Una oferta de paz revolucionaria para Irán, Israel y el mundo

Mohamad Shaaf, CounterPunch.org, 4 mayo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Mohamad Shaaf, máster en administración de empresas y doctor, es profesor emérito de Economía en la Universidad Central de Oklahoma, analista de investigación empírica y autor de artículos sobre diversos temas económicos en revistas especializadas, en los que utiliza inteligencia artificial, programación dinámica y modelos econométricos. Su correo electrónico es: drshaaf@gmail.com

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán lleva ya dos meses. Según todos los indicadores cuantificables, es una catástrofe.

La Operación «Furia Épica» comenzó el 28 de febrero de 2026 con ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel que acabaron con la vida del líder supremo Jamenei. Al parecer, los artífices de esta operación creían que decapitar a los dirigentes iraníes provocaría su capitulación. Se equivocaron. Irán respondió haciendo precisamente lo que todos los analistas serios habían advertido que haría: cerró el estrecho de Ormuz, el estrecho cuello de botella por el que fluye diariamente aproximadamente el 20% del suministro mundial de petróleo. Dos meses después, el balance parece una historia de terror: más de 10.000 objetivos iraníes atacados, más de 1.500 iraníes asesinados, el crudo por encima de los 100 dólares el barril, los aliados de la OTAN negándose a ayudar a reabrir el estrecho, Moody’s situando las probabilidades de una recesión mundial en el 49%, la OCDE pronosticando una inflación del 4,2% en EE. UU. y los consumidores estadounidenses pagando un 30% más por la gasolina cada vez que se detienen en la gasolinera.

Irán rechazó de plano el plan de paz de 15 puntos de Washington y respondió con cinco exigencias propias. El presidente Trump se encuentra acorralado, atrapado entre los halcones de su administración que abogan por la escalada y la brutal realidad económica que exige una salida. La guerra no tiene salida, ni condiciones para la victoria, ni apoyo público una vez que la gente ve la factura de la compra.

Pero hay un camino —uno revolucionario— si Trump tiene el valor de tomarlo. Basándome en mi trabajo publicado anteriormente sobre un marco de paz entre EE. UU. e Irán y en lo que he denominado la «Economía Estratégica Global de la Paz», propongo que el presidente Trump se dirija al pueblo estadounidense y anuncie doce puntos que no sólo pondrían fin a esta guerra, sino que transformarían fundamentalmente el orden mundial. Esto no es una ilusión. Es lógica económica, necesidad estratégica y claridad moral fusionadas en un único plan viable.

Lo que Trump debería anunciar mañana:

Punto 1: Reconocer que las decisiones pasadas de EE. UU. con respecto a Irán no fueron acertadas

El presidente debería decirle al pueblo estadounidense la verdad: que Israel y sus asesores no le dieron una visión completa de las consecuencias de esta guerra. No tuvieron debidamente en cuenta la capacidad y la voluntad de Irán de cerrar el estrecho de Ormuz. No modelaron las repercusiones económicas. Le vendieron una operación limpia y quirúrgica y le entregaron un atolladero geopolítico con un precio de 100 dólares por barril.

Ningún presidente de EE. UU. ha hecho jamás una confesión semejante sobre la política en Oriente Medio. Ni tras el derrocamiento de Mossadegh en 1953. Ni tras la crisis de los rehenes. Ni tras las décadas de sanciones que castigaron a los iraníes de a pie mientras fortalecían a los partidarios de la línea dura. Esto por sí solo sería revolucionario. Restablecería la credibilidad de EE. UU. en todo el mundo de la noche a la mañana, no porque demuestre debilidad, sino porque muestra algo que el mundo nunca ha visto en Washington: honestidad.

Punto 2: Aceptar las cinco exigencias de Irán, con efecto inmediato

Las cinco exigencias de Irán son: el cese total de la agresión; garantías contra futuros ataques; reparaciones de guerra; soberanía sobre el estrecho de Ormuz; y la inclusión de los grupos alineados con Teherán en cualquier acuerdo. Los círculos de la política exterior de Washington gritarán que aceptar estas condiciones equivale a una rendición. Se equivocan. Equivale a una genialidad estratégica.

