Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 1 mayo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.
Durante los dos años que pasé escribiendo «American Fascists: The Christian Right and the War on America», me topé con numerosos «mini-Trump». Estos autoproclamados pastores —muy pocos tenían formación religiosa formal— se aprovechaban de la desesperación de sus feligreses. Estaban rodeados de aduladores y nadie se atrevía a cuestionarlos. Mezclaban realidad y ficción, vendían ideas mágicas y se enriquecían a costa de sus seguidores. Afirmaban que su riqueza y su ostentoso estilo de vida, con mansiones y jets privados incluidos, eran señal de haber sido bendecidos. Insistían en que estaban inspirados por lo divino y ungidos por Dios. Dentro de los círculos herméticos de sus megaiglesias, eran omnipotentes.
Estos pastores de sectas prometían usar su omnipotencia para aplastar las fuerzas demoníacas que habían causado miseria en las vidas de sus seguidores: desempleo y subempleo, desahucios, quiebras, pobreza, adicción, abuso sexual y doméstico y una desesperación paralizante. Cuanto más poder poseen los líderes de las sectas —según sus seguidores—, más seguro es el paraíso prometido. Los líderes de las sectas están por encima de la ley. Aquellos que depositan desesperadamente su fe en ellos quieren que estén por encima de la ley.
Los líderes de sectas son narcisistas. Exigen una adulación servil y una obediencia total. La afirmación del secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr., de que Donald Trump es capaz de dibujar un «mapa perfecto» de Oriente Medio, o la declaración de la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, de que Trump es siempre «la persona más culta de la sala», son dos de los innumerables ejemplos del servilismo abyecto que se exige a quienes forman parte del círculo íntimo de un líder de secta. La lealtad ciega importa más que la competencia.
Los líderes de sectas son inmunes a las críticas racionales y basadas en hechos por parte de quienes depositan su esperanza en ellos. Por eso los seguidores acérrimos de Trump no le han abandonado y no le abandonarán. Todo el parloteo sobre fisuras en el universo MAGA malinterpreta a los seguidores de la secta de Trump.
Todas las sectas son cultos a la personalidad. Son extensiones de los prejuicios, la visión del mundo, el estilo personal y las ideas del líder de la secta. Trump, con su falso «escudo Trump», se deleita en un kitsch de mal gusto inspirado en Luis XIV, inundado de rococó dorado y candelabros resplandecientes. Las mujeres de la corte de Trump tienen «rostros Mar-a-Lago»: labios excesivamente inflados, piel tensa y sin arrugas, implantes mamarios rellenos de gel de silicona y pómulos cincelados, rematados con montones de maquillaje. Llevan tacones de aguja y atuendos estridentes que a Trump le resultan atractivos. Los hombres de Trump, que a sus ojos deben ser telegénicos y parecer salidos de «Central Casting», visten como ejecutivos publicitarios de los años 50. Lucen zapatos negros Florsheim regalados por Trump, concretamente unos Oxfords Lexington Cap Toe de 145 dólares.
Las sectas imponen códigos de vestimenta que reflejan el estilo y los gustos del líder de la secta.
Los seguidores del gurú indio Bhagwan Shree Rajneesh, también conocido como Osho, vestían túnicas rojas y naranjas, a menudo combinadas con un jersey de cuello alto y collares de cuentas. Los miembros de Heaven’s Gate llevaban zapatillas Nike Decade y pantalones de chándal negros. Los hombres de la Iglesia de la Unificación, conocidos como «moonies», vestían camisas blancas impecables y pantalones planchados. Las mujeres llevaban vestidos. Parecía como si fueran de camino a la escuela dominical.
Al igual que Jim Jones, quien convenció u obligó a más de 900 de sus seguidores —entre ellos 304 niños de 17 años o menos— a morir ingiriendo una bebida mezclada con cianuro, Trump está cortejando agresivamente nuestro suicidio colectivo.
Trump descarta la crisis climática como engaño. Se retira unilateralmente de los acuerdos y tratados sobre armas nucleares. Se enfrenta a potencias nucleares, como Rusia y China. Inicia guerras de forma impulsiva. Aleja e insulta a los aliados de EE. UU. Sueña con anexionar Groenlandia y Cuba. Abraza una cruzada santa contra los musulmanes. Ataca a sus oponentes políticos tildándolos de enemigos y traidores, menospreciándolos con insultos groseros. Recorta programas sociales diseñados para sostener a los vulnerables. Expande un aparato de seguridad interna —matones enmascarados del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE)— para aterrorizar al pueblo. Las sectas no nutren ni protegen. Subyugan, aniquilan y destruyen.
