Miguel Urbán, Éric Toussaint y Paul Murphy, CounterPunch.org, 6 junio 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández



Miguel Urbán, diputado al Parlamento Europeo, es miembro de Anticapitalistas. Éric Toussaint es miembro fundador de la red internacional CADTM (Comité para la eliminación de las deudas ilegítimas). Paul Murphy es miembro del Parlamento irlandés e integrante de People Before Profit.
Estas semanas presencian el final del mandato para una legislatura europea ineficaz que sirvió durante la peor pandemia de este siglo, durante la invasión de Ucrania por Vladimir Putin, y con ella, el estallido de una guerra en suelo europeo que evoca los peores recuerdos de las guerras mundiales del siglo pasado. Y mientras asistimos al genocidio televisado del pueblo palestino, parece que el sistema internacional de gobernanza liberal se derrumba como un castillo de naipes.
Es poco probable que la próxima legislatura mejore el continente y el mundo, más bien, al contrario, acelerará los procesos más dañinos: el auge de la extrema derecha, la remilitarización, el retorno de la austeridad, el racismo, la xenofobia, el neocolonialismo y un desorden global marcado por los conflictos interimperialistas.
Los inicios de la última legislatura no parecían presagiar este contexto. De hecho, comenzó con una «histórica» declaración de emergencia climática [1] por parte del Parlamento Europeo, que exigió a la Comisión Europea que alineara todas sus propuestas con el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5ºC. Para ello será necesario reducir las emisiones al menos un 55% de aquí a 2030, con el fin de alcanzar la llamada neutralidad de carbono en 2050. Así nace la justificación política y democrática del Pacto Verde Europeo. Sin embargo, es fundamental recordar que esta proclamación no habría sido posible sin las masivas movilizaciones por la justicia climática lideradas por la juventud en varios países europeos, y en otros lugares, en los meses previos a las elecciones europeas de 2019.
Sobre todo, desde la crisis de 2008, la falta de un proyecto político europeo más allá de la búsqueda del máximo beneficio para las empresas privadas, la constitucionalización del neoliberalismo y el establecimiento de un modelo de autoridad burocrática inmune a la voluntad popular han erosionado el apoyo popular a la UE, amenazando su legitimidad e incluso su integridad. En este sentido, el Pacto Verde Europeo parecía justificarse por la urgencia de infundir una legitimidad política y social renovada al proyecto europeo neoliberal pintándolo de verde.
Sin embargo, el relativo paréntesis posausteridad durante la pandemia de la covid no se ha traducido en un alejamiento de las políticas neoliberales de la UE. Ante la emergencia sanitaria y los efectos de la pandemia, la UE ha sido incapaz de desarrollar una respuesta sanitaria común más allá de un centro de compra de vacunas -mientras negaba vacunas a los pobres del mundo porque los líderes alemanes, noruegos, suizos y británicos no renunciaban a los derechos de Propiedad Intelectual cuando se lo pidieron más de 100 países a partir de 2020/22-. La UE no ha aprovechado la situación para reforzar los sistemas sanitarios de los Estados miembros ni para crear una empresa farmacéutica pública europea que haga frente a posibles epidemias futuras.
Mientras tanto, en el frente económico, los principales gobiernos, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo han aumentado la deuda pública, en lugar de financiar gran parte del desembolso financiero con ingresos fiscales que deberían haber procedido de los beneficios inesperados de las grandes farmacéuticas, los gigantes tecnológicos (GAFAM) y los bancos, que fueron los principales beneficiarios de las políticas económicas expansivas durante la crisis. Una vez más, hemos sido testigos de cómo la UE se ha convertido en un proyecto millonario a costa de millones de pobres.
Y, en este sentido, la pandemia fue el preludio de la reevaluación de las políticas que iban a acompañar a la declaración de emergencia climática adoptada por el Parlamento. Sirvió de catalizador para una (nueva) gigantesca transferencia de dinero público al sector privado, utilizándose los fondos de estímulo para apoyar los intereses de las grandes empresas.
Mientras tanto, los astutos políticos propagaban la idea eurorreformista de que es factible seguir una política de no austeridad sin rechazar definitivamente los tratados europeos y los principios fundamentales que han regido la economía europea durante las tres décadas anteriores. Sin embargo, esto no representaba más que una ilusión óptica de «otra salida de la crisis» que, en la práctica, ha profundizado excesivamente la especialización productiva de cada país dentro de la UE y, en el proceso, ha solidificado las relaciones jerárquicas entre los países capitalistas centrales en torno a Alemania, Francia, los países del Benelux y los países periféricos.
