Israel se asegura de que Trump no encuentre una salida en Irán

Jonathan Cook, Middle East Eye, 30 marzo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net

El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu debió haber convencido a Donald Trump de que una guerra contra Irán se desarrollaría de forma muy similar al ataque mediante el buscapersonas en el Líbano de hace 18 meses.

Los dos ejércitos decapitarían conjuntamente a la cúpula dirigente de Teherán, y esta se derrumbaría tal como lo había hecho Hizbolá —o eso parecía entonces— tras el asesinato por parte de Israel de Hasan Nasraláh, líder espiritual y estratega militar del grupo libanés.

De ser así, Trump se creyó completamente esta estratagema. Asumió que sería el presidente de Estados Unidos encargado de “rehacer Oriente Medio”, una misión que sus predecesores habían rechazado desde el rotundo fracaso de George W. Bush cuando intentó alcanzar el mismo objetivo, junto con Israel, más de 20 años antes.

Netanyahu dirigió la mirada de Trump hacia la supuesta “hazaña audaz” de Israel en el Líbano. El presidente estadounidense debería haber mirado hacia otro lado: al colosal fracaso moral y estratégico de Israel en Gaza.

Allí, Israel se ha pasado más de dos años arrasando el pequeño enclave costero, sometiendo a la población al hambre y destruyendo toda la infraestructura civil, incluyendo escuelas y hospitales.

Netanyahu declaró públicamente que Israel estaba “erradicando a Hamás”, el gobierno civil de Gaza y su movimiento de resistencia armada, que durante dos décadas se había negado a someterse a la ocupación y el bloqueo ilegales del territorio por parte de Israel.

En realidad, como prácticamente todos los expertos en derecho y en derechos humanos concluyeron hace tiempo, lo que Israel estaba haciendo era cometer un genocidio y, al hacerlo, quebrantar las reglas de la guerra que habían regido el período posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Pero dos años y medio después de la destrucción de Gaza por parte de Israel, Hamás no sólo sigue en pie, sino que controla las ruinas.

Si bien Israel puede haber reducido en un 60% el tamaño del campo de concentración donde se encuentra confinada la población de Gaza, Hamás está lejos de ser derrotado.

Más bien, es Israel quien se ha retirado a una zona segura, desde donde está reanudando una guerra de desgaste contra los supervivientes de Gaza.

Sorpresas por el horizonte

Al considerar la posibilidad de lanzar una guerra ilegal contra Irán, Trump debería haber tenido en cuenta el rotundo fracaso de Israel para destruir a Hamás tras bombardear este pequeño territorio —del tamaño de la ciudad estadounidense de Detroit— desde el aire durante dos años.

Ese fracaso fue aún más evidente dado que Washington había proporcionado a Israel un suministro ilimitado de municiones.

Ni siquiera el envío de fuerzas terrestres israelíes logró sofocar la resistencia de Hamás. Estas eran las lecciones estratégicas que la administración Trump debería haber aprendido.

Si Israel no pudo someter militarmente a Gaza, ¿por qué iba a pensar Washington que la tarea en Irán sería más fácil?

Después de todo, Irán es 4.500 veces más grande que Gaza. Tiene una población y un ejército 40 veces mayores. Y posee un temible arsenal de misiles, no los cohetes caseros de Hamás.

Pero, aún más importante, como Trump parece estar aprendiendo ahora a su costa, Irán —a diferencia de Hamás en la aislada Gaza— tiene palancas estratégicas que accionar con consecuencias de gran alcance.

Teherán está igualando la escalada de Washington paso a paso: desde atacar la infraestructura militar estadounidense en los Estados vecinos del Golfo y la infraestructura civil crítica, como las redes eléctricas y las plantas desalinizadoras, hasta cerrar el estrecho de Ormuz, la vía por donde se transporta gran parte del petróleo y los suministros energéticos del mundo.

