Layla Zibar, Al-Jumhuriya English, 5 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Layla Zibar es investigadora posdoctoral en el departamento de arquitectura de la Universidad KU Leuven (Bélgica) y trabaja en los campos de la inclusión, la migración forzosa, la reconstrucción (post)conflicto y el urbanismo. Layla tiene un doble doctorado en Arquitectura y Urbanismo (2023) por la BTU (Alemania) y la KU Leuven (Bélgica), un máster en Diseño Urbano, Desarrollo Comunitario e Ingeniería Arquitectónica (Universidad de El Cairo/Egipto, 2016) y una licenciatura en Ingeniería Arquitectónica (Universidad de Alepo/Siria, 2010).
En las narrativas posteriores al conflicto, el «regreso» se suele presentar como el capítulo final triunfal de la liberación nacional: representa el fin del desplazamiento, la restauración de las comunidades, el comienzo de la reconstrucción, etc. Por desgracia, esto dista mucho de la realidad: en Siria, el regreso suele ser un camino tortuoso plagado de peligros y pérdidas.
Mientras que los medios de comunicación publican historias sobre los repatriados llenas de nostalgia y esperanza, y el Gobierno promete cerrar los campamentos y devolver a sus residentes a sus antiguos hogares, se pasa por alto otra historia, especialmente en las zonas rurales de Siria, que llevan mucho tiempo marginadas en términos de desarrollo. Los repatriados se enfrentan a los restos de la guerra de la que huyeron, como primera línea de defensa contra la violencia persistente. Más de un año después de la caída del régimen de Asad, Siria sigue sin tener un plan nacional claro para garantizar la seguridad física de quienes regresan. Dicho plan debería preceder al retorno, no sólo acompañarlo. Este fracaso plantea serias dudas sobre la credibilidad de lo que se promueve como un «retorno seguro y voluntario».
En este contexto, las zonas rurales de Siria se ven una vez más abandonadas, a pesar de haber sido el semillero popular de la revolución y de haber soportado el peso de los enfrentamientos militares. Según informes de la ONU, a principios de 2026, las zonas rurales de Siria siguen albergando a más de cinco millones de personas desplazadas, distribuidas en más de 1.535 emplazamientos y campamentos, a pesar del fuerte descenso de la ayuda humanitaria desde la caída del régimen.
Esta investigación parte de esa brecha: entre el retorno como sueño y discurso político en un contexto posconflicto, y el retorno como realidad violenta que se manifiesta en la geografía rural siria. Se basa en testimonios sobre el terreno de familias que regresan, expertos en desminado y voluntarios, así como del personal que trabaja en los campamentos y en los sectores de la educación y la salud en las zonas rurales de Alepo, Idlib y Deir ez-Zor. Explora la experiencia vivida de un proceso de «retorno» plagado de las secuelas de la pasada violencia. Los restos de la guerra no sólo están presentes en el paisaje surrealista de edificios derrumbados e infraestructuras en ruinas, sino también en una violencia oculta: municiones sin explotar y minas terrestres que siguen incrustadas en el suelo y enterradas bajo los escombros, en un silencio letal, a la espera de cobrar lo que no se cobraron los sucesivos años de conflicto armado. Al hacerlo, afianzan una nueva forma de violencia: la violencia del propio retorno, como una apuesta prolongada y con un final abierto.

Una casa en la aldea de Al-Mura’iyah, en la zona rural de Deir ez-Zor, 2025. Foto tomada por investigadores de campo
El frágil sueño del retorno
Anas al-Dani (57 años) huyó de Kafranbel, en la provincia de Idlib, con su familia en mayo de 2019 con un dolor que describe como «suficiente para llenar toda la tierra». Escapó de lo que describió como una muerte casi segura después de que las fuerzas del régimen de Asad, respaldadas por la fuerza aérea rusa, avanzaran sobre la zona.
Al igual que muchos residentes de la ciudad, su familia fue desalojada violentamente por los intensos bombardeos y las municiones en racimo disparadas desde lo que él denomina «los despiadados lanzacohetes Smerch». Anas cogió rápidamente algunas pertenencias y abandonó la casa que había construido ladrillo a ladrillo entre 1998 y 2014, una casa que había resistido años de guerra antes de que finalmente se viera obligado a abandonarla.
La historia de Anas no es en absoluto excepcional. Um Ziad, de 22 años, tenía 11 cuando fue desplazada de Tel Rifaat en 2015. «El momento que permanecerá grabado en mi memoria ahora, mañana y dentro de mil años», dice, «es cuando vi a la gente dispersarse, cada uno hacia un lugar diferente, y supe que nunca volveríamos a vernos». Ella y su familia fueron desplazadas al campamento informal de Yazı Bağ, cerca de Azaz, donde se unieron a otras familias desplazadas de Tel Rifaat, pero esa imagen no la ha abandonado nunca.
