Desprotegidos desde arriba, silenciados desde dentro: Los palestinos en el Israel en guerra

Samah Watah y Baker Zoubi, +972.com Magazine, 19 marzo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Samah Watad es una periodista e investigadora palestina afincada en Israel que cubre cuestiones políticas y sociales.

Baker Zoubi es periodista y ciudadano palestino de Israel, residente en la aldea de Kufr Maser, en la Baja Galilea. Desde 2021, colabora como escritor en Local Call y +972 Magazine, compaginando su trabajo como editor de noticias a tiempo parcial en Bokra con la publicación de artículos de opinión sobre temas políticos y sociales de la sociedad palestina.

Artículo elaborado en colaboración con:

Ante la persistencia de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, el sonido de las sirenas se ha convertido en una constante tanto para los ciudadanos palestinos como para los judíos israelíes. Mientras que los israelíes judíos corren a refugiarse en habitaciones seguras o búnkeres cercanos en los instantes que transcurren entre la alarma y el impacto de misiles o fragmentos interceptados, muchos palestinos se preguntan: ¿Adónde vamos nosotros?

Los refugios y espacios protegidos se han convertido en un componente fundamental del sistema de defensa civil israelí, especialmente desde el 7 de octubre y la posterior escalada de tensiones con Irán, que ha extendido la amenaza de ataques con misiles a prácticamente todo el país. Sin embargo, en las comunidades árabes —e incluso en barrios árabes dentro de ciudades binacionales— persisten importantes diferencias en la protección que se ofrece a los ciudadanos judíos y palestinos.

Un nuevo estudio realizado por dos organizaciones locales, Sikkuy-Aufoq e Injaz, refleja la magnitud de esta disparidad: de los 11.775 refugios públicos del país, sólo 37 se encuentran en localidades árabes —aproximadamente el 0,3%— y ocho de ellos son inutilizables. Un informe publicado a principios de este año por el Auditor del Estado de Israel reveló deficiencias igualmente enormes.

Esto significa que cientos de miles de ciudadanos árabes (que representan alrededor del 20% de la población de Israel) viven en comunidades sin refugios públicos y se ven obligados a resguardarse en habitaciones interiores, pasillos o escaleras, espacios que ofrecen poca protección contra impactos directos o incluso contra la metralla.

Esta vulnerabilidad no es sólo consecuencia de una insuficiencia en tiempos de guerra, sino también del resultado de décadas de planificación discriminatoria, falta crónica de inversión y decisiones políticas que han dejado a las ciudades árabes prácticamente fuera de la infraestructura de protección del Estado.

Parte de esta brecha es estructural. Una gran proporción de las viviendas en las comunidades palestinas se construyeron antes de 1992, cuando la normativa israelí comenzó a exigir una habitación fortificada (conocida en hebreo como “mamad”) en las nuevas construcciones residenciales. Sin embargo, incluso hoy en día, los residentes palestinos que buscan construir refugios privados por su cuenta a menudo no pueden hacerlo debido a las barreras urbanísticas y de permisos en las ciudades árabes.

“La falta de protección no es sólo una cuestión técnica; también está relacionada con la planificación y la política de construcción”, declaró Raghad Jaraisi, codirector ejecutivo de Sikkuy-Aufoq, a +972. “Como existen restricciones para la emisión de permisos de construcción y los proyectos de renovación urbana no avanzan en las comunidades árabes, esto afecta directamente la capacidad de las personas para añadir refugios a sus hogares”.

En este sentido, el problema no radica simplemente en la escasez de refugios. Se trata de que la seguridad misma ha sido moldeada por sistemas de los que los ciudadanos palestinos han estado excluidos durante mucho tiempo: la asignación de tierras, los permisos y el desarrollo impulsado por el mercado.

El año pasado puso de manifiesto las profundas y fatales consecuencias de esta falta de protección. Durante la Guerra de los Doce Días entre Israel e Irán en junio pasado, un misil impactó en una vivienda en la ciudad palestina de Tamra, causando la muerte de dos mujeres y dos niñas. En los últimos años, los misiles o la metralla resultante de las interceptaciones también se han cobrado vidas civiles en Majd Al-Krum y Shefa-‘Amr.

Fuerzas de seguridad y rescate israelíes en el lugar del impacto de un misil balístico iraní en Tamra, al norte de Israel, el 15 de junio de 2025. (Foto: David Cohen/Flash90)

En otras comunidades, incidentes similares han causado heridos y daños a viviendas y propiedades. El miércoles pasado, un cohete de Hizbolá impactó sobre una casa en la aldea norteña de Bi’ina, hiriendo a varias personas. Dos días después, un ataque con misiles iraníes hirió a casi 60 personas en la cercana Zarzir y causó una destrucción generalizada. La noche siguiente, la metralla cayó en la aldea de Um Al-Ghanam, incendiando un vehículo.

