Irán: Un antirromance de invierno-primavera

John Feffer, Foreign Policy in Focus, 19 octubre 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


John Feffer, colaborador habitual de TomDispatch, es autor de la novela distópica Splinterlands y director de Foreign Policy In Focus en el Institute for Policy Studies. Frostlands, original de Dispatch Books, es el segundo volumen de su serie Splinterlands, y la última novela de la trilogía es Songlands. Otro de sus libros es Right Across the World: The Global Networking of the Far-Right and the Left Response.

¿Por qué las protestas que sacuden a Irán son diferentes de las manifestaciones pasadas?

Los jóvenes que salieron a la calle en 1979 como parte de la revolución iraní tienen ahora más de 60 años. No han salido aún de la política, pero se están acercando. Es un momento peligroso para cualquier revolución cuando la generación que transformó la sociedad se prepara para salir del escenario. La generación emergente suele tener el mismo impulso de transformación que tuvo la ahora Vieja Guardia, pero, por supuesto, hacia un fin diferente.

Cuarenta años después de la revolución bolchevique, por ejemplo, Nikita Khrushchev denunció el estalinismo y puso a la Unión Soviética en la senda de las reformas, un proceso irregular del que nunca se recuperó realmente. Cuarenta años después de la revolución norcoreana, el país vivió la muerte de su primer y hasta entonces único líder, que coincidió con una horrible crisis económica que estuvo a punto de precipitar el colapso del régimen. Cuarenta años después de la revolución nicaragüense, el otrora revolucionario adolescente Daniel Ortega ha dirigido las armas del gobierno contra los manifestantes estudiantiles para aferrarse al poder.

Y ahora es el turno de los dirigentes iraníes.

En el último mes, las manifestaciones se han extendido por todo el país en respuesta a la muerte en prisión de Mahsa Amini, una mujer de 22 años detenida no por el delito de prescindir de un velo -lo que habría constituido un incumplimiento deliberado de la ley- sino por no cubrir hasta el último mechón de pelo de su cabeza con el hiyab. El gobierno afirmó que murió de un ataque al corazón por una enfermedad no revelada. Todo el mundo cree que murió tras una fuerte paliza a manos de la policía de la moral.

Las protestas comenzaron en la zona kurda del país -Amini era kurda- y luego se extendieron al resto de Irán. Todavía están en marcha.

Irán ha experimentado varias oleadas de protestas en respuesta a las graves condiciones económicas o a las elecciones amañadas. Pero las últimas protestas son diferentes. Los jóvenes están liderando la carga. Algunas celebridades jóvenes han puesto en peligro sus carreras al unirse a los manifestantes. Y los manifestantes no solo se quejan de determinadas políticas, sino que piden el fin del sistema político actual. Gritan: «Muerte al opresor». Incluso han pedido la pena de muerte para la figura más venerada del sistema, el ayatolá Jamenei.

La represión por parte del gobierno ha sido previsiblemente brutal, con más de 200 muertos hasta ahora. A diferencia de Rusia, también acosada por perennes protestas, los iraníes no parecen dar señales de que de ser golpeados, encarcelados o asesinados les lleven a la sumisión.

¿Se ha agotado finalmente la revolución de 1979?

El fracaso de las reformas

La desesperación de los manifestantes actuales habla del fracaso de los reformistas iraníes para cambiar su sociedad de forma sustancial. En dos ocasiones, estos reformistas han intentado empujar a Irán en una dirección más acomodaticia solo para chocar con el muro de la reacción conservadora.

En las elecciones de 1997, Mohamed Jatamí obtuvo el 70% de los votos, con un fuerte respaldo de los jóvenes, las mujeres y la élite intelectual. Aunque fue reelegido en 2001, no pudo superar la resistencia conservadora ni de los clérigos -de los que él era uno- ni del Parlamento. Los partidarios de Jatamí describieron de «una crisis cada nueve días» los esfuerzos de los partidarios de la línea dura por bloquear sus esfuerzos por liberar los medios de comunicación, relajar los controles de la vida social, promover los derechos de la mujer y cultivar la tolerancia religiosa. En política exterior, Jatamí trató de reparar las relaciones con Estados Unidos, visitó varios países europeos como parte de una campaña para cultivar relaciones más cálidas con la Unión Europea y ayudó a iniciar un Diálogo de Civilizaciones. Unas elecciones más tarde, gracias a una reacción conservadora, los reformistas quedaron fuera e Irán volvió a ser un paria internacional.

