La inteligencia artificial frente a la estupidez humana

John Feffer, Foreign Policy in Focus, 1 abril 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


John Feffer es autor de la novela distópica Splinterlands y director de Foreign Policy In Focus en el Institute for Policy Studies. Frostlands, original de Dispatch Books, es el segundo volumen de su serie Splinterlands; la última novela de la trilogía es Songlands. Ha escrito asimismo Right Across the World: The Global Networking of the Far-Right and the Left Response.

La tecnología más avanzada puede resultar decisiva en la guerra. Pensemos en la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial. O en el estribo durante la conquista mongola de Europa y Oriente Medio.

Más recientemente, tras décadas de estancamiento entre ambas partes, Azerbaiyán derrotó a Armenia en 2020 en cuestión de días y se hizo con el control del enclave de Nagorno-Karabaj. Armenia se enorgullecía de su poderoso ejército y sus temibles soldados. No fueron rival para los drones que Azerbaiyán compró con los ingresos de sus exportaciones de petróleo.

«Azerbaiyán utilizó su flota de drones —adquirida a Israel y Turquía— para acechar y destruir los sistemas de armas de Armenia en Nagorno-Karabaj, destrozando sus defensas y permitiendo un rápido avance», informó Robyn Dixon, del Washington Post. «Armenia descubrió que los sistemas de defensa aérea de Nagorno-Karabaj, muchos de ellos antiguos sistemas soviéticos, eran incapaces de defenderse de los ataques con drones, y las bajas se acumularon rápidamente».

Ucrania ha utilizado de forma similar la tecnología de drones para equilibrar el campo de batalla en su guerra contra Rusia. El Kremlin tiene más dinero, más soldados, más artillería pesada e incluso más drones que Ucrania. Pero los ucranianos han demostrado ser más hábiles a la hora de producir nuevas variedades de drones que pueden sustituir a los escasos misiles Patriot en la defensa contra los asaltos aéreos diarios de Rusia. Ucrania también ha utilizado una variedad de drones para atacar objetivos en lo profundo del territorio ruso. Los drones son la honda con la que el pequeño David espera derribar al Goliat ruso.

Y ahora la guerra contra Irán.

Quizás Donald Trump se dejó convencer —por sus generales, por sus amigos de Silicon Valley, por el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu— de que la superioridad militar estadounidense acabaría rápidamente con el ejército iraní. Además de los portaaviones, los bombarderos furtivos, los misiles Tomahawk y el sistema de cohetes de artillería de alta movilidad, Trump también podría recurrir a la ayuda de Claude y sus colegas.

Claude, por supuesto, es el sistema de inteligencia artificial desarrollado por la empresa Anthropic, que se había opuesto al uso indebido de su modelo en la incursión estadounidense que capturó al líder venezolano Nicolás Maduro y a su esposa. Trump tomó represalias contra la cautela de Anthropic ordenando al Pentágono que rompiera su relación con Claude, sólo para descubrir que la IA ya estaba demasiado integrada en las operaciones militares estadounidenses. Claude, que no es el primer recluta al que se le ha ordenado luchar en contra de su voluntad, ayudó al Pentágono a identificar objetivos iraníes, priorizarlos y proporcionar coordenadas precisas. De cara al futuro, sin embargo, el Pentágono confiará en su lugar en ChatGPT, de OpenAI.

Toda esta sofisticación tecnológica no le ha proporcionado a Donald Trump la rápida victoria que tanto deseaba. Lo que Trump y compañía no previeron —pero que cualquier profesional de la política exterior razonablemente competente podría haber señalado si DOGE (siglas en inglés del Departamento de Eficiencia Gubernamental) no hubiera despedido a tantos de ellos— fue que Irán podría recurrir a tácticas mucho más sencillas para frustrar a las fuerzas combinadas de EE. UU. e Israel.

La historia ofrece numerosos ejemplos de adversarios que lograron derrotar a las fuerzas estadounidenses a pesar de enfrentarse a un armamento mucho más avanzado tecnológicamente. Los vietnamitas resistieron campañas de bombardeos masivos, los insurgentes iraquíes se valieron de artefactos explosivos improvisados para destruir a las fuerzas de infantería estadounidenses y los talibanes aguantaron hasta que el ejército de ocupación se retiró. Es de suponer que estas experiencias inspiraron a Donald Trump a prometer, como candidato presidencial, que no se vería envuelto en ningún atolladero ni volvería a exponer a las tropas estadounidenses a tales riesgos.

Todo eso se fue al traste cuando atacó Irán.

Y ahora, Irán ha aprovechado al máximo su ubicación y hechos geográficos inmutables. Ha bloqueado efectivamente el estrecho de Ormuz, ha restringido el flujo de petróleo y gas natural hacia el mercado mundial y ha disparado el precio del petróleo en las gasolineras. También ha contado con la absoluta estupidez del mundo industrializado. Si los grandes consumidores de combustible a nivel mundial hubieran superado su adicción a los combustibles fósiles —como habían prometido en las negociaciones sobre el clima—, la reducción del flujo de petróleo no estaría teniendo ahora un impacto tan grande.