Al mismo tiempo, otra crisis sigue azotando la vida cotidiana de los palestinos: el crimen organizado violento. Si bien el ritmo de los asesinatos se ha ralentizado ligeramente durante la guerra, no ha cesado: al menos 11 palestinos han sido asesinados desde su inicio.

Para muchos, la epidemia de delincuencia sigue siendo una amenaza aún más inmediata que la propia guerra. La guerra también interrumpió las protestas masivas que los ciudadanos palestinos habían comenzado a organizar contra la delincuencia, ya que las restricciones y las preocupaciones por la seguridad dificultan enormemente la movilización sostenida. Al mismo tiempo, cualquier oposición abierta a la guerra o manifestación pública de la identidad palestina sigue siendo brutalmente reprimida por las autoridades.

En esta realidad, los ciudadanos palestinos de Israel viven bajo una doble amenaza: la guerra desde el aire y la violencia y represión desde dentro.

Cinco refugios para 3.000 personas

Los ciudadanos palestinos de Israel han sufrido discriminación durante décadas, y sus consecuencias son ahora dolorosamente visibles en materia de seguridad básica. En todo el país, muchos pueblos y aldeas palestinas aún carecen de suficientes refugios y espacios protegidos, mientras que los sucesivos gobiernos han hecho pocos esfuerzos para abordar esta carencia de manera efectiva.

En las llamadas “ciudades mixtas” como Lod (o Lyd), Ramla, Yafa, Haifa y Aka, esta disparidad es aún más pronunciada, a veces incluso visible en la misma calle. “Al observar el mapa, se puede ver claramente dónde hay refugios y dónde no”, declaró a +972 Ghasan Monayer, activista social de Ramla. “En los barrios judíos, hay refugios públicos, espacios protegidos dentro de edificios e incluso, en ocasiones, refugios móviles. En los barrios árabes, la situación es completamente diferente”.

En algunos casos, la desigualdad radica en la historia particular de estas ciudades. Algunos barrios de Ramla, explicó Monayer, han sido predominantemente palestinos desde antes de 1948. Tras la Nakba, israelíes judíos se asentaron allí y el Estado construyó refugios públicos. “Más tarde, los residentes judíos se mudaron a los barrios más nuevos y los árabes a los más antiguos”, afirmó. “El número de refugios es muy reducido y algunos se encuentran en mal estado. Sin duda, no se corresponden con el tamaño de la población”.

En otros lugares, la situación es aún más grave: barrios enteros nunca contaron con refugios. “En un barrio de Lod viven más de 3.000 personas y sólo hay cinco refugios móviles”, dijo Monayer. “En otro barrio, el único lugar donde la gente puede encontrar refugio es la escuela, pero la distancia entre esta y la mayoría de las casas es mayor que la distancia que se supone que deben recorrer las personas durante una sirena”.

“El municipio afirma que hay 18 espacios protegidos en los barrios de la ciudad”, continuó. “Esas habitaciones sólo tienen capacidad para unas 600 personas. La pregunta es simple: ¿Qué pasa con el resto? ¿Se supone que deben esperar en la calle? Hay casas en Lod y Ramla con techos de metal, casas que podrían ser destruidas por la metralla, por no hablar de un misil. Cuando la gente oye la sirena, sabe que en realidad no tiene ningún lugar seguro adónde ir”.

El alcalde de Sajnin, Masen Ghanayem, se ha quejado de la falta de refugios en su ciudad árabe del norte de Israel. (Foto: Odd Anderson/AFP)

Los residentes han propuesto soluciones prácticas, pero afirman haber recibido pocas respuestas. “Sugerimos una idea sencilla al municipio: si no puede construir más espacios protegidos, debería incentivar a los residentes a construirlos ellos mismos. La ley permite construir una habitación protegida en el patio incluso sin permiso, pero la gente teme las multas o la amenaza de órdenes de demolición. Les dijimos: ‘Ofrezcan descuentos en los impuestos sobre la propiedad u otro incentivo y anímenlos a construir’”.

La falta de protección es particularmente grave en las aldeas beduinas no reconocidas del Négev. Durante un reciente debate en la Knéset, el diputado Walid Al-Huwashla, residente del Négev y perteneciente a la Lista Árabe Unida (Ra’am), señaló lo que describió como un abandono casi total. Según él, prácticamente no existen medidas de protección en las aldeas no reconocidas ni en algunos consejos regionales de la zona.

