Soumaya Ghannoushi, Middle East Eye, 27 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Soumaya Ghannoushi es una escritora británica de origen tunecino experta en la política de Oriente Medio. Sus trabajos periodísticos han aparecido en The Guardian, The Independent, Corriere della Sera, Aljazeera.net y Al Quds. Puede encontrarse una selección de sus escritos en: soumayaghannoushi.com y en X: @SMGhannoushi
En El poder de los sin poder, Václav Havel describió un sistema en el que las mentiras no son algo incidental, sino algo fundamental. Un sistema que no se limita a tolerar la falsedad, sino que la exige, la reproduce y vive inmerso en ella: «Como el régimen está cautivo de sus propias mentiras, debe falsificarlo todo».
Lo que Havel diagnosticó en el comunismo tardío no fue simplemente represión, sino algo más insidioso: un orden político en el que el lenguaje se separa de la realidad y la verdad es sustituida por la puesta en escena.
Ese diagnóstico resulta ahora inquietantemente actual.
Para el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, mentir ya no es sólo un rasgo personal. Se ha convertido en un método de gobierno.
Durante su primer mandato, Trump hizo más de 30.000 afirmaciones falsas o engañosas, un promedio de más de 20 al día, que aumentó a casi 40 al día en su último año.
No se trataba de una distorsión puntual. Era algo industrial, sistemático e implacable. Los verificadores de datos se vieron obligados a inventar nuevas categorías para describirla: «Pinocho sin límites», para referirse a afirmaciones repetidas tantas veces que ya no podían confundirse con un error. Algunas afirmaciones se repitieron decenas, incluso cientos de veces.
Y eso fue sólo durante su primer mandato. Lo que estamos presenciando ahora no es una desviación de ese patrón, sino su intensificación. La escala se ha ampliado, lo que está en juego es más profundo y las consecuencias se han vuelto globales.
Ahora están empotradas en la guerra.
Cascada de falsedades
Sin embargo, incluso aquí, el lenguaje es la primera víctima. Trump ha tenido cuidado de no llamar a esto por su nombre. No es una guerra, sino una «operación», una «misión limitada», incluso una «excursión».
La realidad cuenta una historia diferente: miles de tropas desplegadas, grupos de portaaviones reposicionados, medios aéreos movilizados y fuerzas especiales incorporadas.
Lo que se presentó como una acción contenida se ha expandido hasta convertirse en un conflicto cada vez más amplio, que se extiende por múltiples frentes y amenaza con engullir la región y más allá.
Se suponía que duraría unas horas. Las horas se convirtieron en días, y los días en semanas. Todavía no se vislumbra un final.
Tras la guerra de 12 días del pasado mes de junio, Trump declaró que el programa nuclear de Irán había sido «completamente aniquilado». Meses después, invocó ese mismo programa para justificar nuevas acciones militares. Un programa que, al parecer, está a la vez destruido e intacto; desaparecido y aún urgente.
Luego vino la cascada.
Trump afirmó que Estados Unidos había destruido la Armada iraní, precisamente cuando las tensiones en el Golfo se intensificaban y las fuerzas estadounidenses se veían obligadas a adoptar una postura más defensiva en las aguas en disputa. Insistió en que la mayor parte de la capacidad de misiles de Irán había sido aniquilada, mientras oleadas de misiles impactaban en Tel Aviv, lo que ponía de manifiesto la capacidad operativa y de adaptación de Teherán.
El pasado fin de semana, Trump amenazó con arrasar las centrales eléctricas de Irán en un plazo de 48 horas, lo que causó conmoción tanto en los mercados como entre los gobiernos.
Luego, casi sin dar tregua, dio un giro, refiriendo negociaciones «buenas y productivas». Afirmó estar inmerso en conversaciones avanzadas con los dirigentes iraníes, sólo para encontrarse con desmentidos públicos por parte del portavoz del Parlamento, su adjunto y el ministro de Asuntos Exteriores.
Y, sin embargo, Trump siguió adelante, un patrón que se ha visto reforzado por un constante tamborileo de declaraciones de victorias. Trump afirma sin cesar que la guerra está ganada, aunque los combates continúan y la escalada se intensifica.
Ataque a la verdad
La victoria llega. Se anuncia, y en cada ocasión queda eclipsada por los acontecimientos sobre el terreno.
