El fascismo es la respuesta de Occidente ante la lucha de clases

Rob Urie, CounterPunch.com, 4 agosto 2023

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Rob Urie es artista y economista político. Su libro Zen Economics está publicado por CounterPunch Books.

Dejando a un lado las animosidades de la guerra cultural por el momento para considerar la dirección de la política en los EE.UU. -en la medida en que hacerlo es psicológica y / o económicamente posible para los guerreros de la cultura dedicados, las recientes revelaciones de que el FBI y la CIA participaron activamente en las elecciones nacionales de 2016 y 2020 se topan de frente con una historia más larga. Mientras que la «democracia estadounidense» siempre ha sido tenue y abstracta («representativa»), Estados Unidos ha vuelto ahora a una fusión de preguerra e entreguerras del Estado con los intereses comerciales. El «sistema» político estadounidense se ajusta ahora a la concepción marxista-leninista del Estado capitalista.

¿Cómo está funcionando esto para «el pueblo»? ¿Qué pueblo? Estados Unidos tiene el mayor presupuesto militar del mundo, multiplicado por diez. Sin embargo, es aparentemente incapaz de producir armas y balas utilizables. EE. UU. gasta en sanidad múltiplos de lo que el resto del mundo rico gasta por persona mientras tiene niveles de genocidio activo de personas que mueren (gráfico inferior) y que no estarían en una sociedad que funcionara. El fin del acuerdo entre el capital y el Estado para renunciar a precios depredadores («greedflation«) en alimentos y otras necesidades está aumentando la inseguridad alimentaria en vastas franjas de Occidente. Y la guerra nuclear con Rusia vuelve a ser una posibilidad implícita.

El 1% más rico gana 84 veces más que el 20% más pobre

Ingresos medios en EE. UU. antes de impuestos y ayudas públicas por grupo de ingresos familiares en 2019

Gráfico: Aunque últimamente se habla mucho de «desigualdad», la mayoría de los estadounidenses imaginan que «rico» es el vecino de la calle de abajo que acaba de comprarse un coche nuevo. De hecho, la concentración de la renta en Estados Unidos en los últimos años supera la imaginación de la mayoría de los estadounidenses. El gráfico ilustra el caso general de que el 1% más rico de los asalariados gana 84 veces lo que gana el quintil más pobre. En términos de «democracia del dólar», esto significa que los ricos tienen 84 veces más influencia política que los pobres. Fuente: inequality.org.

El reciente cambio del poder blando de los acuerdos comerciales (TLCAN, TPP) al poder duro del imperialismo militar se vincula al telón de fondo económico de un Estado corporativo (estadounidense) que existe para acaparar recursos y poder de mercado para el capital «estadounidense». En oposición a la lógica capitalista del libre comercio, los liberales estadounidenses han elegido el camino del nacionalismo económico en un esfuerzo poco probable por recuperar la legitimidad política del Estado estadounidense. Como dijo el príncipe-idiota estadounidense temporalmente caído en desgracia George W. Bush, «la guerra es buena para la economía». Por supuesto, su guerra no fue buena para el millón de iraquíes que murieron en ella, ni para todo Oriente Próximo que fue incendiado por ella, ni para las naciones europeas y escandinavas que se enfrentaron al «inexplicable» aumento de refugiados que produjo. Pero para los titanes de la guerra, los beneficios vuelven a fluir.

EE. UU. gasta más en defensa que los siguientes diez países juntos

Gráfico: Aunque es bien sabido que el presupuesto militar de Estados Unidos empequeñece el de otras naciones, nunca se plantea la cuestión de qué «obtenemos» por ese dinero. El hecho de que el gobierno de Biden alegue pobreza con respecto al suministro de armas estadounidenses a Ucrania debería poner esta cuestión sobre el tapete. ¿Cómo es posible que Estados Unidos gaste 10 veces más que el resto del mundo y no disponga de armas y material para demostrarlo? De hecho, la naturaleza neoliberal del gasto militar en Estados Unidos ha hecho que el proceso sea demasiado corrupto como para producir algo de valor. Fuente: pgpf.org.

