Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 26 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.
Las realidades más profundas de la existencia humana son a menudo aquellas que nunca pueden medirse ni cuantificarse. La sabiduría. La belleza. La verdad. La compasión. El valor. El amor. La soledad. El dolor. La lucha por afrontar nuestra propia mortalidad. Una vida con sentido.
Pero quizá el mayor enigma sea el concepto del alma. ¿Tenemos alma? ¿Tienen alma las sociedades? Y, en el fondo, ¿qué es el alma?
Filósofos y teólogos, entre ellos Platón, Aristóteles, Agustín y Arthur Schopenhauer, se han enfrentado al concepto del alma, y Schopenhauer prefirió definir la fuerza mística que hay en nuestro interior como voluntad. Sigmund Freud utilizó la palabra griega psique. Pero la mayoría ha aceptado, sea cual sea la definición, alguna versión de la existencia del alma.
Mientras que el concepto del alma es opaco, la falta de alma no lo es. La falta de alma significa que algo dentro de nosotros está muerto. Los sentimientos y las conexiones humanas básicas están bloqueados. Quienes carecen de alma carecen de empatía. Vi a los desalmados en la guerra. Aquellos tan endurecidos por dentro que matan sin ningún sentimiento ni remordimiento demostrable.
Los desalmados viven en un estado de adoración insaciable de sí mismos. El ídolo que se han erigido a sí mismos debe ser alimentado constantemente. Exige un flujo interminable de víctimas. Exige obediencia y sumisión absolutas, que se exhiben públicamente en las reuniones del gabinete de Trump.
Supongo que los psicólogos definirían a los seres sin alma como psicópatas.
Escribo esto no para entrar en un debate esotérico sobre el alma, sino para advertir de lo que ocurre cuando quienes carecen de alma se hacen con el poder. Quiero escribir sobre lo que se pierde y las consecuencias de esa pérdida. Quiero advertirles de que la muerte, nuestra muerte -como individuos y como colectivo- no significa nada para quienes carecen de alma.
Esto hace que los seres sin alma sean muy, muy peligrosos.
Quienes carecen de alma no tienen conciencia de sus propias limitaciones. Se alimentan de un optimismo sin límites y autoengañoso, que confiere a sus actos más crueles y a sus derrotas más amargas una pátina de bondad, éxito y moralidad.
Quienes carecen de alma -como escribe Paul Woodruff en su pequeña obra maestra «Reverence: Renewing a Forgotten Virtue» (Reverencia: renovando una virtud olvidada)- no tienen capacidad para la reverencia, el asombro, el respeto y la vergüenza. Creen que son dioses.
Los desalmados no pueden responder racionalmente a la realidad. Viven en cámaras de eco que ellos mismos han construido. Sólo oyen su propia voz. Los rituales y ceremonias cívicos, familiares, legales y religiosos que trasladan a quienes tienen alma al reino de lo sagrado, a un espacio donde reconocemos nuestra humanidad compartida, obligándonos, al menos por un momento, a humillarnos, carecen de sentido para quienes carecen de alma. Quienes carecen de alma no pueden ver porque no pueden sentir.
Los desalmados, esclavizados por el narcisismo, la codicia, la sed de poder y el hedonismo, no pueden tomar decisiones morales. Para ellos, las decisiones morales no existen. La verdad y la falsedad son idénticas. La vida es una cuestión de intereses. ¿Me beneficia? ¿Me hace sentir todopoderoso? ¿Me proporciona placer? Esta existencia atrofiada los expulsa del universo moral.
Los seres humanos, incluidos los niños, son mercancías para los desalmados, objetos que explotar por placer o por lucro, o por ambos. Vimos esta falta de alma reflejada en los expedientes de Epstein. Y no fue sólo Epstein. Gran parte de nuestra clase dirigente, incluidos multimillonarios, financieros de Wall Street, rectores universitarios, filántropos, famosos, republicanos, demócratas y personalidades de los medios de comunicación, nos consideran despreciables.
