Irán «se ha vuelto loco» en Dimona: ¿Está Teherán aplicando la «doctrina del loco» de Israel y EE. UU.?

Ramzy Baroud y Romana Rubeo, Middle East Monitor, 22 marzo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, el último de ellos es  Before The Flood.  El Dr. Baroud es investigador senior no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su sitio web es http://www.ramzybaroud.net.

Romana Rubeo es una escritora italiana y directora de The Palestine Chronicle. Sus artículos han aparecido en numerosos periódicos online y revistas académicas. Es licenciada en Lenguas y Literaturas Extranjeras y está especializada en traducción audiovisual y periodística.

El enunciado resulta familiar. La urgencia es siempre absoluta. La implicación es inequívoca: Israel no está eligiendo la guerra. Se ve obligado a ella.

Para muchos, esta afirmación es intrínsecamente contradictoria. ¿Cómo puede un Estado iniciar una guerra —y, en el caso de Gaza, perpetuar un genocidio— mientras insiste en que simplemente se está defendiendo de la aniquilación? Sin embargo, en el discurso político israelí, y en gran parte de los medios de comunicación occidentales, esta contradicción rara vez se cuestiona. Se ha normalizado.

Esa normalización no es casual. Es una cuestión fundamental.

Dimona no es una ciudad cualquiera. Se encuentra junto al Centro de Investigación Nuclear del Negev, considerado por muchos como pieza clave del programa de armas nucleares de Israel.

Situada en lo profundo del desierto del Negev, la instalación ha sido considerada durante mucho tiempo como uno de los emplazamientos estratégicos más sensibles de Israel, asociado con la producción de plutonio y con la capacidad armamentística a largo plazo.

Ese contexto es el que da sentido al ataque. El ataque iraní contra Dimona se produjo pocas horas después de un nuevo ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra la instalación nuclear iraní de Natanz, perpetrado ese mismo día.

Cada escalada genera otra escalada, y cada ataque contra infraestructuras estratégicas se responde con presión sobre objetivos igualmente estratégicos. Esto rompe con el patrón histórico de las guerras de EE. UU. e Israel en Oriente Medio, donde la escalada fluía en gran medida en una sola dirección.

Según informes internacionales e iraníes difundidos por Reuters, el complejo de enriquecimiento de Natanz, en la provincia de Isfahán, fue atacado en la mañana del 21 de marzo, y la Agencia Internacional de Energía Atómica confirmó los daños, pero no se produjo ninguna fuga radiactiva.

La secuencia no es casual. Natanz fue atacada por la mañana; Dimona fue atacada más tarde ese mismo día. Incluso sin una cronología exacta hora por hora, la proximidad establece una lógica operativa clara: a un ataque contra una instalación nuclear en Irán se responde, en cuestión de horas, contra un emplazamiento relacionado con la energía nuclear en Israel.

Desde el inicio de la guerra el 28 de febrero de 2026, Irán ha seguido un patrón consistente. A cada escalada se responde con otra escalada, y a cada ataque contra infraestructuras estratégicas se responde con presión sobre objetivos igualmente estratégicos.

Esto rompe con el patrón histórico de las guerras de EE. UU. e Israel en Oriente Medio, donde la escalada fluía en gran medida en una sola dirección.

Durante décadas, Washington y Tel Aviv definieron el ritmo y los límites del conflicto. Los demás lo asimilaban, se reajustaban y sobrevivían. Irán ha cuestionado ese modelo al redistribuir la vulnerabilidad por todo el campo de batalla, ampliando la geografía del enfrentamiento y negándose a permanecer dentro de los límites predeterminados.

Los acontecimientos de hoy ilustran este cambio con una claridad inusual. El ataque contra Natanz y el posterior ataque contra Dimona forman parte de una única cadena de escalada, no son incidentes separados. El campo de batalla ya no está fragmentado; está conectado estructuralmente.

La idea era simple: una fuerza abrumadora, desproporcionada y aparentemente incontrolada disuadiría a los adversarios al hacer que el coste de la confrontación fuera insoportable. Israel no se limitaría a responder; la escalada iría más allá de lo predecible.

Sin embargo, las raíces intelectuales de este enfoque residen en parte en la propia doctrina militar israelí. Durante la guerra de 2008-2009 contra Gaza, la entonces ministra de Asuntos Exteriores, Tzipi Livni, articuló esta lógica en términos inequívocos.

