La normalización de la brutalidad: ¿Cuándo recuperaremos nuestra humanidad?

Adnan Hmidan, Middle East Monitor, 4 abril 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Adnan Hmidan es presidente del Palestinian Forum en Gran Bretaña.

Lo que estamos presenciando hoy en toda la Palestina ocupada no es un fallo en el sistema del orden internacional, ni tampoco un desvío repentino del comportamiento habitual de la ocupación israelí. El mayor error que pueden cometer los observadores es tratar la actual escalada de atrocidades como un lapsus momentáneo en el autocontrol o una excepción caótica que puede gestionarse mediante declaraciones diplomáticas de preocupación.

En realidad, lo que se está desarrollando ante nuestros ojos es el estado natural de un proyecto colonial. Cuando comprendemos los fundamentos estructurales de la ocupación, nos damos cuenta de que la brutalidad no es una elección política, sino una necesidad funcional para su supervivencia.

La infraestructura de la crueldad

Según la lógica del ocupante, es totalmente normal que un preso y rehén palestino sea torturado, humillado y despojado de su humanidad básica. Es totalmente normal que en los pasillos de la Knesset resuenen los llamamientos a la ejecución sumaria de los detenidos, convirtiendo las instituciones estatales en plataformas para la venganza legislada. Esto no es un colapso de la democracia; es la expresión sin filtros de un régimen que considera a la población indígena como una amenaza para la seguridad que debe ser eliminada, en lugar de un pueblo con derechos.

En la Jerusalén ocupada, la normalidad consiste en impedir sistemáticamente el acceso de los fieles a la mezquita de Al-Aqsa, mientras que el santuario permanece abierto para que los colonos radicales realicen rituales provocadores bajo protección militar. Se trata de una estrategia calculada de habituación. El objetivo es repetir la violación con tanta frecuencia que pierda su impacto, transformando la profanación de uno de los lugares más sagrados del islam en una mera rutina en el ciclo diario de noticias.

Gaza y Cisjordania: un laboratorio de borrado

El genocidio que se está desarrollando en Gaza es la máxima manifestación de esta normalidad. La demolición de bloques residenciales enteros, el hambre sistemática de dos millones de personas y el borrado de linajes familiares completos del registro civil se llevan a cabo con un aterrador sentido de derecho.

Esto se ve facilitado por un paraguas diplomático global que, perversamente, redefine a la víctima como el agresor y al verdugo como la víctima.

Al mismo tiempo, Cisjordania sufre un genocidio silencioso. A través de una asfixiante red de puestos de control, redadas nocturnas que destrozan la paz de las familias y la implacable expansión de asentamientos ilegales que devoran la tierra como un cáncer, la ocupación busca hacer imposible la vida de los palestinos. Tal es el comportamiento de un ladrón que nunca puede estar en paz ni descansar mientras el legítimo propietario de la casa siga presente.

La verdadera anomalía: nuestra adaptación

La verdadera crisis, sin embargo, no radica en la violencia del ocupante, pues esa es su naturaleza inherente. La crisis radica en que se nos exija al resto de nosotros convertirnos en anormales.

Es intrínsecamente anormal que se nos pida adaptarnos a esta realidad. Es anormal que se nos diga que comprendamos las preocupaciones de seguridad del opresor mientras sacan a nuestros hijos de entre los escombros. Es anormal que se presente la normalización como una opción racional, o que la coexistencia con un sistema de apartheid se plantee como una virtud cívica.

Debemos plantearnos las preguntas difíciles: ¿Qué tipo de paz se construye sobre las ruinas de hogares demolidos? ¿Qué tipo de realismo exige que aceptemos la lenta muerte de una nación como un hecho inalterable? El intento de redefinir la lucha palestina como un conflicto que se puede gestionar, en lugar de un crimen al que hay que poner fin, es una profunda distorsión moral.

La trampa de la desensibilización

El arma más peligrosa del arsenal de la ocupación no es el misil ni el tanque; es nuestra propia habituación. La ocupación apuesta por el tiempo. Apuesta a que el mundo acabará cansándose de las imágenes de niños ensangrentados, a que las publicaciones en las redes sociales disminuirán y a que la indignación será sustituida por un silencio cansado.

Cuando dejemos de sentirnos conmocionados ante la visión de fosas comunes, y cuando empecemos a ver la limpieza étnica de un pueblo como una desafortunada realidad geopolítica, habremos perdido nuestra brújula moral. «Acostumbrarse» a la opresión es convertirse en cómplice silencioso de la misma. El estado natural de cualquier ser humano libre es permanecer en un estado de rechazo constante y activo de la injusticia.

Redefinir el realismo

Se nos ha dicho durante demasiado tiempo que el realismo significa aceptar las migajas de soberanía a la sombra de la torre de un francotirador. Pero el verdadero realismo consiste en llamar a las cosas por su nombre:

 * Los asentamientos no son expansión urbana; son un robo.

 * La resistencia no es terrorismo; es un derecho universal y un deber sagrado.

 * La neutralidad ante el genocidio no es objetividad; es complicidad.

Nuestro papel como intelectuales, activistas y defensores de la justicia es hacer añicos esta normalidad fabricada. Debemos seguir siendo anormales a los ojos de un sistema internacional distorsionado. Debemos negarnos a ser las víctimas corteses que aceptan su destino con dignidad silenciosa.

Recuperar el espíritu humano

La ocupación es una anomalía histórica, un vestigio de una era colonial que el resto del mundo supuestamente ha superado. Sobrevive fingiendo ser un Estado normal. Pero un Estado que vive de la sangre de inocentes y del robo de una tierra nunca puede ser normal; es una deformidad moral.

Recuperaremos nuestra normalidad sólo cuando dejemos de intentar encajar en las expectativas injustas del mundo. Somos normales cuando nos negamos a olvidar. Somos normales cuando enseñamos a nuestros hijos que el mapa de Palestina es indivisible. Somos normales cuando nuestra ira sigue tan viva como lo estaba el primer día de la Nakba.

El mayor peligro no es que el opresor ejerza su opresión; es que nos acostumbremos.

Foto de portada: Los palestinos desplazados intentan seguir con su vida cotidiana en condiciones muy duras en Jan Yunis, Palestina, el 2 de abril de 2026. [Abed Rahim Khatib – Agencia Anadolu]

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