La negación del cambio climático de Trump

John Feffer, Foreign Policy in Focus, 6 mayo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


John Feffer es autor de la novela distópica Splinterlands y director de Foreign Policy In Focus en el Institute for Policy Studies. Frostlands, original de Dispatch Books, es el segundo volumen de su serie Splinterlands, y la última novela de la trilogía es Songlands. Ha escrito asimismo Right Across the World: The Global Networking of the Far-Right and the Left Response.

Cuando Stalin quería deshacerse de alguien, no se limitaba a ordenar su ejecución con un disparo en la nuca. Intentaba también borrar a la persona en cuestión de la historia, eliminando su nombre de las enciclopedias y retocando su imagen en las fotografías. En una infame foto de dos docenas de líderes comunistas de 1920, un número tan elevado de ellos fueron declarados «enemigos del pueblo» en los años siguientes que la foto oficial acabó mostrando sólo a Lenin y al escritor Máximo Gorki de pie en los escalones de un porche llamativamente vacío. En otras instantáneas retocadas, Stalin aparece solo en el espacio despoblado.

Donald Trump no es ajeno a este tipo de manipulaciones visuales, aunque tiende a añadirse a sí mismo en lugar de eliminar a otros. Se ha representado a sí mismo como Jesús, como un jugador olímpico de hockey estadounidense marcando un gol y golpeando a sus oponentes canadienses, y como alguien que toma el sol con otros miembros del Gabinete en el estanque reflectante del Monumento a Lincoln. Una de sus fervientes seguidoras en la Cámara de Representantes, Anna Paulina Luna (republicana por Florida), propuso el año pasado un proyecto de ley para incorporar a Trump al Monte Rushmore, aunque Trump se le adelantó cinco años antes con un tuit en el que se insertaba a sí mismo junto a los Padres Fundadores.

A pesar de su preferencia por saturar el universo visual con su propia imagen, Trump también ha desarrollado su propio proceso de eliminación. Ha elaborado una lista de enemigos —el exdirector del FBI James Comey, la fiscal general de Nueva York Letitia James, el senador Mark Kelly— a los que ha estado atacando con demandas judiciales y campañas de desprestigio. No contento con centrarse en el presente, ha intentado activamente borrar de los sitios web, publicaciones y parques federales a todas las figuras históricas no blancas y no masculinas que las campañas anteriores salvaron del olvido.

Pero quizá el esfuerzo más peligroso por retocar la realidad tiene que ver con el cambio climático. Trump se ha esforzado por convertir a Estados Unidos de un defensor tibio de las medidas para reducir las emisiones de carbono a un negacionista a ultranza de que el cambio climático esté ocurriendo siquiera. Trump es famoso por enfadarse cuando no encabeza todas las listas: el mejor presidente, el tipo más inteligente de la sala, el peinado más creativo. Añadamos una lista más: la mayor amenaza para la humanidad. Quizás para encabezar también esa lista, el presidente ha minimizado la amenaza del cambio climático hasta el punto de hacerla inexistente. Al igual que Stalin, Trump está ahora solo.

La campaña de la administración comenzó con la eliminación de todas las referencias al cambio climático de los sitios web federales. Pero ha fomentado una autocensura aún más generalizada: cualquiera que quiera conservar su empleo federal o solicitar una subvención federal ha eliminado estratégicamente cualquier referencia relacionada con el medio ambiente de sus descripciones y solicitudes. Esta hostilidad hacia todo lo relacionado con el clima también ha marcado muchos de los últimos recortes presupuestarios del Gobierno: el presupuesto de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) se ha reducido a la mitad, se han recortado 1.600 millones de dólares a la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, se ha eliminado el Programa de Asistencia Energética para Hogares de Bajos Ingresos, dotado con 4.000 millones de dólares, y se han recortado 449 millones de dólares en fondos para energías renovables.

No es de extrañar que el Gobierno haya tomado medidas contra los estados que han mantenido políticas climáticas firmes. El Departamento de Justicia ha puesto en el punto de mira a Vermont y Nueva York por sus enfoques basados en el principio de «quien contamina paga», así como a California por su sistema de comercio de derechos de emisión. A pesar de estos ataques, varios estados han seguido adelante con sus estrategias de reducción de emisiones y transición energética. Los 24 estados de la Alianza Climática de EE. UU. han reducido sus emisiones un 24% por debajo de los niveles de 2005 y han promovido el desarrollo y la adopción de tecnologías de energía limpia.

