Bienvenidos a un planeta de ciencia-ficción

David Barsamian y Noam Chomsky, TomDispatch.com, 16 junio 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


David Barsamian es el fundador y presentador del programa de radio Alternative Radio y ha publicado libros con Noam Chomsky, Arundhati Roy, Edward Said y Howard Zinn, entre otros. Su último libro con Noam Chomsky es Chronicles of Dissent (Haymarket Books, 2021). Alternative Radio, creado en 1986, es un programa semanal de una hora de duración sobre asuntos públicos que se ofrece gratuitamente en todas las emisoras de radio públicas de Estados Unidos, Canadá y Europa.

Noam Chomsky es profesor (emérito) del Departamento de Lingüística y Filosofía del Instituto Tecnológico de Massachusetts y profesor laureado de lingüística y de la cátedra Agnese Nelms Haury del programa de medio ambiente y justicia social de la Universidad de Arizona. Es autor de numerosos libros políticos de gran éxito de ventas, que han sido traducidos a decenas de idiomas, entre ellos los más recientes Optimism Over Despair, The Precipice y, con Marv Waterstone, Consequences of Capitalism.

David Barsamian: Vamos a entrar en la pesadilla más obvia de este momento: la guerra en Ucrania y sus efectos a nivel mundial. Pero, primero, unos cuantos antecedentes. Empecemos con la promesa del presidente George H.W. Bush al entonces líder soviético Mijaíl Gorbachov de que la OTAN no se movería «ni una pulgada hacia el este», y si esa promesa se ha cumplido. Mi pregunta es, ¿por qué Gorbachov no exigió que se hiciera por escrito?

Noam Chomsky: Aceptó un acuerdo de caballeros, que no es tan raro en la diplomacia. Un apretón de manos. Además, tenerlo por escrito no habría supuesto ninguna diferencia. Los tratados que están en papel se rompen todo el tiempo. Lo que importa es la buena fe. Y, de hecho, H.W. Bush, el primer Bush, sí cumplió el acuerdo explícitamente. Incluso avanzó hacia la instauración de una asociación para la paz que daría cabida a los países de Eurasia. La OTAN no se disolvería, sino que quedaría marginada. Países como Tayikistán, por ejemplo, podrían unirse sin formar parte formalmente de la OTAN. Y Gorbachov lo aprobó. Habría sido un paso hacia la creación de lo que él llamaba un hogar común europeo sin alianzas militares.

Clinton, en sus primeros años, también se adhirió a ese proyecto. Lo que dicen los especialistas es que, hacia 1994, Clinton empezó, como ellos dicen, un doble discurso. A los rusos les decía: Sí, vamos a adherirnos al acuerdo. A la comunidad polaca de Estados Unidos y a otras minorías étnicas les decía: No os preocupéis, os incorporaremos a la OTAN. Hacia 1996-97, Clinton se lo dijo de forma bastante explícita a su amigo el presidente ruso Boris Yeltsin, al que había ayudado a ganar las elecciones de 1996. Le dijo a Yeltsin: No presiones demasiado en este asunto de la OTAN. Vamos a ampliarla porque necesito hacerlo por el voto étnico en Estados Unidos.

En 1997 Clinton invitó a los llamados países de Visegrado -Hungría, Checoslovaquia y Rumanía- a entrar en la OTAN. A los rusos no les gustó, pero no armaron mucho revuelo. Luego se unieron los países bálticos, y de nuevo lo mismo. En 2008 el segundo Bush, que era bastante diferente del primero, invitó a Georgia y Ucrania a entrar en la OTAN. Todos los diplomáticos estadounidenses entendieron muy bien que Georgia y Ucrania eran líneas rojas para Rusia. Tolerarían la expansión en otros lugares, pero estos países están en su corazón geoestratégico y no van a tolerar la expansión allí. Para continuar con la historia, en 2014 se produjo el levantamiento de Maidan, que expulsó al presidente prorruso y Ucrania se acercó a Occidente.

A partir de 2014 Estados Unidos y la OTAN empezaron a verter armas en Ucrania: armas avanzadas, entrenamiento militar, ejercicios militares conjuntos, movimientos para integrar a Ucrania en el mando militar de la OTAN. No hay ningún secreto sobre esto. Fue algo bastante abierto. Recientemente, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, se jactó de ello. Dijo: Esto es lo que estábamos haciendo desde 2014. Por supuesto que era algo muy consciente, altamente provocativo. Sabían que estaban superando lo que todos los líderes rusos consideraban una medida intolerable. Francia y Alemania lo vetaron en 2008, pero bajo la presión de Estados Unidos, se mantuvo en la agenda. Y la OTAN, es decir, Estados Unidos, se movió para acelerar la integración de facto de Ucrania en el mando militar de la OTAN.