A efectos analíticos -de nuevo, dejando a un lado los puntos álgidos de la guerra cultural-, el actual presidente de Estados Unidos, Joe Biden, fue el principal defensor liberal del «conservador» George W. Bush en la guerra de Iraq por la apropiación de recursos. El argumento central de Biden para esa guerra, las armas de destrucción masiva iraquíes, era un invento. Puede haber sido una invención del Sr. Bush, pero Biden fue más allá del belicismo bipartidista ordinario para vender la guerra estadounidense contra Iraq. Es probable que esto tenga relación con la «intromisión» del FBI y la CIA en las elecciones estadounidenses en beneficio de los demócratas del Estado de seguridad nacional. Biden ha sido un defensor constante del imperio estadounidense desde que entró en el Congreso hace varios siglos (cinco décadas).

Los binarios utilizados en el discurso político estadounidense implican una distribución de opiniones políticas que se excluyen mutuamente. Demócratas frente a republicanos es uno de esos binarios. Izquierda frente a derecha es otro. Racista frente a antirracista es otro. Fascista frente a antifascista es otro. Analíticamente, se trata de imponer divisiones teóricas a la sociedad estadounidense, no de «informar» sobre ellas. Se supone que describen las motivaciones ideológicas que nos llevan a actuar. Pero, ¿dónde dejan estos binarios los motivos económicos, los límites de lo que «nosotros» sabemos y el punto en el que existimos en la historia?

Para ir tomando tierra, la distinción práctica en el siglo XX fue entre movimientos políticos definidos en términos de fronteras nacionales, no de creencias individuales. Esto dejaba a la competencia imperial -la apropiación de recursos globales para abastecer la floreciente industrialización- como la fuente de la competencia nacional. Como ahora, se tenía la sensación de que la primera nación que controlara los insumos industriales globales controlaría el mundo. La industrialización era el camino hacia la dominación mundial a través de la producción militar. Se creó el círculo lógico: la producción militar es necesaria para alimentar el imperialismo porque el imperialismo es necesario para alimentar la producción militar.

Pero esta formulación es incompleta. Las guerras basadas en la competencia nacional terminan cuando una nación o grupo de naciones capitula ante una potencia extranjera. Las guerras basadas en la competencia ideológica sólo terminan cuando se acaba con una ideología (nunca). Esta incongruencia condujo a la práctica de la Guerra Fría en EE. UU. del autoritarismo antiautoritario, de utilizar las técnicas del autoritarismo para aplastar el autoritarismo en el extranjero, sólo que hecho «en casa». Pero, por supuesto, el uso de técnicas autoritarias es, por definición, autoritarismo. Lo mismo ocurre en el presente cuando los políticos utilizan la propaganda y la censura para aplastar opiniones que consideran políticamente inconvenientes.

La política estadounidense se ha basado durante mucho tiempo en la idea de que esta colaboración de clases a través de los «intereses nacionales» se antepone a las divisiones de clase creadas por la explotación capitalista. Jeff Bezos y Bill Gates pueden haber hecho «sus» fortunas a través de contratos federales, explotación laboral y privilegios legales negados a otros, pero cuando EE. UU. atacó Iraq en 2003, «nosotros» estábamos unidos por ser estadounidenses, dice la lógica. No importa la frase de Orwell: «Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros». A través del TLCAN, el Estado estadounidense ayudó a Bezos y Gates a reducir los salarios de «sus» trabajadores.