Las conclusiones del informe del Auditor del Estado también ponen de manifiesto la magnitud de esta brecha: en todas las aldeas no reconocidas del Négev, sólo hay 64 espacios protegidos para unos 165.000 residentes. Para intentar paliar esta escasez, la organización comunitaria Standing Together lanzó recientemente una campaña de financiación colectiva y ha estado instalando refugios portátiles.

Sin embargo, según una fuente del Comité Nacional de Jefes de Autoridades Locales Árabes, más allá de las conversaciones limitadas centradas en las aldeas beduinas, no ha habido un esfuerzo estatal integral para abordar la escasez generalizada en las localidades árabes. En la práctica, la atención se ha centrado en capacitar a equipos locales de voluntarios para emergencias —en rescate, primeros auxilios y apoyo psicológico— para que las comunidades puedan responder por sí mismas cuando se produzcan ataques.

La implicación es clara: ante la falta de protección adecuada, la responsabilidad de la supervivencia recae cada vez más sobre las propias comunidades.

Represión de la disidencia

Sin protección contra misiles, cohetes y metralla, los ciudadanos palestinos de Israel constituyen la principal oposición dentro del país a la guerra con Irán, que cuenta con el apoyo de más del 90% de la población judía. Sin embargo, en un Estado que tolera pocas disidencias, saben que expresarse puede tener un alto precio.

No existen cifras oficiales sobre cuántos palestinos han sido arrestados o interrogados por presuntos delitos relacionados con la libertad de expresión desde el inicio de la guerra con Irán. No obstante, al elaborar este artículo, +972 identificó al menos nueve casos. Esto ha generado una creciente sensación entre muchos palestinos de que hablar abiertamente se ha vuelto más peligroso que nunca.

Apenas unos días después de que Israel y Estados Unidos lanzaran sus ataques, la policía israelí arrestó a Majd Asadi, cantante de ópera y activista palestino residente en Daliyat Al-Karmel, una ciudad predominantemente drusa cerca de Haifa, por una publicación en redes sociales en la que criticaba la guerra.

En la publicación, Asadi enmarcó la guerra como parte de una lucha geopolítica más amplia, escribiendo que se trataba del “control de las rutas marítimas, los recursos y el petróleo”, y argumentando que el Líder Supremo de Irán, Ali Jamenei, “no representaba una amenaza existencial”.

Añadió: “Tengo muchas discrepancias con Jamenei, pero, al mismo tiempo, siento un enorme respeto por su postura inflexible frente a las fuerzas imperiales del mal… No hace falta apoyar a Jamenei para comprender que es una figura histórica inquebrantable”.

La policía dispersa a manifestantes que protestaban contra la guerra en la plaza Habima de Tel Aviv, el 3 de marzo de 2026. (Foto: Flash90)

Sospechoso de identificarse con una organización terrorista e incitar al terrorismo, Asadi fue detenido durante dos días antes de ser liberado con la condición de que no publicara nada sobre Irán durante cinco días y se comprometiera a comparecer para ser interrogado si era citado.

Su arresto provocó una fuerte reacción entre activistas y figuras públicas palestinas, muchas de las cuales lo consideraron una grave violación de la libertad de expresión. Pero también desencadenó una respuesta hostil a nivel local.

Rafik Halabi, el líder druso del consejo municipal de Daliyat Al-Karmel, publicó un video (que posteriormente eliminó tras las críticas de palestinos que lo consideraron sectario y cobarde) denunciando a Asadi y advirtiendo contra la “aceptación de forasteros” en la localidad. Asadi ha escrito que habló con Halabi y que se reunirá con él en los próximos días para tratar el incidente.

Familiares de Asadi informaron que las repercusiones fueron más allá del arresto. La madre de Asadi recibió amenazas y tuvo que abandonar temporalmente su hogar. En las redes sociales y en la ciudad, el caso desató un polémico debate público, con acusaciones y demandas dirigidas a la familia.

La detención de Asadi se produce tras una serie de decenas de arrestos de ciudadanos palestinos en Israel por publicaciones en redes sociales, especialmente desde el 7 de octubre. Recientemente, Abdel Rahim Haj Yahya, un influencer de Tayibe, fue liberado tras cumplir 27 meses de prisión por publicaciones que, según las autoridades, apoyaban a Hamás.

