Charlotte Ritz-Jack, +972.com Magazine, 27 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Charlotte Ritz-Jack es becaria editorial en +972 Magazine, con sede en Jerusalén. Se graduó en el Harvard College en la primavera de 2025.
Mientras las sirenas de los asentamientos israelíes resonaban por todo el valle del Jordán durante la primera semana de la guerra de Israel contra Irán, los últimos residentes que quedaban en Shkara, una pequeña aldea palestina a las afueras de la localidad de Duma, empacaron apresuradamente sus pertenencias. Las alarmas advertían de un inminente ataque con misiles e instaban a la gente a ponerse a cubierto. Pero en Shkara -donde, al igual que en la mayoría comunidades palestinas de la Cisjordania ocupada, no hay refugios-, los residentes no buscaban protección contra el fuego iraní. Escapaban de los colonos israelíes.
El 1 de marzo, al día siguiente de que Israel iniciara la guerra contra Irán, los colonos abrieron fuego contra los residentes en las afueras de Duma, hiriendo a tres tres de ellos, mientras atacaban a otros con palos. Dos días después, cortaron la electricidad de Shkara. A continuación, el ejército declaró zona militar cerrada las áreas más vulnerables a los ataques de los colonos, expulsando a activistas israelíes e internacionales. Horas más tarde, los colonos destruyeron una vivienda familiar. En cuestión de días, las 11 familias que quedaban en la zona habían huido.
Shkara es una de las docenas de comunidades palestinas de Cisjordania que han solicitado lo que se conoce como «presencia protectora» de forma constante desde el 7 de octubre, un periodo en el que la violencia de los colonos, respaldada por el Estado, ha alcanzado niveles récord y ha obligado al menos a 76 pueblos o aldeas enteras a abandonar sus tierras. Activistas israelíes e internacionales conviven con los residentes, compartiendo comidas, conversaciones y rutinas. Algunos pueblos han construido casas de huéspedes con literas o colchones para alojar a los activistas, mientras que, en otros, los activistas duermen en las casas de las familias.
En Ras Ein Al-Auja, una comunidad de pastores situada en el sur del valle del Jordán, los activistas comenzaron a ofrecer una presencia protectora las 24 horas del día, los 7 días de la semana, en el verano de 2024. Con el tiempo, algunos activistas habituales se integraron en el tejido social del pueblo, asistiendo a nacimientos, bodas y funerales junto a los residentes.
Andrey X -un periodista que publica a diario imágenes de la violencia de los colonos y el ejército israelíes para sus cientos de miles de seguidores en las redes sociales- fue el primer activista en vivir en el pueblo a tiempo completo, tras mudarse allí en mayo de 2024. Cada mañana, acompañaba a los pastores que pastoreaban sus rebaños y a los aldeanos que conducían camiones para recoger agua; por las tardes, cuando los colonos solían entrar en el pueblo con sus propios rebaños, intentaba que se marcharan. «Había unos cinco incidentes al día», recordó X en una entrevista con +972 Magazine.
La presencia protectora se basa en la idea de que los colonos y soldados israelíes tratan a sus conciudadanos israelíes y a los extranjeros con mayor moderación que a los palestinos. Pero estas suposiciones han comenzado a desmoronarse, ya que los activistas son cada vez más víctimas de agresiones físicas, restricciones del ejército y deportaciones, mientras que la violencia contra los palestinos sigue intensificándose.
En los últimos meses, los ataques de los colonos contra Ras Ein Al-Auja se intensificaron hasta un punto que los residentes ya no pudieron soportar. Los colonos sitiaron de hecho la aldea, impidiendo a los residentes acudir a la escuela, recibir suministros de agua o incluso salir de sus casas. A finales de enero, los aproximadamente 1.000 residentes que quedaban habían huido, describiendo su desplazamiento forzoso como otra Nakba. Como dijo X en un vídeo publicado en Instagram mientras los últimos residentes recogían sus pertenencias: «Ras Al-Auja ha llegado a su fin».

Andrey X, periodista y activista ruso-israelí, frente a una casa que aloja a activistas en la aldea de Bardala, en el norte del valle del Jordán, Cisjordania, 27 de abril de 2025. (Omri Eran Vardi/Activestills)
«Lo más importante es simplemente estar allí»
La presencia protectora en Palestina tomó su forma inicial tras la masacre de la mezquita de Ibrahím de 1994 en la ciudad de Hebrón, cuando se estableció la Presencia Internacional Temporal en Hebrón (TIPH) como parte del Acuerdo de Oslo II de 1995. Con un mandato oficial renovado periódicamente por Israel y la Autoridad Palestina, voluntarios europeos llegaron a Hebrón para observar el comportamiento de los colonos y los soldados e intentar proteger los derechos de los palestinos.
