Explosión en el interior de la maquinaria bélica de Trump: Joe Kent dimite

Ramzy Baroud, CounterPunch.org, 18 marzo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, el último publicado fue These Chains Will Be Broken: Palestinian Stories of Struggle and Defiance in Israeli Prisons (Clarity Press, Atlanta). Su próximo libro,  Before the Flood, será publicado porSeven Stories PressEl Dr. Baroud es investigador principal no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Mundiales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su sitio web es www.ramzybaroud.net

La dimisión de Joe Kent no es una anomalía, sino una señal de alarma: la disidencia de las élites está saliendo a la luz antes de lo previsto porque esta guerra se basa en el engaño.

La dimisión de Joe Kent es impactante, pero no por la razón obvia.

No es impactante simplemente porque provenga del seno de la Administración Trump. Cualquier administración de tal envergadura, que abarca a miles de funcionarios, agentes y personal de carrera, contará con personas que, a pesar de la cultura que las rodea, siguen trazando sus propias líneas morales.

Incluso una administración caracterizada por un militarismo descarado, una retórica racializada y una aceptación sin complejos de la fuerza no es moralmente monolítica. Siempre hay espacio, por estrecho que sea, para que alguien diga ¡basta!

Lo que hace que la dimisión de Kent sea importante es algo completamente distinto: el lenguaje, el momento y el contexto político desde el que surgió.

Cuando otros funcionarios dimitieron por lo ocurrido en Gaza, establecieron un estándar de claridad ética que sigue siendo relevante. El exfuncionario de derechos humanos de la ONU Craig Mokhiber dimitió el 28 de octubre de 2023, advirtiendo de que «estamos viendo cómo se desarrolla un genocidio ante nuestros ojos » y describiendo Gaza como «un caso de libro de genocidio».

La exfuncionaria del Departamento de Estado Stacy Gilbert, que dimitió en mayo de 2024 a raíz de un informe gubernamental sobre la obstrucción israelí de la ayuda, lo expresó con la misma franqueza: «Está muy claro lo que está bien y lo que está mal, y lo que figura en ese informe está mal».

No se trataba de dimisiones cuidadosamente redactadas por abogados. Eran posiciones morales.

Kent pertenece a un universo político diferente al de Mokhiber o Gilbert. Precisamente por eso su dimisión tiene tanta fuerza.

No era un liberal aislado dentro de una administración belicista. Era el director del Centro Nacional Antiterrorista, confirmado en julio de 2025, ex boina verde, ex oficial paramilitar de la CIA y, según cualquier criterio normal, una figura con un profundo arraigo en el aparato de seguridad nacional.

También era un republicano alineado con Trump cuya batalla por la confirmación estuvo marcada por vínculos con figuras de extrema derecha y políticas conspirativas, según AP. En otras palabras, no se trataba de un outsider que se apartaba del imperio. Se trataba de un hombre desde dentro de esa maquinaria que decía que ya no podía justificar esta guerra.

Y no se anduvo con rodeos.

«No puedo, en conciencia, apoyar la guerra en curso en Irán», escribió Kent. «Irán no representaba una amenaza inminente para nuestra nación, y está claro que iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense».

Esa frase por sí sola es políticamente explosiva. No se limita a criticar las tácticas. Acusa la justificación de la guerra en sí misma.

Pero Kent fue aún más lejos.

«Al principio de este mandato, altos cargos israelíes y miembros influyentes de los medios de comunicación estadounidenses pusieron en marcha una campaña de desinformación que socavó por completo vuestra plataforma America First y sembró sentimientos belicistas para fomentar una guerra con Irán», escribió.

Y luego, la frase más contundente de todas:

«Esto no fue sino una mentira y es la misma táctica que utilizaron los israelíes para arrastrarnos a la desastrosa guerra de Iraq».

Esto no es una disidencia burocrática. Es una acusación directa de manipulación, engaño y captura de la política exterior.

Eso es lo que hace que esta dimisión sea diferente.