En 2019 Volodymyr Zelensky fue elegido con una mayoría abrumadora -creo que alrededor del 70% de los votos- en torno a una plataforma de paz, un plan para implementar la paz con el este de Ucrania y Rusia, para resolver el problema. Empezó a avanzar en ello y, de hecho, intentó ir al Donbás, la región oriental orientada a Rusia, para aplicar lo que se llama el acuerdo de Minsk II. Habría supuesto una especie de federalización de Ucrania con cierto grado de autonomía para el Donbás, que es lo que querían. Algo así como Suiza o Bélgica. Las milicias de derechas le bloquearon y amenazaron con asesinarlo si persistía en su empeño.

Es un hombre valiente. Podría haber seguido adelante si hubiera tenido el respaldo de los Estados Unidos. Los Estados Unidos se negaron. Ningún apoyo, nada, lo que significó que lo dejaron colgado y tuvo que retroceder. Estados Unidos estaba empeñado en esta política de integrar a Ucrania paso a paso en el mando militar de la OTAN. Eso se aceleró aún más cuando el presidente Biden salió elegido. En septiembre de 2021 se podía leer en el sitio web de la Casa Blanca. No se informó claramente, pero, por supuesto, los rusos lo sabían. Biden anunció un programa, una declaración conjunta para acelerar el proceso de entrenamiento militar, ejercicios militares, más armas como parte de lo que su administración llamó un «programa mejorado» de preparación para la adhesión a la OTAN.

Se aceleró aún más en noviembre. Todo esto fue antes de la invasión. El secretario de estado Antony Blinken firmó lo que se llamó una carta, que esencialmente formalizaba y ampliaba este acuerdo. Un portavoz del Departamento de Estado admitió que, antes de la invasión, Estados Unidos se negó a discutir cualquier preocupación sobre la seguridad rusa. Todo esto forma parte de los antecedentes.

El 24 de febrero Putin invadió, una invasión criminal. Esas graves provocaciones no justifican nada. Si Putin hubiera sido un estadista, lo que habría hecho es algo muy diferente. Habría vuelto a hablar con el presidente francés Emmanuel Macron, habría captado sus propuestas tentativas y se habría movido para intentar llegar a un acuerdo con Europa, para dar pasos hacia una casa común europea.

Estados Unidos, por supuesto, siempre se ha opuesto a esto. Y se remonta, en la historia de la Guerra Fría, a las iniciativas del presidente francés De Gaulle para establecer una Europa independiente. En su frase «del Atlántico a los Urales», integrando a Rusia con Occidente, lo que era un acomodo muy natural por razones comerciales y, obviamente, también de seguridad. Así que, si hubiera habido algún estadista dentro del estrecho círculo de Putin, habría captado las iniciativas de Macron y habría experimentado para ver si, de hecho, podían integrarse con Europa y evitar la crisis. En lugar de hacerlo así, lo que eligió fue una política que, desde el punto de vista ruso, fue una total imbecilidad. Aparte de la criminalidad de la invasión, eligió una política que metió a Europa en el bolsillo de Estados Unidos. De hecho, incluso está induciendo a Suecia y Finlandia a unirse a la OTAN, el peor resultado posible desde el punto de vista ruso, aparte de la criminalidad de la invasión, y de las gravísimas pérdidas que Rusia está sufriendo por ello.

Así pues, criminalidad y estupidez por parte del Kremlin, grave provocación por parte de Estados Unidos. Esos son los antecedentes que han llevado a esto. ¿Podemos intentar poner fin a este horror? ¿O debemos intentar perpetuarlo? Esas son las opciones.

Solo hay una manera de ponerle fin. Y es con diplomacia. Ahora, la diplomacia, por definición, significa que ambas partes la aceptan. No les gusta, pero la aceptan como la opción menos mala. Le ofrecería a Putin algún tipo de escotilla de escape. Esa es una posibilidad. La otra es alargar la guerra y ver cuánto va a sufrir todo el mundo, cuántos ucranianos morirán, cuánto sufrirá Rusia, cuántos millones de personas morirán de hambre en Asia y África, cuánto avanzaremos en el calentamiento del medio ambiente hasta el punto de que no habrá posibilidad de una existencia humana habitable. Esas son las opciones. Pues bien, con casi un 100% de unanimidad, Estados Unidos y la mayor parte de Europa quieren elegir la opción de la no-diplomacia. De forma explícita. Tenemos que seguir para hacer daño a Rusia.