El enfoque de la administración también se puede ver en el lado de los incentivos de la ecuación. Ha aprobado oleoductos como la reciente ampliación del oleoducto Bridger, ha dado luz verde a la perforación petrolífera en aguas profundas en el golfo de México, ha abierto el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico en Alaska a las empresas petroleras y ha intentado apuntalar la moribunda industria del carbón. La administración ha pagado 2.000 millones de dólares a diversas empresas para que cancelen sus proyectos de energía eólica e inviertan en su lugar en combustibles fósiles. La desregulación y la ausencia de aplicación —de las normas de contaminación, de los requisitos de seguridad y salud, de los permisos medioambientales— han supuesto enormes ventajas para las empresas que emiten gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Y lo que es aún más preocupante, la Administración ha alterado el ADN mismo de la gobernanza reguladora al derogar la «declaración de peligro». Según una sentencia del Tribunal Supremo de 2007, la EPA está obligada a determinar si el cambio climático supone un peligro y, en caso afirmativo, a tomar medidas para hacerle frente. Bajo las Administraciones posteriores, la EPA hizo precisamente eso. Pero Lee Zeldin, el director de la EPA decidido a destruir su propia agencia, pisoteó recientemente casi 20 años de jurisprudencia al derogar la «declaración de peligro».

En una rueda de prensa con Trump en la Casa Blanca, afirmó que revocar la declaración ahorraría a los estadounidenses 1,3 billones de dólares, principalmente en forma de precios más bajos de los automóviles. Olvidó mencionar los costes de la medida, que, según las propias estimaciones de la EPA, podrían superar los 1,4 billones de dólares, y eso sin contar los gastos asociados a un mayor calentamiento.

Aproximadamente la mitad de los estados de la unión se han unido para impugnar a Zeldin y llevar el caso al Tribunal Supremo.

En el mejor de los mundos posibles, el ataque de Trump a la ciencia climática, a la financiación de la transición energética y a los mecanismos reguladores es el último suspiro del culto a los combustibles fósiles. Al fin y al cabo, el precio de las energías renovables está bajando, la comunidad científica sigue unida en sus sombrías evaluaciones y la mayor parte del resto del mundo está comprometida a hacer algo ante la tormenta que se avecina. Incluso la apuesta a toda costa de Trump por salvar la industria del carbón estadounidense debe tener en cuenta que esa industria debe hacer frente a las inexorables leyes del mercado. Dado que las centrales térmicas de carbón son antiguas y, sencillamente, poco rentables, Trump ha presidido el cierre de más centrales de este tipo que cualquier otro presidente de Estados Unidos.

Pero este no es el mejor de los mundos posibles. Las acciones de retaguardia de Trump llegan en un momento peligroso en el que incluso los intentos a medias para abordar el cambio climático son claramente insuficientes. Sólo una acción colectiva de gran envergadura contra los combustibles fósiles puede mitigar los peores impactos del cambio climático. En cambio, Trump está jugando a favor de las industrias contaminantes en un intento de destruir cualquier última esperanza de restaurar una cierta medida de equilibrio en el planeta.

El clima sigue cambiando

Aunque casi todos los países del mundo se han comprometido a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, la cantidad total de carbono expulsada a la atmósfera sigue creciendo. En 2025, impulsadas por un aumento del 4,1% en las emisiones asociadas al sector del petróleo y el gas, las emisiones alcanzaron un nuevo récord. Las emisiones de metano, considerablemente más peligrosas que las de dióxido de carbono, también aumentaron hasta un nuevo máximo tras un pequeño descenso en 2024.

El aumento total se debió en parte a un repunte de las emisiones de EE. UU. En 2023 y 2024, las emisiones de gases de efecto invernadero de EE. UU. disminuyeron. Igualmente importante es que las políticas estadounidenses lograron romper el vínculo entre el crecimiento económico y las emisiones, de modo que el primero aumentó incluso mientras que las segundas disminuyeron. En 2025, sin embargo, las emisiones aumentaron un 2,4%, una vez más a un ritmo superior al del crecimiento económico.

Del mismo modo que el impacto del gasto del Pentágono en los gastos militares mundiales no se podrá cuantificar hasta que se publiquen las cifras de este año, las políticas climáticas de Trump no empezarán a reflejarse en las estadísticas hasta finales de 2026. El aumento de las emisiones del año pasado se debió más bien a un invierno inusualmente frío y a la expansión tanto de los centros de datos como de la minería de criptomonedas, y no a las políticas de Trump favorables a los combustibles fósiles.

