Jamal Kanj, CounterPunch.org, 10 abril 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jamal Kanj (jamalkanj.com) es autor de Children of Catastrophe: Journey from a Palestinian Refugee Camp to America (Hijos de la catástrofe: viaje desde un campo de refugiados palestino a Estados Unidos) y otros libros. Escribe con frecuencia sobre temas relacionados con Palestina y el mundo árabe para diversas publicaciones nacionales e internacionales.
El alto el fuego ha supuesto un respiro muy necesario para los Estados árabes del Golfo. La amenaza de Donald Trump de atacar infraestructuras civiles iraníes podría haber desencadenado una catástrofe humanitaria en toda la región, con el riesgo de derivar en un conflicto incontrolable.
El cambio de postura de Trump, de la amenaza al alto el fuego, parece algo deliberado. En mi opinión, formó parte de la conversación telefónica que mantuvo con Benjamin Netanyahu el domingo 5. Es probable que Netanyahu se mostrara reacio, quizá con la intención de retrasar cualquier alto el fuego el tiempo suficiente para permitir que Israel atacara objetivos económicos dentro de Irán. Trump, sin embargo, acorralado por su amenaza de plazo límite, pareció haber cedido. Como se deduce de sus comentarios en la rueda de prensa del 6 de abril, Trump podría haberse jactado de su apoyo a Israel, recordándole a Netanyahu que «si no hubiéramos hecho eso… Israel habría desaparecido».
Según todos los indicios, Netanyahu no tuvo más remedio que acatar la orden, aceptando el cese de los ataques sobre Irán el 7 de abril, apenas unos minutos antes de que expirara el ultimátum de Trump.
La verdadera pregunta ahora no es si el alto el fuego se mantendrá, sino cómo —y cuándo— Israel actuará para romperlo, ya sea contra Irán, el Líbano o Yemen. Escribí la frase anterior apenas unas horas antes de terminar este artículo. Poco después, Israel cometió masacres lanzando ataques sin precedentes que volaron torres residenciales y asesinaron a más de 250 civiles en todo el Líbano. Al igual que en Gaza, la realidad es innegable: los alto el fuego se reducen a un cumplimiento unilateral que permite a Israel violarlos con total impunidad
Nada en este episodio sugiere que el dominio de la política exterior estadounidense, centrada en Israel, se haya debilitado. La subordinación de la política de EE. UU. en Oriente Medio a las prioridades estratégicas israelíes no comenzó con Trump. Tomó forma bajo el mandato de Lyndon Johnson y se afianzó durante los años de Nixon, cuando Henry Kissinger rindió la política de paz estadounidense en Oriente Medio ante Israel. En las décadas siguientes, los neoconservadores y los comentaristas partidarios de «ante todo, Israel» ampliaron esa doctrina, llevando a Estados Unidos a guerras que sólo servían a los intereses israelíes. La invasión de Iraq, bajo un pretexto inventado por sionistas estadounidenses partidarios de ese «ante todo, Israel», constituye un claro ejemplo. El enfrentamiento actual con Irán sigue la misma trayectoria.
Lo que distingue a esta guerra de las anteriores guerras orquestadas para Israel es que no es contenida. Lo que está en juego es global. El Golfo no es un escenario periférico, sino un salvavidas para el suministro energético mundial y una piedra angular de la estabilidad económica global. Economías enteras dependen de su petróleo, y los mercados globales dependen de la ininterrupción de su flujo. Mantener al Golfo como rehén en la guerra de Netanyahu contra Irán es, en efecto, mantener como rehén a la economía global.
La obsesión de Netanyahu con Irán no es nueva. A lo largo de tres décadas, ha venido dando la voz de alarma al afirmar que Irán está perpetuamente a punto de convertirse en una potencia nuclear. La ironía es ineludible: Israel se niega a permitir que la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) acceda a sus propias instalaciones nucleares, mientras clama alertando de amenazas existenciales por parte de un país que lleva décadas sometido al Protocolo de Inspecciones Adicionales del OIEA.
Mientras tanto, las amenazas de Trump de ampliar la guerra para atacar infraestructuras civiles ponen de manifiesto la vulnerabilidad de los Estados árabes del Golfo. Estos dependen de las garantías de seguridad de Estados Unidos, pero siguen estando, más que los propios Estados Unidos e Israel, expuestos geográfica y económicamente a las consecuencias de una guerra que no han elegido. En la práctica, no son meros espectadores, sino que se encuentran en primera línea.
