La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha eclipsado la crisis en Sudán

Osama Abuzaid, Middle East Eye, 18 abril 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Osama Abuzaid es investigador de cuestiones de desarrollo y gobernanza con sede en Jartum. Actualmente, está afiliado al CEDEJ como investigador asociado y coordinador del programa de ayuda para proyectos de base y seguridad humana (GGP). Ha impartido clases sobre gestión del desarrollo y cuestiones relacionadas con la gobernanza en la Universidad de Ciencias Médicas y Tecnología (UMST) y ha participado en diversos proyectos de agencias de la ONU y ONG.

Tras seis semanas de escalada de la violencia en la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, Pakistán negoció a principios de abril un frágil alto el fuego de dos semanas, y el pasado fin de semana se celebraron conversaciones de paz en Islamabad.

Pero con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, afirmando que Tel Aviv tiene el «dedo en el gatillo» para reanudar la guerra en cualquier momento, y el presidente estadounidense, Donald Trump, advirtiendo de consecuencias devastadoras si fracasan las negociaciones, la región sigue en vilo.

No hay un guion definido para este conflicto, que se está desarrollando en tiempo real como un enfrentamiento impredecible con repercusiones estratégicas en todo el suroeste de Asia y el norte de África —incluido Sudán, donde la guerra civil en curso ya ha devastado las instituciones estatales, desplazado a millones de personas y destrozado las frágiles esperanzas de paz interna—.

Entender por qué este conflicto lejano es importante para Sudán no es intuitivo, sino esencial. Desde la distracción diplomática hasta las alianzas regionales cambiantes y las crisis económicas, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán está redefiniendo los incentivos y las limitaciones que habían moldeado el proceso político de Sudán y sus perspectivas de paz.

El frágil proceso de paz de Sudán nunca ha estado aislado de la influencia externa. Durante los últimos dos años, las presiones diplomáticas de Estados Unidos, los Estados del Golfo, las potencias europeas y los enviados de la ONU han sido fundamentales para mantener vivas las conversaciones para el alto el fuego y conservar, al menos, la apariencia de negociaciones entre las partes beligerantes sudanesas.

Pero el estallido de los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán, junto con la contundente represalia de Teherán, significa que el margen de maniobra estratégico de Washington es cada vez más limitado. Las principales capitales están redirigiendo su atención diplomática hacia la prevención de la escalada regional, la gestión de las alianzas militares y la desescalada de los intercambios transfronterizos de misiles.

Cuando las grandes potencias se ven absorbidas por crisis más inmediatas, la atención hacia otros conflictos decae y la influencia se atrofia.

Las negociaciones de paz en Sudán dependen de esa influencia: la presión de las sanciones, los incentivos para la retirada de tropas y la amenaza de aislamiento diplomático. Una atención estadounidense desviada reduce el coste del incumplimiento para las partes beligerantes de Sudán. Cuando la atención mundial se fragmenta, los actores del conflicto suelen endurecer su postura en lugar de transigir.

Reajustes regionales

En 2011, por ejemplo, cuando la atención mundial se centró en las revueltas árabes de El Cairo y Túnez, la atención diplomática sobre Darfur se desvaneció temporalmente y la violencia resurgió con fuerza. La negligencia de las grandes potencias permitió que los conflictos locales se agravaran y que los esfuerzos de mediación internacional se estancaran.

La lección es clara: los conflictos periféricos se vuelven más, y no menos, volátiles cuando la atención mundial está puesta en otra parte.

Sudán se enfrenta hoy al mismo riesgo. A medida que los responsables políticos estadounidenses se centran en la gestión de las crisis regionales, la presión sobre las facciones beligerantes de Sudán disminuye. Ese retraso no sólo frena el proceso de paz, sino que también modifica los incentivos para la negociación sobre el terreno.

La geografía estratégica de Sudán lo expone a otra forma de vulnerabilidad. Su litoral en el mar Rojo y el control sobre el puerto de Sudán lo sitúan en uno de los puntos de estrangulamiento marítimos más importantes del mundo. Hasta un 15% del comercio mundial transita por el corredor del canal de Suez, una ruta cuya estabilidad es crucial para los mercados mundiales del petróleo y las cadenas de suministro. Cualquier interrupción en esta zona tiene repercusiones en todo el mundo.

Tras el fracaso de las negociaciones entre EE. UU. e Irán para poner fin a la guerra, crece la preocupación por la seguridad marítima y energética, ya que los Estados del Golfo siguen estando directamente en la línea de fuego. Cuando las grandes potencias dan prioridad a la seguridad a lo largo de rutas marítimas críticas, su cálculo de compromisos cambia.

Sudán podría así dejar de ser un conflicto en la sombra y convertirse en un activo estratégico —o en un lastre—. Los actores externos que antes financiaban iniciativas de paz o proyectos de reconstrucción podrían centrarse ahora en garantizar que Port Sudan permanezca abierto, seguro y al margen de la influencia de sus rivales.