No todo son malas noticias. China, con diferencia el mayor emisor mundial en cifras totales, se está acercando al pico de emisiones de dióxido de carbono, al tiempo que impulsa las exportaciones de paneles solares, baterías y turbinas eólicas a niveles récord para que otros países puedan realizar la transición hacia estas energías renovables. Las emisiones europeas siguen disminuyendo. En 2025, la energía solar se convirtió en la primera fuente de energía renovable en liderar el crecimiento del suministro eléctrico. La energía eólica y la solar representan ahora mayor proporción de la generación de electricidad que el carbón.

La guerra de Irán, por su parte, es un punto de inflexión involuntario en la trayectoria de la política energética. El bloqueo del estrecho de Ormuz ha provocado una enorme crisis energética, y muchos países informan de una grave escasez de petróleo y gas.  Como escriben Zoya Teirstein y Jake Bittle en Grist:

A medida que los precios suben y los suministros disminuyen, los países de todo el mundo están reevaluando su futuro energético. Mientras que algunos han recurrido a combustibles contaminantes para cubrir las carencias causadas por el cierre del estrecho de Ormuz, otros han anunciado importantes inversiones en energía limpia para trazar un camino que les aleje de las fuentes de energía de las que han dependido durante más de cien años.

Trump y su equipo soñaban con acceder a los combustibles fósiles iraníes y reducir los precios en las gasolineras. Hasta ahora, están consiguiendo exactamente lo contrario de lo que querían. Es muy posible que ocurra lo mismo con su guerra contra las energías renovables.

Intentando socavar la respuesta internacional

Como parte de su esfuerzo por destruir la «nueva estafa verde», Trump no se ha conformado con desmantelar la infraestructura nacional de reducción de emisiones y transición energética. Ha retirado a Estados Unidos de todas las iniciativas internacionales importantes para abordar el cambio climático, empezando por el Acuerdo de París y la agencia de la ONU que lo administra, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).

Sin embargo, hasta ahora no se ha producido una estampida hacia la salida a raíz de la retirada de Estados Unidos. Ningún otro país ha abandonado el Acuerdo de París, ni Rusia, ni ninguno de los países del Golfo, ni siquiera Nicaragua y Siria (ninguno de los dos firmó inicialmente el acuerdo). Tres países han firmado, pero no han ratificado el acuerdo —Irán, Libia y Yemen—, pero la agitación interna está influyendo en sus reticencias. Mientras tanto, todos los miembros de la ONU siguen formando parte de la CMNUCC.

Así pues, Estados Unidos se encuentra solo en su negativa a reconocer que el mundo está amenazado por el cambio climático.

En general, las respuestas internacionales han sido insuficientes para la magnitud del desafío. Sólo se destina una mínima parte de la financiación a ayudar a los países a reducir las emisiones (mitigación), a hacer frente al impacto actual del cambio climático (adaptación) y a llevar a cabo la transición para abandonar los combustibles fósiles. Sin embargo, el resto del mundo, sin contar a Estados Unidos, está al menos aumentando poco a poco sus compromisos para financiar estas tres iniciativas. La acción global sigue centrada en la preservación de la biodiversidad y en los 23 objetivos identificados en el Marco Global de Biodiversidad de Kunming-Montreal.

La administración Trump ha dado la espalda a la ciencia climática, recortando la financiación e incluso planeando disolver el Centro Nacional de Investigación Atmosférica. Pero al resto del mundo no le cuesta nada fichar a científicos estadounidenses y superar a Estados Unidos en solicitudes de patentes ecológicas. De este modo, Trump está llevando a Estados Unidos a un callejón sin salida en materia de alta tecnología.

Trump asumió el cargo con un plan para remodelar el mundo mediante sus aranceles, sus intervenciones militares, su reorientación hacia los combustibles fósiles y su preferencia por el autoritarismo. El mundo, sin duda, ha tomado nota. Dado el tamaño de la economía y el ejército estadounidenses, es imposible ignorar a Trump. Sin embargo, en lo que respecta a la urgencia del cambio climático, el mundo se ha encogido de hombros. La comunidad internacional no está acelerando al ritmo necesario para salvar el mundo, pero tampoco está frenando para ceder ante Donald Trump.

Donald Trump está llevando a Estados Unidos a un gran paso hacia atrás. El resto del mundo, al menos en lo que respecta a la ciencia del clima, se niega a dar ese paso con él.

Imagen de portada de Shutterstock.

Voces del Mundo

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