Aceptar estas exigencias reabre inmediatamente el estrecho de Ormuz. Los precios del petróleo se desploman hasta niveles previos a la guerra. La probabilidad de recesión cae del 49% a un solo dígito. Las previsiones de inflación se normalizan. El mercado bursátil recupera billones en valor perdido. Los consumidores estadounidenses dejan de sangrar dinero en la gasolinera. Las cuentas económicas no son complicadas. Lo único que se interpone en el camino es el orgullo, y el orgullo es un lujo que la economía estadounidense no puede permitirse actualmente.

Punto 3: Desbloquear todo el efectivo y los activos congelados de Irán

Estados Unidos mantiene congelados miles de millones de dólares en activos iraníes desde que se impusieron varias rondas de sanciones. Se trata de activos de Irán —incautados en violación de las normas internacionales y utilizados como moneda de cambio en una diplomacia coercitiva que no ha generado más que resentimiento durante más de cuatro décadas—. Devolverlos no le cuesta nada al Tesoro de Estados Unidos. No se trata de fondos de los contribuyentes estadounidenses. Pero el capital diplomático que se ganaría —el mensaje que se enviaría a todas las naciones que observan la situación— es enorme. El mensaje es: Estados Unidos actúa de buena fe.

Punto 4: Proponer una paz permanente entre Israel e Irán con respeto mutuo por la soberanía

Durante décadas, la rivalidad entre Israel e Irán ha sido el motor que ha impulsado la inestabilidad en todo Oriente Medio —desde el Líbano hasta Siria, pasando por Yemen e Iraq—. Las guerras por poder han matado a cientos de miles de personas, han desplazado a millones y han agotado los recursos de Estados Unidos a un ritmo vertiginoso. Un acuerdo de paz directo y permanente entre Israel e Irán, basado en el respeto mutuo de la soberanía y la no injerencia, contribuiría más a la estabilidad de Oriente Medio que todas las bombas lanzadas desde 2001 juntas. Ambas naciones son civilizaciones antiguas. Ambas merecen seguridad. Ninguna de las dos la consigue mediante la destrucción de la otra.

Punto 5: Rechazar la doctrina del «dominio en todo el espectro», la doctrina globalista y la ideología sionista

Este es el punto más radical —y el más necesario—. El «dominio en todo el espectro» es la doctrina del Pentágono posterior a la Guerra Fría, cuyo objetivo es mantener la superioridad militar abrumadora de Estados Unidos en todos los ámbitos: tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio, de forma simultánea y en cualquier lugar del planeta. Es la base intelectual de todas las guerras que Estados Unidos ha librado desde 1991. Y no ha traído más que guerras interminables, billones en deuda e inestabilidad global. Sólo la guerra de Iraq costó más de 3 billones de dólares, según estimaciones conservadoras. Afganistán consumió 2,3 billones de dólares a lo largo de veinte años y terminó en el mismo punto en el que comenzó.

Rechazar el «dominio en todo el espectro» no significa abandonar la defensa nacional. Significa abandonar la fantasía de que una nación puede dominar militarmente todo el planeta y de que intentar hacerlo nos hace a todos más seguros. Supone un auténtico cambio de paradigma: del dominio a la colaboración, de la coacción a la cooperación. La doctrina globalista de imponer la liberalización del mercado a poblaciones reacias y los compromisos ideológicos que han enredado la política exterior de EE. UU. en las ambiciones territoriales de otra nación deben examinarse con el mismo ojo crítico. Estos marcos no han servido al pueblo estadounidense. Han servido a los contratistas de defensa, a los especuladores financieros y a una élite de la política exterior que rota entre el Gobierno y los think tanks que justifican la guerra perpetua.

Punto 6: Exigir que todas las guerras, incluida la de Ucrania, se detengan mediante la aprobación de la ONU sin el veto de EE. UU., logrando una paz verdadera con Rusia

Estados Unidos ha hecho uso de su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU en decenas de ocasiones —más que cualquier otro miembro permanente en las últimas décadas—, principalmente para proteger a sus aliados de rendir cuentas. Renunciar al veto estadounidense en favor de una resolución global integral por la paz no tendría precedentes. Devolvería a las Naciones Unidas a su propósito original: una auténtica institución multilateral para la paz, y no un mero sello de goma al servicio de la política de las grandes potencias. La guerra de Ucrania ha causado cientos de miles de muertos y ha sumido a Europa en una crisis energética. Ponerle fin mediante una auténtica negociación multilateral, sin que ninguna nación tenga derecho de veto sobre la paz, demostraría que la nueva postura estadounidense es real.