Con el tiempo, para Anas, Um Ziad y millones de sirios desplazados por la fuerza, el desplazamiento dejó de ser una emergencia pasajera y se convirtió en una experiencia prolongada de ruptura espacio-temporal, marcada por una violencia sistemática y fluctuante que transformó la relación de las personas con el lugar, el tiempo y la memoria. A medida que se intensificaban las oleadas de desplazamientos forzados, las personas quedaban completamente desarraigadas: el «desplazamiento» se convirtió en una realidad en campamentos frágiles y temporales que apenas proporcionaban las condiciones mínimas para la supervivencia, sin un final declarado a la vista.
Las zonas rurales de Siria fueron una de las más afectadas por esta realidad. Desde Deir ez-Zor, en el noreste, hasta la zona rural meridional de Idlib, en el noroeste, las zonas rurales sufrieron profundas rupturas geopolíticas y sociales. Las regiones que ya habían experimentado diversos grados de abandono antes de la guerra y que habían sido marginadas en materia de desarrollo durante décadas bajo el régimen del Partido Baaz y el régimen de Asad, se transformaron en frentes y campos de batalla. Sus tierras y comunidades fueron violadas y, posteriormente, se convirtieron en blanco de campañas de represalia saturadas de violencia, destrucción y miedo.
Hoy en día, estas zonas rurales se ven amenazadas una vez más por el abandono, incluso después de haber absorbido repetidas oleadas de desplazamientos internos y de haber acogido a más de cinco millones de personas desplazadas distribuidas en más de 1.535 emplazamientos y campamentos que siguen existiendo en la actualidad, e incluso después de la suspensión del apoyo estadounidense y la fuerte disminución de la ayuda humanitaria.

Vista del campamento informal de Yazı Bağ, cerca de Azaz, 2018. Fuente: SyriaTV
Esta ruptura arraigó profundamente en la experiencia vital y material de muchas personas desplazadas por la fuerza. El sueño del retorno se convirtió en un pilar de resistencia, una frágil estructura que protegía de colapsar lo que quedaba de su mundo interior. Lo que mantuvo en pie a muchas personas desplazadas, entre ellas Anas, fue mantener vivos los lazos con el lugar, la memoria y la identidad. En el campamento de al-Huda, en el norte de Idlib, Anas se encontró refugiándose en el pasado a través de continuos viajes mentales, resistiéndose a lo que él describe como «morir de desgarro».
«Cada vez que me desplazaban, imaginaba que estaba sentado en la terraza, frente a los árboles y al pequeño jardín», dice, tratando de recuperar pequeños detalles cada vez que las cosas se volvían abrumadoras y la sensación de distanciamiento y nostalgia se apoderaba de él.

«El balcón», como lo llama Anas Al-Dani. Kafranbel, zona rural de Idlib. Foto de Muhamad al-Shaib (2025).
De manera muy parecida, el padre y el marido de Um Ziad repetían un mismo estribillo durante sus diez años de desplazamiento: «Mañana, cuando volvamos al pueblo». Sin embargo, esa esperanza se volvía cada vez más frágil bajo el peso de sucesivas tragedias. A su hermano le mataron en un ataque del Estado Islámico; su padre falleció en el campamento; y su marido murió en 2019 mientras intentaba desactivar una mina terrestre. Anas también acumuló su cuota de dolor, especialmente después de perder a uno de sus hijos en combate. Hasta el día de hoy, sigue sin saber dónde está enterrado. Su salud física y mental se deterioró y se vio incapacitado para trabajar.
Para Um Ziad, Anas y millones de personas más, el sueño del regreso seguía siendo tan frágil como sus tiendas de campaña, atado a un futuro pospuesto y nebuloso: un futuro que parecía alejarse cada vez más a medida que pasaban los años y muchos países comenzaban a normalizar sus relaciones con el régimen de Asad. Los lugares de desplazamiento y los campamentos se llenaron aún más, y sus condiciones «temporales» se deterioraron en sumo grado, lo que empujó a muchos a un nuevo desplazamiento o a una coexistencia renuente con una realidad ineludible.
Entonces, el 8 de diciembre de 2024, cayó el régimen de Asad. De repente, el «regreso» pasó de ser un sueño aplazado a una posibilidad tangible, y resurgió la esperanza.
«El día de la liberación, sentí que había renacido», dice Anas. «El día en que nuestro pueblo fue liberado, les dije a mis hijos que quería volver al pueblo… Juré que, aunque tuviera que ir andando, lo haría».
Después de seis años de violencia, desarraigo y pérdidas, agravados por las cargas económicas, sanitarias y psicológicas de la guerra, no podía soportar un día más. Al día siguiente de la caída del régimen, Anas y su familia tomaron un taxi compartido para volver a Kafranbel. «El día que entramos en Kafranbel y vi la panadería que me era tan familiar, no podía creerlo. Todos lloramos. Los jóvenes empezaron a cantar y a gritar. Algunas personas lloraban y otras salían y empezaban a besar el suelo».