Aún más alarmante es que, cuando Trump amenazó con indiferencia con aniquilar la civilización iraní, demostró un muy escaso conocimiento de lo que es una civilización y ninguna preocupación por las probables represalias contra sus supuestos aliados del Golfo en una guerra sin una estrategia de salida creíble. Si bien sería indeseable tomar represalias contra infraestructuras civiles en países que no participaron directamente en la guerra, es igualmente ingenuo esperar que los Estados que albergan bases militares del agresor puedan permanecer al margen de sus consecuencias.
La amenaza de Trump de enviar a Irán de vuelta a la Edad de Piedra es una página sacada del manual israelí. Atacar infraestructuras civiles ha sido durante mucho tiempo un componente integral del canon militar israelí. Para Israel, las centrales eléctricas, los sistemas de agua, las carreteras, los puertos y las redes de comunicación no son víctimas indirectas: son los objetivos previstos. Las guerras de Israel siempre tienen como objetivo imponer una presión sistémica sobre sociedades enteras desmantelando todas las condiciones necesarias para la vida civil.
Lo anterior ha quedado patente en Gaza, Cisjordania y el Líbano, y se remonta a guerras anteriores con Egipto y Siria. En Gaza, las infraestructuras han sido destruidas sistemáticamente: carreteras destrozadas, redes de agua y alcantarillado desmanteladas, redes eléctricas inutilizadas y universidades y hospitales reducidos a escombros. Esto no es una guerra convencional. Se trata de la destrucción calculada de los cimientos de una sociedad para forzar resultados políticos mediante la presión colectiva.
Israel quería que Trump le entregara Irán como parte de esta estrategia.
En tales condiciones, los Estados del Golfo corren el riesgo de verse abandonados tras soportar el peso económico del conflicto, condenados a lidiar con una relación prolongada y antagónica con un vecino histórico y permanente. Ya sea bajo el actual Gobierno iraní —o incluso en el improbable caso de que Netanyahu tenga éxito en su obsesión por el cambio de régimen—, hay pocos motivos para esperar un futuro estable o amistoso. En cualquier caso, son los Estados del Golfo los que llevarán la carga duradera de vivir junto a Irán, no Estados Unidos, y desde luego tampoco Netanyahu.
Las verdaderas opiniones despectivas de Trump hacia sus aliados del Golfo y su religión quedaron patentes en su mensaje de Pascua. En ese mensaje del 5 de abril, en el que invocó «Alabado sea Alá» de forma burlona, puso de manifiesto un desprecio generalizado por las sensibilidades culturales y religiosas de sus aliados del Golfo. No se trató de un lapsus; reflejó una voluntad profundamente arraigada de utilizar el lenguaje religioso como arma para avivar el sentimiento de odio de su base política. Para las naciones del Golfo, cuyas sociedades están profundamente arraigadas en la identidad islámica, ese lenguaje por parte de su benefactor en esta guerra no debe tomarse a la ligera.
Al fin y al cabo, el golfo Arábigo no se encuentra simplemente atrapado en el fuego cruzado; es el principal escenario de la guerra: una zona-tampón para Israel, un campo de operaciones para las fuerzas estadounidenses y quien asume el coste de un conflicto que ni inició ni controla. Cuando Israel reinicie otra guerra, como sugiere su historia, el impacto directo no recaerá sobre Washington ni Tel Aviv. En este contexto, los Estados árabes del Golfo deben empezar a pensar de forma independiente y actuar estratégicamente, en particular reevaluando su alianza con EE. UU., que ha demostrado repetidamente una clara disposición a utilizar su territorio para lanzar guerras en nombre de un tercero: Israel.
Este último conflicto debería servir de «señal de alarma», advirtiendo contra el riesgo de verse arrastrados a una guerra catastrófica diseñada por y para Israel, y el consiguiente peligro de que su infraestructura, sus economías y su estabilidad a largo plazo se vea comprometida por las guerras de otros en sus territorios. Esto les obligaría a soportar las consecuencias de la agresión de Netanyahu contra sus vecinos mucho después de que los responsables de estas hostilidades hayan pasado página.
Foto de portada de Khalid Kwaik.