Se pueden leer columnas en el New York Times, en el Financial Times de Londres, en toda Europa. Un estribillo común es: tenemos que asegurarnos de que Rusia sufra. No importa lo que le pase a Ucrania o a cualquier otro. Por supuesto, esta apuesta supone que, si Putin es llevado al límite, sin escapatoria, obligado a admitir la derrota, lo aceptará y no utilizará las armas que tiene para devastar Ucrania.

Hay muchas cosas que Rusia no ha hecho. Los analistas occidentales están bastante sorprendidos por ello. En concreto, no han atacado las líneas de suministro desde Polonia que están vertiendo armas en Ucrania. Ciertamente podrían hacerlo. Eso los llevaría muy pronto a una confrontación directa con la OTAN, es decir, con Estados Unidos. Cualquiera que haya observado los juegos de guerra sabe a dónde va a ir: a la escalera de la escalada hacia la guerra nuclear terminal.

Así que esos son los juegos a los que estamos jugando con las vidas de ucranianos, asiáticos y africanos, el futuro de la civilización, con tal de debilitar a Rusia, para asegurarnos de que sufra lo suficiente. Si quieres jugar a ese juego, sé honesto al respecto. Porque no hay ninguna base moral para ello. De hecho, es moralmente horrendo. Y las personas que se jactan de que estamos defendiendo los principios son imbéciles morales cuando se piensa en lo que está en juego.

Barsamian: En los medios de comunicación y entre la clase política de Estados Unidos, y probablemente en Europa, hay mucha indignación moral por la barbarie, los crímenes de guerra y las atrocidades rusas. No cabe duda de que ocurren como en todas las guerras. ¿Pero no le parece que esa indignación moral es un poco selectiva?

Chomsky: La indignación moral es correcta. Debe haber indignación moral. Pero si vas al Sur Global, no pueden creer lo que están viendo. Condenan la guerra, por supuesto. Es un crimen de agresión deplorable. Pero luego miran a Occidente y dicen: ¿De qué estáis hablando? Esto es lo que nos hacéis a nosotros todo el tiempo.

Es un poco sorprendente ver la diferencia en los comentarios. Así, lees el New York Times y su gran pensador, Thomas Friedman. Él escribió una columna hace un par de semanas en la que simplemente levantó las manos con desesperación. Decía: ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos vivir en un mundo que tiene un criminal de guerra? Nunca hemos experimentado esto desde Hitler. Hay un criminal de guerra en Rusia. No sabemos cómo actuar. Nunca habíamos imaginado la idea de que pudiera haber un criminal de guerra en cualquier lugar.

Cuando la gente del Sur Global se entera de esto, no sabe si partirse de risa o ridiculizarlo. Tenemos criminales de guerra paseando por todo Washington. En realidad, sabemos cómo tratar a nuestros criminales de guerra. De hecho, ocurrió en el vigésimo aniversario de la invasión de Afganistán. Recuerden que fue una invasión totalmente no provocada, a la que se opuso fuertemente la opinión mundial. Pues van y le hacen una entrevista al autor, George W. Bush, que luego invadió Iraq, un gran criminal de guerra, en la sección de estilo del Washington Post; una entrevista, así la describieron, con un adorable abuelo bobo que estaba jugando con sus nietos, haciendo bromas, mostrando los retratos que pintó de gente famosa que había conocido. Todo en un ambiente hermoso y amigable.

Así que, sí, resulta que sí sabemos cómo tratar a los criminales de guerra. Thomas Friedman se equivoca. Les tratamos muy bien.

O, tomemos probablemente al mayor criminal de guerra de la época moderna, Henry Kissinger. Lo tratamos no solo con educación, sino con gran admiración. Después de todo, este es el hombre que transmitió la orden a la Fuerza Aérea, diciendo que debería haber un bombardeo masivo de Camboya: «todo lo que vuele sobre todo lo que se mueva» fue su frase. No conozco un ejemplo comparable en los archivos de un llamamiento al genocidio masivo. Y se llevó a cabo con un bombardeo muy intenso de Camboya. No sabemos mucho al respecto porque no investigamos nuestros propios crímenes. Pero Taylor Owen y Ben Kiernan, historiadores serios de Camboya, lo han descrito. También está nuestro papel en el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende en Chile y la instauración de una feroz dictadura allí, y así sucesivamente. Así pues, sabemos cómo tratar a nuestros criminales de guerra.