Para muchos como Anas, el regreso fue como un momento de liberación. Rápidamente se configuró un discurso nacional: las puertas del país se reabrirían a sus ciudadanos, el desplazamiento llegaría a su fin como consecuencia natural de la victoria de la revolución y Siria se libraría de los campos de refugiados antes de que acabara el año. Los medios de comunicación y las redes sociales pronto se llenaron de escenas similares: sonrisas y ululatos dando la bienvenida a las caravanas de repatriados que regresaban de los campos de desplazados y exiliados; declaraciones de determinación para reconstruir hogares, reparar el tejido social y recuperar la nación. Las historias de resiliencia, de repatriados que habían soportado la humillación y el desarraigo, eclipsaron las historias del desplazamiento en sí. Se les presentó como héroes que regresaban para montar sus tiendas de campaña en sus patios traseros y prepararse para reconstruir sus hogares y su país. Varios Estados que habían acogido a sirios desplazados y refugiados se hicieron eco de este discurso. Celebraron el fin de lo que denominaron la «crisis de los refugiados» y comenzaron a elaborar planes para repatriarlos bajo el lema del «retorno seguro y voluntario».
Regresar a casa y encontrar un campo minado
«Tardamos en llegar porque nos dijeron que había minas en la carretera», recuerda Anas. Pero el riesgo no iba a detenerlo. «Sólo quería llegar allí y abrazar la casa. Estaba destruida, es cierto, no había árboles, no había nada, pero la alegría seguía siendo indescriptible. Sin exagerar, sentí como si estuviera entrando en el paraíso».
Pero la alegría no duró. El sueño de Anas de reconstruir el «paraíso» al que había regresado chocó con un proyectil sin explotar que le esperaba en el umbral de su casa, algo de lo que nadie le había advertido.
«Nadie nos dijo que no volviéramos», afirma. Este comentario pone de manifiesto la realidad de los retornos tempranos y no planificados, sin ninguna inspección previa de la zona ni advertencias oficiales sobre los peligros de los restos de guerra. Se vieron obligados a revisar la casa ellos mismos. «Tienes que inspeccionar toda la casa con tus propias manos… ver si hay algo que se haya quedado sin explotar».
A medida que aumentaban los retornos a Kafranbel, Human Rights Watch informó de que, a principios de enero de 2025, un equipo de voluntarios se puso en contacto con los líderes locales para iniciar las labores de desminado. Anas se puso en contacto con esos equipos de desminado, que limpiaron su casa. Sólo en las dos primeras semanas, el equipo retiró casi 70 minas terrestres únicamente en Kafranbel, además de una gran cantidad de municiones sin explotar. Las municiones estaban esparcidas dentro de las casas y enterradas entre montones de escombros y residuos. Ocho repatriados a Kafranbel durante ese mismo período no tuvieron tanta suerte: murieron a causa de los restos de guerra.

La destrucción de la casa de Anas Al-Dani. Foto de Mohammed al-Shaib (2025)
Hoy, más de un año después, más de 1,3 millones de sirios han regresado del extranjero y 1,7 millones de dentro de Siria. Estas cifras siguen aumentando, según los datos de la oficina del ACNUR en Siria, y las previsiones apuntan al retorno voluntario de casi un millón de personas más, especialmente de los países vecinos de acogida. Sin embargo, a pesar de la ambigüedad que rodea estas cifras y del aumento constante de los retornos anunciados, varios organismos de las Naciones Unidas siguen advirtiendo de que las condiciones en muchas partes de Siria, especialmente en las zonas rurales, siguen siendo inseguras. Las tasas de destrucción estimadas oscilan entre el 50% y el 90%, dependiendo de la ubicación geográfica, el posicionamiento de las fuerzas armadas y los cambios en el frente durante la guerra. Sin embargo, incluso estas cifras no reflejan plenamente la magnitud de la devastación en muchas zonas rurales.
Los datos de organizaciones especializadas, como el Servicio de las Naciones Unidas de Actividades Relativas a las Minas (UNMAS, por sus siglas e inglés) y el Observatorio de Minas Terrestres y Municiones en Racimo, indican que el territorio sirio sigue estando contaminado en diversos grados con minas terrestres y municiones sin explotar. El Grupo Asesor sobre Minas (MAG, por sus siglas en inglés) estima que aproximadamente cuatro millones de metros cuadrados están contaminados por restos de guerra y minas, lo que afecta a 11 de las 14 provincias de Siria. Como resultado, más del 65% de los sirios, especialmente los niños, están expuestos al riesgo de sufrir lesiones, según estimaciones de UNICEF.

Mapa que muestra la distribución geográfica de los incidentes relacionados con minas y municiones sin explotar tras la caída del régimen de Asad, entre diciembre de 2024 y marzo de 2025. Fuente: Informe del Servicio de las Naciones Unidas de Actividades Relativas a las Minas (UNMAS).
Pero, como dice Um Ziad, «no hay nada que podamos hacer». Su regreso a su ciudad natal, Tel Rifaat, en la zona rural de Alepo, no fue tanto una elección como una imposición. El propietario de la tierra exigió a las familias desplazadas que desmontaran sus tiendas y regresaran a sus aldeas «liberadas» después de que las organizaciones de ayuda dejaran de pagar el alquiler de la tierra.
