Lubna Masarwa, Middle East Eye, 17 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Lubna Masarwa es periodista y directora de la oficina de Middle East Eye en Palestina e Israel, con sede en Jerusalén.
Es el último viernes de Ramadán y la Ciudad Vieja de Jerusalén es una ciudad fantasma.
Al-Wad, la calle principal que conduce a la Mezquita de Al-Aqsa, está vacía, y las tiendas que venden dulces, hierbas y ropa están todas cerradas. Incluso las farmacias y la famosa cafetería de Abu Jadija se han visto obligadas a cerrar sus puertas.
No se ofrecen dulces a los niños. No se oyen anuncios para comprar productos de Ramadán. Las decoraciones habituales que adornan las callejuelas durante el mes sagrado islámico brillan por su ausencia. La bulliciosa Ciudad Vieja está sumida en el silencio.
Al caminar hacia la entrada principal del complejo de Al-Aqsa, el Suq al-Qattanin, un mercado que suele estar repleto de turistas, peregrinos y niños, está vacío.
Dos policías israelíes montan guardia impasibles junto a la puerta verde, impidiendo que alguien se acerque.
Para quienes hemos vivido toda nuestra vida en esta ciudad, las calles vacías y las puertas cerradas inspiran un profundo temor e incertidumbre sobre el futuro de Palestina.
Israel impuso el cierre tras unirse a Estados Unidos en el ataque a Irán. Comenzó cerrando las puertas de la Mezquita de Ibrahim, en Hebrón, antes de extender las restricciones a Al-Aqsa. Ambas mezquitas se encuentran en territorio palestino ocupado.
Los palestinos están acostumbrados a las restricciones arbitrarias y punitivas en sus vidas. Pero el cierre de Al-Aqsa, uno de los lugares más sagrados del islam, durante el Ramadán no tiene precedentes.
El pretexto de la guerra
Este ha sido el primer Ramadán desde que Israel ocupó Jerusalén Este en 1967 en el que los palestinos no han podido realizar las oraciones del viernes en la mezquita.
Para los palestinos que viven en Cisjordania ocupada, esto ha sido especialmente duro, ya que el Ramadán suele ser la única época del año en que Israel les permite, aunque en número limitado, visitar Al-Aqsa.
Incluso durante la pandemia de COVID-19, las calles estaban más concurridas que ahora. Las restricciones a las oraciones impuestas entonces eran competencia del Waqf Islámico, que administra Al-Aqsa.
Esta vez fueron las autoridades israelíes quienes prohibieron la presencia de multitudes en el lugar, alegando motivos de seguridad pública debido a la guerra.
Extrañamente, esta misma norma no se aplica en la otra zona de la ciudad, donde restaurantes y cafeterías están llenos de gente y las sinagogas permanecen abiertas.
Resulta evidente que las calles vacías presagian un nuevo y sombrío capítulo en la historia de una ciudad que ha sufrido acontecimientos turbulentos durante siglos. Israel utiliza la guerra como pretexto para vaciar Al-Aqsa de fieles e imponer una nueva realidad de control absoluto sobre el lugar.
Para los palestinos, Al-Aqsa es el fundamento de Palestina, y perderla significa perder algo esencial para nuestra existencia, incluso para quienes no son muy religiosos.
Una mujer palestina que vive en el norte de Israel me dijo: “La Mezquita de Al-Aqsa no sólo es el corazón sagrado de la identidad palestina, sino que también se ha convertido en un símbolo de sumud, de resiliencia y de la lucha constante por la liberación, trasmitiendo la fe y las oraciones de los palestinos hacia la liberación de su tierra, el derecho al retorno y la restauración de su dignidad como pueblo libre”.
Imponer una nueva realidad
En 2021, durante el levantamiento de mayo, miles de palestinos marcharon hacia Al-Aqsa: religiosos y laicos, musulmanes y cristianos.
Palestinos de todas las ciudades y pueblos de Israel y los territorios ocupados acudieron al lugar en un esfuerzo simbólico por protegerlo, no sólo por su importancia religiosa, sino porque representa un emblema de la identidad palestina.