Teherán sanciona ahora al mundo, privándolo del combustible necesario para el funcionamiento de la economía global, de forma muy similar a como Occidente sancionó a Irán durante décadas, privándolo de los elementos esenciales para sostener su economía interna.

A diferencia de Hamás, que tuvo que luchar desde una red de túneles bajo las llanuras arenosas de Gaza, Irán cuenta con un terreno que le otorga una enorme ventaja militar.

Los acantilados de granito y las estrechas calas a lo largo del estrecho de Ormuz ofrecen un sinfín de lugares protegidos desde donde lanzar ataques sorpresa. Las vastas cordilleras del interior brindan innumerables escondites: para el uranio enriquecido que Estados Unidos e Israel exigen que Irán les entregue, para los soldados, para plataformas de lanzamiento de drones y misiles y para fábricas de armamento.

Estados Unidos e Israel están destruyendo la infraestructura militar visible de Irán, pero, tal como descubrió Israel al invadir Gaza, prácticamente desconocen lo que se esconde tras ella.

Sin embargo, pueden estar seguros de una cosa: Irán, que lleva décadas preparándose para esta lucha, tiene muchas sorpresas reservadas si se atreven a invadir.

Sin confianza en Trump

El principal problema para Trump, el narcisista presidente de Estados Unidos, es que ya no controla los acontecimientos, más allá de una serie de declaraciones escuetas, alternando entre la agresión y la conciliación, que parecen haber enriquecido únicamente a su familia y amigos, mientras los mercados petroleros suben y bajan con cada una de sus palabras. Trump perdió el control de la contienda militar en el momento en que cayó en la trampa de Netanyahu.

Puede que sea el comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, pero ahora se ha visto envuelvo, de forma inesperada, en una situación muy delicada.

Carece en gran medida de poder para poner fin a una guerra ilegal que él mismo inició. Ahora son otros quienes dictan los acontecimientos. Israel, su principal aliado en la guerra, e Irán, su enemigo oficial, tienen todas las cartas importantes en la mano. Trump, a pesar de su bravuconería, se deja arrastrar por su estela.

Puede declarar la victoria, como ha dado a entender en repetidas ocasiones. Pero, una vez desatada la guerra, poco puede hacer para poner fin a los combates.

A diferencia de Estados Unidos, Israel e Irán tienen interés en que la guerra continúe mientras puedan soportar el sufrimiento. Cada régimen cree —por diferentes razones— que la lucha entre ellos es existencial. Israel, con su visión del mundo de suma cero, teme que, si Irán igualara su poderío militar en Oriente Medio con su capacidad nuclear, Tel Aviv ya no contaría con la exclusiva influencia de Washington.

Ya no podría sembrar el terror en la región a su antojo. Y tendría que llegar a un acuerdo con los palestinos, en lugar de su plan preferido de perpetrar genocidio y limpieza étnica.

De igual modo, Irán ha llegado a la conclusión —basándose en la experiencia reciente— de que no se puede confiar en Estados Unidos, y especialmente en Trump, más que en Israel.

En 2018, durante su primer mandato, el presidente estadounidense rompió el acuerdo nuclear firmado por su predecesor, Barack Obama. El verano pasado, Trump lanzó ataques contra Irán en medio de las negociaciones.

Y, a finales del mes pasado, Trump desató esta guerra, justo cuando las conversaciones reanudadas estaban a punto de tener éxito, según los mediadores.

Las palabras de Trump no valen nada. Podría llegar a un acuerdo mañana, pero ¿cómo podría Teherán estar seguro de no sufrir otra ronda de ataques seis meses después?

Irán se fija en el destino de Gaza durante las últimas dos décadas. Israel comenzó bloqueando el territorio y sometiendo a la población a una dieta que se intensificaba si se negaban a quedarse quietos en su campo de concentración.

Luego, Israel comenzó a “segar el césped” cada pocos años, es decir, a bombardear el enclave con ataques aéreos. Y terminó perpetrando un genocidio.