Punto 7: Retirar todas las estructuras militares estadounidenses de Taiwán y reconocerlo como parte de China

Taiwán es el punto de tensión más peligroso del planeta; el único asunto que más probabilidades tiene de desencadenar un enfrentamiento militar directo entre EE. UU. y China que podría escalar a una guerra nuclear. Retirar la infraestructura militar estadounidense de Taiwán y reconocer el principio de «una sola China» elimina este riesgo existencial. Las ventajas económicas son enormes: una cooperación genuina entre EE. UU. y China, en lugar de la trayectoria actual de desacoplamiento y guerra comercial, desbloquea billones en actividad económica potencial. Estados Unidos necesita los mercados chinos. China necesita la innovación estadounidense. Ambos deben dejar de gastar cientos de miles de millones preparándose para destruirse mutuamente.

Punto 8: Recortar el gasto militar para demostrar la seriedad de EE. UU. hacia la Economía Estratégica de Paz Global y la eliminación de todas las armas nucleares en todo el mundo

Actualmente, Estados Unidos destina más de 900.000 millones de dólares al año a su gasto militar, una cifra superior a la suma del gasto de los diez países siguientes juntos. Incluso una reducción del 30% liberaría 270.000 millones de dólares al año. Se trata de 270.000 millones de dólares que podrían destinarse a reducir la deuda nacional, que actualmente supera los 36 billones de dólares y representa el 101% del PIB. Podría financiar la reparación de infraestructuras, iniciativas de sanidad universal, la educación pública y la reindustrialización que ambos partidos políticos dicen querer, pero que ninguno financia. Estados Unidos tiene actualmente un déficit presupuestario anual de 1,9 billones de dólares. El dinero no es algo abstracto. Se está pidiendo prestado, a menudo a las mismas naciones contra las que el Pentágono planea luchar, y se gasta en sistemas de armamento diseñados para guerras que nunca deben librarse. Esto no es seguridad nacional. Es una locura nacional.

Punto 9: Con efecto inmediato, Estados Unidos e Israel detienen las operaciones militares en Irán, y solicitan a Irán que haga lo mismo

Esto debe ser lo primero y debe hacerse ahora —no después de las negociaciones, no después de las condiciones previas, no después de otra ronda de teatro diplomático—. Un alto el fuego inmediato y unilateral. El beneficio económico por sí solo lo justifica: el estrecho se reabre, el petróleo se normaliza, los mercados se estabilizan y el reloj de la recesión deja de correr. Cada día que continúan los bombardeos es un día de hemorragia económica continua, no sólo para Irán, sino para Estados Unidos y toda la economía mundial. Los halcones de la guerra dirán que no se puede detener sin condiciones. Los economistas te dirán que no puedes permitirte otra semana.

Punto 10: Hacer un llamamiento a todos los miembros de la ONU para que preparen colectivamente una paz permanente para el mundo, independientemente de la ideología, el sistema económico o el sistema político, respetando la soberanía de cada país

Este es el fundamento ético que sustenta todos los demás puntos. Toda nación tiene derecho a elegir su propio sistema político, su propio modelo económico, su propio camino. La era de los cambios de régimen debe terminar. La era de las revoluciones de colores, de la financiación de movimientos de oposición para derrocar a gobiernos que se niegan a acatar las preferencias de Washington, debe terminar. La soberanía no es un privilegio concedido por Estados Unidos. Es un derecho inherente a toda nación. Un compromiso genuino con este principio —no la versión retórica que se esgrime cuando conviene— transformaría a Estados Unidos de la potencia más temida del mundo en su socio más fiable.