Sin embargo, si la gestión de la pandemia sirvió de tapadera para la posterior «doctrina del shock», la invasión de Ucrania por Putin se ha convertido en el pretexto perfecto tanto para la austeridad en toda regla como para la remilitarización de Europa. La UE no sólo se está armando con costoso armamento para hablar el «lenguaje duro del poder» en un mundo acosado por conflictos cada vez más intensos por los escasos recursos.
Además, también se está amplificando la agenda capitalista europea más agresiva bajo el disfraz de la guerra. Todo vale cuando estamos en guerra. Una excelente ilustración es lo rápido y fácil que se tiró por la ventana el maquillaje verde de la UE cuando, en 2022, la «taxonomía» de la Comisión Europea incluyó el gas metano y la energía nuclear como energías supuestamente «verdes» bajo el pretexto de romper la dependencia energética de Rusia.
Igual de dudosa es la política de poner las responsabilidades europeas de reducción de carbono y metano en manos de los mercados financieros -el Régimen Comunitario de Comercio de Derechos de Emisión- cuya comprensión de la amenaza de incendio planetario es tan frívola que inmediatamente después de la invasión de Putin, el precio cobrado por emitir una tonelada equivalente de CO2 se desplomó un 30% y luego, entre febrero de 2023 y 2024, el precio se desplomó a la mitad.
Las políticas medioambientales aprobadas a mediados de la legislatura incluían también la estrategia «de la granja a la mesa» [2], uno de los pilares del Pacto Verde Europeo, que prometía triplicar la superficie dedicada a la agricultura ecológica, reducir a la mitad los pesticidas y disminuir en un 20% los fertilizantes químicos para 2030. Pero esto también se convirtió en otra víctima de la guerra en Ucrania. Todo vale cuando hay guerra.
Del mismo modo, la Comisión Europea ha declarado que permitirá el uso de zonas de «interés ecológico» y tierras retiradas para aumentar la producción agrícola europea. De nuevo, el argumento es que la seguridad alimentaria debe tener prioridad sobre el avance de la agricultura ecológica. De nuevo se utiliza la guerra como justificación.
A falta de amenazas militares tradicionales que justifiquen el aumento del gasto en defensa, la política de seguridad de las fronteras exteriores de la UE se ha convertido en una mina de oro para la industria europea de defensa [3]. Son las mismas empresas militares y de seguridad que se benefician de la venta de armas a Oriente Medio y África, alimentando los conflictos que obligan a tantas personas a huir a Europa en busca de refugio. Estas mismas empresas suministran después a los guardias fronterizos el equipo necesario, la tecnología de vigilancia de las fronteras y la infraestructura tecnológica para seguir los movimientos de la población. Ha surgido un lejano «negocio de la xenofobia», en palabras de la investigadora francesa Claire Rodier[4], que, dada su opacidad y sus oscuros márgenes, depende cada vez más de las partidas presupuestarias de la UE disfrazadas de ayuda al desarrollo o de «fomento de la buena vecindad». De hecho, podría decirse que lo más parecido a un ejército europeo hasta la fecha ha sido Frontex, la agencia encargada de administrar el sistema de vigilancia de las fronteras exteriores de Europa como si de un frente militar se tratara.
Esta dinámica es, como sostiene Tomasz Konicz, inseparable del imperialismo en crisis del siglo XXI, que ya no es sólo un fenómeno de saqueo de recursos, sino que también se esfuerza por encerrar herméticamente los focos de humanidad superflua que el sistema produce en su agonía. Así, la protección de los últimos islotes relativos de bienestar es central en las estrategias imperialistas, reforzando las medidas de seguridad y control que alimentan el creciente autoritarismo [5].
El endurecimiento de las leyes migratorias de la UE en las últimas décadas es un ejemplo paradigmático, que culminará con la ratificación del Pacto Europeo sobre Migración y Asilo en abril de 2024. Este autoritarismo de la escasez está en perfecta sintonía con otro proceso brutal: la reducción del bienestar económico que, tras décadas de políticas neoliberales, crea a su vez miseria para amplios sectores de la población. Este sentido de la escasez está en el corazón de la xenofobia del chovinismo del bienestar, que encaja perfectamente con el auge de un autoritarismo neoliberal cuyo lema es, en esencia, «¡cada uno para sí mismo!», en la guerra de los últimos contra los penúltimos.