Trump utiliza al ejército estadounidense sin supervisión ni restricciones. Por este motivo, preside lo que el psiquiatra Robert Jay Lifton denominó una «secta destructora del mundo». Lifton enumera ocho características de las «sectas destructoras del mundo» que crean lo que él denomina «entornos totalitarios».
Estas ocho características son:
- Control del entorno: Control total de la comunicación dentro del grupo.
- Manipulación del lenguaje: Uso de un «lenguaje de grupo» para censurar, editar y acallar las críticas o las ideas contrarias. Los seguidores deben repetir sin pensar los clichés sin sentido aprobados por Trump y la jerga de la secta.
- Exigencia de pureza: Una visión del mundo de «nosotros contra ellos». Quienes se oponen al grupo están equivocados, son ignorantes y malvados. Son irremediables. Son contaminantes. Deben ser erradicados. Cualquier acción está justificada para proteger esta pureza. El objetivo de todos los líderes de sectas es ampliar y hacer irreconciliables las divisiones sociales.
- Confesión: Confesión pública de errores pasados. En el caso de los partidarios de Trump, esto incluye el desmentido, como han hecho el vicepresidente de EE. UU. JD Vance y otros, de críticas pasadas a Trump, con la admisión pública de su antiguo pensamiento erróneo.
- Manipulación mística: La creencia de que los miembros del grupo han sido elegidos especialmente para un propósito superior. Quienes gravitan en torno a Trump actúan como si hubieran sido elegidos por la divinidad. Se convencen a sí mismos de que no se ven obligados a aceptar las mentiras y vulgaridades de Trump —o a repetir la jerga de la secta—, sino que lo hacen voluntariamente.
- La doctrina por encima de la persona: La reescritura y la falsificación de la historia personal para ajustarse a la interpretación de la realidad de Trump.
- Ciencia sagrada: Las absurdidades de Trump —que las temperaturas globales están bajando en lugar de subir, que el ruido de los aerogeneradores provoca cáncer y que ingerir desinfectantes como el Lysol es un tratamiento eficaz contra el coronavirus— se presentan como si tuvieran fundamento científico. Esta pátina científica implica que las ideas de Trump se aplican a todo el mundo. Quienes no están de acuerdo carecen de rigor científico.
- Dispensación de la existencia. Los no miembros son «seres inferiores o indignos». Una existencia significativa significa formar parte de la secta de Trump. Quienes están fuera de la secta no valen nada. No merecen consideración moral.
Trump no es diferente de los líderes de sectas del pasado, entre ellos Marshall Herff Applewhite y Bonnie Lu Nettles —los fundadores de la secta Heaven’s Gate—, el reverendo Sun Myung Moon —que dirigió la Iglesia de la Unificación—, Credonia Mwerinde —que dirigió el Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios en Uganda —, Li Hongzhi —fundador de Falun Gong— y David Koresh, quien dirigió la secta de los Davidianos en Waco, Texas.
Los líderes de sectas son profundamente inseguros, por lo que arremeten con furia ante la más mínima crítica. Enmascaran esta inseguridad con crueldad, hipermasculinidad y grandiosidad pomposa. Son paranoicos, amorales, emocionalmente lisiados y físicamente abusivos. Quienes les rodean, incluidos los niños, son objetos que deben ser manipulados para su enriquecimiento, disfrute y, a menudo, entretenimiento sádico.
Las sectas se caracterizan por la pedofilia y los abusos sexuales. Aquellos que, como Trump, se movían con frecuencia en el entorno del pedófilo Jeffrey Epstein, reprodujeron los abusos endémicos en las sectas.
«Los niños del Templo del Pueblo sufrían abusos sexuales con frecuencia», escribe Margaret Singer en «Cults In Our Midst: The Continuing Fight Against Their Hidden Menace» (Sectas entre nosotros: la lucha continua contra su amenaza oculta). «Mientras el grupo aún se encontraba en California, chicas adolescentes de tan sólo quince años tenían que mantener relaciones sexuales con personas influyentes a las que Jones cortejaba. Un supervisor de niños en Jonestown tenía antecedentes de abuso sexual infantil, y el propio Jones agredió a algunos de los niños. Si se pillaba a maridos y mujeres hablando en privado durante una reunión, se obligaba a sus hijas a masturbarse en público o a tener relaciones sexuales con alguien que no le gustara a la familia ante toda la población de Jonestown, tanto niños como adultos».
