Dr. Azmi Bishara, The New Arab, 4 julio 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

El Dr. Azmi Bishara es un intelectual, académico y escritor palestino.
La defensa abierta de la normalización de las relaciones de los países árabes con Israel no requiere audacia, ya que se alimenta de una lectura oportunista de la ofensiva israelí-estadounidense sin restricciones en la región.
Además, las justificaciones que se ofrecen en apoyo de la normalización revelan una ignorancia espantosa o una forma de manipulación psicológica, e incluyen la ilusión de que la normalización con Israel es una poción mágica para resolver todos los problemas internos y externos.
Pero no hay magia en las relaciones internacionales, ni existe un elixir para los problemas sociales y económicos. Estos dependen de políticas económicas y sociales sólidas, de los sistemas de gobernanza, de la estructura de las sociedades y de la cultura de sus élites.
De hecho, la prisa por la normalización no hace más que reforzar la convicción israelí de que los árabes sólo entienden el lenguaje de la fuerza, lo que anima a Israel a redoblar este «lenguaje» y a persistir en su doctrina de dictar órdenes cuando trata con los árabes.
El argumento a favor de la normalización resulta en realidad inútil desde un punto de vista puramente pragmático, incluso si dejamos temporalmente de lado la moralidad. Sin embargo, tal suspensión de la ética es en sí misma una traición a las sociedades, incluso desde un punto de vista pragmático. De hecho, en períodos de rápidos cambios, desarrollo y agitación social, nada es más esencial que la resiliencia de la moralidad pública y los valores compartidos que sustentan la confianza mutua entre las personas y les permiten anticipar las acciones y respuestas de los demás.
El descaro con el que se repiten constantemente los llamamientos a la normalización con Israel en nuestra región forma parte, de hecho, de un esfuerzo por condicionar al público árabe para que acepte la idea -normalizar la normalización- mientras se encuentra en el punto cero, en el tiempo y el espacio, del genocidio en Gaza.
Esto ocurre en un momento en que Palestina se ha convertido en un símbolo de justicia y en un grito de guerra para los jóvenes de todo Occidente que se rebelan contra la complicidad en los crímenes israelíes, como quedó patente en el Festival de Música de Glastonbury, donde las banderas palestinas ondeaban en lo alto sobre cientos de miles de asistentes que coreaban «Palestina libre» y denunciaban sin complejos las prácticas israelíes.
Inundar la zona con una retórica repetitiva sobre la normalización, en un momento en que los crímenes de Israel se retransmiten en directo a todo el mundo, desensibiliza a la gente, embota su instinto moral y pisotea sus valores. Este proceso de adormecimiento tiene consecuencias más amplias, ya que corroe la inmunidad moral de las personas también en otras cuestiones, incluida la opresión en sus propios países.
Esta celebración de la erosión de las restricciones éticas llega justo después del triunfo de Israel sobre lo que llama el «Eje de la Resistencia», una victoria que Benjamin Netanyahu se atribuye con orgullo, ya que ha «derrotado» a Hizbolá y «eliminado» al anterior régimen sirio. Su jactancia no es sólo una campaña retórica para consumo interno, sino también un mensaje a los oponentes árabes del Eje, recordándoles que es Israel -y no Estados Unidos, la alianza árabe o los sueños de democratización de los árabes que apoyaron el cambio de régimen en sus países- quien protege y lidera la región.
Pero la justicia de la causa palestina no está ligada a los regímenes que la han utilizado, junto con el conflicto con Israel, para su conveniencia política. No debe olvidarse que estos regímenes utilizaron su postura sobre el conflicto con Israel como fuente de legitimidad, aprovechando el sentido de la justicia de los pueblos árabes y la centralidad de Palestina. Pero la justicia de la causa palestina es anterior a esos usos políticos y es precisamente lo que hizo que esa explotación política fuera eficaz desde el principio.
Cuando algunos críticos de esos regímenes -enfatizo «algunos»- sugieren que su colapso brinda la oportunidad de descartar la causa palestina, revelan que nunca creyeron verdaderamente en su justicia o que su oposición a esos regímenes no se basaba en principios.