A las imaginarias invasiones bárbaras [6] de la Fortaleza Europa y su deriva autoritaria, se suma ahora el peligro del nuevo imperialismo ruso. Nada cohesiona y legitima más que un enemigo extranjero, cuando se trata de construir el proyecto neomilitarista europeo, que en realidad no consiste en defender a Ucrania, sino en apoyar el neoliberalismo autoritario de los dirigentes europeos. El nuevo mantra de Bruselas es que «Europa está hoy más unida que nunca», una frase repetida para alejar los fantasmas de las crisis recientes y demostrar al mundo exterior que Europa tiene ahora un objetivo político común.
La remilitarización de Europa es una aspiración que las élites europeas han ocultado durante mucho tiempo tras eufemismos como la «brújula estratégica» [7] o la búsqueda de una mayor autonomía estratégica para la UE. Hasta ahora, parecía haber demasiados escollos para alcanzarla. La propia presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se preguntaba retóricamente en su discurso sobre el estado de la Unión de 2021 por qué no se había avanzado hasta ahora en defensa común: «¿Qué nos ha impedido avanzar hasta ahora? No es la falta de recursos, sino la falta de voluntad política».
Es precisamente esa voluntad política la que parece primar sobre todo lo demás desde la invasión de Ucrania. Esa guerra se ha convertido en el pretexto perfecto para acelerar la agenda de las élites neoliberales europeas, que ya no ven en la remilitarización de la UE un mero salvavidas para impedir la invasión. Este es, ahora más abiertamente, el nuevo proyecto estratégico para la integración europea que complementa el constitucionalismo de mercado que ha prevalecido hasta ahora. Una Europa de mercados y «seguridad».
Así, la policrisis global -que está minando aún más el peso geoeconómico y geopolítico de la UE- está provocando nuevos saltos adelante en su integración financiera y, a su vez, militar, en nombre de la competitividad y como respuesta a la invasión de Ucrania. Pocas semanas después de la invasión de Ucrania, Von der Leyen declaró ante el Parlamento Europeo que la UE estaba más unida que nunca y que se había avanzado más en materia de seguridad y defensa común «en seis días que en las dos últimas décadas», refiriéndose a la liberación de 500 millones de euros en fondos comunitarios para equipamiento militar de Ucrania.
No se puede negar que las élites europeas están utilizando la guerra en Ucrania para acelerar la agenda del neoliberalismo, incluida una alianza financiera y comercial más estrecha entre ellas y, a su vez, una remilitarización de la UE como instrumento útil para su proyecto de una «Europa del poder». La integración militar y de seguridad tiene como objetivo evidente transformar la economía europea para la guerra.
Estamos ante un auténtico cambio de paradigma. El Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, afirma que la UE «debe aprender rápidamente a hablar el lenguaje del poder» y «no sólo confiar en el poder blando como solíamos hacer» [8]. Teniendo esto en cuenta, en marzo de 2022, los Estados miembros aprobaron la famosa Brújula Estratégica, un plan de acción para reforzar la política de seguridad y defensa de la UE de aquí a 2030. Aunque la elaboración de la Brújula Estratégica llevó dos años, su contenido se adaptó rápidamente al nuevo contexto abierto por la invasión rusa de Ucrania: «El entorno de seguridad más hostil nos exige dar un salto cualitativo y aumentar nuestra capacidad y voluntad de actuar, reforzar nuestra resiliencia y garantizar la solidaridad y la asistencia mutua». La nueva estrategia prevé que la defensa europea ya no se base en el mantenimiento de la paz, sino en la seguridad nacional-europea y en la protección de «rutas comerciales clave». En otras palabras, el objetivo es proteger los intereses europeos garantizando la «autonomía estratégica» de la UE.
