Cinco puntos clave para la paz: ¿Por qué la iniciativa de China con Irán no acaparó titulares?

Biljana Vankovska, CounterPunch, 8 abril 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Biljana Bankovska es profesora de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de San Cirilo y San Metodio en Skopie, miembro de la Fundación Transnacional para la Investigación de la Paz y el Futuro (TFF) en Lund, Suecia. Es asimismo profesora de la European Peace University en Austria, y la intelectual pública más influyente de Macedonia.

La actuación de China en el Consejo de Seguridad de la ONU suele decepcionar a quienes esperan que se enfrente abiertamente a lo que consideran una máquina imperialista estadounidense sin límites. Esta expectativa quedó especialmente patente en las abstenciones de China en dos ocasiones clave recientes: la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Gaza, que de hecho permitió el experimento del «Consejo de Paz» de Trump e incluso insinúa eludir a la ONU, y la última votación sobre Irán (Resolución 2817), que generó la impresión distorsionada de que Irán es el agresor, mientras que EE. UU. y sus aliados del Golfo aparecen como víctimas.

Este texto no pretende analizar a fondo la estrategia a largo plazo de Pekín. China no se precipita; juega a largo plazo, guiada por principios y un horizonte estratégico que se asemeja a un tablero de ajedrez global. Sin embargo, hay un punto que merece la pena destacar: la mesura de China en el Consejo de Seguridad de la ONU no implica debilidad ni ambigüedad moral. Es un cálculo en un sistema donde las reglas son todo menos neutrales.

Cuando las resoluciones se redactan para predeterminar la culpa y borrar los orígenes del conflicto, un voto a favor legitima las narrativas de poder, mientras que un voto en contra se arriesga a una confrontación con la potencia nuclear: unos Estados Unidos cada vez más impredecibles y política y militarmente volátiles. China, por lo tanto, elige una tercera vía: ni respaldar los marcos impuestos ni desmantelar el orden de la ONU del que aún depende. Se trata de una resistencia silenciosa, un intento de preservar un espacio para la mediación y el multilateralismo dentro de una institución cada vez más moldeada por la lógica unipolar.

Sin embargo, China no es un mero espectador pasivo, como a menudo se la retrata. Esta percepción refleja tanto la frustración occidental como las expectativas de algunos sectores del Sur Global —e incluso de algunos sectores de la izquierda— de que Pekín debería actuar con mayor decisión, incluso de forma «revolucionaria». A falta de alternativas, muchos buscan un salvador geopolítico. China se presenta como la única gran potencia que goza de estabilidad económica, está integrada en el orden mundial y se ve lo suficientemente afectada como para actuar.

Al menos tres iniciativas ilustran este enfoque en los últimos tiempos.

En el primer aniversario de la guerra de Ucrania, China publicó un marco de paz de 12 puntos. Era normativo, no operativo: una serie de principios sin aplicación. Pekín se posicionó como mediador neutral, reabriendo con cautela el espacio para el diálogo entre Rusia y Ucrania. Occidente reaccionó con dureza. Cabe recordar que ese mismo Occidente ya había socavado el proceso de paz de Estambul en marzo de 2022. Como señaló Aaron Maté, en los medios alineados con la OTAN «no hay nada más controvertido que una propuesta de paz». Desde entonces, la diplomacia se ha redefinido como traición, mientras que Ucrania se ve empujada hacia una guerra de desgaste hasta el último soldado: un conflicto por poder al servicio de intereses externos.

En la Conferencia de Valdai de 2024, experimenté este ambiente de primera mano. Mi intento de introducir una dimensión humana —enfatizando que las «piezas del tablero» son personas vivas en ambos bandos— fue recibido con irritación. Karaganov abandonó la sala inmediatamente después de plantear una pregunta cuya respuesta no deseaba escuchar. Sólo un colega chino y yo hablamos explícitamente en términos de paz. La guerra en sí, mientras tanto, ha ido desapareciendo paulatinamente del foco de atención, a pesar de que sus consecuencias a nivel mundial se agravan.

Ese mismo año, China, junto con Brasil, intentó otra apertura diplomática. Esto marcó un cambio: de principios abstractos a arquitectura institucional, y de un enfoque unilateral a la participación del Sur Global. La propuesta pedía una desescalada inmediata, una conferencia internacional de paz con ambas partes presentes, la prevención de la escalada y la atención a las repercusiones globales en la seguridad alimentaria y energética.

Luego, a finales de marzo, antes de la última retórica de escalada de Trump sobre «devolver a los enemigos a la Edad de Piedra», surgió un plan de paz de cinco puntos, respaldado por China y cofacilitado por Pakistán, con la participación entre bastidores de Turquía, Egipto y Arabia Saudí.

