John Kendall Hawkins, CounterPunch.org, 6 mayo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

John Kendall Hawkins es un periodista independiente estadounidense expatriado que reside en Australia. Fue reportero del New Bedford Standard-Times y columnista del Prague Post. Su poesía ha recibido numerosos premios, entre ellos el de la Academia de Poetas Americanos en 1984 y el Premio Literario Deakin en 1998.
El 14 de abril de 2026, el vicepresidente JD Vance se presentó ante un auditorio casi vacío en la Universidad de Georgia, cortesía de Turning Point USA, y decidió dar una lección al Papa sobre San Agustín. En concreto, Vance —quien ha declarado públicamente a San Agustín como su santo patrón y padrino intelectual de su conversión al catolicismo— invocó al gran obispo del norte de África para refutar la declaración del papa León XIV el Domingo de Ramos, según la cual Dios ignora las oraciones de quienes hacen la guerra. El Papa, afirmó Vance, estaba simplificando demasiado. Después de todo, existía una tradición de más de mil años de teoría de la guerra justa que debía considerarse.
Lo que Vance aparentemente omitió comprobar —o comprobó y desestimó— fue que, en el preciso momento en que pronunciaba esta corrección teológica, el papa León XIV se encontraba en Annaba, Argelia —la ciudad que los romanos llamaban Hipona Regius— ante la tumba del propio San Agustín. El Papa había viajado allí para rendir homenaje al hombre que más contribuyó a moldear la teología moral católica, incluyendo la doctrina de la guerra justa que Vance ahora esgrimía contra él. Vance utilizó a Agustín para reprender a un papa que, en ese preciso instante, se encontraba arrodillado ante la tumba de Agustín.
Podríamos llamarlo farsa: ese género donde la gente habla con voz alta y segura sobre cosas que, al mismo tiempo, están tergiversando visiblemente. La ironía, al menos, conlleva un elemento de sorpresa. Esto era algo mucho más descarado: un hombre invocando a su santo patrón contra la misma persona que acababa de ir a rezar a la tumba de ese santo.
Sin embargo, la farsa es más profunda que una tarde embarazosa en Georgia. Para comprender por qué, hay que remontarse más allá de Vance, más allá de León XIII, incluso más allá de la larga relación de la Iglesia con la política imperial. Hay que remontarse a una sola gota de sangre y a lo que ha significado en este continente durante cuatrocientos años.
Una gota y el trono de Pedro
Estados Unidos construyó una tradición legal y literaria, sobre todo en el Sur, en torno a un concepto tan brutal en su simplicidad que no encontró equivalente real en otras sociedades: la regla de la gota. Una gota de sangre africana —un antepasado, un abuelo, un bisabuelo alejado de la plantación— y ya eras negro. Completamente, legalmente, con todas las consecuencias, negro, con todo el peso social y mortal que conllevaba esa palabra.
Kate Chopin lo comprendió. Sus relatos sobre Luisiana —el más famoso, El bebé de Désirée— giran precisamente en torno al momento en que esa gota aflora: cuando la herencia oculta se manifiesta en la piel de un niño, en un rasgo, en un tono particular de luz vespertina. La revelación destruye familias. Acaba con matrimonios. Acaba con vidas. La gota era una sentencia, dictada sin juicio.
El papa León XIV —nacido Robert Francis Prevost en Chicago, de ascendencia criolla, con raíces en Nueva Orleans y el Caribe— se erige, según esa misma lógica estadounidense, como un hombre negro. Su linaje se remonta a la diáspora africana, a la mezcla, la migración y la supervivencia que dieron origen a la cultura criolla de Luisiana y las islas. Sus bisabuelos figuraban como personas de color en los censos. La regla de la gota de sangre, ese instrumento que la sociedad estadounidense utilizó durante siglos para despojar a las personas de su humanidad, sus propiedades, su libertad y sus vidas, se aplica aquí sin ambigüedad.
Y, sin embargo…
Cuando León XIV fue elegido en mayo de 2025 —el primer papa nacido en Estados Unidos en la historia de la Iglesia católica—, la cobertura mediática general fue cautelosa, casi clínica, al abordar este hecho. Se hicieron referencias a su «origen multicultural», a su «diversa herencia», a sus años de servicio en Perú. La palabra que habría aparecido en un censo hace un siglo, la palabra que habría determinado dónde se sentaba en un autobús, si podía votar, si su matrimonio era reconocido legalmente, permaneció prácticamente oculta. La institución que lo eligió, y los medios que cubrieron la elección, lograron algo extraordinario: hicieron historia mientras aparentaban ignorar cuidadosamente la historia que se estaba escribiendo.