Hacer a unas pocas personas obscenamente ricas, y luego mantener esa riqueza, ha tenido prioridad sobre proporcionar a los trabajadores un salario digno durante la mayor parte de la historia de Estados Unidos. Desde la esclavitud hasta Joe Biden, que suprimió una huelga ferroviaria tras incumplir su promesa de aumentar el salario mínimo, la «perspectiva» estadounidense ha sido siempre la lista de deseos de los oligarcas. Sin embargo, es falso que este sesgo cuente con el consentimiento de los gobernados. Parafraseando al escritor político Thomas Frank, «todas las guerras culturales de la historia reciente han sido guerras de clases furtivas». Si las clases política y oligárquica vivieran en el mismo país que el resto de nosotros, lo sabrían. Pero las divisiones de clase definen la experiencia «estadounidense». Una clase diferente significa una experiencia diferente.

El discurso público en Estados Unidos durante los últimos años ha sido el de un sistema político relativamente estable que descansa sobre unas relaciones económicas cambiantes. Esta estabilidad quedó demostrada a los ojos de los liberales urbanos cuando Joe Biden ganó las elecciones presidenciales de 2020 tras la agitación fabricada de los años de Trump. Lo que ha faltado en este análisis hasta la fecha ha sido el impacto de las cambiantes relaciones económicas en la estabilidad del sistema político. El paso del New Deal al neoliberalismo en la década de 1970 no solo afectó a las relaciones económicas. Sustituyó la lógica de lo público por el apoyo público a la producción económica «privada».

Aspectos a destacar:

  • El gasto sanitario, tanto por persona como en porcentaje del PIB, sigue siendo mucho más alto en EE. UU. que en otros países con altos ingresos. Sin embargo, EE. UU. es el único país que no tiene cobertura sanitaria universal.
  • EE. UU. tiene la esperanza de vida más baja al nacer, las tasas más altas de mortalidad en enfermedades tratables o evitables, la tasa más alta de mortalidad materna e infantil y las tasas más altas de suicidios.
  • EE. UU. tiene la tasa más alta de personas con enfermedades crónicas múltiples y una tasa de obesidad que casi duplica la media de la OCDE.
  • Los estadounidenses consultan menos a un medico que las personas de una mayoría de países y tienen la tasa más baja de médicos en ejercicio y camas de hospital por cada 1.000 habitantes.
  • Las tasas de pruebas de detención del cáncer de mama y colorrectal y de vacunación contra la gripe en EE.UU. son de las más elevadas, pero la vacunación contra el COVID-19 va a la zaga de muchos países.

Gráfico: Al haber seguido el impacto sanitario de la ACA (Affordable Care Act), Obamacare, desde que se introdujo por primera vez el programa, la información ha pasado de ser especulativa -basada en los beneficios sanitarios imaginados de la expansión de los seguros- a la incredulidad atónita de que cualquier sistema sanitario pueda producir unos resultados tan implacablemente malos. El Commonwealth Fund (arriba) es interesante porque empleó a Liz Fowler, la lobista de seguros sanitarios que redactó la ACA. La evolución de su cobertura ha pasado de la desesperación silenciosa al horror absoluto ante lo poco que el programa ha logrado en realidad. Además, su lógica neoliberal se utiliza ahora para destripar Medicare. Fuente: Commonwealth Fund.

Esta diferencia es fundamental. El New Deal incluía programas para mejorar la tendencia del capitalismo a producir muy pocos puestos de trabajo, bienes públicos insuficientes y a crear poder de mercado para los capitalistas bien conectados. Su concepción del ámbito público se basaba en la tensión social entre los intereses estatales y los «privados». En esta formulación, el Estado equilibraba la provisión de bienes públicos como la defensa nacional, la educación y la sanidad, frente a las tendencias rentistas de los intereses privados.

De un modo conceptualmente análogo a la idea de que la ciencia sirve para analizar todo menos lo que es importante en la vida, los «bienes públicos» que faltan en la producción capitalista plantean la cuestión del propósito de «la economía». Otra forma de decirlo es que, si bien el capitalismo puede producir ocasionalmente lo que algunas personas desean, es incapaz de producir lo que todas las personas necesitan. Irónicamente, el hecho de que el gobierno federal pague a los capitalistas para que produzcan bienes «públicos» los convierte en bienes privados. Sus fracasos en serie como «bienes públicos» lo demuestran (gráfico anterior).