Los funcionarios suelen marcharse en silencio. Se refugian en eufemismos. Alegan motivos familiares, el momento, el cansancio institucional o la manida ficción de las «diferencias políticas». Kent no hizo nada de eso. Trazó una línea entre lo correcto y lo incorrecto en el lenguaje de su propia tradición política, y luego la cruzó. La importancia de ese acto no puede medirse únicamente por si uno está de acuerdo con su visión del mundo. Debe medirse por lo que revela: que las contradicciones morales y estratégicas de esta guerra son ahora tan visibles que incluso los leales están empezando a romperse.

Kent también basó su decisión en su historia personal.

«Como veterano que ha participado en combates en 11 ocasiones y como esposo de una víctima de guerra (Gold Star*), que perdí a mi amada esposa Shannon en una guerra provocada por Israel, no puedo apoyar que se envíe a la próxima generación a luchar y morir en una guerra que no reporta ningún beneficio al pueblo estadounidense ni justifica el coste de vidas estadounidenses».

Su esposa, la suboficial superior de la Marina Shannon Kent, murió en Siria en 2019 como parte de la Operación Resolución Inherente. Eso no santifica la política de Joe Kent, pero sí explica el registro moral de su carta. No hablaba de forma abstracta sobre el sacrificio. Hablaba desde el interior de su destrozo.

Esta dimisión importa también por otra razón.

No sabemos qué sabe Kent y qué ha decidido no decir. Alguien en su posición tenía acceso a información de inteligencia, deliberaciones internas, evaluaciones de amenazas y debates estratégicos que el público nunca verá en su totalidad. Cuando una figura así concluye que «no había una amenaza inminente», ese juicio no es casual. No lo prueba todo, pero da peso a la sospecha de que los argumentos públicos a favor de la guerra no sólo eran débiles, sino que estaban fabricados.

También hay aquí una lección más amplia, y puede que sea la más importante.

A diferencia de anteriores guerras de Estados Unidos, esta está generando una disidencia significativa a una velocidad inusual. En Iraq llevó su tiempo. En Afganistán llevó su tiempo. Incluso cuando surgió una oposición de élite, a menudo no llegó hasta que el desastre estratégico se había consumado por completo. Esta vez, a menos de tres semanas del inicio de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, ya se observan protestas contra la guerra, ya está aflorando el malestar interno y un alto responsable de la lucha antiterrorista ya ha dimitido en señal de protesta pública. Eso no significa que la guerra esté llegando a su fin. Significa que la arquitectura política que la sustenta es menos estable de lo que Washington quiere admitir.

La dimisión de Kent también debería agudizar un debate que Washington lleva décadas intentando difuminar: el papel de Israel en la configuración de la política exterior estadounidense. Kent no se escondió tras un lenguaje en clave. Llamó a esta guerra lo que él cree que es: una guerra lanzada «debido a la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense». Queda por ver si más funcionarios dirán lo mismo. Pero uno de ellos ya lo ha hecho, y desde un puesto que importa.

Nada de esto requiere idealizar a Joe Kent. Se puede objetar, con fuerza y razón, su trayectoria política, el papel que desempeñó dentro del establishment de la seguridad nacional y la maquinaria imperial más amplia que hizo posible su carrera. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que, dentro de su propio marco, llegó a una conclusión y actuó en consecuencia. Hizo algo poco común: abandonó el poder y denunció la corrupción sin tapujos.

Esta historia no está terminando. Está empezando. Porque, una vez que alguien con información privilegiada afirma que la guerra se basó en mentiras, los demás se ven obligados a tomar una decisión. Pueden seguir mostrando lealtad a una narrativa que se desmorona, o pueden hablar. Y cuanto más se prolongue esta guerra, más difícil resultará guardar silencio.

N. de la T.: (*) En el Ejército de los Estados Unidos (USA Army) y las fuerzas armadas en general, una Gold Star (Estrella Dorada) es un símbolo de alto honor y profundo sacrificio que representa a las familias de los militares que perdieron la vida en combate o en servicio activo. 

Fuente foto de portada: Joe Kent (Wikipedia).

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