Amena ElAshkar, Middle East Eye, 4 septiembre 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Amena ElAshkar está cursando estudios de doctorado en el Instituto de Altos Estudios Internacionales y del Desarrollo de Ginebra, donde se especializa en estudios de seguridad.
Tras la devastación de Gaza, ¿pueden las elecciones tener realmente importancia?
¿O acaso hablar de listas electorales, coaliciones y escaños parlamentarios mientras los palestinos siguen sufriendo las consecuencias de un genocidio pone de manifiesto lo desconectada que está la política palestina de la realidad palestina?
Los palestinos se preparan una vez más para las elecciones legislativas, previstas para el 28 de noviembre, casi 21 años después de las últimas elecciones parlamentarias. Esta perspectiva ha suscitado dos preguntas: ¿Tienen importancia las elecciones en este momento? Y ¿por qué, después de todo lo que han soportado los palestinos, deberían volver a la escena las mismas facciones?
La frustración es comprensible, porque la vida política palestina necesita desesperadamente una renovación. Sus líderes han envejecido, las instituciones se han deteriorado, la rendición de cuentas ha desaparecido casi por completo y toda una generación ha crecido sin participar en unas elecciones nacionales.
Pero crear nuevas facciones no resolverá necesariamente esta crisis. La política palestina ya abarca la mayoría de las principales corrientes de la sociedad: nacionalistas, islamistas, de izquierdas y liberales, junto con independientes y actores de la sociedad civil. Un nuevo nombre no genera una nueva política.
El problema más profundo radica en cómo se toman las decisiones, cómo se renuevan los líderes, cómo se gestionan los desacuerdos, cómo se forjan las alianzas y cómo se exige responsabilidad a las organizaciones políticas. Radica también en si los palestinos pueden convertir sus objetivos en estrategias que resistan a las circunstancias cambiantes.
Sin embargo, precisamente por eso son importantes las elecciones. Si se celebran, tendrán lugar en un momento en el que el futuro político palestino se está rediseñando activamente.
¿Quién gobernará Gaza? ¿Qué pasará con Hamás? ¿Qué papel desempeñará la Autoridad Palestina? ¿Quién representará a los palestinos en futuras negociaciones? Y, lo más importante, ¿quién tendrá la última palabra para responder a estas preguntas?
Estas cuestiones están siendo negociadas ahora mismo por Israel, Estados Unidos, los gobiernos árabes, los organismos internacionales y los propios actores palestinos. Por lo tanto, las elecciones forman parte de una lucha más amplia sobre quién tiene el derecho a configurar la política palestina.
Una lucha más amplia
La lucha palestina contra Israel nunca se ha limitado al campo de batalla.
La lucha armada es una de las manifestaciones de un conflicto más amplio sobre si se permite a los palestinos existir como pueblo político independiente, capaz de decidir quién les representa, de crear instituciones y de determinar las condiciones en las que vivirán.
Israel ha intentado en repetidas ocasiones establecer los límites de la política palestina aceptable. Aunque lleva décadas tratando con la Autoridad Palestina, sigue reivindicando el poder de decidir qué tipo de política palestina puede existir.
Se puede tolerar un liderazgo que administre a los palestinos sin dejar de estar subordinado al control de seguridad israelí. Una fuerza política que traspase esos límites es demonizada como una amenaza para la seguridad que debe ser contenida o eliminada.
Las elecciones, por tanto, no son una representación escenificada para impresionar a los gobiernos occidentales, y los palestinos no necesitan demostrar que son lo suficientemente democráticos o políticamente maduros como para merecer el autogobierno.
La celebración de elecciones es un acto mediante el cual los palestinos insisten en que la cuestión de quién los representa les corresponde, ante todo, a ellos. Lo que está en juego con ese principio quedó claro en 2006.
Las elecciones legislativas de ese año fueron reñidas y, a amplios niveles, se consideró que reflejaban la voluntad de los votantes palestinos: Hamás obtuvo 74 de los 132 escaños y derrotó a Fatah.
Lo que siguió puso de manifiesto los límites del compromiso internacional con la democracia palestina: el Cuarteto de Oriente Medio —Estados Unidos, la UE, la ONU y Rusia— boicoteó al Gobierno liderado por Hamás, mientras que Israel retuvo los ingresos palestinos.
El problema no radicaba en que los palestinos no hubieran votado correctamente, sino que habían elegido al ganador «equivocado». Tenían libertad para elegir, siempre y cuando su elección se mantuviera dentro de los límites establecidos por otros.