La segunda parte de la reforma llegó con la elección de Hassan Rouhani en 2013. De nuevo, a lo largo de dos mandatos, un líder con mentalidad reformista intentó ganar un poco de espacio para la ciudadanía iraní en una sociedad acorralada por los edictos de los supervisores fundamentalistas. El programa de Rouhani era similar en muchos aspectos al de Jatamí. También invirtió gran parte de su capital político en un acuerdo con la administración Obama que abandonaba formalmente el programa de armas nucleares a cambio del levantamiento de las sanciones económicas. De nuevo, los conservadores hicieron todo lo posible por contener las ambiciones de Rouhani. Pero fue Donald Trump, al salir sin contemplaciones del acuerdo nuclear, quien minó las posibilidades de los reformistas de ganar en las urnas en 2021.

Después de Jatamí, Irán pasó a un gobierno conservador con Mahmud Ahmadineyad. Asimismo, después de Rouhani ha llegado Ebrahim Raisi, el actual presidente.

Raisi, que ganó las elecciones presidenciales de 2021 con la menor participación electoral de la historia de la República Islámica, se ha propuesto devolver a Irán a su época dorada de fundamentalismo religioso. Consideremos la cuestión del hiyab, que después de la revolución pasó a ser obligatorio para las mujeres y niñas mayores de nueve años. Esa norma se había relajado un poco bajo el mandato de reformistas como Rouhani, que se opuso a que policías de la moral encubiertos vigilaran sin descanso el estricto cumplimiento de la ley. «Nuestro primer deber es respetar la dignidad y la personalidad de las personas», dijo Rouhani. «Dios ha otorgado dignidad a todos los seres humanos y esta dignidad precede a la religión».

Raisi no ha traicionado esa afición por la dignidad. No solo aplicó con más fuerza la ley original sobre el hiyab, sino que en agosto amplió su uso a Internet, de modo que las mujeres que publicaran sus fotos sin cubrirse la cabeza podían perder sus derechos sociales hasta un año. Radio Farda informó en agosto, antes del reciente estallido de las manifestaciones:

En las últimas semanas, a las mujeres juzgadas como incumplidoras se les ha prohibido entrar en las oficinas del gobierno, en los bancos o viajar en el transporte público. Las famosas Patrullas de Orientación, o policía de la moral, se han vuelto cada vez más activas y violentas. En las redes sociales han aparecido vídeos en los que se ve cómo los agentes detienen a las mujeres, las obligan a subir a furgonetas y se las llevan.

No es que nadie en Irán dude de las convicciones de línea dura de Raisi o de su determinación de hacerlas cumplir. En 1988, como fiscal general adjunto, desempeñó un papel decisivo en las ejecuciones de miles de presos políticos. Ayudó a reprimir las protestas del Movimiento Verde de 2009. Más tarde, como jefe de la judicatura iraní, siguió presidiendo la maquinaria de ejecución y el continuo maltrato de los presos políticos.

«Que Ebrahim Raisi haya llegado a la presidencia en lugar de ser investigado por los crímenes contra la humanidad de asesinato, desaparición forzada y tortura es un sombrío recordatorio de que la impunidad reina en Irán», observó Agnès Callamard, secretaria general de Amnistía Internacional, tras las elecciones.

Los movimientos de reforma del pasado crearon ciertas expectativas entre los grupos clave de Irán, especialmente los jóvenes, las mujeres y los intelectuales. Frustradas las esperanzas, los iraníes simplemente abandonaron el país, creando una importante fuga de cerebros. De los que se quedan, uno de cada tres quiere irse, aunque en gran medida por razones económicas. Este porcentaje se compara con una media mundial del 15% y una media de Oriente Medio del 24%.

Aunque el desempleo sigue siendo alto y la inflación ha aumentado, la economía iraní ha crecido con bastante rapidez durante el mandato de Raisi, sobre todo el complejo energético, pero también el sector de los servicios. Sin embargo, los frutos de ese crecimiento no se han distribuido equitativamente. Las últimas protestas son el resultado de la colisión de dos frentes: el descontento económico de los elementos vulnerables de la población y las aspiraciones de reforma frustradas de la élite de mentalidad liberal.

La tormenta resultante amenaza los fundamentos mismos del Estado iraní.

¿Por qué estas protestas son diferentes?