La suspensión de la financiación de muchos lugares de desplazamiento, que ya era inminente, entró en vigor casi inmediatamente después de la caída del régimen de Asad. A esto se sumó la presión, tanto declarada como no declarada, para cerrar los campamentos. La ayuda humanitaria y los ya limitados servicios que prestaban esos lugares (apoyo logístico, médico, educativo y de subsistencia básica) comenzaron a colapsar. Al mismo tiempo, las deterioradas condiciones climáticas y de contaminación y la propagación de enfermedades hicieron la vida imposible allí.
«Si me enviaran de vuelta al campamento, me iría», afirma Mohamad. Para él, regresar con su familia a Tel Rifaat a los 50 años, tras casi diez años de desplazamiento, no fue un acto impulsado por el deseo de volver debido a la mejora de la seguridad, como en el caso de Anas. Se vio obligado a regresar por la suspensión de los pocos servicios que quedaban en el campamento informal de Talal al-Sham, en el norte de Alepo, y por el temor a perder su empleo en la administración pública si permanecía allí.
Desde principios de 2025, muchas familias se han visto obligadas a abandonar los campamentos y regresar a sus aldeas de manera improvisada, a pesar de que estas no están en absoluto preparadas para acogerlas. Algunos trabajadores humanitarios informan de que su función a menudo no va mucho más allá de facilitar los trámites de salida cuando es necesario, y esta salida rara vez va acompañada de información adecuada sobre si las zonas de retorno han sido despejadas o se consideran seguras. Rara vez va acompañada de apoyo material o logístico que permita evaluar los riesgos, organizar sesiones de sensibilización o proporcionar equipo básico para identificar los diferentes tipos de municiones y minas terrestres. En muchos casos, ni siquiera se proporciona a las familias números de contacto para informar de posibles peligros.
Naif Sheikh Naif, un trabajador de la construcción que regresó a su aldea en la zona rural de Idlib, confirma esta realidad. Reparar viviendas dañadas es el único medio de que dispone para ganarse la vida. En su trabajo diario, se encuentra con escenas profundamente inquietantes: casas que antes servían como posiciones militares; puertas con trampas explosivas; restos humanos sin enterrar; grietas graves en paredes y cimientos; y suelos sospechosos que pueden ocultar minas debajo de las baldosas. Cuando Naif observa estas señales de advertencia, insta a los propietarios a que aseguren e inspeccionen la propiedad antes de comenzar cualquier reparación.
Según múltiples testimonios sobre el terreno, han comenzado a aparecer equipos «especializados» remunerados que ofrecen servicios de desminado y eliminación de municiones sin explotar a un coste que oscila entre 100 y 500 dólares, dependiendo del tamaño de la propiedad y la naturaleza del riesgo, y significativamente más en el caso de las tierras agrícolas.
En la práctica, el «regreso seguro» se convierte en un privilegio que la mayoría de los repatriados no pueden permitirse. Este es el caso de Mohamad, que no encontró su pueblo «liberado» o «limpio», sino lleno de destrucción, restos de fortificaciones militares y trincheras con minas excavadas bajo las casas. Su propia casa, completamente saqueada, no había sido sometida a ninguna inspección técnica ni a una limpieza sistemática de minas. No había señales de advertencia y él no tenía dinero para contratar a uno de los equipos especializados.
La responsabilidad de inspeccionar la casa y garantizar su seguridad recayó íntegramente sobre él. En una habitación, descubrió una trinchera de casi tres metros de profundidad, junto con cableado eléctrico que sugería la presencia de minas. Intentó ponerse en contacto con las autoridades competentes en repetidas ocasiones, sin éxito. Tras semanas de espera, afirma: «Rellenamos la zanja y pusimos nuestra confianza en Dios». La necesidad de un techo para proteger a su familia obligó a Mohamad a convivir a diario con una amenaza permanente.

Túneles sospechosos de estar minados en Tel Rifaat – Foto de Mohamad al-Shaib (2025)
El encuentro de Um Ziad con los restos de la guerra no fue menos duro. Con una compleja mezcla de alegría, dolor y miedo, regresó con su hijo huérfano, intentando recomponer lo que quedaba de una familia fracturada tras la pérdida de su marido y padre, en una casa que ofrecía poco más que paredes agrietadas y un techo a punto de derrumbarse. Aunque los equipos de ingenieros limpiaron la casa de restos de guerra y confirmaron que no había minas, los terrenos agrícolas situados detrás, que ella no puede permitirse limpiar, siguen contaminados con municiones sin explotar que yacen en un silencio aterrador.
Esfuerzos de limpieza «insuficientes»
Los testimonios de los expertos en desminado sobre el terreno ofrecen una visión de la magnitud de la catástrofe silenciosa que yace bajo tierra. Al mismo tiempo, ponen de manifiesto las graves deficiencias institucionales y operativas a la hora de abordar este nivel de destrucción y contaminación causado por los restos de guerra. Según Maysara Abu Abdallah, ingeniero y uno de los líderes de los equipos de voluntarios de desminado que operan en el norte de Siria y el desierto sirio, muchas zonas se están abriendo como si fueran seguras para el retorno, en numerosos casos sin haber sido sometidas a operaciones de desminado exhaustivas.