El silencio es la historia.
El cónclave y la coincidencia
En 2024, la película Cónclave de Edward Berger llegó a los cines y, de forma un tanto improbable, se convirtió en un fenómeno de la temporada de premios, ganando el Óscar al Mejor Guion Adaptado. La película narra la elección secreta de un nuevo papa: las intrigas de los cardenales, los secretos ocultos y las inquietudes doctrinales de una institución que elige a su próximo instrumento de la autoridad divina en la tierra. El papa finalmente elegido es el candidato inesperado, el forastero, el que había estado sirviendo discretamente en Afganistán mientras los demás acumulaban influencia y propiedades en el Vaticano. Guarda un secreto: nació intersexual. La distinción con la transexualidad es importante aquí, porque un cuerpo intersexual rechaza las categorías binarias que la Iglesia ha impuesto durante siglos, desde dentro, por biología, sin elección ni agenda.
La institución lo eligió de todos modos. Sin saberlo. La Iglesia sigue eligiendo accidentalmente a las personas que su doctrina oficial pretendía excluir.
La película aún estaba en cartelera cuando el cónclave real de 2025 eligió a León XIV. Al parecer, Life había estado viendo la proyección.
El paralelismo es instructivo, no exacto. En Cónclave, la incomodidad de la institución con su propia elección es palpable: la película termina con un suspiro contenido, una pregunta que la cámara se niega a responder. En realidad, la incomodidad se manifestó como una gestión silenciosa y cuidadosa de la narrativa. El legado de León XIV se reconoció como se reconoce algo que se espera que deje de mencionarse: una línea en la biografía, un gesto respetuoso y luego un rápido giro hacia sus años en Perú, su trayectoria pastoral, su experiencia administrativa en Roma. Cualquier cosa menos los registros censales. Cualquier cosa menos la gota.
El Caribe, el azúcar y el pecado original del capital
El legado de León XIV tiene el peso que tiene debido a su origen geográfico, histórico, económico y, sí, teológico.
El Caribe fue el primer laboratorio de la diáspora africana en el Nuevo Mundo. El sistema de plantaciones que eventualmente se extendería por el sur de Estados Unidos se gestó en las islas —Haití, La Española, Jamaica, Barbados— donde el capital europeo descubrió su obsesión fundacional: el azúcar. Antes del algodón, antes del tabaco, antes de que el Norte industrial desarrollara su apetito por la materia prima, existía el azúcar. Y el azúcar se traducía en una brutalidad humana que incluso los colonizadores tuvieron que racionalizar conscientemente. La situación económica era asombrosa. A mediados del siglo XVIII, las colonias azucareras del Caribe generaban más riqueza para Gran Bretaña y Francia que todas sus demás posesiones coloniales juntas. Sólo Haití —Saint-Domingue, como la llamaban los franceses— representaba aproximadamente el 40% del azúcar de Europa y más de la mitad de su café. La isla era el territorio más rentable del mundo. También era un osario. Los africanos esclavizados morían tan rápidamente por el exceso de trabajo, las enfermedades y la violencia deliberada que el sistema requería importaciones continuas sólo para mantener los niveles de mano de obra. En Saint-Domingue, se consumía gente. La palabra «posesión» era demasiado suave.
La Iglesia estuvo presente en todo momento. Los misioneros llegaron con los colonizadores. La doctrina cristiana se administraba junto con el látigo. El bautismo se ofrecía —y a menudo se exigía— mientras que la personalidad jurídica del bautizado se negaba simultáneamente. La teología era intrincada en sus autojustificaciones: la esclavitud era una condición del cuerpo, el alma permanecía libre; los esclavizados podían recibir los sacramentos; su sufrimiento en esta vida les valía la redención en la siguiente. La Iglesia proporcionó a la economía de las plantaciones el vocabulario moral que la hizo soportable para quienes la vivían.
Este legado es la historia que subyace a los orígenes criollos de Robert Prevost. Una digresión útil: la guerra civil estadounidense, a pesar de su posterior marco moral, fue en su esencia económica, una disputa sobre las cadenas de suministro. El algodón y la caña extraídos del Sur abastecían las fábricas y refinerías de Nueva York, Massachusetts y Lancashire. La materia prima fluía hacia el norte; el producto terminado regresaba y se enviaba a Inglaterra y Europa. Cuando el Sur se separó, amenazó con redirigir ese flujo para construir su propia base industrial y sus propias relaciones comerciales con Europa. Industrias enteras del Norte se enfrentaban a la ruina. La liberación fue el resultado de esa guerra. Para la mayoría de los hombres que financiaron los ejércitos de la Unión, fue un afortunado efecto secundario de la protección de sus intereses económicos.
