La OTAN y una guerra anunciada

Medea Benjamin y Nicolas J. S. Davies, CounterPunch, 29 junio 2021

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Medea Benjamin es cofundadora de CODEPINK por la Paz y autora de varios libros, entre ellos Kingdom of the Unjust: Behind the US-Saudi Connection. Nicolas J. S. Davies es redactor de Consortium News e investigador de CODEPINK, y autor de Blood On Our Hands: the American Invasion and Destruction of Iraq.

Con motivo de la celebración de la Cumbre de la OTAN en Madrid del 28 al 30 de junio, la guerra en Ucrania ocupa el centro del escenario. Durante una charla previa a la Cumbre del 22 de junio con Politico, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, se jactó de lo bien preparada que estaba la OTAN para esta lucha porque, dijo: «Esta fue una invasión anunciada, prevista por nuestros servicios de inteligencia». Stoltenberg se refería a las predicciones de los servicios de inteligencia occidentales en los meses previos a la invasión del 24 de febrero, cuando Rusia insistía en que no iba a atacar. Sin embargo, Stoltenberg bien podría haber estado hablando de predicciones que se remontan no solo a meses antes de la invasión, sino a décadas.

Stoltenberg podría haber mirado hacia atrás, a cuando la URSS se estaba disolviendo, y haber destacado un memorando del Departamento de Estado de 1990 en el que se advertía que la creación de una «coalición antisoviética» de países de la OTAN a lo largo de la frontera de la URSS «sería percibida muy negativamente por los soviéticos».

Stoltenberg podría haber reflexionado sobre las consecuencias de todas las promesas incumplidas de los funcionarios occidentales de que la OTAN no se expandiría hacia el este. La famosa promesa del secretario de Estado James Baker al presidente soviético Gorbachov fue solo un ejemplo. Documentos desclasificados estadounidenses, soviéticos, alemanes, británicos y franceses publicados por el Archivo de Seguridad Nacional revelan múltiples garantías de los dirigentes occidentales a Gorbachov y otros funcionarios soviéticos a lo largo del proceso de unificación alemana en 1990 y 1991.

El secretario general de la OTAN podría haber recordado la carta de 1997 de 50 destacados expertos en política exterior, en la que se calificaban los planes del presidente Clinton de ampliar la OTAN como un error político de «proporciones históricas» que «desestabilizaría la consistencia europea». Pero Clinton ya se había comprometido a invitar a Polonia al club, supuestamente por la preocupación de que decir «no» a Polonia le haría perder los críticos votos polaco-estadounidenses del Medio Oeste en las elecciones de 1996.

Stoltenberg podría haber recordado la predicción de George Kennan, el padre intelectual de la política de contención estadounidense durante la Guerra Fría, cuando la OTAN se adelantó e incorporó a Polonia, la República Checa y Hungría en 1998. En una entrevista en el New York Times, Kennan calificó la expansión de la OTAN como un «trágico error» que marcaba el inicio de una nueva guerra fría, y advirtió que los rusos «reaccionarían gradualmente de forma bastante adversa».

Después de que otros siete países de Europa Oriental se adhirieran a la OTAN en 2004, incluidos los Estados bálticos de Estonia, Letonia y Lituania, que en realidad habían formado parte de la antigua Unión Soviética, la hostilidad aumentó aún más. Stoltenberg podría haber tenido en cuenta las palabras del propio presidente Putin, que dijo en muchas ocasiones que la ampliación de la OTAN representaba «una grave provocación». En 2007, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Putin preguntó: «¿Qué pasó con las garantías que nuestros socios occidentales dieron tras la disolución del Pacto de Varsovia?»

Pero fue la Cumbre de la OTAN de 2008, cuando la OTAN ignoró la vehemente oposición de Rusia y prometió que Ucrania entraría en la OTAN, lo que realmente hizo saltar las alarmas.

