Vuk Bačanović, CounterPunch.org, 18 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Vuk Bačanović es el editor de la revista política Žurnal, con sede en Montenegro.
Donald Trump me ha parecido siempre una figura repulsiva. No sólo porque es un síntoma político de la fase terminal del cáncer que padece la sociedad estadounidense, sino también porque durante años fue su cartel publicitario televisivo. Un hombre que logró convertir la banalidad y la arrogancia en una ideología en toda regla.
Mucho antes de transformarse en una figura mesiánica para la derecha estadounidense, Trump fue el creador de una de las pedagogías más grotescas del capitalismo moderno: el reality show The Apprentice. Era, en esencia, una especie de prototipo de los espectáculos de telerrealidad balcánicos, sólo que con ascensores dorados y el horizonte de Manhattan de fondo. En este espectáculo, un grupo de desventurados concursantes competía por vender cualquier cosa que se pudiera vender —desde plátanos y baratijas de plástico hasta inmuebles— simplemente para evitar el momento en que Su Majestad Trump, el Omnipoderoso, sentado en una mesa enorme como un sultán corporativo, los sentenciara con el famoso veredicto: «¡Estás despedido!».
Uno de ellos se me ha quedado especialmente grabado en la memoria: un hombre con sombrero de vaquero y esa mirada apagada y triste de quien ya sospecha que no es más que un accesorio en la actuación de otro. Con algo parecido a la devoción religiosa, le explicó a Trump que nunca había leído un solo libro en su vida, excepto el del propio Trump: Cómo hacerse rico. O Cómo llegar a rico. O tal vez Cómo convertirte en Trump si no eres Trump. Algo por el estilo. La escena era tan perfectamente grotesca que podría haber servido como ilustración de manual de todo el modelo cultural que Trump estaba vendiéndole a Estados Unidos —y al mundo—.
Y esa, en realidad, fue la razón principal de mi repulsa. No porque sea rico —el capitalismo, al fin y al cabo, está lleno de gente adinerada, y algunos de ellos incluso logran pasar por la vida sin convertirse en caricaturas de sus propias cuentas en paraísos fiscales—, sino porque durante años predicó una de las pseudofilosofías más grotescas desde el punto de vista moral que el mundo moderno ha logrado producir: la idea de que la persona común no necesita pensar demasiado, ni hacer demasiadas preguntas sobre la naturaleza del orden en el que vive. Basta, según esta doctrina, con aprender a pasar por encima de los demás de la forma más eficiente, más rápida y más despiadada; tal vez entonces, algún día, uno también pueda acercarse al estado bendito de vivir una vida parecida a la del Sr. Trump.
Y, hay que admitirlo, triunfó.
Un hombre cuya fortuna se basaba en gran medida en la riqueza heredada logró, en la autoproclamada era estadounidense de «desmontar todos los mitos», venderse a sí mismo como una especie de héroe mítico urbano: un luchador anónimo que supuestamente comenzó su carrera de multimillonario vendiendo periódicos en la calle y que luego —siguiendo la mejor tradición de los cuentos de hadas estadounidenses— «tomó prestado» su primer millón y construyó un imperio a partir de él. Esta personalidad cuidadosamente escenificada pronto comenzó a desfilar por la cultura popular: desde cameos en «Solo en casa» hasta apariciones especiales en series de televisión como «El príncipe de Bel-Air», donde se le presentaba como una especie de multimillonario benevolente, un poco excéntrico, pero fundamentalmente simpático.
Y en el final de esa serie —si eres lo suficientemente obediente, ágil y despiadado—, tú también podrías ganar «The Apprentice» y cumplir tu sueño americano.
Pero, en realidad, a Trump —y a todo el sueño trumpista, incluso en su clave interpretativa sionista-evangélica— quizá lo resuma mejor una sola frase que pronuncia mientras vuelve a interpretarse a sí mismo en la película The Little Rascals (1994). Al aparecer como el padre del niño rico Waldo, pronuncia la siguiente frase:
«Eres el mejor hijo que el dinero puede comprar».
En esa sola frase reside todo el catecismo de la civilización trumpista. Todo se puede comprar. Hijos e hijas. Amistades. Elecciones. Moralidad. Verdad.
Sólo que en la vida real el asunto resultó ser algo más… práctico. El socio comercial de toda la vida de Trump, Jeffrey Epstein, por ejemplo, no recorrió el mundo —en particular sus regiones más pobres, y sobre todo algunas zonas de los Balcanes— comprando niños y niñas para que alguien los adoptara como hijos e hijas. No. Los compró como esclavos sexuales. Y, como ahora sabemos —y esto ya no es una «teoría de la conspiración» marginal, sino un asunto rodeado de sospechas sustanciales y bien documentadas—, también para los diversos rituales satánicos de aquellos que habían logrado ascender a la cima de la pirámide del sueño trumpista.
