Yassin al-Haj Saleh, Al-Jumhuriya English, 30 abril 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Yassin al-Haj Saleh es un escritor sirio, expreso político y cofundador de la página online Al-Jumhuriya. Ha ganado el Premio Príncipe Claus. Entre sus libros destaca “La revolución imposible” (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo).
¿Ha triunfado la revolución siria con la caída del régimen de Assad? ¿Es lo que hemos presenciado desde el pasado diciembre una revolución exitosa, aunque tras un largo y tortuoso camino?
Esta pregunta tiene un significado cognitivo, ya que exige una comprensión detallada de los casi 14 años transcurridos en Siria entre el estallido de la revolución y la caída del régimen. También tiene peso político, ya que la respuesta determinará la forma en que los actores públicos se comprometan con la realidad actual de Siria y su futuro post-Assad.
Es poco probable que se llegue pronto a una comprensión detallada: la historia de estos catorce años se escribirá y reescribirá durante décadas. Sin embargo, el debate político no sólo es posible, sino necesario, para aclarar nuestras ideas mientras atravesamos un momento crucial que no se parece a nada de lo que nuestra generación recuerda.
Para quien esto escribe, la cuestión tiene cierta carga personal. He sostenido en varias ocasiones que la revolución siria fracasó y que los demócratas sirios deberían basar su visión política en esa aleccionadora realidad.
Para algunos, la caída del régimen -y la posterior efusión de alegría tras años de melancolía- parecía demostrar que me equivocaba, y algunos amigos ya han expresado esta opinión. Pero yo seguía sin estar convencido, aunque en aquel momento me faltaran los argumentos o la energía para defender mi postura.
Lo que sigue es un primer intento en esa dirección.
¡Hay vencedores!
Tal vez el régimen de Assad sólo podría haber caído del modo en que lo hizo: a manos de una coalición de fuerzas islamistas suníes, ideológicamente cohesionadas, curtidas en mil batallas y favorecidas por un clima regional e internacional favorable. Sin embargo, la enrevesada trayectoria de los años posteriores a la revolución socava cualquier suposición de una continuidad mínimamente homogénea entre marzo de 2011 y diciembre de 2024.
Lo que comenzó como un conflicto sirio-sirio -al principio pacífico y luego, hasta mediados de 2012, una mezcla de pacífico y armado- se transformó más tarde en un enfrentamiento suní-chií con crecientes intereses regionales, que implicaban principalmente a Irán y a algunos Estados del Golfo. Esta fase persistió hasta el acuerdo entre Estados Unidos y Rusia sobre armas químicas en septiembre de 2013, que marcó el inicio de la internacionalización a distancia, seguida más tarde por intervenciones militares directas: Estados Unidos en 2014, Rusia en 2015 y Turquía en 2016.
A medida que los revolucionarios sirios perdían el control, la revolución quedó sepultada bajo un creciente cúmulo de conflictos no revolucionarios -sectarios y regionales- y, en última instancia, fue reformulada como una «guerra contra el terror» que, de hecho, rehabilitó al régimen de Assad.
Los años posteriores a 2016, lejos de ser revolucionarios, estuvieron marcados por la miseria y la descomposición. Significaron la derrota de la revolución, el dominio de las fuerzas sectarias dentro de ella, el colapso total del Ejército Sirio Libre y la subordinación de la oposición política a Turquía.
En este periodo también surgió una «entidad suní» en Idlib en medio de una fragmentación nacional cada vez más profunda. Las fuerzas dominantes dentro de esta entidad fueron moldeadas sólo en parte por procesos internos de radicalización, militarización y sectarización, impulsados por la experiencia de las comunidades suníes de violencia sistemática, masacres y el uso discriminado de armas químicas y bombas de barril contra ellas. Sin embargo, esas fuerzas eran igualmente consecuencias de formas globalizadas y antisociales de nihilismo islámico que habían estado arraigando en Iraq años antes de la revolución siria.
