Soumaya Ghannoushi, Middle East Eye, 7 de abril de 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Soumaya Ghannoushi es una escritora británica de origen tunecino experta en la política de Oriente Medio. Sus trabajos periodísticos han aparecido en The Guardian, The Independent, Corriere della Sera, Aljazeera.net y Al Quds. Puede encontrarse una selección de sus escritos en: soumayaghannoushi.com y en X: @SMGhannoushi
Así pues, el presidente estadounidense Donald Trump pretende devolver a Irán a la “Edad de Piedra, donde pertenece”.
Una frase concebida para proyectar fuerza e intimidar.
En cambio, revela algo mucho más significativo: no fortaleza, sino un profundo desconocimiento de la historia, de la civilización y de la misma región que amenaza con desmantelar.
Este bruto magnate inmobiliario, cegado por la lógica superficial de los negocios y la propiedad, ignora por completo que Irán, históricamente Persia, sentó las bases de la civilización organizada mucho antes de que Occidente existiera de forma significativa, y siglos antes del nacimiento de Estados Unidos.
Esto no es una floritura retórica. Es un hecho histórico.
En el siglo VI a. C., bajo el reinado de Ciro el Grande, Persia estableció uno de los imperios más grandes que el mundo jamás había visto, extendiéndose desde Asia Central hasta el Mediterráneo. Desarrolló sistemas de gobierno, tributación, infraestructura y comunicación que posteriormente darían forma a modelos imperiales, como el de Roma.
El Cilindro de Ciro articuló principios de tolerancia religiosa y protección de las comunidades, conceptos que contrastan marcadamente con el lenguaje de aniquilación que ahora se invoca.
Motores de civilización
Persia no desapareció con la antigüedad. Sobrevivió a la conquista, absorbió turbulencias y se regeneró con una continuidad notable. Las campañas de Alejandro Magno no la borraron. Tampoco la devastación causada por Gengis Kan.
Lo que se destruyó se reconstruyó. Lo que se fracturó se recompuso.
Encontró una nueva expresión bajo el Califato abasí (750-1258 d. C.), en la órbita de una floreciente y radiante civilización islámica. Bagdad pudo haber sido la capital imperial, pero su energía fluía a través de una constelación de ciudades persas a la vanguardia del desarrollo humano. Nishapur, Rayy, Merv, Balkh, Tus e Isfahán no eran puestos periféricos. Eran motores de civilización.
Produjeron eruditos, médicos, poetas y matemáticos que moldearon disciplinas enteras. El poeta, matemático y astrónomo Omar Khayyam en Nishapur, Abu Bakr al-Razi en Rayy y Ferdowsi en Tus representan apenas una pequeña muestra de este panorama intelectual.
Estas ciudades no sólo estaban conectadas por rutas comerciales, sino también por la circulación de ideas, manuscritos y eruditos, conformando un denso y dinámico ecosistema del conocimiento.
En el corazón de este mundo se encontraban instituciones como Bayt al-Hikma (la Casa de la Sabiduría), donde se traducía, estudiaba, criticaba y ampliaba el saber griego, persa e indio, contribuyendo posteriormente a sentar las bases del Renacimiento europeo.
Fue aquí donde Muhammad ibn Musa al-Juarismi formalizó el álgebra y legó al mundo moderno el concepto de algoritmo. Avicena produjo obras médicas que dominarían las universidades europeas durante siglos. Al-Farabi y Al-Ghazali dialogaron profundamente con Aristóteles y transformaron su pensamiento.
En una época en que Bagdad, Nishapur y Merv mantenían una vida urbana compleja gracias a avanzados sistemas de gestión del agua, sanidad y educación, gran parte de la Europa medieval seguía siendo rudimentaria, caracterizada por un saneamiento deficiente, el hacinamiento y una infraestructura frágil.
Esto no es polémica. Es un hecho histórico. Y, sin embargo, esta es la civilización que Trump pretende reducir a la “Edad de Piedra”.
El peligro no reside en la frase en sí, sino en la lógica que la acompaña. Porque esta “Edad de Piedra” no es una metáfora, es un método.
Destrucción sistemática
Ya se está llevando a cabo sin piedad. Centros de investigación yacen en ruinas. En la Universidad Shahid Beheshti, un importante centro científico de Teherán, laboratorios de vanguardia han sido destruidos.
En todo el país, universidades, incluidas instituciones de ingeniería líderes como la Universidad de Ciencia y Tecnología de Irán, han sido bombardeadas.
La infraestructura médica no se ha salvado. El Instituto Pasteur de Irán, fundamental para el desarrollo de vacunas y la salud pública, ha sido atacado.
Los laboratorios, las universidades y los centros médicos no son víctimas fortuitas. Son objetivos. No se trata de destrucción accidental. Es sistemática.
Una estrategia que no sólo busca debilitar a un Estado, sino desmantelar los cimientos de la vida civil misma. Hacer retroceder la sociedad de forma deliberada.
En los medios israelíes, lo impensable se difunde con una inquietante facilidad. En los debates se ha considerado, incluso bromeado, sobre el uso de armas nucleares o de neutrones contra Irán, con la escalofriante premisa de que se podría eliminar a poblaciones enteras mientras la infraestructura permanece intacta.
Esto no es una estrategia. Es la normalización de la aniquilación.
