La guerra contra Irán enriquece a las empresas armamentísticas mientras hunde la economía mundial

C.J. Polychroniou, Truthout.org, 14 marzo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


C.J. Polychroniou es politólogo y economista político, autor y periodista, y ha impartido clases y trabajado en numerosas universidades y centros de investigación de Europa y Estados Unidos. En la actualidad, sus principales intereses de investigación se centran en la política estadounidense y la economía política de Estados Unidos, la integración económica europea, la globalización, el cambio climático y la economía ambiental, así como en la deconstrucción del proyecto político-económico del neoliberalismo. Es columnista de Global Policy Journal y colaborador habitual de Truthout. Ha publicado decenas de libros, entre ellos Marxist Perspectives on Imperialism: A Theoretical Analysis; Perspectives and Issues in International Political Economy  y Socialism: Crisis and Renewal.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, casi todos los presidentes de Estados Unidos han iniciado algún conflicto militar de gran envergadura sin la aprobación del Congreso. Donald Trump intentó presentarse como un «presidente de paz», prometiendo poner fin a las interminables guerras de Estados Unidos y traer de vuelta a casa a las tropas de Oriente Medio y otras partes del mundo. Pero ha demostrado ser aún más belicoso que la mayoría de sus predecesores. Sólo en su primer año desde su regreso al cargo, ha atacado a varios países. El 28 de febrero se unió a Israel para lanzar un ataque contra Irán, en el que mató al líder supremo del país y atacó tanto instalaciones militares como proyectos civiles, incluido el bombardeo de una escuela primaria de niñas en Minab, en la provincia iraní de Hormozgan, que causó la muerte de más de 170 personas, la mayoría de ellas niñas.

La guerra en Irán es ilegal. Además de asesinar y mutilar a civiles y sembrar el miedo y el sufrimiento, también está causando daños colaterales a la economía mundial y bien podría desencadenar una crisis económica global si se prolonga mucho más. En una entrevista exclusiva para Truthout, C. P. Chandrasekhar, un académico de renombre mundial en finanzas y desarrollo, explica cómo la guerra podría afectar a la economía mundial. Es profesor emérito del Centro de Estudios Económicos y Planificación de la Universidad Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi, donde impartió clases durante más de 30 años, y actualmente investigador sénior en el Instituto de Investigación en Economía Política de la Universidad de Massachusetts Amherst.

C. J. Polychroniou (CJP): A lo largo de las últimas dos décadas, la economía mundial ha sufrido diversas crisis y parece encontrarse sumida en una incertidumbre que parece no tener fin. A la postre, el capitalismo es intrínsecamente inestable y está sujeto a crisis periódicas. Y hoy, debido a Estados Unidos e Israel, la guerra que Donald Trump y Benjamin Netanyahu han iniciado contra Irán ha sacudido la economía mundial. Se teme que la guerra impulse el precio del petróleo hasta los 150 dólares por barril y que la estanflación esté llamando a la puerta. ¿Cuál es su valoración del impacto que tendrá la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán en la economía mundial?

C. P. Chandrasekhar (CPCh): No calificaría de «conmoción» las repercusiones del ataque conjunto, unilateral e injustificado de Estados Unidos e Israel contra Irán. El ataque emana del núcleo más agresivo del capitalismo contemporáneo, y sus efectos deberían haber sido previstos por sus responsables, especialmente Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Si su valoración era que las repercusiones serían efímeras y limitadas, claramente se equivocaron. El aumento de los precios del petróleo y los productos derivados del petróleo es sólo la consecuencia más inmediata y visible, dado el papel crucial de la región como fuente del suministro mundial. Pero incluso ese aumento no viene impulsado únicamente por los cambios en el suministro de petróleo provocados por la guerra. La situación se ve agravada, y se vuelve enormemente volátil, por el papel que desempeñan las grandes multinacionales especulativas subordinadas a las finanzas mundiales, que, aunque no controlan la producción, sí pueden influir en los precios de suministro.