El giro neoliberal acabó con la concepción misma de un ámbito público a través de la provisión privada de todos los bienes y servicios. Dada la fantasía de los economistas de que la producción capitalista es eficiente, se imaginó que la eficiencia productiva local era superior a la producción pública de bienes públicos. En otras palabras, aunque el gobierno ya no pueda producir defensa nacional, educación o sanidad, los beneficios adicionales obtenidos por los productores privados por producirlos podrían en teoría aplicarse a producir más bienes públicos. Pero nunca se hace.

Si esta «economía» le parece una farsa cínica, puede que esté en lo cierto. Los hechos de EE. UU. en 2023 son de contratistas militares privados que establecen la política exterior, un sistema educativo creado para obtener beneficios privados para la formación laboral tipo escuela de comercio, y un sistema de salud que es el peor del mundo «desarrollado». Dada la práctica capitalista estadounidense de jugar a juegos legales como la estafa de patentes cuando hacerlo es más rentable que producir bienes y servicios de calidad, ¿por qué los arquitectos del sistema sanitario y la producción militar de EE. UU. no esperarían el mismo juego de éstos?

Esperanza de vida en EE.UU. frente a los países ricos

Gráfico: Siguiendo con el gráfico anterior de la Commonwealth, la mortalidad infantil y materna, la violencia armada, el suicidio y el impacto sanitario del sistema alimentario industrial, se han acumulado ahora para que los estadounidenses vivan 6,2 años menos que los ciudadanos de las naciones que funcionan. Esto se aproxima a la caída de la esperanza de vida que tuvo lugar durante la disolución de la Unión Soviética. En su momento se consideró una de las mayores tragedias de la historia de la humanidad. Los liberales estadounidenses eligieron a Joe Biden para que le echara otro billón de dólares. Esto es genocidio. Fuente: OCDE; Banco Mundial.

Una vez más, aunque el PIB (Producto Interior Bruto) mide P x Q (P = precio y Q = cantidad), no mide los costes sociales de producción, la calidad de lo que se produce ni la utilidad social (o la falta de ella) que se deriva de ello. En este sentido, «la economía» puede aumentar mientras disminuyen las circunstancias económicas de la mayoría de las personas que viven en ella. Esto ha dado lugar a una serie de afirmaciones de que la disfunción política es el resultado de que la «gente de a pie» es demasiado estúpida para saber lo bien que lo está pasando. Este fue el reproche liberal contra la izquierda estadounidense en las décadas de 1960 y 1970, así como la acusación implícita de la izquierda contra los partidarios de Donald Trump a partir de 2016.

La Gran Recesión no fue una fantasía de los descontentos de la derecha. Desde la década de 1970 en adelante, los oligarcas estadounidenses trabajaron con sus secuaces en la clase política para crear el mundo imaginado por lo que se convirtió en la derecha de Reagan. En 2016, Wall Street había sido desregulado, la sanidad «privada» se había financiado con cargo al erario público y la educación «pública» de origen privado formaba a los niños para sentarse, callar y hacer lo que se les dijera en beneficio de sus futuros empleadores. En otras palabras, existe una base material para el descontento generalizado.

En contraste con las fantasías de los economistas, los arquitectos del New Deal entendían el capitalismo. El New Deal se basaba en el conocimiento de lo que el capitalismo hace bien, y de lo que no hace bien. En cambio, el giro neoliberal se basó en la historia olvidada de la Gran Depresión. En otras palabras, el neoliberalismo fue/es un olvido -intencionado o no- de por qué el capitalismo no produce bienes públicos sin razones socialmente dadas, como los programas federales, para hacerlo. En este sentido, el neoliberalismo es la eliminación de un propósito público para beneficiar a actores privados.