Y cuando todo esto se sitúa en un contexto más amplio, el panorama se vuelve aún más claro. A través de su apoyo incondicional a Benjamin Netanyahu —el director de lo que se ha convertido en la destrucción casi ritual de decenas de miles de niños en Gaza—, mediante espectaculares actos geopolíticos como el secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, o la idea de que una antigua civilización iraní podría ser «disciplinada» mediante bombardeos —una vez más sobre los cuerpos de las niñas—, Trump ha logrado algo que ningún presidente estadounidense antes que él había conseguido hacer tan abiertamente.
Al final, ha dejado bien al descubierto el mito del «sueño americano».
Es decir, una pesadilla en la que el mundo entero se ha visto arrastrado a un episodio interminable de The Apprentice, donde miles de millones de personas pasan sus vidas con un miedo silencioso a que el patrón supremo de asesinos en masa, oligarcas y pedófilos pueda un día simplemente «despedirlos» de la existencia. Y todo ello bajo la reconfortante ilusión de que tal sistema —un híbrido grotesco de espectáculo televisivo y cloaca moral— es, de hecho, la cúspide de la civilización y la única receta probada para la felicidad.
Sin embargo, por paradójico que pueda parecer, hay al menos una cosa por la que Trump merece una cierta gratitud sombría: su honestidad brutal, casi caricaturesca. Con su pura arrogancia ha arrancado el colorido envoltorio en el que este sistema había estado empaquetado durante décadas; envuelto, sobre todo, en el celofán brillante de la cultura popular de Hollywood.
Porque Estados Unidos, en gran medida, ganó la Guerra Fría precisamente gracias a esa imagen. Comedias sobre familias armoniosas, céspedes suburbanos perfectamente recortados, cocinas donde siempre se horneaban tartas de manzana, públicos de estudio que —cuando no se reían de algún chiste manido— estallaban en vítores extáticos cada vez que aparecía un multimillonario en pantalla, a veces incluso el propio Trump.
Y todos lo veíamos.
Y todos nos lo creíamos.
Ahora que hemos empezado a comprender que detrás de esos alegres telones televisivos hay, la mayoría de las veces, un Jeffrey Epstein sonriendo a nuestras hijas, quizá sea hora de volver a lecturas algo más serias. Frantz Fanon —quien en su día fue un visitante asiduo de nuestra propia civilización traicionada y finalmente destrozada llamada Yugoslavia— escribió las siguientes líneas en Los condenados de la tierra:
Las fuerzas mágicas sobrenaturales se revelan extrañamente «egocéntricas». La fuerza del colonizado se vuelve infinitamente pequeña porque ha sido debilitada por atributos ajenos. Ya no tiene motivos para luchar contra ellos, pues el poder parece residir en siniestras estructuras míticas. Claramente, todo se desarrolla como un conflicto permanente en un plano fantástico. Sin embargo, en la lucha por la liberación, a veces fragmentada en sectores irreales, presa de un miedo inexpresable pero también propensa a perderse en fantasías alucinatorias, el pueblo se dispersa y se reorganiza de nuevo, hasta que, a través de la sangre y las lágrimas, llega a confrontaciones muy concretas e inmediatas.
Quizás, entonces, la lección más importante de nuestro tiempo sea esta: una vez que una civilización destrozada se despide de sus ilusiones, se le concede —quizás por segunda vez— la oportunidad de redescubrir su dignidad.
En ese sentido, este es el fin de la niñez y, en nuestro caso, el fin de una larga y bastante vergonzosa infantilización.
Esto no significa que el mundo vaya a dejar de ser de repente imperfecto, duro y, a menudo, una pesadilla. Lo que sí significa es que ya no podemos permitirnos el lujo de fingir asombro; esa reconfortante esperanza en que nuestro «mundo civilizado» simplemente haya tomado un giro trágico y erróneo y pronto vuelva a su estado original.
Crecer, como sabe cualquiera que realmente haya pasado por ello, no es ni sencillo ni romántico. Y menos aún ahora, cuando por fin le hemos dicho a Trump —y a sus predecesores y sucesores que durante tanto tiempo han ocupado nuestra imaginación y nuestra lealtad— lo que quizá deberíamos haber dicho mucho antes:
«Estás despedido».
Foto de portada de Rene Bernal.