Este legado es la historia que corre por las venas de León XIV. Un descendiente de aquellos consumidos por ese sistema ocupa ahora el cargo más poderoso de la cristiandad, y la institución que bendijo los barcos se cuida mucho de no hacer alarde de ello.
- La ironía del protestantismo negro: Hay una nota a pie de página demográfica en todo esto que merece más que una simple nota:
La inmensa mayoría de los afroamericanos son protestantes. La iglesia negra —bautista, metodista, AME, pentecostal— se encuentra entre las principales instituciones a través de las cuales se construyeron y mantuvieron la organización política, la supervivencia cultural y la identidad colectiva afroamericana a lo largo de cuatro siglos de terror legal. Desde la iglesia invisible del Sur anterior a la guerra civil, donde las escrituras se leían en secreto y se creía que Dios estaba del lado de los esclavizados, hasta los púlpitos que impulsaron el Movimiento por los Derechos Civiles, la tradición protestante negra es inseparable de la historia estadounidense en general.
Según la mayoría de las estimaciones, hay más afroamericanos que practican el islam que el catolicismo. La Nación del Islam, y posteriormente las comunidades suníes mayoritarias, encontraron su base de apoyo en Estados Unidos en gran parte entre los afroamericanos para quienes el cristianismo de los esclavistas estaba manchado de sangre, y para quienes una fe con una relación diferente con la historia colonial ofrecía algo valioso: una línea divisoria clara.
La Iglesia católica ocupa un lugar específico en ese imaginario. Una institución jesuita —la Universidad de Georgetown— vendió 272 personas esclavizadas en 1838 para financiar sus operaciones. La documentación es exhaustiva. En las últimas décadas se han producido gestos de reparación, en gran medida simbólicos. La historia persiste bajo esos gestos.
Así llega el primer papa negro, y su público más natural recibe la noticia con una mezcla de indiferencia y escepticismo. El sentimiento subyacente es reconocible: esta no es nuestra casa, y quienes la construyeron utilizaron a nuestros bisabuelos como madera. Esa historia no desaparece porque un papa lleve sangre criolla en sus venas. La iglesia negra se construyó en los márgenes que el Vaticano ayudó a crear. Nunca ha necesitado el permiso del Vaticano para tener relevancia. La pregunta ahora es si el Vaticano tiene la suficiente conciencia para comprender a quién ha elegido, y qué le debe.
La guerra justa y la guerra de los gánsteres
El Papa León XIV, el Domingo de Ramos, citó el libro de Isaías: Dios se aparta de las oraciones de quienes hacen la guerra. Lo expresó claramente, en el contexto de Gaza, en el contexto de Irán, en el contexto de una administración estadounidense que lleva a cabo campañas de bombardeo en múltiples frentes, sin una declaración de guerra del Congreso, sin una constatación formal de una amenaza existencial, sin el marco jurídico que el derecho estadounidense e internacional exige nominalmente antes de que un Estado pueda matar a personas en otros países.
La tradición de la guerra justa —la tradición de Agustín, la que Vance reivindica como su herencia intelectual— establece criterios estrictos: la causa debe ser justa, la intención debe ser correcta, la guerra debe ser el último recurso, debe ser declarada por una autoridad legítima y el daño infligido debe ser proporcional al daño evitado. Los obispos estadounidenses, respondiendo a Vance sin mencionarlo por su nombre, lo expresaron claramente: la guerra justa requiere la defensa contra quien «libra activamente la guerra». La agresión se descalifica a sí misma. La acción preventiva se descalifica a sí misma. La adquisición de recursos disfrazada con el lenguaje de la libertad se descalifica a sí misma.
La tradición de la guerra justa se concibió, en parte, para evitar precisamente lo que Vance intentó: la santificación retroactiva de las guerras invocando las consideradas «buenas». Sí, la liberación de los campos de concentración cumple con todos los criterios: fue defensiva, proporcionada, llevada a cabo sólo tras agotar todas las alternativas y dirigida a objetivos militares. Citarla para justificar una campaña aérea contra la infraestructura civil iraní —que Trump amenazó explícitamente en su publicación del Domingo de Pascua en redes sociales— es, en el mejor de los casos, un razonamiento sesgado disfrazado de teología. La tradición que Vance invoca prohíbe expresamente la conclusión que él extrae de ella.