Los informes del MAG indican que las oleadas de retorno descoordinadas y aleatorias en Siria provocaron al menos 75 incidentes relacionados con minas y municiones sin explotar sólo en diciembre de 2024, lo que causó la muerte de 64 personas y heridas a otras 105. A finales de 2025, el total había aumentado a 865 incidentes, que causaron 1.592 víctimas, entre ellas 585 muertos y 1.007 heridos.
Las cifras y estimaciones varían entre las organizaciones de las Naciones Unidas y las organizaciones internacionales en función de su enfoque geográfico. Según los datos actualizados de 2026 de Syria Weekly, el noroeste de Siria, el corredor del río Éufrates en Deir ez-Zor y el desierto sirio siguen siendo algunas de las zonas más contaminadas. Por otra parte, las estimaciones de septiembre de 2025 de Syria in Figures, publicadas por Karam Shaar Advisory, indican que la provincia de Deir ez-Zor está contaminada con aproximadamente 316.000 minas terrestres dispersas por tierras agrícolas y zonas residenciales. Se estima que la zona rural oriental de Homs contiene cerca de 350.000 minas.
Según organizaciones de derechos humanos, entre ellas la Red Siria para los Derechos Humanos y Human Rights Watch, todas las partes en el conflicto utilizaron minas terrestres sin mantener mapas de su ubicación. Esto incluye a las facciones de la oposición, las Fuerzas Democráticas Sirias, el antiguo régimen, el Estado Islámico y diversas milicias.
Maysara señala que, aunque se recuperaron algunos mapas de distribución de minas en zonas que quedaron gradualmente bajo el control de las fuerzas de la autoridad de transición durante la operación «Disuación de la agresión», estos mapas no cubren más del 40% del territorio contaminado. Además, muchos de ellos son difíciles de interpretar, ya que están escritos en varios idiomas junto con el árabe. Los mapas encontrados en zonas anteriormente controladas por el Estado Islámico y otras milicias también están escritos en varios idiomas, lo que refleja la presencia de combatientes extranjeros de diferentes países entre sus filas.
Maysara añade que cada actor adoptó un patrón diferente de colocación de minas, lo que dio lugar a una gran variación en su diseño y mecanismos de activación, hasta el punto de que puede resultar difícil distinguir un tipo de otro.
«Hay minas antivehículo y minas antipersonales, rusas, iraníes y de fabricación local», explica. «También hay artefactos explosivos improvisados rudimentarios y artefactos conectados a cuerdas, rosarios o piedras. Se podría decir que hay cientos de tipos. Cada bando trabajó según su propio método, y eso es lo que produjo esta peligrosa diversidad».
La colocación de artefactos explosivos no se limitó a las minas convencionales. También se colocaron trampas explosivas en objetos cotidianos: latas de mantequilla clarificada, televisores, aparatos eléctricos, sacos de harina e incluso cajas de pañuelos de papel. Basándose en diez años de experiencia sobre el terreno, Maysara estima que el número de minas y municiones sin explotar asciende a millones. Subraya que los esfuerzos actuales de desminado no se acercan ni remotamente a la magnitud de la contaminación.
Mapa que muestra la ubicación de las minas en racimo en Siria

Varias agencias participan en la limpieza del territorio sirio de explosivos peligrosos, la recopilación de datos, la formación, la sensibilización de la comunidad y el apoyo a las víctimas, aunque con distintos niveles de capacidad. A nivel nacional, la labor la llevan a cabo unidades de ingeniería compuestas por voluntarios y personal afiliado al Ministerio de Defensa, así como el Centro Nacional de Acción contra las Minas, dependiente del Ministerio de Gestión de Emergencias y Desastres. El centro, creado a finales de 2025, tiene la tarea de coordinar y unificar los esfuerzos con los actores locales e internacionales en las áreas de prospección, limpieza, educación sobre los riesgos y apoyo a las víctimas. A nivel internacional, hay organizaciones especializadas en la acción contra las minas, como Humanity & Inclusion, el Consejo Danés para los Refugiados (DRC, por sus siglas en inglés), Norwegian People’s Aid (NPA) y The HALO Trust. En estos esfuerzos también participan una amplia gama de actores sobre el terreno, desde voluntarios con experiencia limitada hasta organizaciones de la sociedad civil, consejos locales y líderes comunitarios.

El ingeniero Maysara Abu Abdallah durante una operación de limpieza de minas. Fuente: Archivo personal de Maysara
Las unidades de defensa civil han comenzado a probar nuevas tecnologías, entre ellas la inteligencia artificial y drones equipados con sistemas magnetómetros capaces de detectar minas, municiones sin explotar y otros restos de guerra a una profundidad de hasta seis metros bajo la superficie. Estos drones pueden determinar con gran precisión la profundidad y la masa aproximada de los objetos detectados. Con una velocidad de hasta ocho kilómetros por hora, pueden escanear aproximadamente 10.000 metros cuadrados en 35 minutos.