El interés de las élites europeas por hablar el lenguaje duro del poder está íntimamente ligado al extractivismo neocolonial y «verde» de la UE, que pretende asegurar el suministro de materias primas escasas fundamentales para la economía europea y su llamada transición verde, en un contexto de crecientes luchas entre viejos y nuevos imperios. Como dice Mario Draghi: «En un mundo en el que nuestros rivales controlan muchos de los recursos que necesitamos, una agenda de este tipo tiene que combinarse con un plan para asegurar nuestra cadena de suministro, desde los minerales críticos hasta las baterías y la infraestructura de recarga [9]» La remilitarización de Europa es sólo el paso necesario para poder hablar el duro lenguaje del poder que asegura las materias primas y los recursos que necesitan las empresas europeas.
La Brújula Estratégica afirma repetidamente que «la guerra de agresión de Rusia constituye un cambio tectónico en la historia europea» al que la UE debe responder. ¿Y cuál es la principal recomendación de esta brújula estratégica? Aumentar el gasto militar y la coordinación. Precisamente en un contexto en el que los presupuestos militares de los Estados miembros de la UE son más de cuatro veces superiores a los de Rusia, y el gasto militar europeo se ha triplicado desde 2007 [10]. Este aumento del gasto en defensa se confirmó en el Consejo Europeo de Versalles de marzo de 2022, cuando los Estados miembros acordaron invertir el 2% de su PIB en defensa [11]. Se trata de la mayor inversión en defensa en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Por la misma razón, en la cumbre, el presidente del Consejo, Charles Michel, declaró sin rodeos que la invasión rusa de Ucrania y la respuesta presupuestaria de la UE habían «confirmado el nacimiento de la defensa europea».
Hace apenas dos meses, la Comisión Europea presentó la primera Estrategia Industrial de Defensa [12], un ambicioso conjunto de nuevas acciones para apoyar la competitividad y la preparación de la industria de defensa en toda la Unión. El objetivo principal es mejorar las capacidades de defensa de la Unión fomentando la integración de las industrias de los Estados miembros y reduciendo la dependencia de la adquisición de armamento fuera del continente. En resumen, se trata de preparar a la industria europea para la guerra. Como dijo la Sra. Von der Leyen en la sesión plenaria del Parlamento Europeo, aunque «la amenaza de guerra puede no ser inminente, pero no es imposible», por lo que «Europa tiene que despertar» [13].
Aunque la Brújula Estratégica aumenta la autonomía estratégica europea, el documento admite «lo esencial que es la OTAN para la defensa colectiva de sus miembros». Desde la disolución del Pacto de Varsovia y la caída del Muro de Berlín, la OTAN se ha esforzado por redefinirse y adaptarse a un nuevo entorno geopolítico en el que el vínculo transatlántico parecía superado. El propio presidente francés, Emmanuel Macron, sostenía en 2019 que la ausencia de liderazgo estadounidense estaba provocando una «muerte cerebral» de la Alianza Atlántica y que Europa tenía que empezar a actuar como potencia estratégica global. Hoy, cuando los soldados rusos han invadido Ucrania y Moscú amenaza tácitamente con usar armas nucleares, la OTAN está experimentando un resurgimiento, una vuelta a la razón de ser y un nuevo sentido de su propósito existencial.
De hecho, el propio Macron ha dejado la puerta abierta al envío de tropas terrestres de la OTAN para luchar en Ucrania: «Haremos todo lo posible para evitar que Rusia gane esta guerra» [14]. Además de suministrar a Kiev «misiles y bombas de largo alcance», algo que no se había hecho anteriormente por temor a una escalada del conflicto, Joe Biden y sus socios europeos han autorizado recientemente el uso de sus equipos militares contra objetivos en territorio ruso en un intento de mitigar la ofensiva de Moscú contra Járkov. A medida que pasan los meses, todas las líneas rojas y salvaguardas de Estados Unidos y la Unión Europea se diluyen, acercándonos progresivamente a un enfrentamiento armado con soldados de la OTAN en suelo ucraniano, que podría desembocar en una Tercera Guerra Mundial con escenarios completamente desconocidos y peligrosos.
La invasión de Ucrania por Putin no sólo ha permitido que la opinión pública europea se aglutine en torno a un fuerte sentimiento de inseguridad ante las amenazas exteriores; en respuesta al llamamiento de la UE al rearme, la ministra de Defensa española, Margarita Robles, afirmó que la sociedad «no es consciente» de la «amenaza total y absoluta» de guerra, legitimando el mayor incremento del gasto militar desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, también ha permitido que la OTAN y el imperialismo estadounidense erosionen cualquier atisbo de independencia política de la UE al tiempo que restablecen la legitimidad y la unidad perdidas hace tiempo, especialmente tras la fallida ocupación de Afganistán.