El patrón ya nos resulta bastante familiar. El siglo XX produjo las últimas guerras que podían considerarse justas de forma creíble: libradas contra el mal ideológico, con ambiciones territoriales y asesinatos industriales como eje central. Todo lo ocurrido desde Corea ha requerido una gestión de relaciones públicas más cuidadosa. Vietnam requirió la farsa del golfo de Tonkín. Iraq requirió la invención de las armas de destrucción masiva. Afganistán requirió la geografía específica del 11 de septiembre, que en sí misma merecía un análisis más profundo del que la mayoría de los estadounidenses estaban dispuestos a realizar en los meses de dolor inmediatamente posteriores.
Lo que sigue se parece menos a una guerra en el sentido teológico y más, al analizar los mapas de recursos, las rutas de los oleoductos y las ganancias de los contratistas de defensa, a una extorsión con mejor imagen. El interés de Estados Unidos en Irán radica en las reservas de petróleo, el dominio regional y la influencia que le otorga el control geográfico entre el Caspio y el Golfo Pérsico. Los criterios de la guerra justa se basan en las condiciones reales, no en las intenciones declaradas, y las condiciones reales que se ofrecen aquí son: ausencia de amenaza existencial, ausencia de agotamiento de alternativas, ausencia de autorización del Congreso y la infraestructura civil como objetivo explícito. El Papa lo sabe. Los obispos lo saben. El catecismo lo afirma claramente. Vance, quien ha leído a Agustín, también lo sabe. Eso es precisamente lo que hizo que su intervención en Georgia fuera tan notable: un hombre que domina una tradición, utilizando su vocabulario para llegar a conclusiones que la tradición prohíbe explícitamente.
El embajador de Dios y el converso que lo sabe todo
Seamos precisos sobre las relaciones institucionales en juego en este intercambio.
JD Vance es un converso al catolicismo, recibido en la Iglesia en 2019, con Agustín como su patrón. En la eclesiología católica, el Papa ostenta una autoridad específica y absoluta: es el vicario de Cristo, representante terrenal del Hijo de Dios, sucesor de Pedro y pastor supremo de la Iglesia universal. La tradición ofrece mecanismos para que un católico pueda expresar su desacuerdo con el Papa en cuestiones de fe y moral, de forma respetuosa, a través de los canales adecuados y con deferencia a su cargo. Una entrevista en Fox News en la que el vicepresidente de Estados Unidos le dice al vicario de Cristo que se limite a tratar asuntos de moralidad y deje la política exterior en manos del presidente, se sale un tanto de estos mecanismos.
Reflexionemos un momento sobre esa frase: ciñámonos a cuestiones de moralidad. El asesinato deliberado de civiles, una cuestión de moralidad. Si una guerra cumple con los criterios de justicia, entra de lleno en la jurisdicción profesional del papa. Que el hombre cuyo título formal incluye «pastor supremo de la Iglesia universal, siervo de los siervos de Dios» comente sobre si las campañas de bombardeo son morales, es su función, en el sentido doctrinal más literal. La formulación de Vance implica que la moralidad y la política exterior ocupan ámbitos separados, y que el papa sólo tiene acceso a uno de ellos. Agustín, de haber sido consultado, habría tenido mucho que decir sobre esa estructura.
Y luego está la palabra que Vance eligió en Fox News para describir la relación del presidente con la política exterior estadounidense: «dictar». Que el presidente de Estados Unidos se limite a dictar la política pública estadounidense. Vance es un hombre cuidadoso con sus palabras: escribió unas memorias, estudió Derecho en Yale y eligió a su santo patrón con detenimiento. Dictar: del latín dictare, prescribir, imponer. La palabra tuvo una carga política específica durante la mayor parte del siglo XX. Su aparición aquí fue o bien un desliz de proporciones extraordinarias o una confesión disfrazada de tema de conversación.
Estados Unidos ha tenido exactamente dos presidentes católicos. John F. Kennedy, asesinado, cuyo cerebro —literalmente, físicamente— fue objeto de ocultación por parte del gobierno y de gestión archivística durante décadas; el único presidente moderno cuyo asesinato nunca ha sido investigado con honestidad por las instituciones encargadas de hacerlo. Y Joe Biden, con un único mandato, cuyo deterioro cognitivo fue la narrativa dominante de su presidencia, quedó efectivamente excluido del proceso de nominación de su propio partido de una manera que planteó dudas sobre la legitimidad democrática que la prensa convencional consideró inconvenientes. Dos católicos. Uno perdió parte de su cráneo en Dallas. El otro perdió el hilo en la televisión nacional. El catolicismo en la vida política estadounidense ha funcionado como un electorado al que cortejar y una identidad cultural que representar, subordinado sistemáticamente a las exigencias del poder. La actuación de Vance en Fox News encaja a la perfección con esta tradición: la fe es real, la conversión fue sincera, y el lunes por la mañana nada cambia.