La facción ahora en el poder no desempeñó ningún papel en las primeras fases de la revolución siria, ni surgió de la sociedad siria. Su presidente de transición es un antiguo yihadista que actuó bajo múltiples alias en Iraq, donde pasó sus años de formación luchando contra los estadounidenses y el nuevo gobierno dirigido por chiíes. Durante años, esta figura poco conocida dirigió en Siria el grupo salafista yihadista Yabhat al-Nusra.
Tanto él como su grupo -hostiles de palabra y obra a la revolución, sus símbolos y su formación nacional- estaban más enraizados en un nihilismo salvaje y transnacional que rechaza tanto nuestras sociedades como el mundo en general que en la dinámica del levantamiento sirio, que comenzó como una intifada popular en el contexto de la Primavera Árabe. Pertenece más bien a una minoría elitista y conspirativa, proclive a la disidencia, cuyas ideas y modelo no pueden servir de base a una amplia mayoría social o política, y cuya propia constitución está en total desacuerdo con el nacionalismo, la democracia, la historia de Siria e incluso con la noción de sociedad siria o cualquier forma de orden político moderno.
Por eso es nihilista, no sólo porque rechaza radicalmente el sistema político, sino porque niega por completo los fundamentos de la existencia política colectiva.
Con el tiempo, Hay’at Tahrir al-Sham (HTS) se distanció del nihilismo extremo que el ISIS sigue abrazando. Adoptó gradualmente el lenguaje de la revolución siria y dejó de rechazar su bandera, aunque siguió operando desde una posición claramente supremacista suní.
Junto a HTS, la coalición que derrocó al régimen -«Operación Disuasión de la Agresión»- incluía facciones deshonestas y corruptas sin causa pública y con un largo historial de abusos, principalmente contra los kurdos en Afrin, pero también contra la población más amplia del norte de Siria bajo su control, actuando en la práctica como apoderados turcos.
Así que, con esto en mente: ¿se puede seguir llamando victoria de la revolución a la caída del régimen, surgida de los escombros, como los que emergieron de las profundidades de la prisión de Sednaya y de las ramas de seguridad de Assad?
El derrumbe provocó una alegría generalizada y justificada en toda Siria, animada por la ausencia del temor a masacres, represalias o destrucción. Esta alegría se vio alimentada por la esperanza de que el fin del régimen traería la paz, el levantamiento de las sanciones occidentales y el inicio de la recuperación económica.
Sin embargo, muchos de los que lo celebran no se sienten victoriosos. La caída del régimen se ve menos como una victoria de la revolución de 2011 y más como un triunfo de la llamada «entidad suní».
Este grupo, tras haber sufrido años de masacres, desplazamientos y pobreza después de la revolución, desarrolló una fuerte narrativa de victimismo y un agudo deseo de venganza, impulsos poco adecuados para la fase posterior a Assad y más propensos a alimentar la discriminación, el extremismo y la irracionalidad.
Estos impulsos estallaron en una violencia genocida en la costa el pasado mes de marzo, dirigida contra muchos alauíes pacíficos, tras una revuelta limitada de los restos de las fuerzas del régimen.
La gente puede argumentar, con razón, que el conflicto no habría perdurado ni conducido a la caída del régimen sin estar firmemente arraigado entre la comunidad suní. Pero eso no borra el profundo giro del conflicto hacia una trayectoria excluyente y sectaria, que ahora está tomando forma en las realidades políticas e institucionales.
… ¡Pero no la revolución!
Ofrezco estas reflexiones para enmarcar mejor la cuestión central: ¿Triunfó la revolución de 2011 con la caída del régimen a finales de 2024?
Predominan dos respuestas prefabricadas. La primera -principalmente expresada por quienes forman parte de la llamada «entidad suní» o quienes consideraron la revolución como un golpe suní y no como un movimiento de liberación nacional- insiste en que, sí, la revolución triunfó claramente.