La TIPH operó hasta 2019, cuando el primer ministro Benjamin Netanyahu -quien, durante su anterior mandato en 1997, había firmado el Protocolo de Hebrón que autorizaba la labor de la TIPH- se negó a renovar su mandato, acusándola de «actuar en contra de Israel».
Durante la Segunda Intifada, en medio de incursiones militares israelíes a gran escala en ciudades palestinas de Cisjordania y Gaza, se consolidaron más iniciativas de base. En 2001, tres palestinos y un israelí fundaron el Movimiento de Solidaridad Internacional (ISM, por sus siglas en inglés), haciendo un llamamiento a voluntarios de todo el mundo para que pasaran semanas o meses en Cisjordania -y, hasta 2016, en Gaza- desempeñando funciones de presencia protectora a tiempo completo. En 2002, el Consejo Mundial de Iglesias puso en marcha su Programa Ecuménico de Acompañamiento en Palestina e Israel (EAPPI, por sus siglas en inglés), enviando a líderes religiosos en misiones de presencia protectora a comunidades palestinas vulnerables.
Durante esos años, varios grupos israelíes contra la ocupación pusieron en marcha sus propias iniciativas de presencia protectora, basándose en colaboraciones de larga data con comunidades palestinas bajo ocupación. Y a lo largo de la década siguiente, a medida que aumentaba el acoso de los colonos en toda Cisjordania, más comunidades comenzaron a solicitar presencia protectora para pastorear sus ovejas, cosechar sus cultivos y mediar en las interacciones con el ejército.
Un grupo, Rabbis for Human Rights (Rabinos por los Derechos Humanos), comenzó a centrar sus esfuerzos en organizar a activistas israelíes e internacionales para ayudar a las comunidades palestinas a acceder a sus tierras y cultivarlas. Otro, Ta’ayush, pasó de centrarse en acciones puntuales, como protestas y construcciones, a estancias más abiertas y prolongadas, especialmente durante la guerra de Gaza de 2014, cuando el acoso por parte de soldados y colonos se disparó en toda Cisjordania.
«Nos quedó claro que lo más importante era simplemente estar presentes en los pueblos, apoyando a nuestros socios», declaró David Shulman, uno de los fundadores de Ta’ayush, a +972. Ta’ayush, que opera principalmente en pueblos de la región de Masafer Yata, comenzó a enviar voluntarios para pasar la noche en At-Tuwani, Susiya y Um Al-Jair, donde intentaban impedir que los colonos invadieran propiedades palestinas.

Activistas en una marcha de protesta contra la violencia de los colonos, Susiya, Cisjordania, 14 de junio de 2008. (Oren Ziv/Activestills)
A finales de la década de 2010, la presencia protectora se había convertido en una práctica más formal, hasta tal punto que pueblos como Um Al-Jair comenzaron a construir casas de huéspedes para los activistas. En 2017, el rabino Arik Ascherman, antiguo director de Rabbis for Human Rights, fundó Torat Tzedek, y llevó voluntarios a comunidades vulnerables semana tras semana. En 2021, el Center for Jewish Nonviolence puso en marcha Hineinu, trayendo a judíos de la diáspora a vivir en Masafer Yata durante estancias de tres meses.
Peor, con la violencia de los colonos escalando a nuevos niveles, la necesidad se hizo cada vez mayor. Para el verano de 2023, la proliferación de asentamientos al este de Ramala había logrado expulsar a prácticamente todos los palestinos de una región que abarca unos 150.000 dunams (casi 40.000 acres). Luego llegó el 7 de octubre y la escalada de violencia en Cisjordania que continúa hasta el día hoy. En respuesta, los activistas han puesto en marcha nuevos programas para intentar ampliar la base de voluntarios a tiempo completo.
En otoño de 2023, Amira Musallam, una activista por la paz palestino-estadounidense y administradora de una ONG, cofundó «Unarmed Civilian Protection in Palestine» (UCPiP), una iniciativa destinada a formar y enviar a profesionales remunerados a Cisjordania. Musallam pasó el verano de 2024 recopilando datos sobre los programas existentes e identificó más de 24 organizaciones involucradas en labores de presencia protectora en Cisjordania y Jerusalén Este, lo que significa que es probable que haya cientos de activistas israelíes e internacionales sobre el terreno en cualquier momento dado.