Sin embargo, una serie de retos sobre el terreno limitan la expansión de estas tecnologías a corto plazo. Los principales son las interrupciones del GPS, la débil conectividad a Internet y el deterioro de las infraestructuras necesarias para los estudios de campo y el análisis de imágenes satelitales. El coste es otra barrera importante: según las estimaciones de MAG, las operaciones integrales podrían requerir entre 6 y 25 millones de dólares anuales.
A pesar de estos esfuerzos, las tasas de limpieza siguen siendo modestas en relación con la magnitud de la contaminación. Las cifras eliminadas ascienden a decenas de miles, mientras que el total estimado alcanza los millones.
Maysara, ingeniero especializado en desminado, explica que la respuesta oficial a los restos de guerra sigue siendo limitada y fragmentada, debido a la ausencia de una estrategia nacional sistemática. Depende en gran medida de iniciativas locales voluntarias, en medio de una grave escasez de equipos, personal capacitado y apoyo logístico y técnico. Los equipos de ingenieros trabajan a pleno rendimiento utilizando detectores de metales rudimentarios, con una falta casi total de equipos de protección y sin seguro médico ni indemnización para los trabajadores, a pesar de las importantes pérdidas humanas. Desde la caída del régimen de Asad, más de 70 miembros de los equipos de ingenieros han perdido la vida y aproximadamente 250 han resultado heridos. Maysara añade que el apoyo internacional brilla por su ausencia, salvo por lo que él describe como «reuniones formales llenas de promesas» que rara vez se traducen en resultados tangibles.
La apuesta del retorno y las «letales» iniciativas populares
Abdel Naser al-Mujlif, una personalidad destacada de la comunidad en el este de Deir ez-Zor, anima a las familias desplazadas a regresar con dignidad y ayudar a revivir y reconstruir sus pueblos. «La principal motivación para regresar es la caída del régimen», afirma, y añade: «Prefiero montar una tienda de campaña sobre los escombros de mi casa y vivir con dignidad que seguir desplazado».
Sin embargo, no niega que el sufrimiento no termina con el regreso, especialmente ante la falta del apoyo que las organizaciones internacionales solían brindar a las personas que abandonaban los campamentos de desplazados internos. «En cuanto a las autoridades recién formadas… no les echamos la culpa», afirma. «Pero tienen muchos asuntos urgentes que les impiden centrarse en apoyar a los repatriados».
En respuesta a este vacío, Abdel Naser colabora con un grupo de líderes comunitarios, voluntarios y especialistas para ayudar a los repatriados proporcionándoles alojamiento temporal y apoyo logístico para inspeccionar sus viviendas y evaluar su seguridad estructural y los posibles riesgos. También ofrecen una ayuda económica limitada para cubrir las necesidades básicas. Por lo tanto, el fracaso va más allá de la ausencia de protección o rendición de cuentas. Da lugar a un sistema paralelo (y peligroso) en el que las comunidades locales se ven obligadas a llenar el vacío con sus propios medios. Se espera que los repatriados inspeccionen ellos mismos sus hogares y sus alrededores e informen de cualquier signo de peligro, ante la ausencia de equipos especializados o de la capacidad técnica y logística para una respuesta rápida.
Las iniciativas populares se han multiplicado en un intento por facilitar el retorno y salvar esta brecha. Entre ellas se encuentra Mohamad al-Shadhi, de treinta años, que recientemente regresó a al-Mari’iyah, en la zona rural de Deir ez-Zor. A pesar de saber que la aldea estaba devastada y llena de restos de guerra y minas terrestres, se sintió impulsado a regresar por una mezcla de nostalgia y responsabilidad. Tras haber adquirido experiencia básica en la identificación de municiones sin explotar durante sus años en el Ejército Sirio Libre, Mohamad, junto con otros dos jóvenes con antecedentes similares, se encontró enfrentándose a una carga que pocos estaban dispuestos a asumir en ese momento.
Al-Mari’iyah y los alrededores del aeropuerto de Deir ez-Zor se encuentran entre las zonas más contaminadas del país, con rastros de sucesivos actores armados: el antiguo régimen sirio, las fuerzas rusas, el grupo Estado Islámico, las milicias iraníes y otras facciones. Cada vez que una familia hace las maletas y regresa, sigue existiendo la inquietante posibilidad de que una mina terrestre o un proyectil sin detonar provoquen otra tragedia.
«Trabajamos desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde todos los días durante cinco meses después de la liberación», dice Mohamad. Él y sus colegas se convirtieron efectivamente en un equipo de desminado voluntario, respondiendo a las solicitudes de los repatriados para retirar minas y municiones sin explotar, ante la ausencia de unidades especializadas capaces de satisfacer la creciente demanda a medida que aumentaba el número de repatriados y se desarrollaba de manera descoordinada.