La segunda rechaza esa afirmación, enmarcando el resultado como una toma del poder por parte de los islamistas armados, argumentando que Siria se encuentra ahora bajo un régimen extremista, considerado terrorista por la ONU y las principales potencias. Independientemente de que pida explícitamente o no el derrocamiento del nuevo régimen, hacia allí apunta su lógica.
Puede que quienes sostienen este punto de vista no lloren la caída de Assad (algunos lo hacen), pero tampoco se alegran. Lo que sigue es un intento de ir más allá de ambas respuestas hacia una comprensión más matizada y menos polarizada de lo que realmente representa la caída de Assad.
Para decirlo de nuevo: la caída del régimen de Assad es un acontecimiento verdaderamente monumental. No se trata de una cuestión de opinión personal. Era un régimen definido por las líneas de sangre y la decadencia hasta su colapso final, como demuestran la prisión de Sednaya y su vasto aparato de seguridad. Gobernó demasiado tiempo, derramó mucha sangre de su propio pueblo, se apoderó de sus propiedades, afianzó el sectarismo y cambió la soberanía nacional por la protección extranjera a costa de la tierra, la sociedad y los recursos de Siria.
En términos ligeramente arcaicos, era un régimen no nacional -un régimen de traición nacional- que había que derrocar. Lo que venga después no altera este hecho: Siria necesitaba urgentemente cerrar ese capítulo letal y estancado de su historia si quería tener alguna posibilidad de sobrevivir.
No se puede exagerar la magnitud del acontecimiento. Se trata de un cambio tectónico que no deja intacto ningún aspecto de la sociedad, el pensamiento o la identidad colectiva. Las alianzas y rivalidades se han redibujado, están surgiendo nuevas polarizaciones y la gente se ve arrastrada en todas direcciones antes incluso de poder entender lo que está ocurriendo, como si se viera atrapada en las réplicas de un gran terremoto.
Esta comparación con una catástrofe geológica no pretende negar la capacidad de acción de los sirios. Más bien trata de transmitir la fuerza de lo que ha ocurrido y cómo esa fuerza está moldeando la propia agencia y voluntad política siria, haciéndola tan volátil e inestable como el momento.
Y pone a todos en crisis.
Ningún sirio de hoy -especialmente los que participan en la vida pública- está fuera de esta crisis o no se ve afectado por este inmenso e inesperado cambio de nuestro mundo. Los vencedores incluidos.
Estamos en un momento intersticial, fértil pero desorientador, que exige reflexión, aunque deje poco espacio para otra cosa. Habitamos un estado de flujo, una condición informe y todavía maleable cuya forma final depende, al menos en parte, de nosotros. Esto es lo que significa estar en un estado intermedio: un tiempo en el que las cosas, los seres y las ideas existen en transición histórica, un caos en el que el viejo mundo se desvanece a diario, mientras que el nuevo se resiste a tomar forma. Es también el estado de nuestro análisis: intermedio, provisional y en gran medida experimental, luchando por un lenguaje y vacilando en su lucha, hablando de realidades sin forma y arriesgándose a la propia falta de forma.
Una cosa es la enormidad del acontecimiento y otra afirmar que la revolución ha triunfado. Derrocar el régimen era uno de los principales objetivos de la revolución siria, pero como medio para alcanzar fines mayores, no como un fin en sí mismo.
La revolución pretendía construir una Siria nueva y libre, basada en la igualdad, la dignidad, el Estado de derecho y libre de sectarismo y tortura. En ese sentido, no, la revolución no ha triunfado. Y meses después de la caída de Assad, no hay señales de que estemos avanzando hacia los objetivos que una vez la definieron.
La revolución de 2011 fracasó. Se derrumbó, ya fuera a mediados de 2012, en la primavera de 2013 o, más generosamente, con la reconquista del este de Alepo por el régimen y sus aliados a finales de 2016. La caída del régimen es de un orden completamente diferente: innegablemente monumental, pero no la victoria de la revolución. La distancia entre ambas es enorme, un abismo insalvable.