Hace poco hablé con un antiguo analista de una importante y reconocida agencia del gobierno federal que había participado en un proyecto para «racionalizar» el gasto federal en defensa siguiendo líneas neoliberales. Sin embargo, no tenía ni idea de que el proyecto, tal y como estaba concebido, era neoliberal. El objetivo había sido hacer que el gobierno fuera tan «eficiente» como el llamado sector privado. El análisis no tenía en cuenta que el objetivo central del gasto federal en defensa posterior a la Segunda Guerra Mundial había sido emplear a mucha gente en industrias estables con salarios decentes. No se trataba de convertir a los contratistas de defensa en oligarcas a costa del erario público.

En aquella época, el beneficio para el empleo del gasto federal en defensa era bien conocido. Ninguna empresa capitalista tenía un interés directo en proporcionar defensa nacional, por lo que la teoría decía que «nosotros», es decir, el pueblo, debíamos financiarla colectivamente. Como consecuencia, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, el imperialismo estadounidense -desde las tonterías comerciales de Krugman hasta el armamento de Ucrania para luchar contra Rusia- se ha financiado con dinero público. Además, los estadounidenses fueron empleados para producir las municiones y el material utilizados para destruir Corea, Vietnam, Laos, Camboya, Nicaragua, El Salvador, Iraq, Afganistán, Libia, Siria, Yemen, etc.

Algunos lectores recordarán que fue la incursión del capital riesgo en el gasto de defensa nacional lo que llevó al expresidente estadounidense George H.W. Bush a reunirse con la familia Bin Laden en Washington DC el 11 de septiembre de 2001. La compra y el control de la infraestructura de defensa nacional por parte del capital privado cambió la lógica del MIC, que pasó de la producción casi pública de bienes públicos a la producción privada de bienes nominalmente públicos por parte de empresas que buscan rentas. El aspecto laboral de la producción pública de bienes públicos se descartó en favor de los beneficios privados.

Ahora, la pregunta del billón de dólares: dado que EE. UU. gasta más cada año en su ejército que las diez naciones siguientes juntas (gráfico anterior), ¿por qué se ha quedado sin armas y material para suministrar a Ucrania en su guerra por poderes (la de EE. UU.) con Rusia? Para que quede claro, no se sugiere aquí que hacerlo sea un objetivo loable o una buena política pública. Pero, aun así, si Rusia puede financiar su ejército a ocho céntimos por dólar en relación con Estados Unidos y aun así desplegar un ejército en Ucrania, ¿por qué Estados Unidos, teniendo en cuenta sus gastos militares, no está cargado hasta los topes de armas y material para vender a Ucrania?

El sector sanitario estadounidense se enfrenta a una cuestión similar. Estados Unidos gasta mucho más por persona en sanidad que otros países «ricos» y, sin embargo, tiene los peores resultados sanitarios de todos ellos (gráfico anterior). Si excluimos las primas y las opciones sobre acciones, la «industria» sanitaria cuenta con los trabajadores mejor pagados de Estados Unidos, que obtienen los peores resultados del mundo desarrollado. Al igual que la industria de defensa, los capitalistas han dado la vuelta a la finalidad pública del sistema sanitario. El objetivo ahora es extraer el máximo de pagos públicos mientras se proporciona un mínimo de bienes y servicios a cambio.

Con respecto a ambas «industrias», los liberales estadounidenses siguen confundiendo los pagos públicos a intereses privados con un fin público. No existe tal confusión cuando el gobierno federal compra bolígrafos y papel para escribir. El objetivo está claro: apoyar los beneficios privados mediante la contratación de empresas privadas para producir bolígrafos y papel. El gobierno federal podría crear una institución federal para producirlos. O podría pagar más a los contratistas «privados», como ha sido habitual en los contratos federales de coste incrementado, para que paguen salarios más altos a los trabajadores. Pero esto iría en contra de la lógica neoliberal de racionalización económica.