Los líderes iraníes no están dispuestos a arriesgarse a seguir ese camino.

En cambio, creen que deben darle a Estados Unidos una lección que no olvidará fácilmente. Irán busca causar tal devastación en la economía global y en los Estados aliados de Estados Unidos en el Golfo, que Washington no se atreva a plantearse una segunda ronda.

Esta semana, el New York Times informó que los ataques iraníes habían dejado muchas de las 13 bases militares estadounidenses en la región prácticamente inhabitables. Los 40.000 soldados estadounidenses en el Golfo han tenido que ser reubicados en hoteles y oficinas, incluyendo miles que han sido dispersados ​​incluso en lugares lejanos de Europa.

Avivando las llamas

Como se hace más evidente cada día, los intereses de Estados Unidos e Israel con respecto a Irán son ahora opuestos.

Trump necesita restablecer la calma en los mercados cuanto antes para evitar una depresión global y, con ella, el colapso de su apoyo interno. Debe encontrar la manera de restablecer la estabilidad.

Dado que los ataques aéreos no han logrado desalojar ni a los ayatolás ni a la Guardia Revolucionaria, sólo le quedan dos opciones: ceder y entablar negociaciones humillantes con Irán, o intentar derrocar al régimen mediante una invasión terrestre e imponer un líder de su elección.

Pero dado que Irán aún no ha terminado de causar daño a Estados Unidos y no tiene motivo alguno para confiar en la buena fe de Trump, Washington se ve inexorablemente empujado hacia la segunda opción.

Israel, por su parte, se opone rotundamente a la primera opción, las negociaciones, que lo llevarían de vuelta al punto de partida. Y sospecha que la segunda opción es inviable.

La principal lección de Gaza es que el vasto territorio iraní probablemente convierta a las tropas invasoras en blancos fáciles para un ataque de un enemigo invisible.

Y existe el suficiente apoyo al liderazgo iraní —aunque los occidentales nunca se quieran enterar de ello— como para que Israel y Estados Unidos impongan a la población al pretendiente al trono, Reza Pahlavi, quien ha estado celebrando desde la distancia el bombardeo de su propio pueblo.

Israel inició esta guerra con una agenda completamente distinta. Busca el caos en Irán, no la estabilidad. Eso es lo que ha intentado generar en Gaza y el Líbano, y todo indica que busca el mismo resultado en Irán.

Esto es algo que debería haberse comprendido hace mucho tiempo en Washington.

Esta semana, Jake Sullivan, exasesor de seguridad nacional de Joe Biden, citó recientes declaraciones de Danny Citrinowicz, un veterano exresponsable de inteligencia militar israelí especializado en Irán, quien afirmó que el objetivo de Netanyahu es “simplemente desintegrar Irán y provocar el caos”. ¿Por qué? “Porque”, explica Sullivan, “desde su perspectiva, un Irán desintegrado representa una menor amenaza para Israel”.

Esa es la razón por la que Israel sigue asesinando a líderes iraníes, como hizo anteriormente en Gaza, conocedor como es de que figuras aún más beligerantes ocuparán su lugar. Busca líderes radicalizados y vengativos que se nieguen a dialogar, no pragmáticos dispuestos a negociar.

Por eso Israel ataca la infraestructura civil en Irán, como hizo en Gaza y está haciendo ahora mismo en el Líbano, para sembrar desesperanza y fomentar la división, y provocar que Teherán arremeta con represalias, lo que a su vez provocaría mayor indignación en los vecinos iraníes del Golfo y arrastraría a Estados Unidos aún más al conflicto.

Por eso Israel ha estado colaborando secretamente con grupos minoritarios en Irán y sus alrededores —y sin duda armándolos—, como ha vuelto a hacer en Gaza y el Líbano, con la esperanza de avivar aún más las llamas de la desintegración interna.