Lo que perduró desde 2011 hasta diciembre de 2024 fue el conflicto sirio, una lucha en la que participaron muchas fuerzas, algunas sirias, aunque la mayoría, incluidas las más poderosas, no lo eran.
¿Terminó este conflicto con la caída del régimen? Esa era la esperanza, sobre todo porque la caída del régimen fue, en gran medida, un logro sirio.
Pero los indicios sugieren lo contrario: las masacres de alauíes, los continuos actos de venganza, el caos en materia de seguridad y el frenético empeño de la facción dominante por monopolizar el poder apuntan a un conflicto todavía muy vivo.
Otro nihilismo
A la luz de lo anterior, el escritor se encuentra más cerca de la segunda respuesta, negativa, a la pregunta «¿Triunfó la revolución?» – aunque no comparte mucho más con sus defensores.
Se distancia especialmente de la afirmación -a menudo implícita en el discurso sobre «terroristas» y «extremistas»- de que el nuevo orden gobernante debe ser derrocado por cualquier medio necesario. Esto refleja un preocupante mal uso de términos como «terrorismo» y «extremismo», despojados de su fundamento moral, legal y conceptual y reducidos a etiquetas de eslogan para grupos específicos, a menudo desplegadas en contextos que son en sí mismos extremos, incluso nihilistas.
Definido correctamente, el «terrorismo» es el ataque contra civiles para lograr objetivos políticos, una definición que sitúa a sus usuarios más frecuentes, como Estados Unidos, Israel y el difunto régimen de Assad, entre los principales practicantes del mundo.
El término también se coopta fácilmente con fines sectarios, aplicándose implícitamente sólo a los islamistas suníes armados. «Extremismo» funciona de forma similar: ya no describe un rechazo a la negociación, el compromiso o la coexistencia, sino que simplemente designa ciertas formaciones ideológicas: Las islamistas y, anteriormente, las nacionalistas palestinas.
Este no es el lenguaje de la revolución, ni del pensamiento crítico, ni de la política democrática. Es rancio, elitista y autoritario, está impregnado de discriminación y racismo y carece de potencial emancipador. Y lo que es peor, a menudo se manifiesta en una retórica hostil y llena de rabia: violencia verbal y emocional dirigida no sólo contra movimientos políticos o ideologías, sino contra comunidades enteras.
Quienes hablan así no están llamando a la revolución, ni trabajando por ella, ni renovando una lucha democrática en un contexto cambiado.
En la medida en que hay una política discernible aquí, se basa en el potencial explosivo de las divisiones heredadas y las esperanzas de respaldo internacional para derribar el orden actual.
Hay algo profundamente nihilista en esto, sorprendentemente similar al nihilismo islámico inicial que surgió en Siria en 2012: un rechazo furioso de la realidad, indiferente a las consecuencias e impulsado por una hostilidad hacia la propia sociedad, muy parecida al desdén yihadista por la propia humanidad de nuestra sociedad contemporánea.
Una política arraigada en esta doble hostilidad es, por naturaleza, extremista. Rechaza la política, la negociación y los compromisos, lo que hace imposible construir una mayoría social o política significativa a su alrededor.
Anti-extremismo, pro-política
Siria necesita una fase de transición tranquila, libre de violencia, provocaciones y agendas impuestas. Debe ser el momento de recuperar el aliento, restablecer los servicios, levantar las sanciones, permitir el retorno a gran escala de los desplazados y avanzar en los esfuerzos por descubrir el destino de los desaparecidos.
Esta transición también requiere acuerdos políticos para las regiones con circunstancias singulares, en los que Damasco ofrezca concesiones significativas, apoyando formas de gobernanza local o «autoadministración» que preserven la unidad nacional y reduzcan la injerencia extranjera.
Las concesiones a los grupos étnicos y locales de Siria (drusos, kurdos, alauíes) son preferibles a una política de fuerza, que en última instancia dependería del apoyo de potencias regionales o internacionales.