Si la invasión de Ucrania por Putin se convirtió rápidamente en una hoja de parra para ocultar las inseguridades y el dolor derivados de la fragmentación social neoliberal -aumentando exponencialmente los presupuestos de defensa y promoviendo una integración europea basada en la remilitarización-, también el apoyo al Estado de Israel en su castigo genocida y colectivo del pueblo palestino funciona ahora como un acelerador de la deriva militarista y belicista de la UE.
Los dirigentes más poderosos de la UE no sólo aprueban la política de crímenes de guerra del Estado sionista contra la población civil de Gaza, alegando un inexistente «derecho a la defensa» por parte de una potencia ocupante. También reprimen e intentan prohibir cualquier voz interna que se oponga al apoyo incondicional de la UE a la ocupación israelí de Palestina y al genocidio de los gazatíes. La deriva macartista tiene un verdadero objetivo: no simplemente eliminar la solidaridad con la causa palestina, sino disciplinar a la población europea en torno a los intereses geoestratégicos de sus élites, a saber, la remilitarización de Europa en torno a la guerra de Ucrania y el apoyo incondicional a Israel.
Tal vez el único resultado positivo de todo esto es que por fin podemos enviar al cubo de la basura, todos los llamados «valores europeos» y «mitos fundacionales de la paz» que la máquina de propaganda liberal de la UE sigue machacando.
En este sentido, juega un papel fundamental la construcción de enemigos internos como chivos expiatorios para justificar y apoyar modelos cada vez más represivos y de recortes de las libertades generales, que apuntan especialmente a minorías consideradas peligrosas. Y aquí, una minoría peligrosa es cualquiera que no encaje en el marco identitario de la blancura cristiana europea [15]. Ese marco identitario tiene una flexibilidad limitada, puesto que la pertenencia a la comunidad ya no depende de una cuestión de nacimiento, sino de un compromiso ideológico con los valores que las élites estipulan como auténticamente europeos [16].
Así, un francés no es aquel que ha nacido y se ha criado en Francia, sino aquel que se identifica con una identidad francesa predeterminada. Cualquiera que rechace estos ideales franceses pierde su identidad francesa, independientemente de dónde haya nacido, de lo que lleve inscrito en su pasaporte o de si viste la camiseta de la selección nacional. Hoy en día, la pertenencia a una comunidad nacional está vinculada a una supuesta identidad y se concibe cada vez más en términos etnoculturales e ideológicos.
En este contexto, la extrema derecha marca la agenda, y el llamado centro la cumple, la ejecuta y la normaliza. Y esto no sólo por simple convicción ideológica, sino también por puro interés estratégico: en sociedades capitalistas que experimentan múltiples y crecientes crisis e inestabilidades, reforzar la represión y la securitización se convierte en una forma necesaria de seguro de vida económico. Explorar y explotar los miedos y las inseguridades para construir una ideología de la seguridad da coherencia e identidad al proyecto neoliberal autoritario. Las sociedades se reconstruyen y las tensiones se contienen mediante la exclusión y la expulsión de los sectores más vulnerables o disidentes.
La extrema derecha adquiere una cuota de poder creciente en el seno de la UE, hasta el punto de convertirse en un factor fundamental para determinar las mayorías parlamentarias en la próxima legislatura. De hecho, la burocracia eurócrata de Bruselas, consciente de que necesitará el apoyo de una parte de esta familia política para garantizar la gobernabilidad de la UE, se ha embarcado en una campaña para diferenciar entre la «extrema derecha buena» y la «extrema derecha mala», es decir, entre la extrema derecha que se adhiere sin ambigüedades a la política económica neoliberal, la remilitarización y la subordinación geoestratégica a las élites europeas, y la extrema derecha que aún las cuestiona, aunque de forma cada vez más tímida.
La eurocracia europea planea dar a la extrema derecha un papel específico en el gobierno europeo, enterrando así todos los tabúes y precauciones que las democracias occidentales han tomado contra estos movimientos políticos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Todo esto ocurre en un contexto en el que los tambores de guerra suenan en las cancillerías, acercándonos peligrosamente a una nueva confrontación militar global, con la emergencia climática como telón de fondo y la ineptitud de la gobernanza multilateral y los sistemas jurídicos internacionales que han regido la globalización neoliberal durante las últimas décadas.