El temor es que este cierre sea el preludio de una toma de control y un cambio radical en el statu quo que durante mucho tiempo ha determinado quién controla este espacio. Israel está imponiendo unilateralmente una nueva realidad que amenaza con transformar el lugar principalmente en un lugar de culto judío, como ya ha sucedido en la Mezquita de Ibrahim.
En 1994, Baruch Goldstein, un colono nacido en Estados Unidos, abrió fuego contra cientos de musulmanes que rezaban en la mezquita durante el Ramadán, matando a 29 palestinos e hiriendo a otros 125. Goldstein fue finalmente desarmado y abatido por los supervivientes.
El ataque fue condenado por el entonces primer ministro Yitzhak Rabin, pero venerado por algunos sectores de la extrema derecha israelí. La tumba de Goldstein en el asentamiento de Kiryat Arba atrajo posteriormente peregrinaciones de extremistas sionistas.
En 2023, Itamar Ben Gvir, el ministro de Seguridad Nacional de extrema derecha de Israel, pronunció un discurso frente a un mural que glorificaba a Goldstein.
Tras el ataque, la sala de oración fue dividida siguiendo las recomendaciones de una comisión liderada por Israel. Dos tercios del espacio están reservados para judíos y el tercio restante para musulmanes.
¿Podría ocurrir lo mismo ahora en Al-Aqsa?
Ciudad sitiada
Auni Bazbaz, director de asuntos internacionales del Waqf Islámico, afirmó que el cierre podría tener graves consecuencias.
“El cierre continuado de la Mezquita de Al-Aqsa, sobre todo en un momento en el que en otros lugares se observan signos de vuelta a la normalidad, podría acarrear riesgos y consecuencias futuras que no pueden ignorarse”, declaró a Middle East Eye.
Bazbaz advirtió que mantener la mezquita cerrada podría “aumentar las tensiones y la indignación pública”.
Fajri Abu Diab, activista residente en Jerusalén y experto en asuntos de la ciudad, afirmó que la justificación de seguridad pública para el cierre de la mezquita era una mentira: “A la policía y al gobierno no les importa protegernos. No hay refugios antibombas para los palestinos en Jerusalén”.
Añadió que el objetivo del cierre era vaciar la mezquita, alejar a los palestinos e impedirles ejercer su derecho a la libertad religiosa, especialmente durante el Ramadán. “Nos han impedido llegar a Al-Aqsa, pero la gente sigue en las calles y en los mercados”, declaró Abu Diab.
El cierre de Al-Aqsa forma parte de un asedio más amplio impuesto a los palestinos en la Ciudad Vieja. “Han destruido nuestra fuente de sustento. Esperábamos el Ramadán para ganar algo de dinero, pero nos obligaron a todos a cerrar, excepto a los puestos de comida”, declaró a MEE un joven que desobedeció la orden de cerrar su quiosco de zumos.
“Un amigo mío tuvo que pagar una multa de 6.000 séqueles (1.935 dólares) por abrir su tienda, a pesar de que permitieron la apertura de los puestos de comida. Pero, además de la multa y el acoso, ¿a quién le vas a vender? La ciudad está cerrada y no hay clientes”.
Israel ha cerrado las entradas a la Ciudad Vieja. Los soldados custodian la Puerta de Damasco y comprueban la identificación. Sólo se permite el paso a los residentes con domicilio dentro de la ciudad.
“A veces lo abren, a veces deciden cerrarlo; no hay ninguna razón lógica para ello, y nadie sabe cuándo cambian las órdenes”, dijo el hombre del puesto de zumos.
Un palestino vende trigo con una bandeja. Un policía israelí se acerca y lo increpa.
“Vete antes de que te tire eso al suelo”, dice en un árabe chapurreado, señalando la bandeja. “No me obligues a hacerte eso”.
Foto de portada: Palestinos musulmanes rezan en las afueras de la Ciudad Vieja de Jerusalén durante el Ramadán, el 15 de marzo de 2026, mientras la cercana Mezquita de Al-Aqsa permanece cerrada por Israel. (Ahmad Gharabli/AFP)