Para darle la vuelta a la situación, Estados Unidos podría tomar la isla de Kharg, situada en el golfo Pérsico a unos 640 km al norte del estrecho de Ormuz. Si Irán perdiera la isla, punto de tránsito del 90% de sus exportaciones de crudo, gran parte de su ventaja geográfica desaparecería. ¿O no?

Aunque conquistar la isla quizá no suponga un gran desafío para Estados Unidos, mantenerla bajo su control es otra historia. Los iraníes podrían lanzar un aluvión constante de ataques aéreos contra las fuerzas de ocupación atrincheradas en la isla, que queda totalmente expuesta. La interrupción continuada del tráfico en el estrecho —junto con la destrucción de la infraestructura energética iraní— no permitiría alcanzar el principal objetivo actual de Trump: la reducción de los precios en las gasolineras.

Lo que podría parecer una guerra entre dos adversarios distintos —Armenia contra Azerbaiyán, Rusia contra Ucrania, Estados Unidos contra Irán— a menudo se reduce a un tipo de conflicto muy diferente. La batalla sobre el terreno suele enfrentar tácticas antiguas contra nuevas tecnologías. A veces ganan los artilugios; otras veces prevalecen los enfoques tradicionales.

Muchos países siguen yendo a la guerra creyendo que Dios está de su lado. Igual de peligrosos son aquellos que creen que ganarán porque la tecnología está de su lado.

Sacar a los humanos del circuito

Ha llegado la era de la «red de muerte inteligente».

El planificador militar se sienta como una araña venenosa en el centro de una red de aplicaciones de IA que calculan objetivos, probabilidades e interacciones complejas más rápido de lo que cualquier humano puede comprender. Vinculados a armas reales, estos modelos de IA libran la guerra con una eficiencia y letalidad cada vez mayores. La ejecución de las cadenas de ataque —que conectan la identificación de un objetivo con su destrucción— se ha reducido a meros segundos. En un ejercicio de selección de objetivos llevado a cabo por la Fuerza Aérea de EE. UU. en enero, el sistema de IA fue más de 100 veces más rápido que su homólogo humano; además, alcanzó una tasa de «viabilidad táctica» del 97%, frente al 48% de los humanos.

Estas cifras no sirven de consuelo para las familias de las víctimas del bombardeo estadounidense contra una escuela primaria en Irán el 28 de febrero, en el que murieron casi 200 personas, en su mayoría niñas pequeñas. La selección de objetivos de la campaña aérea estadounidense fue orquestada por Maven, la plataforma de IA diseñada por Palantir. Pero no hay que culpar a los robots. Como señala Kevin Baker en The Guardian, son las personas las responsables de catástrofes como esta: quienes no actualizaron la base de datos de objetivos, quienes diseñaron Maven y quienes situaron estos sistemas en el centro de sus planes de batalla.

A los analistas les preocupa que países como Estados Unidos estén a punto de eliminar a las personas de la red de muerte porque la mente humana simplemente ralentiza las cosas y la más mínima ventaja puede resultar crucial para determinar el resultado de una batalla.

Sin duda, eso es motivo de preocupación. Igualmente aterrador, como está demostrando la guerra contra Irán, es mantener a un ser humano como el secretario de Guerra Pete Hegseth en el centro de la red de muerte. En otras palabras, lo único peor que una red de exterminio inteligente es una red de exterminio estúpida.

O, por decirlo de forma más sombría, cualquier humano en el centro de la red de exterminio será tan estúpido como Pete Hegseth, porque eso es simplemente una función del grado de magnitud que separa actualmente el ciberespacio y el espacio físico.

¿Podría la IA, sin la orientación humana, llevar una guerra hasta el umbral nuclear y más allá? No es un pensamiento reconfortante, pero, francamente, a estas alturas, los seres humanos que dirigen las operaciones en la Administración Trump no se distinguen moralmente de los robots asesinos.

Operaciones cibernéticas

Para asesinar al máximo líder de Irán, el ayatolá Jamenei, agentes cibernéticos israelíes piratearon las cámaras de tráfico de Teherán. Según un informe del Financial Times:

Israel obtuvo acceso a las cámaras hace años y descubrió que una cámara en particular estaba orientada de tal manera que mostraba dónde aparcaban sus coches los miembros del equipo de seguridad de Jamenei. A través de las cámaras, los servicios de inteligencia israelíes crearon expedientes con las direcciones de los guardias, sus horarios de trabajo y a quiénes estaban asignados para proteger. El día del ataque, Israel y Estados Unidos también interrumpieron el servicio de telefonía móvil en la calle Pasteur de Teherán, donde Jamenei fue asesinado, de modo que quienes intentaran ponerse en contacto con los guardaespaldas para transmitir posibles advertencias recibieran señales de ocupado.