Sin embargo, Thomas Friedman no puede imaginar que haya algo parecido a Ucrania. Tampoco hubo ningún comentario sobre lo que escribió, lo que significa que se consideró bastante razonable. Apenas se puede utilizar la palabra selectividad. Es más que asombroso. Así que, sí, la indignación moral está perfectamente en su sitio. Es bueno que los estadounidenses empiecen por fin a mostrar cierta indignación por los grandes crímenes de guerra cometidos por otros.

Barsamian: Tengo un pequeño rompecabezas para ti. Está en dos partes. El ejército ruso es inepto e incompetente. Sus soldados tienen una moral muy baja y están mal dirigidos. Su economía está al nivel de la de Italia y España. Esa es una parte. La otra parte es que Rusia es un coloso militar que amenaza con abrumarnos. Por tanto, necesitamos más armas. Ampliemos la OTAN. ¿Cómo concilia usted esos dos pensamientos contradictorios?

Chomsky: Esos dos pensamientos son habituales en todo Occidente. Acabo de tener una larga entrevista en Suecia sobre sus planes de entrar en la OTAN. Señalé que los dirigentes suecos tienen dos ideas contradictorias, las dos que usted ha mencionado. Una, regodearse en el hecho de que Rusia ha demostrado ser un tigre de papel que no puede conquistar ciudades a un par de kilómetros de su frontera defendidas por un ejército mayoritariamente de ciudadanos. O sea, que son completamente incompetentes militarmente. El otro pensamiento es: están preparados para conquistar Occidente y destruirnos.

George Orwell tenía un nombre para eso. Lo llamó doble pensamiento, la capacidad de tener dos ideas contradictorias en tu mente y creer en ambas. Orwell pensó erróneamente que era algo que solo se podía tener en el Estado ultratotalitario que satirizaba en 1984. Se equivocó. Se puede tener en las sociedades democráticas libres. Estamos viendo un ejemplo dramático de ello ahora mismo. Por cierto, no es la primera vez.

Ese doble pensamiento es, por ejemplo, característico del pensamiento de la Guerra Fría. Hay que remontarse al principal documento de la Guerra Fría de aquellos años, el NSC-68 de 1950. Mírenlo con atención porque mostraba que solo Europa, aparte de Estados Unidos, estaba militarmente a la altura de Rusia. Pero, por supuesto, todavía teníamos que tener un enorme programa de rearme para contrarrestar el diseño del Kremlin para la conquista del mundo.

Todo un documento, y era un enfoque consciente. Dean Acheson, uno de los autores, dijo más tarde que es necesario ser «más claro que la verdad», esa fue su frase, para aporrear la mente de las masas del gobierno. Queremos que se apruebe este enorme presupuesto militar, así que tenemos que ser «más claros que la verdad» inventando un Estado esclavista que está a punto de conquistar el mundo. Este tipo de pensamiento se extiende a lo largo de la Guerra Fría. Podría darte muchos otros ejemplos, pero lo estamos viendo de nuevo ahora de forma bastante dramática. Y la forma en que lo plantea es exactamente correcta: estas dos ideas están consumiendo a Occidente.

Barsamian: También es interesante que el diplomático George Kennan previera el peligro de que la OTAN desplazara sus fronteras hacia el este en un artículo de opinión muy premonitorio que escribió y que apareció en The New York Times en 1997.

Chomsky: Kennan también se había opuesto al NSC-68. De hecho, había sido el director del personal de planificación política del Departamento de Estado. Fue expulsado y sustituido por Paul Nitze. Se le consideró demasiado blando para un mundo tan duro. Era un halcón, radicalmente anticomunista, bastante brutal con respecto a las posiciones de Estados Unidos, pero se dio cuenta de que la confrontación militar con Rusia no tenía sentido.

Pensaba que Rusia acabaría derrumbándose por sus contradicciones internas, lo que resultó ser correcto. Pero se le consideró una paloma en todo momento. En 1952 estaba a favor de la unificación de Alemania fuera de la alianza militar de la OTAN. En realidad, esa era también la propuesta del gobernante soviético Iósif Stalin. Kennan fue embajador en la Unión Soviética y especialista en Rusia.

La iniciativa de Stalin. La propuesta de Kennan.  Algunos europeos la apoyaron. Habría puesto fin a la Guerra Fría. Habría significado una Alemania neutralizada, no militarizada y sin formar parte de ningún bloque militar. Fue casi totalmente ignorada en Washington.

