaces de convertirse en europeos y harán que esos países sean intrínsecamente poco fiables como aliados de Estados Unidos. Sobre los países de la UE, afirmó recientemente que «cambiarán su ideología, obviamente, porque las personas que llegan tienen una ideología totalmente diferente». Sin embargo, se consideró ampliamente que el primer ministro británico Rishi Sunak, nacido en Southampton en el seno de una familia inmigrante indio-africana oriental de fe hindú, fue quien había restablecido las relaciones diplomáticas entre el Reino Unido y Estados Unidos tras años de tensiones.

En realidad, los estudios muestran que el estatus socioeconómico, y no el origen nacional, es el mejor indicador de cómo votarán los inmigrantes. En Alemania, los rusos-alemanes de mejor nivel económico, que superan con creces en número a los turco-alemanes, en su mayoría de clase trabajadora, tienden a votar a partidos de centroderecha. Ambos grupos, sin embargo, parecen dispuestos a participar en la política europea de acuerdo con las normas locales. Si, para Trump, el término «inmigrantes» en este contexto es un silbido para los musulmanes, cabe señalar que nueve de los 22 países, entre ellos Egipto, Arabia Saudí y Pakistán, que han sido designados formalmente por Trump como «aliados importantes no pertenecientes a la OTAN», son de mayoría musulmana.

Su razonamiento en materia de política exterior en esa Estrategia de Seguridad Nacional refleja de forma inquietante la lógica descabellada de Adolf Hitler, quien consideraba a Francia un enemigo de Alemania porque, supuestamente, había caído irremediablemente bajo la influencia judía no aria, y quien, en la década de 1920 y principios de la de 1930, albergaba la esperanza de que los elementos arios prevalecieran sobre los judíos en Gran Bretaña, un país que prefería como socio estratégico debido al origen germánico de parte de su población. En la NSS de Trump, los inmigrantes europeos procedentes de África y Oriente Medio desempeñan el papel que los judíos desempeñaban en el pensamiento de Hitler, es decir, el de saboteadores no arios de la integridad nacional. El racismo conspirativo de Hitler era, por supuesto, de una locura demasiado sombría, y lo mismo ocurre con el de la NSS de Trump.

«Mongoles y negros»

Un elemento central de la NSS es el Gran Reemplazo. La idea, aunque no la frase, se remonta a 1900, cuando el parlamentario y novelista nacionalista francés Maurice Barrès escribió: «Hoy, nuevos franceses se han colado entre nosotros… que quieren imponernos sus formas de sentir». Advirtió sobre los inmigrantes judíos, italianos y de otras procedencias. «El nombre de Francia bien podría sobrevivir», comentó, pero «el carácter especial de nuestro país quedaría, no obstante, destruido». En medio de una crisis política por la condena injusta del capitán Alfred Dreyfus (de ascendencia judía y alsaciana) por supuesto espionaje a favor de la embajada alemana, Barrès denunció al famoso novelista francés Émile Zola, partidario de Dreyfus, tachándolo de «no francés», sino de cosmopolita sin raíces de origen veneciano.

Cincuenta años más tarde, el nazi francés René Binet (1913-1957) acuñó la expresión «Gran Reemplazo». Excomunista, había colaborado con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial en la Brigada de Granaderos de la Escuadrilla de Protección paramilitar Carlomagno (Schutzstaffel o SS). Tras la guerra, en su libro de 1950 Theory of Racism, escribió consternado sobre cómo Europa Occidental había sido invadida por «mongoles y negros», es decir, por soviéticos y estadounidenses. Lamentó que el capital dominado por los judíos supuestamente controlara también Europa (lo cual, por supuesto, no era cierto) y alegó falsamente que los directores ejecutivos judíos estaban trayendo inmigrantes en un intento deliberado de sustituir a los europeos blancos civilizados.