La pacificación es hoy el enfoque adecuado, tanto interna como externamente. Ofrece las mejores condiciones para que la sociedad siria avance hacia la moderación y para que los actores públicos se reagrupen y reorienten. La política de la fuerza que devastó Siria bajo el régimen de Assad no le servirá ahora.
Algunos se preguntarán: ¿Por qué retrasarlo? ¿Por qué no enfrentarse a los nuevos gobernantes, como hicimos con los antiguos? La respuesta reside tanto en la prudencia como en el realismo. Hay poco apoyo social para este tipo de política, ni siquiera entre las comunidades en las que algunos confían. Ni los kurdos de Yazira, ni los drusos de Suwayda, ni siquiera los alauíes -a pesar de las masacres- buscan hoy una revolución o una revuelta armada.
En cambio, la demanda generalizada es la de un sistema más pluralista, representativo y descentralizado -que sea verdaderamente justo y emancipador- y que se persiga, por ahora, por medios políticos.
¿Podría cambiar esto? ¿Podría surgir una coalición revolucionaria de grupos suníes no árabes y de algunos árabes suníes no conservadores? Sólo si el actual poder gobernante se inclina hacia el extremismo -es decir, si rechaza las soluciones políticas- podría empezar a tomar forma esa trayectoria. O dicho de forma matemática: el extremismo de los gobernantes, multiplicado por la duración de sus políticas extremistas, puede acabar equivaliendo a una nueva coalición revolucionaria.
Pero esa coalición debe verse como una fuerza contraria al extremismo: una que construya una causa pública compartida, gane la batalla por la hegemonía y se oriente hacia la moderación y la inclusión, a diferencia de la retórica excluyente y frenética tan común estos días entre los detractores de la actual administración.
De hecho, asistimos a dos tipos de tendencias extremistas dentro de la actual estructura de gobierno. En primer lugar, están los impulsos extremistas salafistas o yihadistas, o ambos; éstos atraen la atención de los medios y generan miedo social, pero no son los más peligrosos. En segundo lugar, están las tendencias extremistas centralistas, encarnadas en la declaración constitucional y la formación del gobierno, aparentemente impulsadas por el deseo de concentrar el poder en manos de un estrecho grupo en la cúspide. Estas tendencias centralistas son menos dramáticas que el extremismo disperso de los salafíes y yihadistas, pero más peligrosas a largo plazo.
En lugar de resolver un problema, se ha creado uno nuevo: la estabilidad institucional que la declaración constitucional y la formación de gobierno pretenden garantizar no es viable bajo la fragmentación social y geográfica del país. Los esfuerzos hacia la estabilidad institucional deberían haber seguido a la resolución de estas cuestiones sociales y geográficas, no haberlas precedido.
Ahmed al-Sharaa y su equipo han manejado el asunto como lo han hecho, poniendo el carro delante de los bueyes. Confeccionaron un traje ajustado para Siria que no invita a nadie a ponérselo; de hecho, lo correcto es rechazarlo.
Nadie sabe cómo se resolverá este problema. Por un lado, es inconcebible que drusos o kurdos acepten el actual marco institucional. Por otro, una solución impuesta por la fuerza parece imposible (y, por supuesto, indeseable).
La vía más adecuada hoy en día es iniciar una seria reestructuración negociada del Estado actual, especialmente de la declaración constitucional, el gobierno y los procesos de formación militar, de forma que se superen las divisiones actuales, se rompa con el centralismo asfixiante que ha plagado la historia de Siria y se responda con flexibilidad al pluralismo real de la sociedad siria.
Esto significa dar dos o tres pasos atrás, a un punto anterior al pasado marzo, para avanzar con más firmeza. Lo mejor es que las soluciones políticas precedan a la formación de instituciones públicas, y no al revés.
La política significa negociación, significa compromiso y concesiones mutuas, soluciones intermedias e instituciones construidas para mantener el consenso emergente.
Pero si se cierra la puerta de la política, se abrirá la puerta de la revolución, aunque sólo sea al cabo de un tiempo. Y nadie debe engañarse pensando que esta regla se aplica a los otros pero no a uno mismo.