Mientras tanto, Trump publicó una imagen generada por IA de sí mismo como Jesucristo. El Domingo de Pascua. La administración, que le sermonea al papa sobre no meterse en sus asuntos, presentó a su presidente como el Hijo de Dios, en el día más sagrado del calendario cristiano, y la base evangélica lo aceptó sin pestañear.
El trono flácido: ¿Y en qué podría convertirse?
Debajo de todo esto subyace una pregunta legítima que merece una respuesta justa: ¿realmente importa lo que diga el papa?
El Vaticano controla 44 hectáreas en el centro de Roma, una superficie menor que la de la mayoría de los campos de golf. Su poder reside en la autoridad moral: la capacidad de nombrar las cosas con veracidad, de llamar a un crimen de guerra por su nombre, de afirmar que Dios ignora las plegarias de quienes promueven la guerra, y de lograr que 1.400 millones de personas escuchen esto y sientan una profunda conmoción.
Juan Pablo II comprendía a la perfección esta arquitectura. Su papado fue un ejercicio constante de autoridad moral contra el comunismo soviético: presente en Varsovia, presente en Gdańsk, situándose en los territorios concretos de la opresión y denunciando lo que veía. Independientemente de si se le atribuye o no a esa presencia haber contribuido al colapso del Bloque del Este, todo relato histórico serio de ese período la tiene en cuenta. El Papa, armado únicamente con su presencia y su voz, actuó como una fuerza geopolítica.
León XIV lleva, al momento de escribir estas líneas, menos de un año en el papado. Ha hablado sobre Gaza. Ha hablado sobre Irán. Viajó a la tumba de Agustín en Argelia y estuvo allí la misma tarde en que un funcionario católico estadounidense usó el nombre de Agustín en su contra. Ha declarado que no le «asustan» las represalias políticas.
Lo que le queda por delante es asumir la gravedad específica de quién es: descendiente de personas esclavizadas, criollo de la diáspora caribeña, de aquel primer y más terrible laboratorio del capitalismo. Un papa negro —según la regla de la gota de sangre que los propios Estados Unidos inventaron— que ocupa una cátedra construida, en parte, por una institución que bendecía los barcos de esclavos, administraba los sacramentos y llevaba meticulosos registros bautismales mientras hombres y mujeres eran explotados hasta la muerte en los campos de caña de azúcar.
Si León XIV dijera eso sin rodeos —como parte de la historia, como el peso específico que conlleva su cargo— sería la declaración papal más trascendental de una generación. No requeriría de un ejército, ni de mecanismos de sanciones, sólo el valor de presentarse públicamente como lo que los registros censales siempre han dicho que ya es. La Iglesia lo eligió. Aún no ha asimilado la magnitud de lo que eligió.
Epílogo: El precio del silencio
JD Vance le dio una lección al papa sobre Agustín en la tumba de este. El presidente publicó una foto suya disfrazado de Jesús el Domingo de Pascua. El vicepresidente le dijo al vicario de Cristo que se limitara a cuestiones morales, como si los niños de Gaza se hubieran colado en un seminario político en lugar de en una campaña de bombardeos. El primer papa negro, según cualquier estándar legal o cultural estadounidense, fue elegido para liderar a 1.400 millones de católicos, y la cobertura se gestionó con tal precisión que la mayor parte del mundo permaneció insegura sobre lo que realmente estaba viendo.
En Cónclave, la película termina con una profunda exhalación. La institución ha elegido al candidato imposible. La cámara se detiene en el rostro del nuevo papa —inseguro, agobiado, real— y deja al público con la pregunta que no puede responder: ¿qué va a suceder ahora?
León XIV es esa pregunta, que se desarrolla en tiempo real.
El Caribe corre por sus venas. Agustín está en su oficina. La regla de la gota de sangre está en su biografía. Los niños de Gaza, víctimas de los bombardeos, están en sus oraciones. Y un católico converso de Ohio aparece en Fox News aconsejándole que se meta en sus propios asuntos.
La pregunta que plantea el artículo es: ¿Qué sucederá ahora? Dependiendo de lo que decida hacer León XIV con el puesto imposible que ocupa, podría convertirse en la pregunta del siglo.
Foto de portada de JD Vance (dominio público).