No contaban con recursos reales: ni vehículos, ni equipo de protección, ni equipos de detección especializados. Sus herramientas eran rudimentarias y sus conocimientos provenían de la experiencia, el servicio militar previo o la formación anterior. Las municiones en racimo se quemaban allí donde se encontraban. Los proyectiles se recogían y transportaban a mano. Las minas se desmantelaban bajo una intensa presión de tiempo, ya que las familias seguían regresando a sus hogares que no habían sido despejados.
Pero durante una operación de limpieza, la tragedia se abatió sobre el equipo de Mohamad. Intentaban desmantelar un dispositivo conocido localmente como sharak, una mina antipersonal diseñada con fines de engaño táctico, destinada a confundir y desviar los esfuerzos de detección y eliminación. Este tipo de dispositivo suele incorporar múltiples capas, combinando más de un circuito de detonación o mecanismo sensor (óptico, magnético o basado en vibraciones) dentro de una sola mina o un grupo de dispositivos colocados muy cerca entre sí, de modo que la desactivación de una capa puede activar otra.
El jefe del equipo murió y Mohamad resultó gravemente herido. Pasó meses en coma y, al despertar, descubrió que había perdido un ojo —la cuenca estaba completamente vacía— y que el otro requería una costosa cirugía de trasplante de córnea.
No se trató de un accidente aislado. Fue una consecuencia directa de una realidad en la que el retorno se desarrolla en medio de una grave escasez de apoyo y una ausencia casi total de rendición de cuentas. A pesar de las pérdidas, dice Mohamad, no hubo ninguna respuesta oficial tras el incidente. No se enviaron equipos de ingenieros de sustitución, no se proporcionaron recursos adicionales, no se abrió ninguna investigación. El equipo se convirtió en otra estadística más, mientras que el cinturón de minas que rodea la aldea sigue en su sitio hasta el día de hoy.
Las consecuencias de este retorno plagado de minas no se limitaron a la lesión de Mohamad. La familia de su hermana Nada también se vio obligada a regresar después de que el campamento de Abu Jashab, en el oeste de Deir ez-Zor, fuera desmantelado y los residentes se dispersaran tras la suspensión de la ayuda y la ausencia de alternativas. A su regreso, encontraron la zona llena de municiones en racimo y artefactos explosivos sin detonar, incrustados en paredes, techos y terrenos circundantes. A pesar de los esfuerzos de Mohamad y su equipo por limpiar la casa, regresar a un lugar que aún no había sido despejado resultó ser una apuesta devastadora.
El sonido de una explosión devolvió a Nada a las pesadillas de la guerra. Encontró a su hijo Mahmud tendido en un charco de sangre, con la mano amputada por la muñeca. Con el sector sanitario de la provincia de Deir ez-Zor prácticamente paralizado, según el personal médico de la zona, la familia trasladó al niño herido entre distintos centros médicos dispersos, y luego al hospital militar y al hospital nacional de la ciudad. Finalmente, Mahmud fue trasladado al hospital al-Muwasat de Damasco, donde le amputaron lo que le quedaba de mano. La familia sigue asumiendo unos costes enormes en un intento desesperado por salvar su pierna de un destino similar.
Tras conocer ambos incidentes, Humanity & Inclusion (antes Handicap International) se puso en contacto con la familia y organizó sesiones de sensibilización sobre los riesgos de las minas. La organización también coordinó con un equipo de inspección la limpieza de la casa y sus alrededores.
Mohamad habla de esto con amargura. Cuestiona la necesidad de «sensibilizar» a alguien que ya había trabajado en la remoción de minas, especialmente después de que él mismo y su sobrino resultaran heridos. La verdadera necesidad, argumenta, radica en las escuelas y entre los niños, que carecen incluso de la capacidad más básica para reconocer los objetos desconocidos que se encuentran esparcidos por los caminos de su vida cotidiana entre el hogar y la escuela, y mucho menos para comprender su peligro o cómo evitarlos. «La mayoría de las lesiones se producen entre los niños», afirma. «La concienciación debe realizarse en las escuelas, no después de que se hayan lesionado».
La paradoja del retorno
En la literatura sobre migración forzada, los términos «exilio», «alejamiento» y «desplazamiento» están estrechamente vinculados, para muchos, a la idea de «regreso», tanto como deseo como indicador del fin del tormento psicológico asociado con la imposibilidad de regresar: esa ruptura geográfica y temporal con un lugar de pertenencia que muchos llaman hogar. En su acepción común, el retorno se entiende como la conclusión del exilio y el comienzo de la recuperación de una vida suspendida por la pérdida y el vagabundeo.
Sin embargo, desde el punto de vista jurídico, el concepto de «retorno voluntario», ya sea para los refugiados o para los desplazados internos, exige que la decisión sea personal y libre, se base en información suficiente y se tome sin presión ni coacción. El derecho internacional humanitario y las normas internacionales de derechos humanos prohíben el retorno forzoso, ya sea directo, mediante la expulsión o la deportación, o indirecto, mediante la creación de condiciones que obliguen a las personas a regresar.