A principios de octubre, Raisi visitó la Universidad de Alzahra, en Teherán, donde recitó un poema en el que comparaba a los «alborotadores» con las moscas. Fue recibido por mujeres jóvenes que coreaban «Raisi, ¡piérdete!». Como dijo una estudiante a Reuters: «Pueden matarnos, arrestarnos, pero ya no nos quedaremos calladas. Nuestros compañeros están en la cárcel. ¿Cómo podemos permanecer en silencio?».

Las mujeres, en particular, están indignadas por los esfuerzos de Raisi por volver a meter la pasta de dientes de la reforma en el tubo. Como escriben los analistas Mehdi Alavi y Atul Singh en Fair Observer

A lo largo de los años, las mujeres iraníes han adquirido un alto nivel de educación. El porcentaje de mujeres en la educación superior aumentó del 3% en 1978 al 59% en 2018. Las mujeres han entrado en casi todas las profesiones ahora. Sus expectativas han aumentado de forma similar. Incluso cuando no ha habido protestas, existe un descontento latente entre las mujeres por las restricciones a las que se enfrentan a diario.

Pero lo que hace que las protestas actuales sean diferentes es la generación. Los jóvenes de hoy son diferentes de los que salieron a la calle en las protestas del pasado. En cierto modo, son tan intrépidos como sus homólogos de 1979 y están tan comprometidos con el cambio de régimen como con su reforma. Quieren que los ayatolás se vayan con el mismo fervor que sus predecesores querían que se fuera el Sha.

El activista disidente Ali Ashtari, que ahora vive en Canadá, escribe:

Las generaciones iraníes Y y Z son diferentes de las anodinas y tímidas generaciones del pasado. Son especialmente distintas de la del período de la «reforma». Esta fue mi generación. Cuando salíamos a la calle, escuchábamos las palabras de los autodenominados líderes reformistas y protestábamos en silencio. Cuando la policía antidisturbios nos golpeaba con las porras, coreábamos: «¡Policía! ¡Apoyadnos! ¡Apoyad!» En cambio, una chica de la generación Z prende fuego a su pañuelo frente a las fuerzas de seguridad y el chico salva a su amiga de las garras de los mercenarios de paisano del régimen con una patada alta a lo Bruce Lee.

Otra diferencia esta vez es la disposición de los jóvenes famosos a unirse a las protestas. El cantante Shervin Hajipour ha puesto a disposición de los manifestantes un himno que termina con el tan coreado «Por las mujeres, la vida, la libertad». La actriz Hediye Tehrani, la jugadora de voleibol Amirhossein Esfandiar, los exfutbolistas Hossein Mahini y Hamidreza Aliasgari, y muchos otros se han arriesgado a ser detenidos y a que se les confisque el pasaporte.

No son solo los jóvenes los que protestan. También son los escolares. Según una estimación de la Guardia Revolucionaria, la edad media de los detenidos en los «recientes disturbios» era de solo 15 años.

El único grupo que determinará el destino del gobierno de Irán aún no se ha unido a las protestas: el propio Cuerpo de la Guardia de la Revolución. Este «ejército popular» cuenta con unos 200.000 miembros y otros 600.000 que pueden ser movilizados bajo la milicia de paisano del Basij. La Guardia Revolucionaria, que está separada del ejército iraní, pero que puede montar operaciones militares, tiene un poder económico considerable dentro del sistema gracias a la propiedad de activos empresariales y financieros. Todavía no se ha informado de deserciones graves en la Guardia Revolucionaria, el ejército o la policía.

Este es el principal reto al que se enfrenta el actual movimiento de protestas en Irán. Ha ganado la batalla por los corazones y las mentes, tanto dentro de Irán como a nivel mundial. Pero no parece haber hecho ningún avance estratégico entre los defensores armados del régimen. Estos últimos temen ser ejecutados -o al menos despojados de sus privilegios- si los manifestantes consiguen poner patas arriba la sociedad iraní.

Para lograr una transición más ordenada y justa en Irán, es necesario un alto el fuego en el enfrentamiento de invierno-primavera entre la generación revolucionaria de 1979 y la generación revolucionaria de hoy. No esperen un romance con final feliz. Pero tal vez la animosidad asesina pueda dar paso a una cohabitación incómoda. La juventud iraní tiene mucho que ofrecer al mundo, si tan solo puede deshacerse de las cadenas de sus mayores.

Voces del Mundo

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