Hace algunos años, Estados Unidos e Israel colaboraron para introducir de contrabando el gusano Stuxnet en las instalaciones nucleares de Irán, lo que provocó que las centrifugadoras que enriquecen uranio giraran sin control y se autodestruyeran. Para Irán sólo fue un revés temporal. Para el mundo, sin embargo, las consecuencias han sido irreversibles, dado que este primer ciberataque a gran escala desencadenó una carrera armamentística digital.

Durante la guerra actual, Irán ha llevado a cabo sus propias operaciones cibernéticas, como los ataques contra una empresa de dispositivos médicos y el pirateo del correo electrónico del director del FBI, Kash Patel. Sin embargo, Irán se encuentra en una grave desventaja. Estados Unidos e Israel llevan años invirtiendo grandes cantidades de dinero en este tipo de tecnologías.

Lo mismo ha hecho el Kremlin. Las ciberoperaciones rusas están especialmente extendidas. Los medios de comunicación estadounidenses se han centrado en los esfuerzos rusos por influir en las elecciones estadounidenses, pero Rusia ha centrado la mayor parte de su atención en Europa. Allí se ha dedicado al sabotaje convencional, como contratar a agentes de un solo uso para colocar explosivos, provocar incendios y, en general, causar el caos. Sin embargo, las operaciones aún más desestabilizadoras permanecen ocultas a la vista porque tienen lugar en el ciberespacio.

A partir de septiembre de 2024, por ejemplo, un nuevo grupo ruso apodado Laundry Bear comenzó a piratear las cuentas de funcionarios de la policía neerlandesa y a llevar a cabo ciberespionaje contra empresas de alta tecnología. Los países bálticos llevan años lidiando con operaciones cibernéticas rusas que han bloqueado la navegación por GPS cerca de los aeropuertos, interrumpido cables submarinos y pirateado sistemas energéticos. En un ejemplo reciente, cuentas anónimas en las redes sociales comenzaron a pedir la secesión de una región de mayoría rusa en torno a la ciudad estonia de Narva. Los paralelismos históricos son inquietantes. Llamamientos similares a la secesión, también orquestados por Moscú, precipitaron las crisis de Crimea y Donbás en 2014, que condujeron a la intervención rusa y a la guerra en Ucrania.

El genio y la lámpara

Los científicos advierten de la inutilidad de intentar frenar los avances científicos. El genio nuclear, a pesar de algunos intentos esporádicos por imponer controles, no ha vuelto a meterse en la lámpara, ni siquiera hasta la mitad. Hoy en día se está produciendo un debate similar en torno a la IA, entre los tecno-optimistas y los tecno-pesimistas.

Una forma de sortear este debate ha sido dotar a la IA de restricciones estrictas e inamovibles, algo parecido a las leyes que Isaac Asimov imaginó para sus robots de ficción. Anthropic ha redactado una «constitución» para Claude que le prohíbe, entre otras cosas, crear «ciberarmas o código malicioso que pudiera causar daños significativos si se desplegara» o participar «en un intento de matar o incapacitar a la gran mayoría de la humanidad o a la especie humana en su conjunto».

Eso parece razonable. Pero cuando Donald Trump asumió el cargo en 2025, eliminó todos los esfuerzos por aplicar tales normas en el sector. Normas, reglamentos, leyes: todos ellos son obstáculos para «hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande» o, más exactamente, para impedir que Trump asuma un control autocrático. Así pues, Claude y su constitución están ahora fuera de juego, al igual que Trump ha dejado fuera de juego a la Constitución de Estados Unidos.

En cualquier caso, hablar de tecno-utopías y tecno-apocalipsis es, en realidad, sólo una cuestión de proyección. La IA refleja lo mejor y lo peor de la humanidad. «Si entra basura, sale basura», reza el eslogan de Silicon Valley. En lugar de centrarnos únicamente en tratar el producto final, sería mejor abordar los residuos en una fase más temprana, más cerca del origen. Eso implica destinar más fondos a la educación, no sólo a la ciencia y la tecnología, sino también a la ética que entraña la transformación de los descubrimientos en productos.

Ah, pero un momento: la administración Trump también está recortando la financiación destinada a la investigación y la educación. El secretario de Salud y Servicios Humanos es una fuente inagotable de pseudociencia. El poder ejecutivo se rige por la moral de Mordor.

Es un aspecto espantoso de la política actual en Estados Unidos que la IA suponga una mejora con respecto a todo eso. La inteligencia, sea del tipo que sea, siempre gana a la estupidez, aunque no tanto en las elecciones estadounidenses.

Hablando de elecciones, ahora que han echado a Claude del Pentágono, quizá debería presentarse a la presidencia.

Imagen de portada de Shutterstock.

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