Un plan que parece de sentido común: alto el fuego inmediato y cese de las hostilidades; inicio de conversaciones de paz que respeten la soberanía de Irán y los Estados del Golfo; protección de la población civil y las infraestructuras, incluidos los sistemas energéticos; salvaguarda de las rutas marítimas, especialmente el estrecho de Ormuz, y un marco liderado por la ONU basado en el derecho internacional y el multilateralismo

Sus autores eran probablemente plenamente conscientes de que se trataba de diplomacia simbólica en un momento de sordera política casi total, en el que incluso las amenazas extremas («a la Edad de Piedra») procedentes de las capitales occidentales pasan sin consecuencias. Es menos una hoja de ruta que un gesto, un pie metido en la puerta antes de que se cierre de golpe. Aquí es importante destacar un argumento que suelen esgrimir mis colegas chinos. En términos materiales, la asimetría es evidente: Estados Unidos mantiene más de 800 bases militares en diversos continentes y posee una capacidad inigualable para proyectar fuerza en todos los rincones del planeta. China, en cambio, no desarrolla —ni pretende desarrollar— instrumentos comparables para la intervención militar extraterritorial.

Pero no se trata sólo de capacidad; refleja lógicas de acción fundamentalmente diferentes. Estados Unidos tiende a ejercer influencia mediante el control —político, económico y, a menudo, militar— sobre otros Estados. China, por el contrario, enmarca su papel internacional en torno a la cooperación y el desarrollo compartido, priorizando la interdependencia sobre la coerción.

Dentro de este marco, la moderación de China no debe interpretarse como ausencia o pasividad. Incluso en circunstancias difíciles, mantiene una apertura, aunque limitada, a la paz. Esa apertura —la negativa a abandonar la diplomacia incluso en situaciones de escalada— es, sin duda, el valor fundamental que guía sus iniciativas.

En el contexto de este artículo, lo más llamativo no es el plan en sí, sino su recepción: el silencio. En lo que respecta a la esfera política iraní, como explica mi amigo iraní, surgieron dos reacciones contrapuestas. Algunos acogieron con beneplácito la declaración, señalando el reconocimiento implícito del derecho de Irán a supervisar el estrecho de Ormuz como fuente de cauto optimismo. Otros, sin embargo, argumentaron que cualquier esfuerzo por restablecer la paz en la región que no identifique, condene y responsabilice a los culpables de la agresión es, en última instancia, inútil.

Los medios occidentales, saturados de provocaciones e insultos de las élites políticas, la ignoraron en gran medida. En el mejor de los casos, apareció como una breve nota en algunos medios selectos de Asia Occidental, Turquía, India, Pakistán, etc. Incluso los medios chinos le dieron una escasa relevancia. Esto no es simplemente una cuestión de negligencia mediática; refleja una jerarquía más profunda de relevancia narrativa.

Las explicaciones racionales apuntan a problemas estructurales. En la teoría de la mediación, existe un conocido «dilema de la credibilidad»: una mediación eficaz requiere tanto neutralidad como influencia. China goza de neutralidad e influencia económica, pero carece de poder para imponer la seguridad. A diferencia de los actores occidentales, no impone resultados por medios militares. Esto crea una brecha: sin instrumentos coercitivos, sus iniciativas parecen simbólicas más que efectivas.

La segunda limitación es política. Los actores clave no están alineados. Irán desconfía de Pakistán, a pesar de su papel como copatrocinador y su doble orientación hacia China y Estados Unidos. Teherán también rechaza las negociaciones directas con Washington, que en ocasiones incluso inventa su existencia. Por lo tanto, el momento es desfavorable: ambas partes creen poder resistir y evitar la derrota. Por otro lado, entre los Estados que respaldan esta propuesta, existe una profunda desconfianza.

Desde una perspectiva occidental, el silencio no resulta sorprendente. El control de la narrativa importa más que la información objetiva. El discurso dominante sigue deshumanizando a Irán y justificando la escalada mediante tópicos recurrentes. Las iniciativas de paz perturban esta estructura y, por lo tanto, quedan marginadas.

Otro factor es estratégico: permitir que un discurso de paz liderado por China gane terreno socavaría el monopolio narrativo occidental en un momento en que crece el cansancio público ante los conflictos prolongados.

¿Es, entonces, irrelevante la iniciativa china? Sería un error. China no practica la diplomacia de la propaganda. Espera, construye y reajusta. Su enfoque se describe a menudo como el «poder de no usar el poder»: prioriza las redes sobre la coerción y la estabilidad sobre el espectáculo.

En contraste, la cultura política occidental se rige por la velocidad: intervenciones rápidas, narrativas rápidas, retiradas rápidas y poca memoria.

Un factor adicional se cierne en el trasfondo: la esperada visita de Trump a Pekín. Sólo esto exige moderación diplomática para evitar desencadenar conmociones sistémicas más amplias.

En definitiva, el plan de cinco puntos no debe interpretarse como una iniciativa fallida, sino como una señal: que incluso en un entorno saturado de escalada, aún existen marcos alternativos. La soberanía, el multilateralismo, la protección de la población civil y la moderación humanitaria siguen vigentes, aunque cada vez se las ignore más.

China no amenaza con la guerra. No promete una salvación rápida y mundial. Pero insiste en que, incluso en una era de creciente falta de moderación, la guerra no es la única opción.

Y a veces, eso es por sí solo el mensaje. A su debido tiempo, cabe la esperanza de que otros reconozcan su significado. El hecho mismo de que, tras mucho tiempo, China, Rusia y Francia estén del mismo lado en el Consejo de Seguridad de la ONU podría ser sólo el comienzo de la oposición a la intimidación y la destrucción por parte de Estados Unidos.

Foto de portada de John Samuel – CC BY-SA 4.0

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