William Burns, entonces embajador de Estados Unidos en Moscú, envió un memorando urgente a la secretaria de Estado Condoleezza Rice. «La entrada de Ucrania en la OTAN es la más brillante de todas las líneas rojas para la élite rusa (no solo para Putin)», escribió. «En más de dos años y medio de conversaciones con los principales actores rusos, desde los que se arrastran en los oscuros recovecos del Kremlin hasta los más agudos críticos liberales de Putin, todavía no he encontrado a nadie que vea a Ucrania en la OTAN como algo distinto a un desafío directo a los intereses rusos».

En lugar de comprender el peligro de cruzar «la más brillante de todas las líneas rojas», el presidente George W. Bush persistió y se sobrepuso a la oposición interna dentro de la OTAN para proclamar, en 2008, que efectivamente se concedería la adhesión a Ucrania, pero en una fecha no especificada. Stoltenberg podría haber remontado el conflicto actual a esa Cumbre de la OTAN, que tuvo lugar mucho antes del golpe de Estado de Euromaidán de 2014, de la toma de Crimea por parte de Rusia o del fracaso de los Acuerdos de Minsk para poner fin a la guerra civil en el Donbás.

Esta fue, en efecto, una guerra anunciada. Treinta años de advertencias y predicciones resultaron ser demasiado acertadas. Pero todas ellas fueron desatendidas por una institución que medía su éxito solo en términos de su propia expansión interminable en lugar de por la seguridad que prometía pero que repetidamente no cumplía, sobre todo a las víctimas de su propia agresión en Serbia, Afganistán y Libia.

Ahora Rusia ha lanzado una guerra brutal e ilegal que ha desarraigado a millones de ucranianos inocentes de sus hogares, ha matado y herido a miles de civiles y se está cobrando la vida de más de cien soldados ucranianos cada día. La OTAN está decidida a seguir enviando cantidades masivas de armas para alimentar la guerra, mientras millones de personas en todo el mundo sufren las crecientes consecuencias económicas del conflicto.

No podemos volver atrás y deshacer la catastrófica decisión de Rusia de invadir Ucrania ni los errores históricos de la OTAN. Pero los líderes occidentales pueden tomar decisiones estratégicas más sabias de cara al futuro. Entre ellas debería figurar el compromiso de permitir que Ucrania se convierta en un Estado neutral, no perteneciente a la OTAN, algo que el propio presidente Zelenskyy aceptó en principio al principio de la guerra.

Y, en lugar de explotar esta crisis para expandirse aún más, la OTAN debería suspender todas las solicitudes de ingreso nuevas o pendientes hasta que se resuelva la crisis actual. Eso es lo que haría una auténtica organización de seguridad mutua, en claro contraste con el comportamiento oportunista de esta agresiva alianza militar.

Pero haremos nuestra propia predicción basándonos en el comportamiento pasado de la OTAN. En lugar de pedir compromisos a todas las partes para poner fin al derramamiento de sangre, esta peligrosa Alianza prometerá, en cambio, un suministro interminable de armas para ayudar a Ucrania a «ganar» una guerra imposible de ganar, y seguirá buscando y aprovechando cualquier oportunidad para atiborrarse a costa de vidas humanas y de la seguridad mundial.

Mientras el mundo determina cómo responsabilizar a Rusia de los horrores que está cometiendo en Ucrania, los miembros de la OTAN deberían hacer una honesta autorreflexión. Deberían darse cuenta de que la única solución permanente a la hostilidad generada por esta alianza exclusiva y divisiva es desmantelar la OTAN y sustituirla por un marco inclusivo que proporcione seguridad a todos los países y pueblos de Europa, sin amenazar a Rusia ni seguir ciegamente a Estados Unidos en sus insaciables y anacrónicas ambiciones hegemónicas.

N. de la T.: Desde Madrid, a fecha 30 de junio, se han cumplido, por desgracia, las peores predicciones bajo el doble lenguaje de siempre para seguir llevando el mundo hacia la locura.

Imagen de portada: Marek Studzinski

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