Lamentablemente, las ideas de Binet han sido resucitadas en este siglo por pensadores y políticos franceses. Renaud Camus publicó su versión del siglo XXI de la teoría en 2010, titulando su libro The Great Replacement. Tales falsedades encontraron eco en Charlottesville, Virginia, en 2017, cuando los nazis estadounidenses corearon «los judíos no nos reemplazarán» (y el presidente Trump calificó a los manifestantes reunidos, así como a quienes se oponían a ellos, de «gente muy buena»). Camus acabó apoyando a políticos afines del partido de extrema derecha Agrupación Nacional (antes Frente Nacional), liderado por Marine Le Pen, quien también se convirtió en aliada de Trump. Cuando un tribunal francés la condenó por malversación en 2025 y la inhabilitó para ejercer cargos políticos durante cinco años, Trump denunció el veredicto y lanzó el eslogan «Liberad a Marine Le Pen». El hecho de que Le Pen, una política racista de extrema derecha, rinda cuentas ante el Estado de derecho forma parte de lo que Trump denunciaba en su Estrategia de Seguridad Nacional cuando se refería a la «censura de la libertad de expresión y la represión de la oposición política» en Europa.

El padre de Marine Le Pen, Jean-Marie Le Pen, había sido paracaidista en la despiadada Guerra de Argelia (1954-1962), en la que murieron entre medio millón y un millón de argelinos en un intento por mantener a ese país bajo el dominio colonial francés. El padre de Le Pen llegó a liderar el recién fundado Frente Nacional en 1972 y estaba rodeado de figuras de extrema derecha que habían colaborado con los nazis. Aunque el partido se reinventó bajo el liderazgo de Marine Le Pen en 2017 como Agrupación Nacional y se ha desplazado ligeramente hacia el centro, muchos de sus seguidores albergan ideas neonazis sobre la pureza racial, ahora dirigidas típicamente contra los musulmanes árabes y bereberes.

Olvídense de 1776 y todo eso

Las preocupaciones centrales de aquella Estrategia de Seguridad Nacional inspiran ahora la política exterior de la Administración Trump. En la Conferencia Anual de Seguridad de Múnich, celebrada a principios de febrero, por ejemplo, el secretario de Estado Marco Rubio retomó lo que el escritor chovinista victoriano Rudyard Kipling denominó en su día «la carga del hombre blanco», jactándose de que «durante cinco siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente se había estado expandiendo». Olvidó mencionar todas las masacres, la destrucción y los saqueos que los colonialistas europeos perpetraron a lo largo de esos siglos. Sólo el rey Leopoldo II de Bélgica, por ejemplo, instauró en el Congo, entre 1885 y 1908, políticas que podrían haber causado la muerte de hasta 10 millones de personas. Ese sangriento episodio inspiró la novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas, en cuya última frase el protagonista exclama: «¡El horror! ¡El horror!».

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, lamentó Rubio, una Europa en ruinas se contrajo. «La mitad», añadió, «vivía tras un Telón de Acero y el resto parecía que pronto seguiría sus pasos». Se quejó de que «los grandes imperios occidentales hubieran entrado en un declive terminal, acelerado por revoluciones comunistas ateas y por levantamientos anticoloniales que transformarían el mundo y extenderían la hoz y el martillo rojos por vastas extensiones del mapa en los años venideros».

También mostró una llamativa mezcla de nacionalismo blanco y nostalgia colonial; y, con ello, un desconocimiento de la historia de la descolonización, que no sólo tuvo lugar después de 1945, ni fue liderada principalmente por los comunistas. Al fin y al cabo, Estados Unidos inició su lucha anticolonial en 1776. La mayor parte de América Latina fue liberada del Imperio español a principios del siglo XIX por Simón Bolívar y otros luchadores que en aquella época habrían sido calificados de liberales. En cuanto a los movimientos de liberación posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los líderes de los antiguos países colonizados, entre ellos India, Kenia, Malasia, Marruecos, Pakistán, Senegal y Sudán, entre otros, se inclinaron bien por el capitalismo, bien por la socialdemocracia.

La mezcla de Marco Rubio de nacionalismo blanco y nostalgia colonial no es, por supuesto, nada nuevo. La recuperación de las colonias alemanas en África, perdidas en la Primera Guerra Mundial a manos de Gran Bretaña y Francia, fue una de las demandas más insistentes del régimen nazi a finales de la década de 1930, y los sueños de una nueva versión del imperialismo alemán en África formaban parte de lo que se entendía por el Tercer Reich.