Aunque estos principios se aplican tradicionalmente a los contextos transfronterizos de refugiados, su esencia se extiende a los desplazados internos cuando las zonas de retorno siguen siendo inseguras. El retorno es un derecho, pero no es una obligación a menos que se cumplan sus condiciones. Las organizaciones de derechos humanos han advertido repetidamente contra la declaración prematura de que Siria es apta para el retorno masivo. Si bien las hostilidades activas han disminuido, el país aún no cumple las condiciones mínimas necesarias para un retorno seguro y digno.
Esta investigación expone la paradoja del retorno en el contexto sirio: no es el fin del no retorno. En las historias que aquí se relatan, el retorno está más determinado por la necesidad que por la elección. Se ve lastrado por políticas locales e internacionales envueltas en el lenguaje tranquilizador del retorno «voluntario» y «seguro», sin cumplir sus criterios sustantivos sobre el terreno.
La paradoja radica en presentar el retorno como una «solución humanitaria», un punto final al desplazamiento, mientras que se mide la seguridad por el acto de cruzar de vuelta en lugar de por la posibilidad de vivir después de la llegada. El sueño tan esperado choca con un paisaje violento habitado por los residuos de la guerra: millones de minas y municiones sin explotar, destrucción generalizada de las infraestructuras, edificios en riesgo de derrumbe.
Pueblos enteros, especialmente los situados a lo largo de las antiguas líneas del frente, siguen siendo prácticamente inhabitables, incluso cuando algunos residentes regresan, impulsados por el agotamiento, el apego a la esperanza y la ausencia de alternativas viables. En este sentido, el «retorno» se convierte en una forma de desplazamiento inverso, que reproduce la violencia en un paisaje devastado y marcado por los recuerdos.
A falta de un plan nacional claro y exhaustivo que funcione con una metodología unificada, la pregunta central sigue siendo: ¿quién es el principal responsable de desmantelar los campamentos y establecer normas que garanticen un retorno seguro, ya sea desde el punto de vista humanitario, logístico o medioambiental?
Quienes prevén una Siria sin campamentos para finales de 2026 no parecen estar preparados para emprender tareas que no sólo son inmensas, sino también estructuralmente complejas y que requieren mucho tiempo. El desmantelamiento requiere un importante respaldo técnico y financiero, el desarrollo de mecanismos sistemáticos de documentación de datos, redes de comunicación eficaz y de respuesta rápida y una formación especializada acorde con las normas internacionales que protejan los derechos de vivienda, tierra y propiedad, al tiempo que se minimiza el impacto medioambiental de las propias operaciones de desmantelamiento.
En este contexto, cualquier discurso esperanzador sobre un «fin inminente de la crisis de desplazamiento» es prematuro. Pone en peligro la vida y los derechos de las personas, y corre el riesgo de instrumentalizar las frágiles esperanzas que las han sostenido hasta ahora.
Para ser sincera: el retorno, en su forma actual, es preocupante. Escribo estas palabras siendo plenamente consciente de su delicadeza y de las preguntas que pueden suscitar. No se trata de un rechazo de la esperanza, ni de una alineación con el escepticismo habitual. Es un reconocimiento sincero de un sentimiento compartido por muchos sirios desplazados, para quienes el «retorno» se ha convertido en un concepto suspendido, lastrado por las contradicciones de la memoria y la política, por la difusión de la violencia en toda la geografía siria y por la ausencia de responsabilidad sobre lo que constituye la seguridad en la realidad vivida. El retorno hoy en día no es simplemente cruzar la línea del desplazamiento en la dirección opuesta. Es una confrontación material con lo que la guerra dejó atrás y lo que se llevó. Es una confrontación que despoja al recuerdo de su brillo protector y revela el alcance de la destrucción infligida a los mismos lugares que sustentaban el sueño de volver.
Para que el retorno signifique realmente el fin del calvario, es necesario redefinir el significado de «seguridad», no sólo como el cese del conflicto armado o la caída de un régimen, sino como el derecho a construir las bases de una vida digna, la justicia espacial y la seguridad medioambiental. También exige que los actores internacionales asuman la responsabilidad no sólo de gestionar el riesgo, sino de eliminar sus causas profundas, y que reconsideren los marcos de «retorno seguro» impulsados desde el exterior que funcionan como soluciones procedimentales que enmascaran la fragilidad estructural, las presiones de desplazamiento continuas y la reticencia internacional.
Por el contrario, seguir posponiendo el desarrollo de una estrategia nacional metódica de retorno que pueda hacer frente a la magnitud de la contaminación por minas terrestres y municiones sin explotar, todo ello con el pretexto de dar prioridad a la reactivación económica y la reconstrucción, es convertir a los repatriados de hoy en las víctimas de mañana.
(Este informe se elaboró como parte de la tercera ronda del Programa de Becas para Mujeres Periodistas Sirias de Al-Jumhuriya, que apoya la producción de proyectos periodísticos en profundidad relacionados con temas de interés público en Siria o en las comunidades de la diáspora siria. La editora que supervisó este informe fue nuestra colega Tala Isa).