Los Estados capitalistas e imperialistas se encuentran hoy a merced de estos agentes, que aprovechan cualquier oportunidad para obtener superbeneficios. La decisión de estos Estados (especialmente los gobiernos de EE. UU., Alemania y Japón), como miembros de la Agencia Internacional de la Energía, de liberar 400 millones de barriles de petróleo de sus reservas estratégicas es, a lo sumo, una respuesta débil. Incluso si se repitiera al agotar las reservas, la medida sólo enviaría una señal a los especuladores que dan por hecho que la guerra durará, para que apuesten a que los precios no harán más que dispararse aún más. Eso agravaría la inflación del precio del petróleo. Cifras como 150 dólares por barril son, en el mejor de los casos, estimaciones aproximadas.

Por lo tanto, la verdadera incertidumbre es cuánto durará la guerra. Irán, acorralado, enfrentado al asesinato de su líder supremo de décadas y convencido (a pesar de las diferencias internas) de que el ataque no dará lugar a un cambio de régimen ni a la instauración de un líder político elegido por EE. UU., no muestra signos de retroceder. Los objetivos de Netanyahu, tanto personales como políticos, son de tal orden que el aumento de los precios del petróleo y las implicaciones que esto tiene para la economía mundial y los ciudadanos del resto del mundo no le preocupan. La ocupación, el genocidio y la guerra son los medios para perseguir esos objetivos abominables, a costa de todo lo demás. Pero Netanyahu no puede perseguirlos por sí solo. Necesita que Trump financie, respalde y legitime sus acciones. Por lo tanto, la duración de la guerra depende de la capacidad de resistencia de Trump.

El presidente de EE. UU. se encuentra atrapado en una trampa que él mismo ha creado. Si se retira, admite que cometió un error al llevar a EE. UU. a la guerra, a pesar de su promesa a los votantes de que no repetiría los errores de sus predecesores en Vietnam, Afganistán, Iraq y Siria; si se queda, corre el riesgo de ser identificado como el principal responsable de llevar al mundo a una crisis cuyas dimensiones son inciertas. Esto explica los esfuerzos desesperados por controlar los precios del petróleo restableciendo el tránsito de petroleros a través del importantísimo estrecho de Ormuz, bloqueado por Irán; ofreciendo seguros para animar a las compañías navieras a arriesgar sus activos y su tripulación para transportar petróleo a través del cuello de botella; y presionando a una renuente Armada de los Estados Unidos para que escolte a los barcos a través del estrecho. Tales esfuerzos infructuosos sólo sirven para prolongar la guerra.

La naturaleza de la crisis que se avecina se pone parcialmente de manifiesto en el temor generalizado a la inflación que ha desencadenado. Nos encontramos en una etapa del capitalismo en la que la poderosa comunidad epistémica de las finanzas ha dictaminado que los países deben dar prioridad al uso de los instrumentos de política monetaria frente a los de política fiscal para gestionar sus economías; que el objetivo principal de la política monetaria debe ser controlar la inflación y mantenerla en un rango bajo según los estándares históricos; y que los bancos centrales «independientes» deben tener el derecho de imponer esa agenda. En este contexto, una consecuencia de una inflación superior a la prevista es el aumento de los tipos de interés. Así pues, la inflación provocada por el aumento de los precios del petróleo desencadenaría subidas de los tipos de interés. Esto supone un retorno a la ya lejana década de 1970, cuando la alta inflación y los elevados tipos de interés dieron lugar a un bajo crecimiento salpicado de recesiones de intensidad diversa.

La vía por la que se espera que los altos tipos de interés frenen la inflación, si es que lo hacen, es conteniendo el consumo financiado con deuda, la adquisición de viviendas y la inversión, reduciendo así la demanda. Una recesión es una consecuencia inevitable. La estanflación, o la combinación de inflación y recesión, tiene evidentes implicaciones negativas para el empleo y los ingresos reales. Pero no son sólo los trabajadores y las clases medias que pueblan la «economía real» los que se ven afectados por la inflación.

El capital financiero, que constituye el eje del imperialismo actual, también se ve afectado por la inflación al menos en dos sentidos.

