El péndulo se balancea: La lenta agonía del consenso proisraelí en Europa

Ramzy Baroud, CounterPunch.org, 7 mayo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, entre ellos Our Vision for Liberation, My Father was a Freedom Fighter y ‘The Last Earth, siendo el más reciente Before The Flood: A Gaza Family Memoir Across Three Generations of Colonial Invasion, Occupation and War in Palestine.  El Dr. Baroud es también investigador senior no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su sitio web es www.ramzybaroud.net .

La Unión Europea es «la jefa de todos los cobardes», declaró Amnistía Internacional en un contundente comunicado publicado el 21 de abril. La condena fue una respuesta directa al fracaso sistemático del bloque europeo a la hora de romper relaciones con Israel durante la reunión del Consejo de Asuntos Exteriores celebrada en Luxemburgo.

A pesar de meses de advertencias legales, la UE volvió a anteponer la seguridad procedimental a la urgencia de la vida humana.

Los esfuerzos para presionar a la UE a que adoptara por fin una postura moral fueron liderados por una coalición formada por España, Irlanda y Eslovenia, a la que más tarde se unió Bélgica. Argumentaron que el Acuerdo de Asociación UE-Israel —el marco jurídico que rige sus relaciones comerciales— se basa en el «respeto a los derechos humanos».

Mantener este acuerdo mientras continúan las violaciones extremas en la Palestina ocupada equivale a vaciar de sentido los propios tratados fundacionales de la UE.

Una decisión de este tipo, aunque tardía, habría reportado un bien incalculable. Habría restaurado en cierta medida la credibilidad destrozada de la UE y reavivado el debate sobre el derecho internacional. Y, lo que es más importante, habría puesto en marcha una serie de medidas concretas para exigir responsabilidades a Israel y habría proporcionado a los palestinos una sensación tangible de esperanza.

Sin embargo, nada de eso ocurrió gracias a la presión ejercida por Alemania e Italia. Estas naciones actuaron como escudo diplomático, protegiendo a Israel de las consecuencias.

La postura alemana sigue siendo coherente con la defensa intransigente de Israel por parte de Berlín, una postura que se ha mantenido incluso durante el genocidio en Gaza. Como país que debería haber sido el mayor defensor mundial contra el exterminio masivo, Alemania ha protegido repetidamente a Israel ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) y otras instituciones mundiales.

Durante este genocidio, Berlín ha redoblado su apuesta, insistiendo en que la acusación «carece de fundamento alguno». Esta rígida postura se mantuvo inalterable incluso cuando España se sumó al caso de Sudáfrica ante la CIJ, lo que supuso una profunda ruptura en el consenso jurídico y moral europeo.

Por lo tanto, no supuso sorpresa alguna que los dirigentes alemanes desestimaran la propuesta de Luxemburgo de suspender el comercio por considerarla «inapropiada». Junto con Italia, insistieron en que la UE debe mantener un «diálogo constructivo» con Tel Aviv —una frase que se ha convertido en un eufemismo de complicidad—.

Italia presenta un ejemplo aún más extraño. Mientras que el gobierno de derechas de Giorgia Meloni sigue alineado con la línea proisraelí, la movilización del pueblo italiano ha sido una de las más fuertes de Europa.

Las calles de Roma y Milán han sido escenario de protestas masivas y huelgas generales que rivalizan con el fervor visto en España. Sin embargo, Meloni sigue negándose a atender el llamamiento de su pueblo, y sus ministros afirmaron en Luxemburgo que la propuesta de suspender el tratado había quedado «archivada».

Es probable que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, sintiera un gran alivio tras la votación. La economía israelí se encuentra actualmente en dificultades debido a la abrumadora carga que suponen las continuas guerras, con un déficit presupuestario que se dispara a medida que se amontonan los gastos en defensa. La UE sigue siendo el principal socio comercial de Israel, con un comercio total de mercancías que supera los 42.000 millones de euros.

Este acuerdo supone un salvavidas económico vital gracias al acceso preferencial al mercado y a la integración en el sector de la alta tecnología; su suspensión provocaría una crisis financiera devastadora.

Pero el hecho de que Alemania e Italia hayan logrado mantener el tratado por ahora no niega la ruptura inminente que ya está en marcha.

Esta ruptura no la lideran los gobiernos, sino las sociedades europeas. No sería exagerado sugerir que la relación de Europa con Israel está abocada a un cambio fundamental. La división histórica entre los partidarios incondicionales de Israel, como Alemania, y naciones más empáticas, como Irlanda, se está derrumbando a medida que el péndulo político se inclina hacia Palestina.

El bando de la línea dura recibió recientemente su golpe más significativo con el giro político en Hungría. Con el ascenso de Péter Magyar, quien recientemente prometió que Hungría respetaría las órdenes de detención de la CPI contra Netanyahu, Israel ha perdido a su «hombre del veto» más fiable en Bruselas.

Esto deja a Alemania cada vez más aislada como único protector de peso del statu quo.

Ya no estamos hablando de gestos simbólicos. Estamos asistiendo a una masa crítica de apoyo a Palestina acompañada de acciones directas: acampadas, recursos judiciales y huelgas laborales. El 14 de abril se informó de que más de un millón de europeos firmaron una petición formal titulada «Justicia para Palestina» en la que se instaba a Bruselas a imponer sanciones.

Esto refleja una presión sostenida capaz de influir en las agendas políticas. Las encuestas de este mes indican que solo el 17% de los encuestados en Alemania considera ahora a Israel un socio fiable. Esto pone de manifiesto una brecha cada vez mayor entre la opinión pública europea y sus gobiernos. Mientras que España parece estar respondiendo al sentir de la ciudadanía, Alemania sigue actuando en contra de él.

Estas mismas posiciones morales se reflejan en las actitudes hacia otras guerras regionales. Las encuestas de marzo de 2026 muestran que el 56% de los españoles e italianos se opone a una acción militar estadounidense-israelí en Irán. La opinión pública ve cada vez más estas situaciones no como crisis separadas, sino como frentes interconectados de una única política fallida.

El rechazo a la guerra forma parte de un rechazo más amplio a la política militar israelí y a la alineación de los gobiernos europeos con ella. Estos cambios no sólo han aislado a Israel, sino que han comenzado a aislar también a sus aliados. A excepción de Donald Trump y su total alineamiento con la agenda de Netanyahu, la era de un bloque occidental unificado que atiende sin cuestionamientos las exigencias de Israel está llegando a su fin.

La explicación tradicional del respaldo europeo —la culpa histórica por el Holocausto— ya no justifica la conducta de las élites políticas. Una explicación más acertada reside en el propio legado europeo de violencia colonial y jerarquía racial.

Sin embargo, el verdadero cambio se debe a la sociedad civil y a la resiliencia del pueblo palestino, que ha eludido los filtros de los medios tradicionales para dirigirse directamente al mundo.

Europa sabe ahora que se ha cometido un genocidio. Es poco probable que este cambio de paradigma se revierta, independientemente de si los burócratas de Luxemburgo logran retrasar lo inevitable.

Imagen de portada de Reesmada.

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