Constantemente surgen nuevos grupos a medida que los ya establecidos desaparecen, ya sea por agotamiento, divisiones internas o represión estatal. A los grupos existentes también les preocupa que formalizar o ampliar sus operaciones pueda exponerlos a un mayor escrutinio por parte del Gobierno israelí.
Pero la falta de organización formal o de centralización plantea otros retos, incluida la dificultad de coordinar los turnos y distribuir la cobertura de los activistas por las diferentes regiones de Cisjordania cada día, lo que se lleva a cabo principalmente a través de la aplicación de mensajería de alta seguridad Signal. Inevitablemente, algunos pueblos se ven obligados a enfrentarse a la violencia de los colonos más o menos por su cuenta.
La escasez de activistas se ha agudizado especialmente en los últimos meses, ya que Israel ha intensificado su práctica de deportar a voluntarios extranjeros y revocar sus permisos de entrada. «Cada vez son más las familias que solicitan presencia de protección», explicó Hamdan Ballal, activista palestino y defensor de los derechos humanos de la aldea de Susiya, y codirector de la película ganadora de un Óscar «No Other Land». La mayoría de los días, las solicitudes de protección superan rápidamente el número de activistas disponibles, especialmente para los turnos de noche.

Ubicaciones de presencia protectora en Cisjordania, marzo de 2026 (Cortesía de Olives&Sheep)
«Se supone que nuestro trabajo lo deben realizar las fuerzas de paz autorizadas por la ONU, que cuentan con el mandato, los recursos, la financiación y el apoyo necesarios», se lamentó X. «En cambio, muchas veces se trata de un grupo de jóvenes de 18 años que se niegan a alistarse y van por ahí corriendo con las cámaras de sus teléfonos».
«Te pueden romper los huesos o quemar el coche»
En una carretera polvorienta de Mujmas el pasado octubre, un puñado de activistas israelíes e internacionales filmó a un colono adolescente que conducía su rebaño de ovejas hacia la aldea palestina, como había hecho en innumerables ocasiones anteriores. Para entonces, la comunidad ya había evacuado a sus mujeres y niños; los únicos residentes que quedaban eran unos pocos hombres que se turnaban para vigilar lo que quedaba de sus propiedades. Los activistas y los residentes llamaron al ejército y a la policía israelíes cuando vieron por primera vez al colono, pero ninguno de los dos se presentó.
Cuando el colono intentó entrar en una casa palestina, dos activistas y el propietario se plantaron en la puerta para impedirle el paso, exigiéndole que se marchara. «Volveré más tarde con mis amigos y te mataré», le dijo el colono al propietario. Al ver que se acercaba un vehículo militar, el chico se dio la vuelta y se alejó acompañado de sus ovejas. Aunque él no cumplió su promesa, otros sí lo han hecho.
La gravedad de la violencia hace que la presencia protectora sea una tarea extremadamente arriesgada. Los soldados israelíes han matado a tres activistas extranjeros en Cisjordania y Gaza desde el año 2000, todos ellos mientras colaboraban como voluntarios con el ISM. Aunque esto sigue siendo poco frecuente, las posibilidades de sufrir heridas graves a manos de colonos que actúan con total impunidad son mucho mayores. «Te pueden romper los huesos, quemar el coche y robarte el teléfono», declaró a +972 un activista de Torat Tzedek.
En enero, los colonos le fracturaron el cráneo a un joven activista estadounidense. El verano pasado, en dos ataques distintos originados en el mismo asentamiento, Mitzpe Yair, los colonos le rompieron los huesos a varios activistas más.

Una activista solidaria israelí resulta herida tras ser atacada por colonos israelíes enmascarados en la aldea de Qawawis, en Masafer Yata, el 28 de agosto de 2025. (Omri Eran Vardi/ActiveStills)
Sam Stein, un activista que ha pasado los últimos seis años participando en la presencia protectora –incluida una estancia de seis meses viviendo en Um Al-Jair– recuerda haber respondido a un ataque en el valle del Jordán dos semanas después de que comenzara la guerra de Gaza. Mientras repartían comida de Torat Tzedek a los residentes que acababan de ser expulsados de Ein Al-Rashash, Stein y Ascherman, se encontraban en una aldea cercana al asentamiento de Tomer cuando 12 colonos armados con rifles les tendieron una emboscada.