Las élites europeas están aprovechando la situación para lanzar una nueva fase del proyecto europeo, con el objetivo de establecer un federalismo oligárquico y tecnocrático. Porque esto es lo que Mario Draghi, ex director general de Goldman Sachs en Europa, propuso abiertamente en su reciente informe encargado por von der Leyen: acelerar la introducción de mecanismos conjuntos de toma de decisiones para las instituciones europeas, promover la unión de los mercados de capitales de la UE y poder actuar en mejores condiciones en la carrera por una competitividad cada vez más intensa con las otras grandes potencias, en declive o en auge, tras el fin de la feliz globalización.
Este peligroso cóctel promete nuevos conflictos, una recomposición de los actores, una ampliación del campo de batalla y, sobre todo, una aceleración de los conflictos interimperialistas. Más allá de las evaluaciones de las tácticas militares, lo que está fuera de toda duda es que los ganadores hasta ahora de la invasión rusa de Ucrania son: El propio imperialismo ruso, que consiguió anexionarse y ocupar parte de los territorios ricos en recursos que Putin codiciaba desde hace tiempo; la OTAN, que ha pasado de un estado de «muerte cerebral» a la agenda geopolítica más agresiva de su historia; el viejo deseo de las élites europeas de utilizar el militarismo como mecanismo de integración; y las corporaciones que fabrican la muerte, que nunca habían obtenido tantos beneficios [17]. Y los principales perdedores, como siempre, son los ciudadanos, en este caso el pueblo ucraniano que sin embargo sigue resistiendo la invasión y que merece nuestro apoyo, al igual que los activistas rusos que luchan contra la guerra de Putin.
Mientras el Parlamento Europeo comenzaba la legislatura 2019 declarando la emergencia climática, terminaba haciendo sonar los tambores de guerra en las cancillerías europeas, promoviendo una remilitarización incompatible con cualquier proceso de transición ecosocial. Parece que en la próxima legislatura volverán las recetas de austeridad, pero esta vez bajo la camisa de fuerza de un presupuesto de defensa expansivo que garantizará la remilitarización de Europa y la reconversión de la industria armamentística europea. Por lo tanto, es más necesario que nunca trabajar para construir un amplio movimiento antimilitarista transnacional que desafíe el plan de las élites para una combinación de austeridad, represión interna y remilitarización de Europa, cogobernada por el centro profundo y la ola reaccionaria de partidos de extrema derecha.
Para ello, es imprescindible cuestionar el concepto de seguridad basado en el gasto en armamento, defensa e infraestructuras militares. Como alternativa, hay que proponer un modelo de seguridad antimilitarista que garantice el acceso a un sistema público de salud funcional, a la educación, al empleo, a la vivienda, a la energía, a un mejor acceso a los servicios sociales que garanticen una vida digna y a una respuesta al cambio climático basada en un horizonte ecosocialista. Como afirma el manifiesto de ReCommons Europa, «las fuerzas de la izquierda política y social que quieran encarnar una fuerza de cambio en Europa, con el objetivo de sentar las bases de una sociedad igualitaria y solidaria, deben adoptar imperativamente políticas antimilitaristas. Esto significa luchar no sólo contra las guerras de las fuerzas imperialistas europeas, sino también contra la venta de armas y el apoyo a los regímenes represivos y belicosos» [18].
La condena de la invasión rusa y la solidaridad con el pueblo ucraniano deben integrar intrínsecamente el rechazo al imperialismo ruso y el rechazo a la remilitarización de la UE y al fortalecimiento de la Alianza Atlántica. En ningún caso nuestro apoyo al pueblo ucraniano y la lucha contra el imperialismo ruso pueden aparecer subordinados a nuestro propio imperialismo. Debemos evitar la trampa binaria de tener que apoyar a un imperialismo contra otro, aceptando la lógica de la Union Sacrée en los albores de la Primera Guerra Mundial con nuevos créditos de guerra. Como anticapitalistas, nuestra tarea debe ser precisamente romper esta dicotomía y adoptar una postura antimilitarista activa y clara en apoyo de los pueblos ucraniano y ruso, creando nuestro propio campo independientemente de los imperialismos en conflicto y defendiendo: el derecho a la objeción de conciencia y a la deserción activa de todos los soldados y a ser acogidos como refugiados políticos; el impago de la deuda ucraniana; el fin de los dictados neoliberales (e. g. del FMI) que empobrecen a Ucrania; paz sin anexiones; retirada incondicional de las tropas rusas de Ucrania; y garantía del derecho de las personas, sin excepción, a decidir libremente su futuro.
