Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 16 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.
La guerra contra Irán y la destrucción total de Gaza son sólo el principio. ¡Bienvenidos al nuevo orden mundial! A la era de la barbarie tecnológicamente avanzada. No hay reglas para los fuertes, sólo para los débiles. Si te opones a los fuertes, si te niegas a doblegarte ante sus caprichosas exigencias, te lloverán misiles y bombas.
Hospitales, escuelas de primaria, universidades y complejos de apartamentos quedan reducidos a escombros. Médicos, estudiantes, periodistas, poetas, escritores, científicos, artistas y líderes políticos —incluidos los jefes de los equipos encargados de las negociaciones— son asesinados por decenas de miles con misiles y drones asesinos.
Los recursos —como bien saben los venezolanos— son robados abiertamente. La comida, el agua y la medicina, como en Palestina, se convierten en armas.
Que coman tierra.
Los organismos internacionales como las Naciones Unidas son una farsa, apéndices inútiles de otra época. La inviolabilidad de los derechos individuales, las fronteras abiertas y el derecho internacional han desaparecido. Los líderes más depravados de la historia de la humanidad, aquellos que redujeron ciudades a cenizas, condujeron a poblaciones cautivas a lugares de ejecución y llenaron de fosas comunes y cadáveres las tierras que ocupaban, han regresado con ganas de venganza.
Vierten los mismos tópicos hipermasculinizados. Vierten la misma retórica vil y racista. Vierten la misma visión maniquea del bien y el mal, del blanco y el negro. Vierten el mismo lenguaje vacuo de dominio total y violencia desenfrenada.
Payasos asesinos. Bufones. Idiotas. Se han apoderado de las riendas del poder para llevar a cabo sus visiones demenciales y caricaturescas mientras saquean el Estado para su propio enriquecimiento.
«Tras presenciar una matanza brutal masiva durante demasiados meses, sabiendo que fue concebida, ejecutada y respaldada por personas muy parecidas a ellos mismos, que la presentaron como una necesidad colectiva, legítima e incluso humana, millones de personas se sienten ahora menos a gusto en el mundo», escribe Pankaj Mishra en «The World After Gaza». «El impacto de esta renovada exposición ante un mal peculiarmente moderno —el mal que en la era premoderna sólo cometían individuos psicópatas y que en el siglo pasado desataron gobernantes y ciudadanos de sociedades ricas y supuestamente civilizadas— es incalculable. El abismo moral al que nos enfrentamos es asimismo inabarcable».
Los subyugados resultan ser una propiedad, mercancías que explotar en busca de lucro o placer. Los archivos de Epstein ponen al descubierto la enfermedad y la crueldad de la clase dominante. Liberales. Conservadores. Rectores universitarios. Académicos. Filántropos. Titanes de Wall Street. Celebridades. Demócratas. Republicanos.
Se regodean en un hedonismo desenfrenado. Van a colegios privados y cuentan con asistencia sanitaria privada. Viven aislados en burbujas egocéntricas rodeados de aduladores, publicistas, asesores financieros, abogados, sirvientes, chóferes, gurús de la autoayuda, cirujanos plásticos y entrenadores personales. Residen en fincas fuertemente vigiladas y pasan sus vacaciones en islas privadas. Viajan en jets privados y yates gigantescos. Viven en otra realidad, en lo que el reportero del Wall Street Journal Robert Frank denomina el mundo de «Richistán», un mundo de Xanadús privados donde celebran bacanales al estilo de Nerón, hacen sus tratos pérfidos, amasan sus miles de millones y desechan a quienes utilizan, incluidos los niños, como si fueran basura. Nadie en este círculo mágico rinde cuentas. Ningún pecado es demasiado depravado. Son parásitos humanos. Destripan el Estado para su beneficio personal. Aterrorizan a las «razas inferiores de la tierra». Acaban con los últimos y anémicos vestigios de nuestra sociedad abierta.
«No habrá curiosidad, ni disfrute del proceso de la vida», como escribe George Orwell en «1984». «Todos los placeres que compitan con él serán destruidos. Pero siempre —no lo olvides, Winston— siempre existirá la embriaguez del poder, en constante aumento y cada vez más sutil. Siempre, en todo momento, existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres una imagen del futuro, imagina una bota pisoteando un rostro humano… para siempre».
La ley, a pesar de algunos valientes esfuerzos por parte de un puñado de jueces —que pronto serán purgados—, es un instrumento de represión. El poder judicial existe para montar juicios-espectáculo. Pasé mucho tiempo en los tribunales de Londres cubriendo la farsa dickensiana durante la persecución a Julian Assange. Una Lubianka a orillas del Támesis. Nuestros tribunales no son mejores. Nuestro Departamento de Justicia es una máquina de venganza.
