«El día después» del «acuerdo» del Líbano en tiempos de genocidio

Ussama Makdisi, Makdisi.substack.com, 28 junio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


El Dr. Ussama Makdisi es catedrático de Historia y titular de la Cátedra del Rector en la Universidad de California en Berkeley. El libro más reciente del profesor Makdisi, Age of Coexistence: The Ecumenical Frame and the Making of the Modern Arab World (La era de la coexistencia: el marco ecuménico y la formación del mundo árabe moderno), fue publicado en 2019 por la University of California Press. Entre sus obras anteriores se encuentra Artillery of Heaven: American Missionaries and the Failed Conversion of the Middle East (Cornell University Press, 2008), que ganó el Premio Albert Hourani 2008 de la Asociación de Estudios sobre Oriente Medio, el Premio John Hope Franklin 2009 de la Asociación de Estudios Americanos y fue uno de los ganadores del Premio del Libro 2009 de la Sociedad de Amistad Británico-Kuwaití, otorgado por la Sociedad Británica de Estudios sobre Oriente Medio.

Hubo un viajero y diplomático orientalista del siglo XIX llamado David Urquhart que dijo sobre el monte Líbano que «Nunca hubo un país por el que Dios hubiera hecho tanto, ni un pueblo que pudiera hacer menos por sí mismo». Tal descripción era injusta y estereotipada. Pero Urquhart escribía justo cuando el Líbano se estaba convirtiendo en un nodo central tanto del imperialismo europeo como del intento otomano de frustrar dicho imperialismo. Uno de los resultados de esta lucha fue el surgimiento de una nueva «cultura del sectarismo» que anticipaba el actual sistema político libanés. Otro resultado fue el grado en que, a partir de entonces, las acciones y aspiraciones locales quedaron implicadas en el gran juego de la geopolítica, para la cual el Líbano era, paradójicamente, un escenario importante a la vez que secundario.

El Líbano sigue siendo un nodo central y, a la vez, un escenario secundario paradójico del imperialismo occidental, esta vez de un proyecto estadounidense-israelí que parece intentar recuperar en el Líbano y a través de él lo que perdió en su infructuosa guerra contra Irán. El «acuerdo marco» aceptado por el Gobierno del Líbano ha sido duramente criticado por muchas personas que realmente han leído su texto, incluida la respetada periodista Helena Cobban, quien señaló: «Adiós a la integridad territorial y la soberanía del Líbano…». El académico iraní Hassan Ahmadian, que aparece habitualmente en Al Jazeera, recordó a sus lectores y espectadores que este acuerdo era similar a los que firmaron los regímenes colaboracionistas de «Saigón» y «Vichy», los cuales, por supuesto, también se autoproclamaban entidades políticas «soberanas». El líder de Hizbolá, Naim Qassem, calificó el «acuerdo» de «humillante, vergonzoso y una renuncia a la soberanía».

Por su parte, tanto el presidente como el primer ministro libaneses elogiaron el «acuerdo» como un paso fundamental para restablecer la «soberanía» libanesa en el sur del país. Benjamin Netanyahu, imputado por la CPI, se regodeó, sin embargo, afirmando que este «acuerdo» era un «gran logro» porque no obliga a Israel a retirarse del Líbano, sino que hace recaer sobre el débil ejército libanés la responsabilidad de desarmar a Hizbolá, mientras que el ejército israelí sigue ocupando el sur del Líbano.

Todo ello, recordemos, en un contexto de implacables ataques israelíes contra la población chií del Líbano durante meses, que han desplazado a cientos de miles de ciudadanos libaneses, han tenido como objetivo notorio a periodistas y personal sanitario y han causado, según el Ministerio de Sanidad libanés, más de 4.200 muertos y más de 12.000 heridos. Los dirigentes israelíes, en cualquier caso, declaran abiertamente que no permitirán que los civiles libaneses desplazados regresen a sus hogares en las zonas ocupadas por Israel. Como señala Trita Parsi, este acuerdo socava, o intenta socavar, el memorando de entendimiento entre EE. UU. e Irán, que estipulaba claramente que debía haber un alto el fuego generalizado en la región, incluido el Líbano.

De hecho, ya existía un «acuerdo» anterior, de mayo de 1983, entre los líderes del (otro más) ejército israelí invasor y lo que por entonces era un gobierno libanés débil y proestadounidense, instaurado tras la invasión israelí del Líbano en 1982. Ese «acuerdo» declaraba el fin del «estado de guerra» entre Israel y el Líbano, aunque los soldados israelíes ocupaban entonces una parte del país mucho mayor que la que ocupa hoy el ejército israelí. Debido a que resultaba tan impopular e ilegítimo a ojos de tantos libaneses, ese «acuerdo» fue anulado tras un levantamiento, en febrero de 1984, de diversas milicias y partidos libaneses contra el Gobierno respaldado por Estados Unidos.

Avancemos cuatro décadas: Llegados a este punto, conviene comprender que Israel ve dos modelos para el Líbano: uno es el modelo de Cisjordania, caracterizado por un «gobierno» al estilo de la Autoridad Palestina, neutralizado y totalmente subordinado a la voluntad israelí, pero financiado por otros para garantizar la «seguridad» en nombre de Israel, como ocurre en la Cisjordania actual, donde los colonos y soldados israelíes aterrorizan habitualmente a los palestinos mientras Israel se anexiona metódicamente cada vez más territorio palestino. El otro modelo es «Gaza», con lo que Israel se refiere a su campaña para arrasar y llevar a cabo una limpieza étnica en el sur del Líbano tras haber perpetrado un genocidio en Gaza. La ironía es que, por muchos libaneses que piensen que su futuro es diferente al de los palestinos, la historia, la geografía, el destino y la geopolítica siempre prevalecen sobre las fantasías antihistóricas del separatismo.

Merece la pena releer hoy el ensayo titulado «The Morning After» que Edward Said publicó en la London Review of Books sobre los Acuerdos de Oslo en 1993. Tras la ceremonia en la Casa Blanca en la que participaron Yasser Arafat e Yitzhak Rabin, presidida por Bill Clinton, Said se mostró mordaz en su valoración:

«Las vulgaridades propias de un desfile de moda de la ceremonia de la Casa Blanca, el espectáculo degradante de Yasser Arafat agradeciendo a todos la suspensión de la mayoría de los derechos de su pueblo y la solemnidad fatua de la actuación de Bill Clinton, como un emperador romano del siglo XX que guía a dos reyes vasallos a través de rituales de reconciliación y reverencia: todo ello sólo oculta temporalmente las proporciones verdaderamente asombrosas de la capitulación palestina».

Frente a quienes aclamaban el «proceso de paz», Said insistió en que «llamemos al acuerdo por su verdadero nombre: un instrumento de rendición palestina, un Versalles palestino». ¿Cuántas personas, incluidos muchos palestinos destacados, creían entonces lo contrario —ya fuera por esperanza desesperada, agotamiento, ingenuidad, amargura, hipocresía o autoengaño?

Foto de portada: El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio (en el centro de la fila de atrás), observa cómo funcionarios israelíes, estadounidenses y libaneses firman un acuerdo marco en Washington, D. C., el 26 de junio de 2026. (Saul Loeb/AFP)

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