Rubio ha descrito la descolonización como un fracaso de la voluntad de poder europea. La mayoría de los historiadores, por el contrario, destacan la forma en que sus colonias se movilizaron en favor de la independencia. Los politólogos señalan dos tipos cruciales de movilización. El primero fue la «movilización social», que implicó la urbanización, la industrialización y el aumento de la alfabetización. En 1945, cada vez más asiáticos y africanos habían dejado de ser analfabetos que vivían en pequeñas aldeas aisladas. En cuanto a la movilización política, los partidos, las cámaras de comercio y los sindicatos llevaron a las calles a millones de personas que antes habían sido colonizadas. Nuevas clases sociales de empresarios, profesionales y trabajadores exigían el derecho a controlar su propio destino.

Y, tras la Segunda Guerra Mundial, las actitudes estaban cambiando incluso entre las potencias coloniales. La opinión pública británica, por ejemplo, ya no se dejaba convencer para gastar dinero en un intento de sofocar una India donde el Partido del Congreso de Mahatma Gandhi y Jawaharlal Nehru había llevado a millones de personas a las calles exigiendo la independencia. Y aunque los Países Bajos lucharon con saña para revocar la declaración de independencia de Indonesia en 1945 (a pesar de haber sido ellos mismos ocupados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial), tras cuatro años de masacres, se vieron obligados a retirarse.  Los empobrecidos franceses no tuvieron más remedio que renunciar a la mayor parte de sus posesiones africanas, pero en un sangriento fracaso intentaron mantener sus colonias en Argelia y Vietnam por la fuerza militar. El presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower, un hombre más sensato que Rubio, presionó al presidente francés Charles De Gaulle para que se retirara de Argelia, ante el temor de que los revolucionarios de allí se volvieran hacia Moscú y el comunismo.

Kinder, Küche, Kirche

Teniendo en cuenta esa historia, el consejo del presidente Donald Trump y del secretario de Estado Marco Rubio a la Unión Europea de adoptar una política nacionalista blanca, tanto interior como exterior, e intentar iniciar una nueva ronda de colonialismo europeo en el Sur global es verdaderamente monstruoso, tanto desde el punto de vista moral como en términos prácticos. Sin la inmigración actual, Europa se enfrentaría pronto al dilema de Japón de una rápida pérdida de población, junto con la pérdida de poder económico y político internacional.

El presidente Pedro Sánchez acertó al decir que España se enfrenta a la elección entre «ser un país abierto y próspero o uno cerrado y pobre». En cuanto al sueño pronatalista nacionalista blanco de mantener a las mujeres descalzas y embarazadas, de acuerdo con el antiguo lema alemán Kinder, Küche, Kirche (niños, cocina, iglesia), es una quimera, dado el poder electoral de las mujeres en la Europa actual (y en Estados Unidos).

Mientras tanto, la cruel campaña antiinmigración de Donald Trump, que se refleja inmensamente en las actuaciones del ICE, ha perjudicado ya a la economía estadounidense, y los europeos cometerían un grave error si la imitaran de cualquier forma, incluso de manera colonial. El proyecto neoconservador de rehabilitar el colonialismo estadounidense fracasó estrepitosamente en las desastrosas guerras de este país en Afganistán e Iraq en el siglo XXI (y tampoco se verá favorecido por el actual ataque contra Irán) por razones similares a las que hicieron imposible el colonialismo europeo en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial.

En realidad, el proyecto de democracia multicultural de la Unión Europea ha generado una enorme prosperidad, al tiempo que ha ampliado y profundizado los derechos humanos. El nacionalismo blanco de Trump, por otro lado, es una fórmula para la división, la pobreza y la violencia masiva, como se demostró en las décadas de 1930 y 1940, cuando se probó por última vez una forma de esa ideología en Europa.

Y cuenten con esto: Trump y su equipo van a dar a la frase «la carga del hombre blanco» un nuevo y sombrío significado.

Foto de portada: Chicos arrogantes en Raleigh (noviembre 2020), de Anthony Crider.

Voces del Mundo

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