Los sirios hemos volado de la jaula y no debemos volver a perder nuestra libertad

Marwa Al-Sabouni, Middle East Eye, 11 diciembre 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Marwa Al-Sabouni es una galardonada arquitecta, pensadora urbana y conferenciante internacional afincada en Siria. Es autora de dos libros aclamados internacionalmente, The Battle for Home (2016) y Building for Hope (2021), en los que explora cómo pueden reconstruirse las ciudades y los edificios tras un conflicto, una crisis o una depresión financiera. Al-Sabouni es doctora en diseño arquitectónico y arquitectura islámica.

Como un pájaro que acaba de escapar de su jaula, Ahmad se desplaza en su moto, recorriendo todas las pequeñas carreteras de Homs. Las lágrimas de su rostro no son sólo el resultado del viento frío, sino también de la alegría. Porque no sólo se alegra de la caída del régimen autoritario de la familia Asad, sino que también disfruta por fin de un nuevo cambio de aires tras siete años de lo que podría describirse con justicia como arresto domiciliario.

Al igual que cientos de miles de jóvenes sometidos al servicio militar obligatorio, sus movimientos se limitaban a una zona de menos de dos kilómetros cuadrados alrededor de la casa paterna, donde vive, para evitar ser detenido en un control de seguridad y ser absorbido por el «servicio».

Hasta el derrocamiento de Bashar al-Asad, el servicio era uno de los destinos más temidos para un sirio. Bajo Asad, las connotaciones de ese servicio significaban que los jóvenes se enfrentaban a sus propios parientes; si eras soldado, lo más probable era que te ordenaran matar a uno de los tuyos, en cualquier momento en que los superiores decidieran etiquetarlo como enemigo.

Si no era en combate, podían ordenarte cobrar cuotas arbitrarias o confiscar propiedades de forma aleatoria e injusta. La palabra también significaba que se te condenaba sin fin a dejar en suspenso tu vida y tu sustento; podía durar tanto como «se considerara necesario».

También significaba que tu familia tendría que pagar una renta fija a tus superiores en el ejército, en función de los ingresos de tu familia.

Así pues, las familias enviaban todo lo que tenían en virtud de la terrible economía como soborno por los derechos y necesidades esenciales de sus hijos. Los pagos no eran sólo el coste exagerado de esas necesidades, sino también el precio del acceso a esos derechos y necesidades esenciales, determinado por lo codiciosos que fueran los superiores.

Por un buen precio, un recluta podía «comprar» el regreso a su vocación. En el caso de, pongamos, un carpintero, se le permitía volver ocasionalmente a trabajar en su taller, siempre que pagara una renta mensual a su superior, que podía llegar al 80% de sus ingresos.

Como alternativa, los jóvenes como Ahmad pasaban los años de su juventud huyendo, evitando ser capturados, por un precio no menor que la propia vida.

La madre de todas las libertades

De la noche a la mañana, todos esos jóvenes volvieron a ser libres, al igual que el pueblo sirio.

Es una sensación novedosa para la mayoría de los sirios. Casi como «el rey tiene un par de orejas de burro», tanto si decides escuchar a los niños en la calle ensayando nuevos insultos con el nombre de Bashar, como si prestas atención a las transacciones comerciales pronunciando la palabra prohibida «dólar» (los comerciantes solían decir «verde» o «perejil» en las transacciones del mercado negro para evitar los oídos atentos de los servicios de seguridad), percibes lo inquietante de esta nueva libertad.

Vivir bajo regímenes opresivos significa que siempre te están vigilando, escuchando y sentenciando. También significa que la sociedad no tiene margen para crecer, expresarse o regularse adecuadamente.

La madre de todas las libertades pertenece a las personas que ahora están siendo liberadas de las prisiones políticas de Asad, como Sednaya, alias el «matadero», a 30 kilómetros al norte de Damasco.

Según se informa, fue diseñada por el criminal de guerra nazi austriaco Alois Brunner -mano derecha de Adolf Eichmann y comandante del campo de internamiento de Drancy-, que fue a Siria tras la derrota de los nazis y acabó convirtiéndose en asesor del presidente Hafez al-Asad, padre de Bashar, de los baasistas y de la Dirección General de Inteligencia siria.

La prohibitiva arquitectura alemana de la prisión, junto con sus códigos secretos ocultos y puertas invisibles, ha dejado a los equipos que acaban de terminar de extraer a los prisioneros de las plantas subterráneas en una agitada carrera contrarreloj en su intento de llegar hasta los detenidos antes de que mueran por falta de aire o agua.

También se están captando escenas caóticas del saqueo y vandalismo del palacio presidencial, diseñado por el arquitecto japonés Kenzo Tange. Y lo que es más alarmante, también se han producido saqueos y actos vandálicos en instituciones públicas como el centro de inmigración, el ministerio de defensa, el banco central y las universidades.

Nada de esto debería sorprender, ya que toda una generación se ha criado en la guerra; no sólo privada de libertad, sino también de crianza y educación.