Uno de ellos golpeó a Ascherman con su arma y entró en el coche para robarle el teléfono a Stein. «Le grité al colono y él me dijo: ‘Da un paso más y estás acabado’», relató Stein.
Vivir esta violencia y esta impunidad de primera mano también pasa factura emocionalmente a los activistas. Un antiguo participante de una iniciativa conocida como «El Curso», puesta en marcha en 2021 para llevar a israelíes judíos a Masafer Yata en turnos de presencia protectora de tres meses, dijo que le llevó semanas asimilar las secuelas de un pogromo de colonos en Qawawis. «Despertarme con las ventanas rotas fue una experiencia muy dura para mí», relató a +972. «No dejaba de pensar en cómo habría afectado a los niños que viven allí».
X se hizo eco de este sentimiento. «No creo que haya una forma sostenible de vivir mientras se es testigo de la limpieza étnica con tus propios ojos cada día», dijo. «Todos acabamos agotados; no hay forma real de evitarlo. Pero, obviamente, esto no es nada comparado con lo que viven los palestinos».
Otros activistas señalan que regresar de Cisjordania y encontrarse con la celebración descarada del ejército y con la indiferencia ante la violencia desenfrenada de los colonos resulta especialmente desalentador. «Es una sensación muy incómoda volver a la sociedad israelí», declaró un activista a +972. «Al menos, a pesar de las penurias que sufrimos en Cisjordania, es un consuelo saber que estás rodeado de gente que te apoya».
Sin embargo, mientras que los activistas tienen la opción de alejarse de la violencia de los colonos y del ejército, sus compañeros palestinos no la tienen. «Su presencia aquí es una elección», dijo Mohamad Hureini, un activista de At-Tuwani, refiriéndose a los activistas israelíes e internacionales. «La nuestra es una situación impuesta».

Un activista ayuda a apagar un incendio provocado durante un ataque de colonos en Al-Tuban, Masafer Yata, Cisjordania ocupada, el 27 de enero de 2026. (Roni Amir)
«Nos hace sentir que no estamos solos»
A medida que los ataques de los colonos se vuelven cada vez más frecuentes y violentos en toda Cisjordania, la «presencia protectora» parece cada vez más incapaz de impedir la intimidación y el eventual desplazamiento de las comunidades palestinas. Los ataques de los colonos suelen dejar tanto a activistas como a residentes ensangrentados y conmocionados. Como lo expresó sin rodeos Matan Meron, coordinador de campo de «Rabinos por los Derechos Humanos» en el Valle del Jordán: «La presencia protectora ya no protege a nadie».
Organizaciones como ISM han empezado a llamar a esta práctica «presencia solidaria» debido a que el elemento «protector» se está reduciendo, y consideran que el término es paternalista. «No queremos en absoluto presentar a los palestinos como personas indefensas y pobres que necesitan la ayuda de la comunidad internacional», declaró a +972 una de las fundadoras de ISM, la abogada palestino-estadounidense Huwaida Arraf. «Sin duda son víctimas, pero los palestinos demuestran una fuerza increíble cada día».
Sin embargo, aunque su capacidad para garantizar la seguridad física disminuye, los palestinos afirman que la presencia de activistas sigue proporcionándoles apoyo psicológico y social. «Los activistas no pueden proteger a los palestinos de los ataques, pero les hacen sentir un poco más seguros», dijo Ballal, de Susiya. Especialmente después de que las familias hayan sido atacadas, la presencia de activistas es a menudo lo que les permite dormir por la noche.
Esa sensación de solidaridad puede ser decisiva para frenar el proceso de limpieza étnica, permitiendo a las comunidades aguantar un poco más de lo que podrían de otro modo. «Conozco comunidades que, sin duda, ya se habrían visto obligadas a abandonar sus hogares de no ser por la presencia de los activistas», afirmó X.
Más allá de levantar la moral, la presencia de los activistas también sirve para documentar y dar a conocer los abusos contra los derechos humanos. X publica con frecuencia vídeos de la violencia de los colonos y soldados israelíes para su casi medio millón de seguidores en Instagram, y otros activistas internacionales llegan a audiencias fuera de los círculos establecidos de defensa de Palestina. La atención que esto genera es una fuente de capacidad de acción política para las comunidades palestinas, aunque el acceso de los activistas a audiencias y responsables políticos extranjeros sea un reflejo desafortunado de la asimetría de poder entre ellos y las amenazadas comunidades.