La detención más reciente tuvo lugar hoy, cuando Raed Salah, un destacado líder palestino en Israel y exlíder del ahora ilegalizado Movimiento Islámico del Norte, fue arrestado mientras visitaba a unos conocidos en Shuafat, Jerusalén Este. Fue liberado a las pocas horas, pero la policía no ofreció ninguna explicación pública, lo que refuerza la sensación generalizada de arbitrariedad en la aplicación de la ley.

En otro caso, el 5 de marzo, una mujer palestina de la ciudad norteña de Harish fue arrestada después de que la policía encontrara una bandera palestina en su casa. Todo comenzó con una publicación rutinaria en un grupo comunitario buscando un terapeuta de habla árabe para su hijo; otros vecinos examinaron su perfil, encontraron una foto antigua de ella sosteniendo una bandera palestina y la denunciaron.

«Recopilaron más información sobre mí y protestaron frente a mi casa, y en un momento dado alguien presentó una denuncia contra mí afirmando que soy una terrorista», declaró a +972, solicitando el anonimato por temor a nuevos ataques. «Antes pensaba que este tipo de persecución sólo afectaba a las personas muy activas políticamente», añadió. «Ahora se produce incluso por un simple comentario».

La policía la esposó y la llevó a declarar, donde afirmó que la obligaron a pisotear una bandera palestina y a posar para fotos frente a una bandera israelí antes de ser liberada esa misma noche.

En la primera semana de marzo, cinco ciudadanos palestinos fueron detenidos bajo sospecha de haber pintado con aerosol una bandera palestina en un edificio municipal; todos fueron liberados el mismo día por falta de pruebas. La semana siguiente, el 12 de marzo, Mohamad Sakalah, hijo de un concejal de Lod, también fue detenido por acusaciones similares. El ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben Gvir, se unió a decenas de policías y un equipo de televisión que irrumpieron en su domicilio.

El ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, en el lugar donde un misil balístico disparado desde Irán impactó en Tel Aviv durante la noche, causando graves daños, el 1 de marzo de 2026. (Foto: Chaim Goldberg/Flash90)

Sakalah fue puesto bajo arresto domiciliario al día siguiente, y muchos residentes palestinos de Lod consideraron su arresto como una demostración de fuerza destinada a intimidar a la comunidad y disuadir incluso la mínima expresión política.

Para los ciudadanos palestinos de Israel, la creciente represión podría indicar un cambio más profundo. Hasan Yabarin, director del centro legal palestino Adalah, con sede en Haifa, afirmó que el ya limitado espacio para la libertad de expresión se ha reducido aún más desde que comenzó la guerra en Gaza en octubre de 2023.

“En el pasado, los palestinos dentro de Israel se consideraban ciudadanos de segunda clase, y esa conciencia impulsó la lucha por la igualdad”, dijo. “Pero desde el comienzo de la guerra genocida en Gaza, muchos sienten que no se les trata como ciudadanos en absoluto. Por eso la gente se ha vuelto mucho más cautelosa”.

Ese cambio, explicó, está estrechamente ligado a la creciente agresividad policial durante la guerra bajo el mando de Ben Gvir. “Hoy, el enemigo no sólo se define como ciudadanos árabes, sino cada vez más como cualquiera que se oponga al gobierno. En la práctica, incluso la izquierda judía israelí se ha convertido en objetivo”.

La otra emergencia

Como han señalado activistas y periodistas locales, estas detenciones se producen en un momento en que los ciudadanos palestinos de Israel se enfrentan a una ola de violencia sin precedentes. En otras palabras, parece que la policía está más preocupada por las publicaciones online que por los autores de los homicidios.

El 8 de marzo, Ahmad Nasar, alcalde de la ciudad norteña de Araba, resultó herido en un tiroteo dentro de una panadería local; el Dr. Anwar Yasin, jefe del comité popular de la ciudad, también resultó herido. Para Rawyah Handaqlu, abogada palestina y fundadora de Eilaf, el Centro para el Avance de la Seguridad en la Sociedad Árabe, este ataque marcó un peligroso punto de inflexión.

“El intento de asesinato del alcalde de Araba supone una grave escalada, pero lamentablemente no es un hecho aislado”, declaró a +972. “Cuando la delincuencia alcanza este nivel, ya no amenaza únicamente la vida de las personas; daña el tejido social y socava la democracia local al crear un clima de miedo que puede disuadir a la gente de participar en el servicio público y ejercer el liderazgo”.

Foto de portada: Un palestino inspecciona los daños tras el impacto de un misil disparado desde Irán en la ciudad palestina de Zarzir, al norte de Israel, el 13 de marzo de 2026. (Michael Giladi/Flash90)

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