Matones enmascarados y armados inundan las calles de Estados Unidos y asesinan a civiles, incluidos ciudadanos estadounidenses. Los mandarines gobernantes están gastando miles de millones para convertir almacenes en centros de detención y campos de concentración. Insisten en que sólo albergarán a los indocumentados, a los delincuentes, pero nuestra clase dirigente global miente como respira. Ante sus ojos, somos gentuza ciega y obediente que no cuestiona nada o meros delincuentes. No hay nada entre medias.
Estos campos de concentración, donde no hay garantías procesales y la gente desaparece, están diseñados para nosotros. Y por «nosotros», me refiero a los ciudadanos de esta república muerta. Sin embargo, nos quedamos observando, atónitos, incrédulos, esperando pasivamente nuestra propia esclavitud.
No nos harán esperar mucho.
La barbarie en Irán, el Líbano y Gaza es la misma barbarie a la que nos enfrentamos en casa. Quienes perpetran el genocidio, la matanza masiva y la guerra injustificada contra Irán son los mismos que están desmantelando nuestras instituciones democráticas.
El antropólogo social Arjun Appadurai denomina lo que está ocurriendo «una vasta corrección malthusiana a escala mundial» que está «destinada a preparar el mundo para los vencedores de la globalización sin el molesto ruido de sus perdedores».
Oh, dicen los críticos, no sean tan pesimistas. No sean tan negativos. ¿Dónde está la esperanza? En realidad, no es para tanto.
Si se creen eso, es que son parte del problema, un engranaje involuntario en la maquinaria de nuestro Estado fascista en rápida consolidación.
La realidad acabará por hacer implosionar estas fantasías «esperanzadoras», pero para entonces ya será demasiado tarde.
La verdadera desesperación no es el resultado de una lectura acertada de la realidad. La verdadera desesperación proviene de que nos rindamos, ya sea a través de la fantasía o la apatía, ante un poder maligno. La verdadera desesperación es la impotencia. Y la resistencia, la resistencia significativa, aunque esté casi con toda seguridad condenada al fracaso, es empoderamiento. Confiere autoestima. Confiere dignidad. Confiere capacidad de acción. Es la única acción que nos permite usar la palabra esperanza.
Los iraníes, los libaneses y los palestinos saben que no hay forma de apaciguar a estos monstruos. Las élites globales no creen en nada. No sienten nada. No son dignas de confianza. Exhiben los rasgos fundamentales de todos los psicópatas: encanto superficial, grandiosidad y egocentrismo, necesidad de estimulación constante, tendencia a la mentira, al engaño y a la manipulación, e incapacidad para sentir remordimiento o culpa. Desprecian como debilidades las virtudes de la empatía, la honestidad, la compasión y el sacrificio personal. Viven según el credo del «yo, yo, yo».
«El hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes; el hecho de que compartan tantos errores no convierte esos errores en verdades; y el hecho de que millones de personas compartan las mismas formas de patología mental no convierte a esas personas en cuerdas», escribe Eric Fromm en «Psicoanálisis de la sociedad contemporánea».
Llevamos casi tres años siendo testigos del mal en Gaza. Ahora lo vemos en el Líbano y en Irán. Vemos cómo los líderes políticos y los medios de comunicación excusan o enmascaran este mal.
El New York Times, en una página sacada de Orwell, envió un memorándum interno en el que ordenaba a los periodistas y editores que evitaran los términos «campos de refugiados», «territorio ocupado», «limpieza étnica» y, por supuesto, «genocidio» al escribir sobre Gaza. Quienes nombran y denuncian este mal son difamados, incluidos en listas negras y expulsados de los campus universitarios y de la esfera pública. Son detenidos y deportados. Un silencio sepulcral se cierne sobre nosotros, el silencio de todos los Estados autoritarios. Si no cumples con tu deber, si no animas a la guerra contra Irán, verás cómo te revocan la licencia de emisión, tal y como ha propuesto Brendan Carr, el presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC, por su siglas en inglés).
Tenemos enemigos. No están en Palestina. No están en el Líbano. No están en Irán. Están aquí. Entre nosotros. Dictan nuestras vidas. Son traidores a nuestros ideales. Son traidores a nuestro país. Imaginan un mundo de esclavos y amos. Gaza es sólo el comienzo. No existen mecanismos internos para la reforma. Podemos oponernos o rendirnos.
Esas son las únicas opciones que nos quedan.
Ilustración de portada: Un futuro radiante (por Mr. Fish).