Esa experiencia debería hacer que los palestinos desconfíen del argumento de que las elecciones son importantes porque demuestran madurez política ante la comunidad internacional. Ya demostraron esa capacidad hace veinte años.
La cuestión pendiente es si se respetarán sus decisiones cuando den lugar a resultados que no sean del agrado de Israel o de los gobiernos occidentales.
Borrado político
La prueba inmediata de si se respetarán las decisiones palestinas es Hamás. El movimiento ya ha disuelto el comité a través del cual gobernaba Gaza y afirma que tiene intención de presentarse a las elecciones de noviembre. El vicepresidente palestino, Hussein al-Sheikh, insiste en que no puede presentarse bajo su propio nombre.
Los palestinos pueden decidir que la estrategia militar de Hamás fracasó estrepitosamente. Pueden castigarlo por las decisiones que precedieron a la guerra, por las consecuencias de dichas decisiones o por su trayectoria en el poder. Pueden rechazarlo por completo. Pero ese juicio debe corresponder a los palestinos.
Un resultado militar impuesto por Israel no debería convertirse automáticamente en un veredicto político sobre el peso de ningún movimiento palestino dentro de la sociedad palestina.
Si Hamás ha perdido su base electoral, las elecciones pueden demostrarlo. Si Fatah cuenta con el apoyo mayoritario, las elecciones pueden demostrarlo. Si los palestinos quieren líderes independientes, más jóvenes o fuerzas políticas totalmente nuevas, las elecciones les brindan una forma de demostrarlo también.
La alternativa es más peligrosa. Si se impide a Hamás presentarse a las elecciones y se le expulsa de las instituciones palestinas, su pérdida de poder en Gaza puede convertirse silenciosamente en una desaparición política, mientras que Fatah y la Autoridad Palestina se presentan internacionalmente como los únicos actores palestinos restantes a los que se les permite participar en la política.
Los palestinos pasarían entonces de una crisis a otra: de una destructiva división entre facciones a un monopolio restablecido de la representación palestina por parte de una única corriente. Un sistema político no se renueva eliminando a los competidores antes de que los votantes hayan tenido la oportunidad de juzgarlos.
La prueba interna
Convocar unas elecciones no basta por sí sola para que la política palestina sea libre. Los propios líderes palestinos llevan años reduciendo el panorama político, posponiendo las elecciones, vaciando de contenido a las instituciones y reprimiendo a los opositores.
No pueden oponerse a que Israel defina qué política palestina es aceptable mientras reproducen la misma lógica a nivel interno. Por lo tanto, las elecciones deben ser genuinamente competitivas y capaces de permitir que las viejas facciones pierdan, que surjan nuevas fuerzas y que los votantes castiguen a los líderes que les han fallado.
Cuanto más débiles se vuelven las instituciones políticas palestinas, más fácil resulta para otros diseñar la gobernanza palestina desde fuera: decidir qué palestinos son socios aceptables, qué organizaciones pueden participar, quién debe gobernar Gaza y qué reivindicaciones políticas deben abandonarse antes de que se les permita entrar en la sala.
Las elecciones legislativas no liberarán Palestina, no pondrán fin al control de Israel ni repararán décadas de fracasos entre facciones. Pero pueden reabrir un espacio que ha estado peligrosamente ausente: uno en el que sean los propios palestinos quienes determinen el peso relativo de sus fuerzas políticas.
Hay algo profundamente doloroso en debatir sobre leyes electorales, coaliciones y escaños parlamentarios mientras los palestinos de Gaza y de la Cisjordania ocupada siguen luchando por sobrevivir.
Es comprensible que estas cuestiones puedan parecer un lujo, incluso una distracción de una realidad mucho más inmediata.
Pero los palestinos no pueden permitirse el lujo de posponer la política hasta que termine la violencia de Israel. El orden político que sigue a una guerra suele configurarse mientras continúan los combates, y abandonar ese terreno solo permite que otros lo configuren en su lugar.
Preservar la vida política palestina, por muy mundanos que puedan parecer sus mecanismos frente a la enormidad de la destrucción de Gaza, no supone alejarse de la lucha por la supervivencia palestina. Es parte de ella.
Foto de portada: Trabajadoras electorales palestinas comienzan a contar los votos tras el cierre de las urnas en las elecciones municipales de Al-Bireh, en la Cisjordania ocupada, el 25 de abril de 2026. (Zain Jaafar/AFP)