Siendo estadounidense, con un Internet ahora abiertamente «gestionado» por el FBI y la CIA, la historia real es cada vez más difícil de encontrar a menos que sepas de antemano dónde buscarla. En este sentido, el clásico materialista de Daniel Guerin de 1939 «Fascism and Big Business» proporciona descripciones detalladas de los motores económicos del ascenso del fascismo europeo. Para salvar el suspense, estos detalles recuerdan inquietantemente a los EE. UU. de las últimas décadas. No, no se trata de retomar la fantasía liberal de que Trump = Hitler. La historia es más interesante que eso. El vínculo entre entonces y ahora puede encontrarse en las exigencias del capitalismo, que Guerin detalla.

A medida que crece la voluntad de los liberales estadounidenses de subvertir las «libertades» que supuestamente distinguen a Estados Unidos de los Estados autoritarios, crece con ella la ironía de la Guerra Fría del autoritarismo antiautoritario. Como se ilustra a través de la respuesta pública a las mentiras oficiales relacionadas con el ahora infame ordenador portátil de Hunter Biden, la censura emprendida «en interés público» iba precisamente más dirigida a socavar la integridad de las elecciones de 2020 en beneficio de los demócratas. Al hacerlo, se demostró que el propósito declarado de la propaganda estatal y la censura era una mentira. El propósito revelado ha sido silenciar a los oponentes políticos, no proteger al público.

Despojado de su parafernalia ideológica y organizativa, el fascismo no es más que una solución final a la lucha de clases, la sumersión totalista y la explotación de las fuerzas democráticas en beneficio y provecho de los círculos financieros superiores. – Michael Parenti

La prensa urbana burguesa ha transmitido la sensación de que se ha restaurado la «normalidad» en Estados Unidos con la elección de Joe Biden en 2020, a pesar de que Biden ha sido sistemáticamente menos popular entre el pueblo estadounidense que el implacablemente demonizado Donald Trump. Con las recientes revelaciones de que la CIA y el FBI interfirieron activamente en las elecciones de 2020 en nombre de los demócratas presentando la falsa acusación de que el ordenador de Hunter Biden contenía «desinformación rusa», ¿qué normalidad se ha restaurado: que la CIA dirige la política estadounidense?

La pregunta no es retórica. Hay una respuesta. Desde el Comité Judicial de la Cámara en abril de 2023:

El exsubdirector de la CIA Michael Morrell testificó ante los Comités Judicial y de Inteligencia de la Cámara de Representantes y reveló que (el ahora actual secretario de Estado de Biden, Antony) Blinken fue «el impulsor» de la declaración pública firmada en octubre de 2020 que insinuaba que el portátil perteneciente a Hunter Biden era desinformación.  A = insertado por Urie para mayor claridad.

El Sr. Blinken actuaba como director de campaña de Joe Biden cuando «inspiró» al exdirector de la CIA Morrell para que calificara públicamente el contenido del ordenador portátil de Hunter Biden de «desinformación rusa». También consiguió que cincuenta de sus colegas espías hicieran lo mismo. Y, para que no lo olviden, la declaración pública emitida por Morrell y sus compañeros defraudadores electorales fue revisada por la actual CIA y recibió luz verde para su difusión. Pregunta: ¿por qué no se ha detenido a estas personas por interferir en las elecciones y llevar a cabo operaciones sucias en el país?

Sean cuales sean tus lealtades políticas, hacer que la CIA mienta públicamente para elevar las posibilidades de Joe Biden de ser elegido es tan antidemocrático -sucio, manipulador, deshonesto y corrupto- como cualquiera de las acusaciones que se han hecho sobre las tendencias «fascistas» de otros políticos y partidos. Combatir el fascismo con fascismo deja el fascismo como único resultado posible. Por lo tanto, resulta irónico que el «fascismo liberal» y el «fascismo de izquierdas» hayan entrado en el léxico para denotar la represión política emprendida para contrarrestar la represión política.