Punto 11: Ordenar la liberación del presidente de Venezuela para que regrese a su país, y respetar la soberanía de Venezuela

Las acciones hablan por sí solas. Si la nueva doctrina de soberanía y no injerencia es real, debe demostrarse de inmediato —no prometerse para una fecha futura. Liberar al presidente de Venezuela y respetar la soberanía venezolana es una acción concreta, inmediata y de buena fe que no le cuesta nada a Estados Unidos y le reporta credibilidad en toda América Latina, África y Asia. Las naciones del Sur Global están observando. Han escuchado la retórica estadounidense sobre la soberanía durante décadas mientras veían cómo las intervenciones estadounidenses derrocaban gobiernos en todos los continentes. No creerán en las palabras. Creerán en las acciones.

Punto 12: Proponer una nueva moneda de reserva mundial basada en las monedas de todos los países, ponderadas según su PIB real utilizando la paridad del poder adquisitivo, y ajustable mensualmente o trimestralmente. Se acogerá a todas las naciones como miembros de SWIFT, gestionado mediante un acuerdo colectivo entre países socios

Esta es la piedra angular económica de toda la propuesta. El papel del dólar estadounidense como única moneda de reserva mundial ha otorgado a Estados Unidos lo que el ministro de Finanzas francés Valéry Giscard d’Estaing denominó un «privilegio exorbitante»: la capacidad de incurrir en déficits comerciales masivos, obtener préstamos a tipos de interés más bajos y, en la práctica, exportar la inflación al resto del mundo. Pero también ha permitido la instrumentalización del sistema financiero mundial a través de sanciones, exclusiones de SWIFT y congelaciones de activos que castigan a poblaciones enteras por las decisiones de sus gobiernos.

Una moneda de reserva mundial ponderada por la paridad del poder adquisitivo crearía un sistema monetario internacional más justo y estable. La PPA se ajusta al poder adquisitivo real de la economía de cada nación, no solo a los tipos de cambio nominales que pueden ser manipulados por los flujos de capital y la especulación. Los ajustes mensuales o trimestrales mantendrían el sistema sensible a los cambios económicos reales. Acoger a todas las naciones en SWIFT y gestionar el sistema a través de una auténtica colaboración colectiva —y no del control unilateral estadounidense— elimina tanto la capacidad como la tentación de utilizar la guerra financiera como sustituto de la diplomacia. El dólar no pierde su importancia; ocupa el lugar que le corresponde entre las monedas del mundo, en lugar de estar por encima de ellas.

La Economía Estratégica de Paz Global (EEPG)

La EEPG es el marco intelectual que une los doce puntos en un todo coherente. Actualmente, el mundo gasta más de 2,4 billones de dólares al año en fuerzas militares, dinero que no produce nada más que maquinaria de destrucción. Cada dólar gastado en un misil es un dólar que no se gasta en un hospital. Cada mil millones asignados a un grupo de ataque de portaaviones son mil millones que no se invierten en agua potable, vivienda o educación. Esto no es retórica. Es contabilidad.

La EEPG propone una reorientación sistemática y global del gasto militar hacia la eliminación de la pobreza y la falta de vivienda; el tratamiento de la adicción como una crisis de salud pública en lugar de una crisis penal; la sanidad y la educación universales; la reparación de infraestructuras y la reindustrialización —especialmente en Estados Unidos y Europa, donde décadas de deslocalización han vaciado la capacidad productiva—; el desarrollo de energías limpias; y la reducción de la deuda soberana que amenaza con desestabilizar las mayores economías del mundo. La deuda nacional de Estados Unidos supera los 36 billones de dólares —el 101% del PIB— con un déficit anual de 1,9 billones de dólares. Estas cifras no son sostenibles. Constituyen una crisis a cámara lenta que el gasto militar acelera cada año.

Esto no es utópico. Es aritmética. Los recursos para resolver los problemas más urgentes de la humanidad ya existen. Simplemente se destinan a la destrucción en lugar de a la construcción. La EEPG proporciona el marco para revertir esa asignación, no a través de la caridad, sino a través del reconocimiento de que la paz es más rentable que la guerra para todos, excepto para los fabricantes de armas.