Los Estados en guerra civil, consumidos por sus propias luchas internas, representan poca amenaza para Israel.

Mensajes confusos

Como es habitual, Trump envía mensajes confusos. Busca negociar —aunque no está claro con quién— mientras acumula tropas para una invasión terrestre.

Resulta difícil analizar las intenciones del presidente estadounidense porque sus declaraciones carecen por completo de sentido estratégico.

El miércoles por la noche, declaró en un evento de recaudación de fondos en Washington que Irán deseaba fervientemente llegar a un acuerdo, y añadió: “Tienen miedo de decirlo porque creen que su propio pueblo los matará. También temen que los matemos nosotros”.

Esta no es la lógica de una superpotencia que busca consolidar su propia autoridad y restablecer el orden en la región. Es la lógica de un jefe mafioso acorralado, que espera que una última jugada desesperada pueda desbaratar los planes de sus rivales lo suficiente como para darle la vuelta a la situación.

Es probable que esa jugada consista en enviar fuerzas especiales estadounidenses a ocupar la isla de Kharg, el principal centro de las exportaciones de petróleo iraní a través del estrecho de Ormuz.

Trump parece creer que puede usar la isla como moneda de cambio, exigiendo a Teherán que reabra el estrecho o perderá el acceso a su propio petróleo.

Según diplomáticos consultados, Irán no sólo se niega a ceder el control del estrecho, sino que amenaza con bombardear masivamente la isla —y a las fuerzas estadounidenses allí presentes— antes que darle a Trump una ventaja. Teherán también advierte que comenzará a atacar el transporte marítimo en el Mar Rojo, una segunda vía marítima vital para el transporte de suministros de petróleo desde la región.

Aún le quedan cartas por jugar.

Esto es como el juego de ver quién es el menos gallina que a Trump le costará ganar. Todo esto deja al liderazgo israelí en una posición ventajosa.

Si Trump sube la apuesta, Irán hará lo mismo. Si Trump declara la victoria, Irán seguirá disparando para dejar claro que él decide cuándo se detiene el conflicto. Y en el improbable caso de que Estados Unidos haga grandes concesiones a Teherán, Israel tiene múltiples maneras de avivar de nuevo las llamas.

De hecho, aunque apenas lo informan los medios occidentales, ya está alimentando activamente esas llamas.

Está destruyendo el sur del Líbano, utilizando la devastación de Gaza como modelo, y preparándose para anexionarse territorios al sur del río Litani de acuerdo con su agenda imperial del Gran Israel.

Sigue matando palestinos en Gaza, sigue reduciendo el tamaño de su campo de concentración y sigue bloqueando la ayuda, los alimentos y el combustible.

Israel está intensificando sus pogromos con milicias de colonos contra aldeas palestinas en la Cisjordania ocupada, en preparación para la limpieza étnica de lo que alguna vez se consideró la columna vertebral de un Estado palestino.

Sullivan, asesor principal de Biden, señaló que la visión israelí de un “Irán fracturado” no redundaba en interés de Estados Unidos. Suponía el riesgo de una prolongada inseguridad en el estrecho de Ormuz, el colapso de la economía global y un éxodo masivo de refugiados de la región hacia Europa.

Esto agravaría aún más la crisis económica europea, de la que ya se culpa a los inmigrantes. Reforzaría el sentimiento nativista que los partidos de extrema derecha ya están ganando terreno en las encuestas. Reforzaría la crisis de legitimidad que ya enfrentan las élites liberales europeas y justificaría el creciente autoritarismo.

En otras palabras, fomentaría en toda Europa un clima político aún más propicio para la agenda supremacista israelí, basada en la ley del más fuerte.

La salida de Trump es difícil de lograr. E Israel hará todo lo posible para asegurarse de que siga siendo así.

Foto de portada: El presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu durante una reunión en Florida, EE. UU., el 29 de diciembre de 2025. (Reuters)

Voces del Mundo

Deja un comentario