En primer lugar, una característica de la Era de las Finanzas, desencadenada por la desregulación financiera, es que los beneficios financieros se obtienen a través de aumentos en los precios de los activos impulsados por la especulación, lo cual es posible gracias a las políticas monetarias laxas de los bancos centrales. Esto no lo hacen sólo los bancos, sino también nuevos innovadores financieros como las empresas de capital riesgo. A su vez, estas burbujas generan aumentos del consumo y la inversión financiados por la deuda. Las subidas de los tipos de interés destinadas a frenar la inflación también frenan esta espiral que se autoalimenta y que subyace al auge del capital financiero. Como resultado, al capital financiero le resulta difícil ejercer la libertad derivada de la desregulación para acumular beneficios.

El capital financiero también se benefició enormemente de los bajos tipos de interés que caracterizaron los años desde mediados de la década de 1980, cuando el capitalismo experimentó un período muy largo de baja inflación denominado la Gran Moderación. El acceso a préstamos baratos y las supuestas «innovaciones» impulsaron el aumento del valor de los activos financieros, lo que se tradujo en «beneficios» que no estaban justificados por los «fundamentales». En la Era de las Finanzas, se hizo habitual argumentar que los fundamentos económicos eran irrelevantes. Sin embargo, si los bajos tipos de interés que sustentan este auge ceden, el edificio financiero construido sobre ellos se desmoronará y colapsará. El capital financiero sufrirá enormes pérdidas, pero también lo hará la economía real, tal y como ocurrió durante la Gran Recesión de 2008 y posteriormente. Por lo tanto, la guerra también supone la ruina para el capital.

Ese es el panorama al que se enfrenta el mundo hoy en día.

CJP: Dejando a un lado el coste humano, las guerras son un negocio lucrativo para ciertas industrias, pero en general resultan perjudiciales para la actividad económica en su conjunto, lo que lleva a preguntarse por qué los Estados capitalistas se embarcan en guerras. ¿Cómo se relacionan el capitalismo y la guerra? ¿Se ha convertido la acumulación militarizada en un componente integral del funcionamiento del capitalismo global?

CPCh: A los capitalistas que pertenecen al complejo militar-industrial —o asociados a él— que llegaron a dominar el capitalismo en el siglo XX siempre les ha encantado una buena guerra, porque aumenta el gasto en defensa, impulsa la demanda de sus productos e infla los beneficios. Pero el complejo militar-industrial como motor de las guerras bajo el capitalismo, aunque sigue activo, ha perdido importancia. Las estimaciones indican que, en comparación con el 8-10% del PIB asignado al Pentágono en EE. UU. antes y durante los años de la guerra de Vietnam, el presupuesto de la agencia para 2025 rondaba los 850.000 millones de dólares, es decir, apenas alrededor del 3% del PIB.

Pero las guerras son fundamentales para el capitalismo en un sentido más amplio. Desde sus inicios, el capitalismo ha recurrido a la guerra y la conquista para facilitar el saqueo y la invasión de mercados que permitían la acumulación a escala mundial. Ese brutal proceso de «acumulación primitiva» no se limitó a las primeras etapas del capitalismo ni a los años de expansión colonial, sino que ha continuado a lo largo de su historia, ya que la expansión y la estabilidad del sistema dependen de los excedentes y los mercados adquiridos mediante la intervención militar.

Con el tiempo, los objetivos de ese militarismo se ampliaron para incluir: derrotar a las potencias imperialistas rivales dentro de lo que aún era un mundo capitalista con Estados-nación en conflicto; realizar esfuerzos para contener el socialismo; socavar los movimientos por la autodeterminación nacional y la liberación del imperialismo; y derrocar a los gobiernos del Sur Global considerados anticapitalistas, excesivamente nacionalistas o simplemente «insubordinados». Más recientemente, se ha intensificado el impulso de Estados Unidos, como hegemonía en declive, por recuperar su antigua supremacía. Como resultado, han vuelto a pasar a primer plano los esfuerzos agresivos por hacerse con el control de los recursos mundiales, especialmente de los minerales y la energía críticos, reviviendo versiones más antiguas de la agresión imperialista. Esto queda ilustrado por la reciente campaña para derrocar a los gobiernos de Venezuela e Irán, en un intento descarado de provocar un cambio de régimen que garantizara el control de los recursos sin necesidad de una ocupación.