«La presencia protectora nos hace sentir que no estamos solos», dijo Hanady Hathaleen, viuda del activista y colaborador de +972 Awdah Hazalin, quien fue asesinado por un colono en su aldea de Um Al-Jair el pasado mes de julio mientras había activistas presentes.

Un retrato de Awdah Hazalin, en la casa de huéspedes de la aldea cisjordana de Um al-Jair, en Masafer Yata, el 4 de febrero de 2026. (Omri Eran Vardi/Activestills)
«Fundamentalmente, los activistas aportan solidaridad y apoyo», continuó Ballal. Ese apoyo -especialmente la documentación visual- desempeña un papel crucial a la hora de generar presión internacional sobre Israel. «Nos da esperanzas de que algo pueda cambiar».
Las imágenes que recopilan los activistas se han convertido también en un archivo fundamental, utilizado tanto por organizaciones de derechos humanos como presentado ante organismos internacionales con fines de documentación y conservación. El material podría desempeñar un papel esencial en futuros procesos de rendición de cuentas, ya sea a través de comisiones de la verdad, iniciativas de justicia restaurativa o juicios internacionales. «Algún día, los historiadores contarán esta historia», dijo Shulman.
Para muchos activistas, sin embargo, la justificación última de su presencia continuada es más sencilla: los palestinos lo piden. «Los palestinos nos quieren aquí, así que sigo viniendo», dijo X. «Es impensable que los dejáramos a su suerte», añadió Shulman.
Acoger a activistas puede suponer una carga considerable para las familias, que tienen que servirles comidas y proporcionarles alojamiento. Además de la carga económica, que algunos activistas y organizaciones ayudan a sufragar mediante recaudaciones de fondos y donaciones, las familias también sacrifican su privacidad. Por otra parte, los residentes palestinos han denunciado casos en los que activistas mal preparados hacen que las interacciones con los colonos y el ejército sean más hostiles de lo que serían en otras circunstancias.
«Los activistas han causado problemas», declaró a +972 Jalil Hazalin, un residente de Um Al-Jair que colabora en la coordinación de la distribución de activistas por toda la región. Recuerda cómo un canadiense que se alojaba allí el verano pasado se negó a mostrar su documento de identidad a la policía, lo que provocó una redada a gran escala en la aldea dos días después. «La gente debería recibir una o dos semanas de formación antes de venir a la aldea», afirmó.
La presencia de activistas también puede llamar la atención de los colonos y del ejército, lo que, irónicamente, provoca más acoso. En las semanas posteriores al 7 de octubre, pueblos como Um Al-Jair y Al-Mu’arrajat pidieron a los activistas que dejaran de acudir después de que los colonos asaltaran las localidades, ataran a los hombres y amenazaran con matar a los residentes. Los líderes de los pueblos decidieron que era mejor mantener un perfil bajo.
Aunque algunos han acusado a la presencia protectora de ser una forma de normalización, la mayoría de quienes participan en este tipo de activismo -tanto israelíes como palestinos e internacionales- comparten la misma valoración pragmática. «No tengo tiempo para meterme en ese debate», dijo Stein. «Si la gente quiere que haga presencia protectora, hago presencia protectora».
Cuando Musallam tenía 12 años, durante la Segunda Intifada, tres mujeres británicas se mudaron a la casa de su familia en la localidad cisjordana de Beit Yala para ayudar a protegerla de los ataques de los colonos y las operaciones militares. «Cuando eres un niño bajo la ocupación, absorbes inconscientemente el mensaje de que tu vida vale menos», dijo. «Pero cuando estas personas internacionales se quedaron en nuestra casa -arriesgándolo todo, compartiendo nuestras comidas y nuestras habitaciones-, me estaban diciendo, sin palabras, que mi vida merecía ser protegida».
Al igual que en el caso de Musallam, los días que pasamos viviendo juntos pueden dar lugar, de forma natural, a relaciones que cobran significado tanto a nivel político como personal. Tras vivir en Um Al-Jeir, los aldeanos empezaron a llamar en broma a Stein «Sam Hazalin», adoptando el apellido que comparten muchos residentes. «Las relaciones de presencia protectora son tan subversivas que socavan el sistema del apartheid», dijo Stein. «Ellos quieren separarnos, y nosotros rechazamos esa separación».
«Me alegro mucho de que mis hijos pasen tiempo con gente de fuera de la zona», dijo Hanady, la viuda de Awdah, que a menudo acoge a activistas en su casa junto a sus tres hijos. «Los activistas son una parte importante en estos difíciles momentos. Somos más que amigos; somos familia».