Las sectas, escribe Singer, son «un espejo de lo que hay dentro del líder de la secta», quien «no tiene ningún tipo de freno», y escribe sobre el líder de la secta:
Puede hacer realidad sus fantasías y deseos en el mundo que crea a su alrededor. Puede llevar a la gente a hacer lo que él quiera. Puede convertir el mundo que le rodea en su mundo. Lo que la mayoría de los líderes de sectas logran es similar a las fantasías de un niño que juega, creando un mundo con juguetes y utensilios. En ese mundo de juego, el niño se siente omnipotente y crea un reino propio durante unos minutos o unas horas. Mueve las muñecas de juguete a su antojo. Estas obedecen sus órdenes. Le repiten sus propias palabras. Las castiga como le place. Es todopoderoso y da vida a su fantasía. Cuando veo las mesas de arena y las colecciones de juguetes que algunos terapeutas infantiles tienen en sus consultas, pienso que un líder de secta debe mirar a su alrededor y situar a las personas en el mundo que ha creado, de la misma manera que el niño crea en la mesa de arena un mundo que refleja sus deseos y fantasías. La diferencia es que el líder de la secta tiene a seres humanos reales que hacen lo que él les ordena mientras crea a su alrededor un mundo que surge de su propia mente.
El lenguaje del líder de la secta se basa en la confusión verbal. Mentiras, teorías conspirativas, ideas extravagantes y declaraciones contradictorias, a menudo en la misma frase o con sólo unos minutos de diferencia, que paralizan a quienes intentan interpretar al líder de la secta de forma racional. El absurdo es el objetivo. El líder de la secta no se toma en serio sus propias declaraciones. A menudo niega haberlas hecho, aunque estén documentadas. Las mentiras y la verdad son irrelevantes. El líder de la secta no busca transmitir información ni la verdad. El líder de la secta busca apelar a las necesidades emocionales de los miembros de la secta.
«Hitler mantuvo a sus enemigos en un estado de confusión constante y agitación diplomática», escribió Joost A.M. Meerloo en «The Rape of the Mind: The Psychology of Thought Control and Menticide» (La violación de la mente: la psicología del control del pensamiento y el menticidio). «Nunca sabían qué iba a hacer a continuación ese loco impredecible. Hitler nunca fue lógico, porque sabía que eso era lo que se esperaba de él. A la lógica se le puede hacer frente con lógica, mientras que a la ausencia de lógica no: esta confunde a quienes piensan con claridad. La Gran Mentira y las tonterías repetidas monótonamente tienen más atractivo emocional en una guerra fría que la lógica y la razón. Mientras el enemigo sigue buscando un contraargumento razonable a la primera mentira, los totalitarios pueden atacarlo con otra.
No importa cuántas mentiras pronunciadas por Trump estén meticulosamente documentadas. No importa que Trump haya utilizado la presidencia para enriquecerse en unos 1.400 millones de dólares durante el último año, según Forbes. No importa que sea inepto, perezoso e ignorante. No importa que vaya de desastre en desastre, desde los aranceles hasta la guerra contra Irán.
El establishment tradicional, cuya credibilidad ha quedado destruida debido a su traición a la clase trabajadora y a su sumisión a la clase multimillonaria y a las grandes corporaciones, tiene poco poder sobre los seguidores de Trump. Su virulencia no hace más que aumentar su popularidad. Los cultos políticos son los hijos bastardos de un liberalismo fallido. La popularidad de Trump puede rondar el 40%, a fecha de 20 de abril —según la media de varias encuestas recopiladas por The New York Times—, pero su base sigue siendo inquebrantable.
El Partido Demócrata, en lugar de dar un giro para abordar la desigualdad social y el abandono de la clase trabajadora —que él mismo ayudó a orquestar—, ha apostado por los recortes fiscales como vía para recuperar el poder. Una vez más, reducirá nuestra crisis social, económica y política a la personalidad de Trump. No ofrecerá ninguna reforma para rectificar nuestra fallida democracia. Esto es un regalo para Trump y sus seguidores. Al negarse a reconocer su responsabilidad en la desigualdad y a proponer programas para paliar el sufrimiento que ha causado, los demócratas caen en el mismo tipo de pensamiento mágico que los seguidores de Trump.
No hay salida a esta disfunción política a menos que surjan movimientos populares que paralicen la maquinaria del gobierno y el comercio en nombre de un pueblo traicionado. Pero el tiempo se acaba. Trump y sus secuaces se toman en serio la invalidación o la cancelación de las elecciones de mitad de mandato si perciben una posible derrota. Si eso ocurre, el culto a Trump será inexpugnable.
Ilustración de portada: ¡Madre mía! (por Mr. Fish).