Cualquiera que se opusiera al régimen de Asad por oprimir a su propio pueblo, y no por otros motivos como el sectarismo, debería oponerse a todas las formas de opresión, incluida la opresión colonial. Quienes acusaron al régimen de Asad de entregar el Golán no pueden, tras su caída, trivializar la anexión del Golán por parte de Israel y el reconocimiento de Trump, a menos que hubieran sabido siempre que el régimen nunca lo «entregó» en realidad y utilizaran simplemente la acusación para difamar a nivel político.
Después de todo, un régimen puede ser tiránico y oponerse al mismo tiempo a Israel, y la tiranía es una acusación suficientemente grave; no es necesario añadir cargos adicionales de colaboración con Israel para condenarlo. Pero para algunos -de nuevo, sólo algunos de los que promueven la normalización- la cuestión nunca fue la tiranía en sí misma, como lo ha sido para el pueblo sirio, sino la identidad del tirano. Tampoco se trataba de la ocupación del Golán o de la pérdida de territorio sirio, sino de otras preocupaciones. Estas mismas voces muestran poca preocupación por las violaciones de los derechos humanos, haciéndose eco del propio Trump, quien declaró abiertamente que no le interesaban los derechos humanos y acogía con satisfacción a los regímenes que cumplían sus órdenes, independientemente de cómo trataran a su pueblo.
Estaba claro que Israel atacaría Irán tras sus devastadores golpes contra Hizbolá y la resistencia palestina en Gaza, en particular Hamás, logrados a costa de una verdadera guerra de exterminio contra el pueblo palestino. La cuestión era sólo una cuestión de tiempo. La administración estadounidense dictó el momento del ataque, tras haber intentado coaccionar a Irán sin llegar a la guerra.
De hecho, el narcisismo de Trump le obliga a decir lo que le place, esperando que el mero hecho de pronunciar sus palabras moldee la realidad. Por su parte, Netanyahu trabajó incansablemente desde principios de este año para adelantar el ataque, ansioso por golpear después de que se pacificara la principal fuerza disuasoria de Irán: los aliados de este país que rodean a Israel. Sabía que la ardiente retórica iraní sobre borrar a Israel del mapa no sólo era ineficaz y vacía, como de costumbre, sino también beneficiosa: le ayudaba a hacerse pasar por víctima a nivel internacional y a presentar su agresión premeditada como defensiva.
Entonces estalló la guerra. Estados Unidos se unió, tal y como había planeado Israel.
El ataque golpeó a Irán, un país que supuestamente estaba en alerta máxima y preparado precisamente para tal escenario durante las últimas cuatro décadas. Sin embargo, quedaron al descubierto la fragilidad de su seguridad interna y el alcance de la penetración israelí, lo que constituye una historia compleja en sí misma. A pesar de la profunda infiltración y la enorme superioridad tecnológica de Israel -especialmente su avanzada fuerza aérea, armada con lo último en armamento impulsado por inteligencia artificial-, el régimen iraní no cayó, ni el Estado se derrumbó.
Israel no es ni la fuerza todopoderosa que proclaman los defensores de la normalización, ni la entidad frágil y quebradiza «más débil que la seda de araña» que describen los propagandistas que han abusado e ideologizado tanto las palabras «victoria» y «derrota» que las han vaciado de significado y las han vuelto inutilizables en un discurso racional.
Irán se enfrenta ahora a graves dilemas internos y externos, y todas sus opciones son inciertas: la reconstrucción, que requiere el levantamiento de las sanciones; continuar con su programa nuclear desafiando las exigencias de Estados Unidos e Israel; forjar lazos más profundos con China y Rusia como posible alternativa al alivio económico occidental (¿es eso realista?); tomar medidas drásticas a nivel nacional en respuesta a las violaciones de la seguridad; o suavizar la represión y comprometerse con una población iraní sometida a una presión cada vez mayor.
Los movimientos de resistencia se enfrentan también a dilemas que sabían que existían, pero que durante mucho tiempo han negado, especialmente desde el 7 de octubre, en su comprensión de Israel, su sociedad y el mundo árabe. Ahora no tienen más remedio que enfrentarse a ellos, aunque los detalles son demasiado extensos para analizarlos aquí.