El impacto económico: un verdadero dividendo de la paz

El efecto combinado de estos doce puntos aceleraría drásticamente la circulación de todas las formas de capital —capital productivo, capital financiero, capital comercial y capital rentista monopolístico— en todo el mundo. Pero, lo que es más importante, cambiaría el equilibrio del capital especulativo hacia el capital productivo. Durante las últimas cuatro décadas, la era neoliberal se ha caracterizado por las burbujas: burbujas inmobiliarias, bursátiles, del oro, de las criptomonedas… manías especulativas que se inflan, estallan y dejan a su paso una estela de destrucción. La crisis financiera de 2008 arrasó con 10 billones de dólares de la riqueza de los hogares estadounidenses. El colapso de las criptomonedas borró cientos de miles de millones. No se trata de anomalías. Son la consecuencia previsible de un sistema económico en el que los rendimientos especulativos superan constantemente a la inversión productiva, porque esta última carece del capital y la estabilidad que necesita.

Bajo el marco de la EEPG, el capital vuelve a fluir hacia la reindustrialización del mundo. Estados Unidos y Europa son los que más urgentemente lo necesitan: deben cumplir sus compromisos con sus propias poblaciones y abordar las enormes deudas, los déficits presupuestarios y los déficits comerciales que amenazan su viabilidad económica a largo plazo. Cuando se deja de gastar 900.000 millones de dólares al año en equipamiento militar y se redirige incluso una fracción de esa cantidad hacia la industria manufacturera, las infraestructuras, la educación y la investigación, se crean las condiciones para un crecimiento económico genuino y sostenible; no el subidón de azúcar de las recompras de acciones y la flexibilización cuantitativa, sino un crecimiento real que da empleo a personas reales que fabrican cosas reales.

La transformación económica genera un «dividendo de la paz» real y duradero. No el «dividendo de la paz» vacío que se prometió tras el fin de la Guerra Fría en 1991 —ese que se esfumó de inmediato con la Guerra del Golfo, los Balcanes, Afganistán, Iraq, Libia, Siria y ahora Irán—. Un cambio estructural genuino. Uno que eleve el nivel de vida en todo el mundo, avance hacia la eliminación de la pobreza y la falta de vivienda a nivel global, y cree un orden económico internacional estable en el que las naciones compitan a través de la innovación en lugar de la intimidación militar.

La pregunta que realmente importa

Todas las grandes potencias —China, Rusia, India, Europa, Irán y, sí, Israel— aceptarían este marco, porque beneficia a los intereses de todos. China obtiene estabilidad en el estrecho de Taiwán y un sistema monetario internacional justo. Rusia obtiene una vía genuina para poner fin a la guerra de Ucrania y reintegrarse en la economía global. La India obtiene un orden multipolar que refleja su creciente peso económico. Europa obtiene seguridad energética y alivio de las crisis de refugiados generadas por las guerras estadounidenses. Irán obtiene soberanía, seguridad y reparaciones. Israel obtiene una paz permanente con su adversario regional más poderoso. Y Estados Unidos obtiene algo que no ha tenido en décadas: solvencia, credibilidad y una política exterior que sus propios ciudadanos pueden permitirse.

La cuestión no es si esta propuesta es realista. La cuestión es si la alternativa es sostenible. Dos meses de guerra con Irán ya han demostrado la respuesta: no lo es. Estados Unidos no puede alcanzar la prosperidad a base de bombardeos. No puede alcanzar la estabilidad a base de sanciones. No puede alcanzar la paz mediante el «dominio en todo el espectro». Todas las guerras desde 2001 lo han demostrado, y cada guerra ha ido seguida de otra que lo vuelve a demostrar. En algún momento, habrá que aprender la lección.

Trump tiene valor; lo ha demostrado en repetidas ocasiones. Viajó a Corea del Norte cuando todo el establishment de la política exterior decía que era una locura. Cuestionó a la OTAN cuando cuestionar a la OTAN era una herejía. Se retiró de acuerdos que no servían a los intereses estadounidenses. Ahora no sólo necesita valor, sino también visión. Estos doce puntos ofrecen ambas cosas. Ofrecen a Estados Unidos un camino desde el imperio hacia la república, desde el dominio hacia la colaboración, desde la postura militar más costosa de la historia de la humanidad hacia la economía de paz más productiva que el mundo haya visto jamás. Los recursos existen. El marco existe. El momento existe. La única pregunta es si existe la voluntad de aprovecharlo.

Foto de portada de Margo Martin (dominio público).

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