Sin una resistencia exitosa, las élites de la UE seguirán poniendo en peligro el modelo de sociedad durante las próximas décadas. En este mundo en llamas, el conflicto subyacente es entre el capital y la vida, los intereses privados y los bienes comunes, la propiedad y los derechos. Nunca podremos emprender una transición ecológica y social sin luchar contra la enfermedad capitalista del militarismo. Hoy, más que nunca, es imprescindible abrir un nuevo ciclo de movilizaciones capaz de pasar del ámbito nacional al europeo. Necesitamos hacer añicos la ilusión euro-reformista de la UE para forzar un sistema democrático, antineoliberal, antimilitarista, feminista, ecologista-socialista y anticolonial que abra la puerta a un nuevo proyecto de integración europea. Sólo entonces y allí seremos, como insistía Rosa Luxemburgo: socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres.
Notas:
[1] https://www.europarl.europa.eu/news/en/press-room/20191121IPR67110/the-european-parliament-declares-climate-emergency
[2] https://www.consilium.europa.eu/en/policies/from-farm-to-fork/,
[3] Para saber más sobre las políticas europeas de seguridad fronteriza, lease el trabajo del Transnational Institute, Border Wars The arms dealers profiting from Europe’s refugee tragedy.
[4] Claire Rodier, Xénophobie business, Éditions La Découverte,Paris, 2012, https://www.editionsladecouverte.fr/xenophobie_business-9782707174338
[5] Konicz, Thomas (2017). Ideologías de la crisis (Crisis ideologies). Madrid: Enclave de libros
[6] Los romanos utilizaban este término para describir a los pueblos que vivían fuera de sus fronteras.
[7] https://www.consilium.europa.eu/en/infographics/strategic-compass/
[8] Several Outlets – Europe Must Learn Quickly to Speak the Language of Power
[9] https://geopolitique.eu/en/2024/04/16/radical-change-is-what-is-needed/
[10] http://centredelas.org/wp-content/uploads/2021/07/A-militarised-Union-2.pdf
[11] https://www.consilium.europa.eu/media/54773/20220311-versailles-declaration-en.pdf
[12] First ever defence industrial strategy and a new defence industry programme to enhance Europe’s readiness and security [Primera estrategia industrial de defensa y un nuevo programa de industria de defensa para mejorar la preparación y la seguridad de Europa].
[13] Speech by President von der Leyen at the European Parliament Plenary on strengthening European defence in a volatile geopolitical landscape [Discurso de la presidenta von der Leyen en el pleno del Parlamento Europeo sobre el fortalecimiento de la defensa europea en un panorama geopolítico volátil].
[14] Macron says ‘nothing ruled out,’ including using Western troops, to stop Russia winning Ukraine war [Macron dice que “no se descarta nada”, incluido el uso de tropas occidentales, para evitar que Rusia gane la guerra en Ucrania].
[15] Hans Kundnani, Eurowhiteness, Culture, Empire and Race in the European Project, C Hurst & Co Publishers Ltd, London, 2023.
[16] Daniel Bensaïd, Fragments mécréants: sur les mythes identitaires et la république imaginaire, Lignes, Essais, 2005; reprinted in 2018.
[17] Por poner un ejemplo del lucrativo negocio de la guerra en Ucrania para las empresas armamentísticas europeas. Entre ellos se encuentra la multinacional alemana Rheinmetall, fabricante del tanque Leopard, cuyo valor de mercado se ha más que cuadruplicado desde la guerra en Ucrania, mientras que ha visto un fuerte aumento de los pedidos de los gobiernos occidentales que buscan reponer sus existencias después de suministrar a Kiev grandes cantidades de armas.
[18] ReCommonsEurope: Manifesto for a New Popular Internationalism in Europe, 2019, https://www.cadtm.org/ReCommonsEurope-Manifesto-for-a-New-Popular-Internationalism-in-Europe
Imagen de portada de Nathaniel St. Clair