La idea central de Dan Guerin (arriba) es que las grandes empresas -las corporaciones multinacionales y Wall Street- son el principal defensor del fascismo, del mismo modo que lo son del imperialismo. Fueron los dirigentes de las grandes empresas industriales de EE. UU. los que apoyaron desde lejos el ascenso del fascismo europeo. El único intento de golpe fascista en EE. UU., el «complot empresarial» de 1933, fue llevado a cabo por Wall Street en colaboración con los principales industriales. Si los conspiradores no hubieran elegido al general equivocado para liderar el golpe -el tábano socialista Smedley Butler-, bien podría haber tenido éxito.

¿Por qué los industriales y financieros estadounidenses podrían favorecer el fascismo en el presente? Bueno, la provisión «privada» de necesidades como la sanidad, la educación y la defensa colectiva, no va tan bien para los «consumidores» de estos productos. ¿Por qué tanta prisa por censurar Internet? Un consorcio bipartidista de serpientes humanas, lagartos y verrugas anales (disculpas a serpientes y lagartos) ha «mediado» en el suministro de bienes públicos de muy baja calidad y les resultaría muy incómodo que el público asociara sus nombres a sus productos políticos. De hecho, los bienes son de tan baja calidad que la generosidad liberal se parece mucho al saqueo.

Entre los mayores contribuyentes a la campaña de Barack Obama en 2008 estaban Wall Street y las aseguradoras sanitarias. “Nosotros» obtuvimos rescates sin consecuencias para Wall Street y cuatro millones de «muertes excesivas» de un sistema sanitario que ha empeorado desde que se implantó la ACA. Las aseguradoras de salud también estuvieron entre los mayores contribuyentes a la campaña presidencial de Joe Biden en 2020, y él redobló la apuesta por el Obamacare inyectándole otro billón de dólares. ¿Dónde está la rendición de cuentas que requiere que cada madre de Nueva Jersey orine en un frasco (se someta a una prueba de drogas) para obtener 15 dólares al mes en asistencia alimentaria?

Una vez más, la respuesta a la pregunta está implícita en el fracaso generalizado de los contratistas «privados» a la hora de producir bienes públicos funcionales. En el primer caso, estos productores están obteniendo beneficios y primas tal y como están las cosas, así que ¿por qué deberían cambiar de táctica? En el segundo, el «proceso» de supervisión federal presenta a futuros empleados negociando con empleados actuales de corporaciones de «puertas giratorias». ¿Qué incentivo tienen para agitar la olla? En tercer lugar, no hay ningún partido político no corrupto en Estados Unidos que pueda competir con los dos partidos notoriamente corruptos del presente. Con el voto como único modo «legítimo» de cambiar la política, ¿qué otra opción hay?

Mi conocido regulador antes mencionado es un demócrata liberal dedicado. Su opinión sobre el proyecto económico neoliberal en el que estaban inmersos («racionalizar» el gasto en defensa en términos favorables al capital) es que era «liberal» porque incluía gasto público. De hecho, la misma afirmación podría hacerse cuando la Italia fascista y la Alemania fascista prepararon el gasto de guerra en previsión de la Segunda Guerra Mundial. Aunque no discuto que este gasto pudiera considerarse «liberal», pocos liberales estadounidenses que se tomaran el tiempo de reflexionar sobre ello estarían probablemente de acuerdo.

El libro de Daniel Guerin «Fascism and Big Business» (enlace anterior) debería ser de lectura obligatoria en las escuelas públicas de Estados Unidos. El hecho de que no lo sea sugiere por qué las escuelas concertadas con ánimo de lucro son tan mala idea. ¿Cuál es el incentivo para que los capitalistas comprometidos arriesguen sus beneficios enseñando una teoría política que amenaza sus intereses comerciales? ¿Se ha encendido la bombilla? El «capitalismo» no es más neutral ideológicamente que cualquier otro sistema económico. Que los liberales estadounidenses no puedan diferenciar entre sus creencias y la lógica fascista del siglo XX debería ser revelador.

Foto de portada: Kayle Kaupanger.

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