El objetivo no es sólo la destrucción del presente, sino también el borrado del pasado. Es la demolición de la historia misma y su reescritura.
En esta visión del mundo, Palestina no es la excepción, sino el modelo.
La destrucción de Palestina siempre ha ido acompañada de una narrativa, un mito: “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”.
Un lugar rebosante de historia, cultura y civilización, transformado en un espacio vacío a la espera de ser reclamado. Esto no es un error histórico, sino una estrategia colonial.
Así funciona el borrado.
No sólo alterando la realidad y redibujando mapas, sino borrando el pasado, reescribiendo la historia y reconstruyendo la memoria.
El poder militar por sí solo nunca basta. Avanza de la mano de la mitología. La lógica de Amalec: no sólo derrotar al enemigo, sino exterminarlo.
Un discurso demonizador
En una reciente reunión de líderes evangélicos en la Casa Blanca, se invocó el Libro de Ester, presentando a los iraníes modernos como herederos de un antiguo enemigo, antes de declarar que Dios había elegido a Trump para este momento: para aniquilar a los malvados persas y cumplir la profecía divina. Trump ha ido más allá al justificar la destrucción de infraestructura civil, calificando a los iraníes de “animales”; el mismo pueblo al que afirma liberar con sus bombas.
Por supuesto, una vez que se despoja a un pueblo de su humanidad, cualquier cosa que se le haga se vuelve justificable.
Hace dos décadas, durante la guerra de Iraq, se utilizó el mismo discurso demonizador contra los árabes. Hace dos años, durante el genocidio de Gaza, contra los palestinos. Hoy, contra los iraníes.
La maquinaria de la guerra no se limita a combatir enemigos; los fabrica. Produce y reproduce sus demonios, sus monstruos; cada uno necesario para justificar la brutalidad que le sigue.
Esto no es simplemente una reacción ante la resistencia iraní. Una semana después del inicio de la guerra, Trump habló con ligereza de que los iraníes tenían “genes horribles”, distintos a “los nuestros”, resucitando el lenguaje más violento del exterminio racial.
A todo esto se suma la vieja doctrina colonial, antes conocida como la carga del hombre blanco. Hoy, se reformula como una misión civilizadora estadounidense e israelí impuesta a una región considerada atrasada, infrahumana, caótica y prescindible.
Trump recurre a esto instintivamente. Para él, Oriente Medio no es una civilización, sino un libro de contabilidad: petróleo, energía, billones que rapiñar.
Y dondequiera que haya centros de historia, conocimiento y continuidad, deben ser demolidos, devueltos a la “Edad de Piedra”.
Y esta lógica no se detiene en Irán.

Una visitante toma fotografías del interior dañado del histórico Palacio de Golestán en Teherán, alcanzado por un ataque estadounidense-israelí el 4 de abril de 2026 (AFP).
Destruir la infraestructura de Irán, sus sistemas energéticos, su base industrial y sus instituciones científicas equivale a destruir toda la región del Golfo, supuestamente aliada de Estados Unidos y guardiana de sus dólares.
Los modernos Estados del Golfo, construidos sobre el auge petrolero de la década de 1970, dependen de sistemas profundamente interconectados: flujos de energía, rutas comerciales, mercados financieros y redes de infraestructura.
Un ataque contra Irán sacude ese panorama: puertos, oleoductos, mercados, cadenas de suministro; todo queda expuesto. No sólo Irán, sino también sus vecinos, corren el riesgo de ser arrastrados al mismo abismo.
Y si Irán, el Estado que Trump amenaza con destruir, tiene miles de años de antigüedad, estos Estados son construcciones recientes, mucho más frágiles y vulnerables.
En Oriente Medio, el lema “Estados Unidos primero” es un mito.
La lógica imperante es “ante todo, Israel”.
Una visión de colapso controlado
El poder estadounidense se despliega al servicio de una visión regional más amplia, articulada por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, su ministro de Defensa, Israel Katz, y su ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir.
Una visión de fragmentación y colapso controlado. Una región hecha pedazos. Un paisaje de entidades destrozadas donde Tel Aviv se alza mientras todo a su alrededor se hunde en la ruina, una única “ciudad en la cima de una colina”, expandiéndose en todas direcciones, una “Nueva Jerusalén” que monopoliza la prosperidad, mientras todo lo demás yace destrozado.
Y, sin embargo, este modelo ya ha revelado sus límites.
Estados Unidos derrocó a Sadam Husein en tres semanas. Y luego pasó años atrapado en el caos que él mismo creó.
Lo que forzó su retirada de Iraq y Afganistán no fue la derrota en la batalla, sino el desorden que desató.
Estados Unidos e Israel han demostrado ser capaces de una destrucción inmensa. Pueden asesinar, bombardear y arrasar ciudades enteras. Pero la destrucción no es éxito ni victoria, ni merece aplausos.
Puedes pulverizar una ciudad, pero no puedes someter a un pueblo.
Hablar de devolver a Irán a la Edad de Piedra no es señal de fortaleza. Es una confesión de fracaso político y bancarrota moral.
Trump no puede devolver a Irán a la Edad de Piedra, porque no ha estado allí durante miles de años.
En cambio, es allí adonde está arrastrando a Estados Unidos.
A una era de salvajismo.
A la lógica de la Edad de Piedra.
Foto de portada: El aullido de la bestia en el interior de la Casa Blanca el 6 de abril de 2026. (AFP)