Tucídides lo comprendió. La reverencia no es una virtud religiosa, sino una virtud moral. Woodruff llegó incluso a definirla como una virtud política. La reverencia por los ideales compartidos, escribe Woodruff, es lo único que puede unirnos. Es el único atributo que garantiza la confianza mutua. La reverencia nos permite recordar lo que significa ser humano. Nos recuerda que hay fuerzas que no podemos controlar, fuerzas que nunca comprenderemos, fuerzas de la vida que no hemos creado y que debemos honrar y proteger -incluido el mundo natural- y fuerzas que nos permiten momentos de trascendencia, o lo que en términos religiosos llamamos gracia.
«Si deseas la paz en el mundo, no reces para que todos compartan tus creencias», escribe Woodruff. «Reza, en cambio, para que todos sean reverentes».
La autocelebración de Trump se manifiesta en su limitado vocabulario de superlativos y en su afán por renombrar, sobre todo consigo mismo, los monumentos nacionales. Derriba el ala este para construir su llamativo y desmesurado salón de baile de 400 millones de dólares. Propone un arco conmemorativo de 76 metros de altura, adornado con estatuas doradas y águilas, en su propio honor, un arco que será más grande que el Arco del Triunfo erigido por el dictador norcoreano Kim II Sung en Pyongyang. Está planeando un «Jardín Nacional de los Héroes Americanos» que incluirá estatuas a tamaño real de celebridades, figuras del deporte, figuras políticas y artísticas que Trump considera políticamente correctas, junto con, por supuesto, él mismo. Su rostro adorna los laterales de los edificios federales en enormes pancartas bien iluminadas. Cambió el nombre del Centro Conmemorativo John F. Kennedy para las Artes Escénicas por el de Centro Conmemorativo Donald J. Trump y John F. Kennedy para las Artes Escénicas. Añadió su nombre a la sede del Instituto Estadounidense de la Paz. Ha anunciado una nueva flota de buques de guerra estadounidenses denominada acorazados de la clase Trump.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla mientras sostiene una foto del nuevo salón de baile durante una reunión con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en el Despacho Oval el 22 de octubre de 2025. (Foto de Salwan Georges/The Washington Post vía Getty Images)
Estos son monumentos no sólo a Trump, sino a una ética pervertida, al insaciable culto a uno mismo que define el vacío interior de quienes carecen de alma. Los monumentos, los lugares de culto y los santuarios nacionales dedicados a la justicia, el sacrificio y la igualdad, que nos exigen humildad e introspección, que requieren la capacidad de sentir reverencia, desconciertan a quienes carecen de alma.
Los desalmados carecen de sentido de la estética. No tienen sentido del equilibrio, la simetría y la proporción. Cuanto más grande, más llamativo, más recubierto de pan de oro, mejor. Buscan aislarse de todo y de todos los demás, para conducirnos en manada con ofrendas a los pies de Moloch.
Cuando los desalmados libran una guerra, forma parte de este impulso pervertido de erigirse un monumento a sí mismos. Cuando la guerra va mal, como está sucediendo en Irán, los desalmados, incapaces de interpretar la realidad, exigen mayores niveles de violencia y destrucción. Cuanto más fracasan, más convencidos están de que todos les han traicionado y más se hunden en una ira tiránica.
Trump, que podría enfrentarse a una humillante debacle en Irán, arremeterá como una bestia herida. No importa cuántos sufran y mueran. No importa qué armas, incluidas las nucleares, haya que emplear. Debe triunfar, o al menos parecer que triunfa.
«Padres y maestros, me pregunto: ‘¿Qué es el infierno?’», plantea el padre Zósimo en Los hermanos Karamázov, de Fiódor Dostoyevski. «Sostengo que es el sufrimiento de ser incapaz de amar».
Esa es la prerrogativa de los desalmados. En su miseria, intentan convertir su infierno en el nuestro.
Imagen de portada: El emperador no tiene alma (por Mr. Fish).