Algunos de los que ahora reclaman enérgicamente la normalización con Israel parecen aceptar la narrativa de que Palestina es exclusivamente la causa de Irán y del Eje de la Resistencia, tal y como afirman Irán, Israel y los think tanks proisraelíes de Washington con puertas giratorias hacia el Departamento de Estado y la Casa Blanca de Estados Unidos. Estas voces afirman que ha llegado el momento de que más Estados árabes se sumen a los llamados Acuerdos de Abraham, alabados por Trump como «magníficos» y «hermosos». En su opinión, la guerra en Gaza no ha frenado, sino acelerado el proyecto de Abraham, porque la fuerza funciona, y hay regímenes árabes dispuestos a recompensar a Israel por las masacres en Gaza y las innumerables atrocidades, crímenes de guerra y horrores.
Huelga decir que esta no es la opinión de los palestinos cuya tierra está ocupada, ni de sus hermanos jordanos y libaneses que temen lo que les depara el futuro a sus propios países, ni de los patriotas sirios cuya tierra sigue bajo ocupación israelí. Tampoco es la opinión de los ciudadanos árabes -ya sean del Levante o del Magreb- que se resienten de la marginación del mundo árabe, la división de su región entre potencias regionales no árabes y la sumisión de su país y sus gobernantes a un Estado que ve a toda la región como una amenaza, no confía en nadie que no sea su agente y sólo cree en la fuerza bruta, en que la fuerza es lo que da la razón. Israel ha ofrecido innumerables ejemplos de su visión racista del mundo y su desdén por los árabes.
El palestino de Cisjordania, que apoya plenamente a sus hermanos de Gaza a pesar de estar en desacuerdo con la operación de Hamás del 7 de octubre, sabe que la expansión de los asentamientos en Cisjordania se está acelerando a un ritmo alarmante. Sabe que la anexión es inevitable, alimentada por la arrogancia israelí, la complicidad total de Estados Unidos y los llamamientos a la normalización que sólo animan a Israel a cometer más crímenes.
Por otro lado, los árabes no palestinos que rechazan la normalización con Israel no están haciendo un acto de caridad hacia otro pueblo, ni expresando necesariamente un nacionalismo panárabe (aunque eso no es en sí mismo censurable), sino que hay una dimensión patriótica en esta postura. En Siria, por ejemplo, oponerse a la normalización es una postura puramente nacional que tiene que ver con la unidad del pueblo sirio y la integridad territorial de su tierra. Sin eso, Siria no tiene futuro. Estos son requisitos fundamentales para cualquier estabilidad o recuperación económica.
Dejando a un lado la democracia por un momento, ¿cómo se puede siquiera empezar a construir un Estado sirio moderno sin una nacionalidad siria basada en la igualdad de ciudadanía y que trascienda las divisiones políticas sectarias? Esta nacionalidad se ve reforzada por la identidad árabe de la mayoría y el reconocimiento de la identidad nacional kurda, con plena igualdad y ciudadanía compartida. Y en el centro de todo ello está el sentido de pertenencia a Siria y la defensa de su soberanía y sus fronteras, incluidos los Altos del Golán ocupados por Israel.
Renunciar a esto no es una cuestión marginal. Significaría el colapso de la nación siria y daría prioridad al sectarismo y al regionalismo sobre la pertenencia nacional, precisamente los males que obstaculizan la construcción del Estado en Siria, Iraq y el
Líbano (aunque es dudoso que alguien ceda abiertamente el Golán, de ahí la búsqueda de alternativas que no requieran tal rendición).
Un Estado sirio moderno no puede construirse sobre la base de lealtades sectarias que prevalezcan sobre la identidad nacional y la ciudadanía igualitaria. La crisis de la construcción del Estado moderno y la amenaza que suponen para él el sectarismo político y todas las formas de tribalismo se encuentran en el centro de la tragedia del Oriente árabe, especialmente en el arco que forman Iraq, Siria y el Líbano, que en su día fueron la esperanza de un renacimiento oriental y ahora se ven asolados por facciones sectarias transnacionales que erosionan el Estado desde dentro y desde fuera.