«Israel no es un país al que se le lanzan misiles y no responde. Es un país que, cuando se dispara contra sus ciudadanos, responde desatándose —y eso es algo bueno».

Fue aún más explícita en otra declaración: «Israel demostró un auténtico vandalismo durante el transcurso de la reciente operación, tal y como yo exigí».

No se trataba de lapsus. Eran declaraciones de doctrina.

Durante años, esa doctrina funcionó principalmente en una única dirección. Israel podía intensificar el conflicto con una fuerza abrumadora e impredecible, mientras que se esperaba que los demás asumieran las consecuencias y se reajustaran. La lógica no era meramente militar, sino psicológica: la disuasión a través del exceso, mediante la proyección de un Estado dispuesto a traspasar los límites convencionales.

Una lógica similar ya se había articulado décadas antes en Estados Unidos a través de lo que se conoció como la «teoría del loco», asociada a Richard Nixon. La idea era que la imprevisibilidad de un líder —incluso la percepción de irracionalidad— podía funcionar en sí misma como una herramienta de coacción.

Bajo el mandato de Donald Trump, esa postura no surgió por primera vez, sino que reapareció de una forma más abierta y teatral, en la que la imprevisibilidad no se planteaba como un riesgo, sino como una ventaja, y en ocasiones se amplificaba deliberadamente.

Pero Irán parece haber interiorizado esta lógica y haberla proyectado hacia el exterior. El ataque a Dimona no es sólo una represalia. Es una réplica. Teherán está aplicando la misma doctrina a sus creadores, transformando la disuasión en un marco compartido e inestable.

Si atacas Natanz, Dimona ya no será intocable. Si amplías el campo de batalla, el campo de batalla se amplía aún más. Lo que antes era una doctrina unilateral de dominación se convierte en un mecanismo bilateral de escalada.

Esta dinámica ha inquietado a Washington. Los medios de comunicación estadounidenses, citando evaluaciones de los servicios de inteligencia, informaron a mediados de marzo de que se había advertido a la Administración Trump de una represalia iraní, pero la magnitud y la coordinación de la respuesta superaron las expectativas.

El 21 de marzo, incluso mientras continuaban las operaciones militares, Trump indicó que Washington estaba barajando opciones para «poner fin» a la guerra, a pesar de que se estaban desplegando fuerzas adicionales. Una retirada supondría una derrota geopolítica; la escalada conlleva el riesgo de una derrota aún mayor.

Israel se enfrenta a una realidad diferente, pero igualmente peligrosa. Para el primer ministro Benjamin Netanyahu, la escalada ha funcionado a menudo como una estrategia para prolongar el conflicto y retrasar las crisis internas. Pero la adopción por parte de Irán de la misma lógica de escalada complica ese enfoque.

Cuando ambas partes adoptan la escalada como principio, la disuasión comienza a erosionarse.

Irán, sin embargo, parece estar actuando con una perspectiva a más largo plazo. Sus capacidades van más allá de los intercambios de misiles e incluyen la influencia sobre los puntos estratégicos marítimos, las alianzas regionales y los actores capaces de ejercer presión en múltiples frentes.

Entre ellos se encuentra el estrecho de Bab el-Mandeb, donde Ansarallah mantiene la capacidad de perturbar el tráfico marítimo mundial. Esto añade otra dimensión a un conflicto que ya se está extendiendo más allá de los campos de batalla convencionales.

Algunas de las capacidades de Irán son evidentes. Otras permanecen deliberadamente sin definir. Esto permite a Teherán intensificar el conflicto al tiempo que mantiene su profundidad estratégica y ejerce presión sin agotar sus opciones.

Irónicamente, la doctrina que ahora da forma a la guerra es la que Israel ayudó a normalizar.

El 21 de marzo, con Natanz y Dimona vinculadas en el mismo día de ataques, esa transformación se hizo innegable. La guerra ya no se define por quién intensifica la escalada, sino por lo que acontece cuando ambas partes eligen, deliberadamente, «desatarse».

Foto de portada: Una imagen tomada desde el lugar de los hechos muestra los daños sufridos por los edificios tras dos ataques de represalia consecutivos lanzados por Irán contra la región sur de Israel, incluida la zona de la central nuclear de Dimona, el 22 de marzo de 2026. [Fuerzas de Defensa de Israel– Agencia Anadolu]

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