Es en este sentido más amplio donde la acumulación militarizada ha sido y sigue siendo parte integral del funcionamiento del capitalismo.

CJP: Estados Unidos no importa nada de su petróleo a través del estrecho de Ormuz, y el aumento de los precios del petróleo podría reforzar el dólar frente a las principales divisas. ¿Significa esto que la guerra contra Irán no tendrá repercusiones negativas en la economía estadounidense?

CPCh: Aunque Estados Unidos es ahora principalmente un país exportador de petróleo y no un país importador como lo era en la década de 1970, los precios del petróleo en Estados Unidos, en una economía privatizada a nivel nacional e integrada a nivel mundial, no pueden aislarse de los precios internacionales, incluidos los fijados por especuladores y corporaciones que se aprovechan para obtener beneficios desmesurados. Y aunque su acceso al petróleo y el papel de los activos denominados en dólares como refugios seguros en tiempos de incertidumbre refuerzan su posición, el desmoronamiento de la burbuja financiera que define la Era de las Finanzas causaría, como he argumentado anteriormente, graves daños a una economía estadounidense (y en particular a su clase trabajadora) que aún se está recuperando de la crisis financiera y la Gran Recesión de 2008 y años posteriores.

CJP: Es probable que la guerra de Irán tenga importantes repercusiones en las economías vulnerables a los altos precios de la energía. Pero las consecuencias no se limitarán al sector energético. Al igual que en el caso de la guerra de Ucrania, la guerra de Irán podría provocar perturbaciones a escala mundial en el suministro de cultivos alimentarios básicos y fertilizantes. Además, las repercusiones económicas de la guerra afectarán de manera desproporcionada a los países del Sur Global, ya de por sí sumidos en la deuda. ¿Podría esta guerra desencadenar una nueva crisis económica internacional?

CPCh: En un orden económico internacional intrínsecamente desigual, en el que la desigualdad global no ha hecho más que aumentar en la Era de las Finanzas, los países menos desarrollados y pobres, que son el blanco de la agresión imperialista que los mantiene en la pobreza, son siempre los principales perdedores. Eso ocurrió cuando las crisis del petróleo de la década de 1970 desestabilizaron la economía mundial. Y ocurriría también esta vez.

El aumento de los precios del petróleo agravaría los déficits comerciales y por cuenta corriente de los países menos desarrollados importadores de petróleo. La subida de los tipos de interés incrementaría las salidas de divisas para hacer frente al servicio de la deuda pendiente. Una recesión mundial afectaría a los trabajadores migrantes y, por lo tanto, a las remesas que envían a sus países de origen, que constituyen una importante fuente de divisas. Los cuellos de botella en el transporte y el aumento de los costes de envío afectarían negativamente a los ingresos por exportaciones. El daño resultante de un mayor déficit por cuenta corriente debido a estas razones se vería agravado por la fuga de capitales, ya que los inversores extranjeros abandonarían las economías que son destinos de inversión más arriesgados y los poseedores de riqueza nacionales huirían hacia refugios seguros en Occidente. El resultado sería una crisis de la balanza de pagos. Como consecuencia, las monedas se depreciarían bruscamente y aumentarían los costes en moneda nacional del servicio de la deuda externa con pagos en divisas. A continuación, se producirían quiebras y recesiones de la economía real.

Esa letanía de desgracias puede ser interminable. Por lo tanto, la crisis que probablemente precipitaría un acto de guerra sin sentido liderado por Estados canallas sería verdaderamente internacional. Pero los Estados de los países del Norte Global intervendrían para salvar el capital, tal y como hicieron en 2008. La crisis sería global en cuanto a su alcance geográfico, pero su impacto sería desigual entre los pueblos, no sólo en términos de vidas perdidas como consecuencia de la devastación militar, sino también de medios de vida destruidos debido a la desestabilización económica.

Foto de portada: Ataque sobre la capital iraní, Teherán, el 3 de marzo de 2026. (Atta Kenare/AFP vía Getty Images)

Voces del Mundo

Deja un comentario