Hubo un especialista en política exterior, uno muy respetado, James Warburg, que escribió un libro sobre ello. Vale la pena leerlo. Se titula Germany: Key to Peace. En él instaba a que se tomara en serio esta idea. Fue despreciado, ignorado, ridiculizado. Lo mencioné un par de veces y también fui ridiculizado como lunático. ¿Cómo se puede creer a Stalin? Bueno, los archivos salieron a la luz. Resulta que, al parecer, hablaba en serio. Ahora lees a los principales historiadores de la Guerra Fría, gente como Melvin Leffler, y reconocen que hubo una oportunidad real de llegar a un acuerdo pacífico en ese momento, que se desestimó en favor de la militarización, de una enorme expansión del presupuesto militar.

Ahora, vayamos a la administración Kennedy. Cuando John Kennedy llegó a la presidencia, Nikita Khrushchev, que dirigía Rusia en ese momento, hizo una oferta muy importante para llevar a cabo reducciones mutuas a gran escala de las armas militares ofensivas, lo que habría supuesto una fuerte relajación de las tensiones. Estados Unidos estaba entonces muy por delante militarmente. Jruschov quería avanzar hacia el desarrollo económico de Rusia y comprendió que eso era imposible en el contexto de un enfrentamiento militar con un adversario mucho más rico. Así que primero hizo esa oferta al presidente Dwight Eisenhower, que no le hizo caso. Luego se la ofreció a Kennedy y su administración respondió con la mayor acumulación de fuerza militar en tiempos de paz de la historia, aun sabiendo que Estados Unidos ya iba muy por delante.

Los EE.UU. inventaron una «brecha de misiles». Rusia estaba a punto de abrumarnos con su ventaja en misiles. Bueno, cuando la brecha de misiles fue expuesta, resultó que salía a favor de EE.UU. Rusia tenía tal vez cuatro misiles expuestos en una base aérea de algún lugar.

Se puede seguir y seguir… La seguridad de la población simplemente no es una preocupación para los políticos. La seguridad para los privilegiados, los ricos, el sector empresarial, los fabricantes de armas, para ellos sí, pero no para el resto de nosotros. Este doble pensamiento es constante, a veces consciente, a veces no. Es justo lo que Orwell describió, el hipertotalitarismo en una sociedad libre.

Barsamian: En un artículo de Truthout, usted cita el discurso de Eisenhower de 1953 «Cruz de Hierro». ¿Por qué le pareció interesante?

Chomsky: Debería leerlo y verá por qué es interesante. Es el mejor discurso que pronunció. Fue en 1953, cuando acababa de asumir el cargo. Básicamente, lo que señaló fue que la militarización era un tremendo ataque a nuestra propia sociedad. Él -o quienquiera que hubiera escrito el discurso- lo expresó con bastante elocuencia. Un avión a reacción significa tanta cantidad de escuelas y hospitales menos. Cada vez que aumentamos nuestro presupuesto militar, nos estamos atacando a nosotros mismos.

Lo explicó con cierto detalle, pidiendo una disminución del presupuesto militar. Él mismo tenía un historial bastante horrible, pero en este aspecto dio en el clavo. Y esas palabras deberían quedar grabadas en la memoria de todos. Recientemente, de hecho, Biden propuso un enorme presupuesto militar. El Congreso lo amplió incluso más allá de sus deseos, lo que representa un gran ataque a nuestra sociedad, exactamente como lo explicó Eisenhower hace tantos años.

La excusa: la afirmación de que tenemos que defendernos de este tigre de papel, tan incompetente militarmente que no puede moverse un par de millas más allá de su frontera sin colapsarse. Así que, con un presupuesto militar monstruoso, tenemos que perjudicarnos a nosotros mismos y poner en peligro al mundo, malgastando enormes recursos que serán necesarios si queremos hacer frente a las graves crisis existenciales a las que nos enfrentamos. Mientras tanto, vertemos los fondos de los contribuyentes en los bolsillos de los productores de combustibles fósiles para que puedan seguir destruyendo el mundo lo antes posible. Eso es lo que estamos presenciando con la gran expansión tanto de la producción de combustibles fósiles como de los gastos militares. Hay gente que se alegra de esto. Ve a las oficinas ejecutivas de Lockheed Martin, ExxonMobil, están extasiados. Es una bonanza para ellos. Incluso se les da crédito por ello. Ahora, están siendo alabados por salvar la civilización destruyendo la posibilidad de vida en la Tierra. Olvídate del Sur Global. Si te imaginas a algunos extraterrestres, si existieran, pensarían que estamos totalmente locos. Y tendrían razón.

Voces del Mundo

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