A disposición

Las hostilidades ya han comenzado, e Israel no ha perdido tiempo en seguir invadiendo el sur de Siria con el pretexto del vacío creado por las fuerzas del ejército sirio que huyen de sus posiciones en la frontera.

También ha continuado con sus ilegítimos ataques aéreos, realizando más de 300 en menos de 48 horas, incluyendo la destrucción del 70-80% de las defensas aéreas, flotas navales y aeropuertos militares de Siria. El pseudoargumento de los israelíes es el mismo viejo pretexto de que «esas armas caerán en manos equivocadas».

Pero no hace falta mucho esfuerzo para ver que Siria en este momento es como ese palacio presidencial vacío: en manos de Israel en el sur, de las fuerzas estadounidenses y sus afiliados en el este, o de Turquía en el norte. Rusia está ya en la costa occidental, por frágil que sea su posición.

No obstante, los sirios se aferran a una «esperanza prudente» (por utilizar la terminología del enviado de la ONU para Siria, Geir Pederson). Su esperanza no carece de fundamento; la política declarada de HTS es «no a la venganza», «Siria para todos los sirios» y «las instituciones estatales son líneas rojas». Esto ha creado una atmósfera de «cauteloso» alivio entre personas de todas las sectas y procedencias.

El hecho de que se haya derramado poca sangre durante el proceso ha logrado que la gente vea esta transición como un paso en la dirección correcta.

Pero debemos tener mucho cuidado, ya que caminamos por la delgada línea que separa la anarquía de la dictadura. A nuestro alrededor hay ejemplos que evitar y ninguno que seguir. Egipto sustituyó la dictadura de Mubarak (tras un breve periodo transitorio de gobierno de los Hermanos Musulmanes elegidos democráticamente) por la dictadura de Abdel Fatah el-Sisi, que ha destruido la economía y mucho más, ahogando al país en deudas y fomentando la fragmentación social entre clases.

Libia y Yemen han desaparecido del radar informativo internacional, ambos ahora territorios divididos y tambaleantes, mientras Iraq y el Líbano luchan contra una interminable fragmentación sectaria y conflictos internos latentes.

Divide y vencerás

En un discurso reciente, funcionarios israelíes hablaron abiertamente de sus deseos de ver una Siria dividida como «solución» para dar cabida a las diferentes minorías. Desde Sykes-Picot en 1916, la división de los pueblos de esta región ha sido siempre el objetivo de las potencias coloniales.

El argumento de «proteger a las minorías» siempre ha sido su pretexto desde los últimos días de los otomanos, olvidando deliberadamente que estas tierras siempre han sido multiculturales y que a las «minorías» se les dispensaban «favores», que no eran más que políticas de divide y vencerás.

Tras los últimos días de los otomanos, que terminaron con la revuelta árabe (facilitada por el famoso Lawrence de Arabia), hubo un sentimiento de regocijo y esperanza similar al actual, con los árabes realmente libres del corrupto sultanato.

Pero sus días de libertad estaban contados. Mientras lo celebraban, franceses y británicos se reunían en Suiza sobre un mapa para dividir y robar sus tierras, derrocar su identidad y crear ocupaciones.

Los llamados Estados independientes, que siguieron a su marcha, nos dejaron esos regímenes autoritarios que no eran más que siervos clientes de las potencias coloniales. Hoy, uno de los últimos regímenes en pie, el más cruel, ha caído finalmente.

Puede que potencias como Israel, Rusia, Irán, Turquía y Estados Unidos sigan reuniéndose alrededor de los mapas, decidiendo el destino de nosotros, los sirios, para que caigamos en la fragmentación y en nuevos conflictos.

Sin embargo, en Siria, la esperanza de la reconstrucción es embriagadora. La gente quiere estar al «servicio», defender y reconstruir porque por fin han probado lo que significa pertenecer.

Es un apego delgado como un hilo de araña; nacido ayer mismo a un lugar que podría ser el nuestro.

Pero si queremos reconstruir un lugar, un país al que pertenecer, una generación sana y consciente, debemos reglamentar y controlar.

Debemos invertir en reconstruir universidades y escuelas, reparar infraestructuras -incluidas nuestras defensas militares- y restaurar el medio ambiente. Debemos recordar que no necesitamos arquitectos extranjeros para que nos construyan prisiones y palacios.

No debemos esperar a la inversión y el crecimiento extranjeros, sino trabajar para recuperar el valor allí donde se perdió, y el orden allí donde se necesita.

Hoy, en esta hora crucial de eufórica celebración y cautelosa esperanza, la pregunta es: ¿se dejará que al polluelo de la libertad que acaba de nacer le crezcan alas y vuele como Ahmad, o será estrujado y aplastado por las fuerzas invasoras y siniestras que nos devuelvan a todos a la jaula?

Foto de portada: Sirios en la ciudad de Trípoli, al norte del Líbano, celebrando la caída de Bashar al-Asad, 9 de diciembre de 2024 (Fathi al-Masri/AFP).

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