No hay ningún liderazgo colapsado, ningún Estado derrotado. En cambio, Estados Unidos se enfrenta a un adversario que sigue funcionando, atacando y resistiendo.
Aquí es donde George Orwell se vuelve ineludible. En tales sistemas, el lenguaje se invierte: la guerra se convierte en paz, la destrucción se convierte en estabilidad.
Pero el método de Trump va más allá. Su incesante invocación a las «noticias falsas», de la que se hace eco el secretario de Defensa Pete Hegseth, no es simplemente un ataque a los medios de comunicación. Es un ataque a la posibilidad misma de la verdad.
El objetivo es la desorientación: difuminar la frontera entre realidad y ficción de tal manera que el público ya no confíe en ninguna de las dos. La realidad empieza a parecer ficción. La ficción, repetida con seguridad, adquiere el peso de la realidad. El público ya no se pregunta qué es verdad; sólo qué se afirma.
A veces, la puesta en escena roza la parodia. En un mitin, Trump sugirió que los dirigentes de Irán lo querían como líder supremo, antes de rechazar teatralmente la oferta: «No, gracias, yo no quiero».
Afirmaciones que serían descartadas en la ficción son pronunciadas desde el cargo más alto de la Tierra y aplaudidas, y eso es lo peor de todo. Cuando la falsedad se vuelve sistemática, lo absurdo se convierte en normal.
Trump es la expresión más pura de una lógica mercantil desatada sobre el poder. Gobierna como comerciaba: tratos sin limitaciones, influencia sin principios, codicia sin restricciones.
Esto no es el arte de gobernar. Es el mercado elevado a la categoría de gobierno y de imperio. Todo es negociable y transaccional. Incluso la verdad se convierte en moneda de cambio.
El payaso duplica la apuesta
Trump no es simplemente un hombre de negocios. Es un hombre de negocios que cree demasiado en su propio encanto. No es un hombre que se haya hecho a sí mismo, sino que está convencido de sí mismo; confunde su herencia con la genialidad y rebautiza sus privilegios como pericia.
De ahí surge un sentido teatral de superioridad: un hombre que oscila entre la egolatría y el resentimiento, entre la grandiosidad y la paranoia, convencido no sólo de que tiene razón, sino de que la realidad misma debe doblegarse ante su interpretación.
No describe la realidad. La representa. Sus declaraciones no se basan en hechos; están diseñadas para impresionar, para abrumar, para deslumbrar.
La coherencia no importa. Lo que importa es el efecto. Si la realidad se resiste, él intensifica su ofensiva. Si los hechos le contradicen, los sustituye. Si el mundo duda de él, redobla la apuesta, porque cree que la repetición puede sustituir a la verdad.
A su lado se encuentra Pete Hegseth, cuya retórica añade un tono más sombrío, con connotaciones bíblicas y discursos sobre una lucha civilizacional o una cruzada, en la que el conflicto se presenta como destino.
Esto es matonería disfrazada de teología, y el resultado no es la fuerza. Es espectáculo: una superpotencia que habla en términos absolutos, actúa con contradicciones y espera que el mundo acepte ambas cosas.
Pero el mundo ya no lo hace. Los aliados vacilan. Los rivales hacen cálculos. En momentos de crisis, incluso aquellos que llevan mucho tiempo acostumbrados a seguir el liderazgo de Washington dan un paso atrás: Francia se resiste. Alemania vacila. Incluso el Reino Unido, bajo el mandato del primer ministro Keir Starmer, ofrece sólo un apoyo limitado y defensivo.
El patrón es conocido. Durante la crisis de Suez en 1956, el ex primer ministro británico Anthony Eden descubrió que el poder no se derrumba cuando es derrotado, sino cuando deja de generar confianza.
Ese es el cambio que se está produciendo ahora. Ya no se toma a Estados Unidos tan en serio como antes. Se le observa con recelo y se le descarta en silencio, no como una potencia hegemónica estable, sino como algo volátil. Un espectáculo. Una puesta en escena. Una farsa.
Y en el centro de todo ello, un payaso. Un payaso peligroso al timón de una superpotencia.
Esto no es una comedia cualquiera. Es una comedia negra.
Foto de portada: Un hombre lleva una caricatura gigante del presidente estadounidense Donald Trump durante una manifestación en Boston, Massachusetts, el 1 de septiembre de 2025 (Joseph Prezioso/AFP).