Cualquiera que crea que el conflicto con Israel es el obstáculo para el crecimiento económico sólo tiene que reflexionar sobre la otra parte en ese conflicto: un país que ha vivido en estado de guerra incluso después de firmar la paz con dos Estados árabes y disfrutar de una calma sostenida a lo largo de la frontera con Siria. De hecho, la economía de Israel prospera a pesar de sus guerras. Mantiene las instituciones estatales y la democracia, al menos para los judíos. Los agentes enemigos están prácticamente ausentes de su aparato estatal debido a un consenso en materia de seguridad nacional. Sí, hay conflictos internos interminables e intereses contrapuestos, pero ninguno de ellos prevalece sobre la seguridad nacional.
Algunos explican esto citando el apoyo de Estados Unidos y las alianzas occidentales. Sin duda, Israel no puede sobrevivir a ninguna guerra más de unas pocas semanas sin el respaldo estadounidense. El patrocinio occidental es un pilar fundamental de su fortaleza. Pero la base del éxito israelí es su resolución de la cuestión de la construcción del Estado: el establecimiento de instituciones modernas con un consenso más fuerte que las divisiones sectarias o ideológicas. Sobre esa base, la ayuda exterior se vuelve eficaz. Sin ella, el dinero por sí solo no ayuda a nadie, como demuestran muchos ejemplos árabes.
Y si este contraste no es suficiente, pensemos en Egipto, que firmó la paz con Israel hace mucho tiempo. ¿En qué medida ha contribuido esa paz a resolver sus problemas o a reducir la brecha tecnológica entre este país e Israel? Israel, aunque hipermilitarizado y en constante guerra, crece y prospera. Egipto, que no ha luchado desde 1973 y se aferra a su tratado de paz a pesar de las masacres que se cometen justo al otro lado de su frontera, y que podría haber detenido, se encuentra cada vez más rezagado.
Esto no es un llamamiento a la guerra, ya que la guerra es una catástrofe para todos. Más bien, es un cuestionamiento de la supuesta «panacea» de la normalización. No se espera que los Estados árabes entren en guerra según un calendario dictado por la resistencia palestina o cualquier otra persona. Tampoco se espera que entren en guerra en absoluto. Pero se espera que rechacen la hegemonía israelí y eviten la aniquilación de los palestinos. Hay muchos medios para hacerlo.
La guerra contra el pueblo palestino -y contra los pueblos de la región- lleva en marcha desde 1948. El llamamiento a la normalización con Israel no es un llamamiento a una paz justa, del tipo que han aceptado los pueblos de la región, incluidos los palestinos. De hecho, es un llamamiento a aliarse con Israel como beligerante en una guerra en curso, en ausencia de una paz justa.
Todos deben comprender que lo último que necesitan las sociedades árabes es el colapso de las normas y valores morales que rigen la interacción humana en una sociedad civilizada. La construcción de una nación basada en la ciudadanía (sin abandonar la identidad árabe de la mayoría), la creación de instituciones modernas, la lucha contra todas las formas de sectarismo, el desmantelamiento de las milicias y las mentalidades facciosas que tratan con desprecio a las comunidades nacionales y violan el Estado de derecho: todo ello fomenta la estabilidad, el crecimiento económico, el respeto mundial, la inversión y el compromiso con otras naciones.
Pero esto requiere mantener la soberanía sobre los territorios ocupados por Israel. Requiere mantener la fe en las causas justas. Requiere distinguir entre el Estado y la nación, por un lado, y la autoridad política y el gobierno cambiantes, por otro. De hecho, los fundamentos de un Estado y sus principios nacionales no deben cambiar con los gobiernos. No hay Estado sin autoridad. Pero sin esta distinción entre una autoridad cambiante y un Estado con raíces profundas, no se puede construir un Estado moderno.
Foto de portada: Marcha nacional en apoyo a los palestinos y en contra de la normalización de las relaciones de Marruecos con Israel, en la capital Rabat, el 6 de abril de 2025. [GETTY]