Este cambio de enfoque tendría consecuencias reales para la política interna de Sudán. Si las potencias externas ven a Sudán a través del prisma de la seguridad marítima, sus objetivos políticos pasan de la transición democrática a la estabilidad transaccional. Los actores de la sociedad civil y los defensores de la paz podrían verse marginados en favor de intereses geopolíticos estrechos.

Mientras tanto, las potencias regionales que se sienten amenazadas por la postura general de Irán podrían reajustar aún más sus alianzas. Los Estados del Golfo, que llevan mucho tiempo involucrados en las alianzas entre facciones sudanesas, podrían o bien intensificar su compromiso militar para contrarrestar a Teherán, o bien retirarse para proteger sus intereses fundamentales más cercanos a casa. En cualquiera de los dos escenarios, se reorientarían los apoyos externos que han contribuido a configurar —y a limitar— la guerra de Sudán.

Esa reorientación no traería la paz por defecto. Traería consigo una competencia por la influencia, lo que alimentaría una mayor fragmentación si las diversas facciones sudanesas se alinearan con patrocinadores externos rivales.

Conmociones económicas

Los conflictos no existen aislados de las fuerzas económicas, y las tensiones regionales actuales ya están provocando volatilidad en los mercados mundiales del petróleo. El aumento de los precios de la energía, las incertidumbres en las cadenas de suministro y las primas de riesgo amenazan con empeorar el entorno económico de Estados frágiles como Sudán.

Las finanzas públicas de Sudán ya iban en caída libre antes de la guerra, y no han hecho más que empeorar desde entonces. La hiperinflación, la escasez de combustible y los precios desbocados de los alimentos agravan ahora la crisis humanitaria. En tales condiciones, las crisis económicas externas —como el aumento de los precios mundiales del petróleo— ejercen aún más presión sobre los hogares sudaneses de a pie y los servicios públicos.

Para los actores del conflicto, el deterioro económico suele reforzar las economías de guerra. El control de los recursos —incluido el combustible de contrabando, las minas de oro, los puestos de control en las rutas comerciales y los puertos— se convierte en una estrategia de supervivencia. En tales entornos, los grupos armados pueden considerar que la prolongación del conflicto es más racional desde el punto de vista económico que llegar a un acuerdo.

Además, el apoyo financiero externo podría disminuir, ya que los socios internacionales se enfrentan a sus propias presiones presupuestarias relacionadas con la gestión de las crisis regionales. Los Estados del Golfo, que se enfrentan a gastos de defensa y primas de riesgo, podrían reducir la financiación destinada a los grupos aliados de Sudán. Los gobiernos occidentales, obsesionados con evitar una conflagración regional más amplia, podrían reasignar la ayuda exterior y los fondos para la consolidación de la paz a otros destinos.

El resultado es un endurecimiento de los incentivos al conflicto. Cuando la supervivencia económica queda ligada al control de disputados recursos, especialmente en ausencia de planes económicos de posguerra creíbles, los actores se muestran reacios a desarmarse o negociar.

El conflicto entre Estados Unidos e Irán es, por lo tanto, algo más que un foco de tensión regional. Supone una grave amenaza para la frágil arquitectura política y de seguridad de Sudán. Una campaña de duración indefinida, planteada por Trump como algo que requiere una atención sostenida —acompañada de contraataques iraníes en todo el Golfo—, reduce la atención mundial sobre otras crisis, reconfigura los incentivos externos y exacerba las presiones económicas que benefician a las economías de guerra frente a la paz.

El futuro de Sudán no se decidirá con misiles sobre Teherán o drones sobre el Golfo. Pero los cambios estratégicos desencadenados por esos enfrentamientos —una menor influencia diplomática, prioridades geopolíticas redefinidas y perturbaciones económicas desestabilizadoras— marcarán el contexto en el que evolucionen el proceso de guerra y paz de Sudán.

Si las páginas de opinión de todo el mundo quieren hacer frente a esta realidad, deben rechazar la falsa distinción entre guerras «primarias» y «secundarias». En el entorno de seguridad interconectado actual, ningún conflicto existe de forma aislada, e ignorar estos vínculos conlleva el riesgo de que la guerra de Sudán se agrave a la sombra de las grandes potencias.

Con motivo de la Tercera Conferencia Internacional sobre Sudán, celebrada esta semana en Berlín, la atención debe ir más allá de la sala de reuniones, teniendo en cuenta cómo el enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán está redefiniendo las perspectivas de Sudán. El conflicto no es sólo un foco de tensión lejano, sino un factor activo de la crisis humanitaria de Sudán.

Foto de portada: Un soldado sudanés transporta cohetes antitanque incautados en una base que había sido utilizada por las Fuerzas de Apoyo Rápido, su grupo rival, en la zona de Salha, en Omdurman, el 26 de mayo de 2025 (Ebrahim Hamid/AFP).

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