Las familias de Gaza: Sumud como resistencia colectiva

Abdalrahman Kittana, Al-Shabaka, 12 mayo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


El Dr. Abdalrahman Kittana es un arquitecto e investigador palestino, actualmente becario posdoctoral en la Universidad de Tampere (Finlandia) y profesor adjunto de Arquitectura en la Universidad de Birzeit. Posee un doctorado en Arquitectura por la KU Leuven, un máster en Regeneración Arquitectónica por la Universidad Brookes y una licenciatura en Ingeniería Arquitectónica por la Universidad de Birzeit. El Dr. Kittana es cofundador del Proyecto Yalla, una iniciativa de «investigación-acción» en Nablus que revitalizó edificios históricos como catalizadores de la renovación urbana. Su investigación se centra en la arquitectura y la supervivencia en tiempos de guerra, la construcción del hogar en situaciones de conflicto, la regeneración urbana y la reconstrucción posguerra, la historia de la arquitectura y el desarrollo urbano.

Introducción

Desde octubre de 2023, el genocidio perpetrado por Israel ha alimentado dos narrativas persistentes y profundamente polarizantes sobre Gaza, estructuradas en torno a una dicotomía tajante y difundidas tanto en las comunidades palestinas como a nivel mundial. Por un lado, Gaza se presenta como un territorio inconquistado: un lugar que no se rindió, cuya población soportó una violencia sin precedentes sin capitular, y donde los objetivos de guerra declarados por el régimen israelí no se lograron formalmente. Por otro lado, Gaza se describe como un espacio de destrucción casi total: vastas zonas despobladas y designadas como zonas rojas, ciudades enteras reducidas a escombros, decenas de miles de muertos o discapacitados y la vida social al borde de la aniquilación.

Esta dicotomía circula implacablemente en las conversaciones cotidianas, en las redes sociales, en los comentarios políticos y dentro de las propias familias. No es ni falsa ni superficial; ambas narrativas captan dimensiones reales y simultáneas de la realidad de Gaza. Sin embargo, ninguna de ellas, por sí sola, puede explicar plenamente cómo los palestinos han resistido, permanecido y experimentado la fragmentación y el reensamblaje de sus vidas en condiciones de violencia genocida.

En medio de esta tensión sin resolver, las interpretaciones dominantes de la supervivencia de Gaza se reducen a una falsa dicotomía. La supervivencia se enmarca o bien como una resistencia heroica con una resistencia ilimitada, o bien como una mera necesidad, despojando así a las personas de su capacidad de acción política y reduciéndolas a víctimas pasivas sin alternativas. Este comentario sostiene que tal enfoque constituye un error tanto analítico como político. No podemos comprender la resistencia de Gaza a través de una dicotomía que presenta a los palestinos, individual o colectivamente, como héroes en su resistencia o como víctimas pasivas. Más bien, debemos abordarla a través de una concepción decolonial del sumud (firmeza): una práctica de resistencia colectiva situada históricamente, relacional y condicionada materialmente que surge, evoluciona y persiste en medio de la violencia colonial constante.

Recuperar el sumud: un marco decolonial

En el verano de 2003, en la pared de una celda oscura del infame centro de interrogatorios de al-Moscobiyya, en Jerusalén, un preso escribió: «Las palizas no matan y la confesión es traición». Debajo, otro preso añadió más tarde: «Los golpes no matan, pero duelen». Los palestinos recluidos en al-Moscobiyya cuando aparecieron estas inscripciones en forma de grafitis participaban en su gran mayoría en la resistencia armada, ya comprometidos con formas de lucha basadas en el sacrificio y la resistencia.

Sin embargo, aunque las dos inscripciones enmarcan la experiencia del preso de manera diferente, no se oponen entre sí. La primera articula un absoluto moral en el que se da por sentada la resistencia y la confesión se presenta como traición. La segunda desestabiliza este absolutismo, modificando su significado al reintroducir el cuerpo y su dolor en lo que se había enmarcado como una posición ética abstracta. Al hacerlo, no abandona la lógica de la resistencia, sino que la reelabora desde dentro insistiendo en la realidad del dolor.

Por consiguiente, cuando se interpreta desde esta perspectiva, el sumud no puede entenderse como una postura singular y heroica, ni descartarse como una mera ausencia de elección. Más bien, se perfila como una práctica desigual y contextual, moldeada por condiciones cambiantes a lo largo del tiempo y en el marco de las relaciones. Esta interpretación del sumud aúna el compromiso y el agotamiento, el desafío y el dolor, dentro de las mismas estructuras que lo limitan.

De hecho, una lectura binaria de la experiencia palestina del sumud reproduce lo que Edward Said identificó como la lógica reductiva de la representación orientalista, que simplifica, deshistoriza y encasilla a las poblaciones colonizadas en categorías estáticas. Tales binarios ejercen violencia epistémica al borrar la diversidad y negar la complejidad de la experiencia vivida. También resuenan con los marcos representativos dominantes que presentan a los palestinos como víctimas pasivas, atrapadas por fuerzas externas, o como «terroristas» violentos, impidiendo así una comprensión más compleja de la vida social y política.

Es fundamental señalar que ambos enfoques son excluyentes: las narrativas heroicas de firmeza marginan a quienes sufren agotamiento, crisis nerviosas o ambivalencia, mientras que los relatos centrados en las víctimas ocultan la capacidad de acción de decenas de miles de personas que participan en la resistencia y de otras que deciden permanecer en Palestina a pesar del riesgo existencial. Por el contrario, un enfoque decolonial rechaza estas reducciones al poner de relieve la interacción entre las estructuras coloniales y las formas situadas de agencia política. Desde esta perspectiva, el sumud no es ni totalmente voluntario ni totalmente coercitivo, sino una práctica relacional que abarca múltiples y diferenciadas capacidades de resistencia.

En consecuencia, varios estudiosos entienden el sumud como una práctica situada de permanecer y habitar en condiciones de despojo, al tiempo que critican la instrumentalización del concepto por parte de las élites políticas y su reducción a un ideal estático o celebratorio. Partiendo de esta base, los estudios críticos abordan el sumud como una práctica relacional llevada a cabo a través de la acción colectiva y la negativa, al tiempo que advierten contra las formas de idealización y estetización que ocultan el agotamiento y la fragmentación.

En esta literatura, el sumud se entiende cada vez más como algo arraigado en las infraestructuras colectivas de la vida urbana, social y familiar que sostienen la existencia más allá de la resiliencia individual o la supervivencia simbólica. Al fin y al cabo, hacer frente a la eliminación colonialista es una aspiración palestina compartida, arraigada en la comprensión de que el proyecto sionista tiene como objetivo la presencia, la identidad y el futuro palestinos. Por lo tanto, centrarse únicamente en las historias individuales conlleva el riesgo de distorsionar la forma en que la resistencia se manifiesta colectivamente y cómo las personas llegan a practicar —o a abandonar— el sumud en condiciones de violencia extrema.

Como observó el teórico anticolonial Frantz Fanon, la violencia colonial no sólo produce resistencia, sino también un agotamiento que se acumula con el tiempo, amenazando las capacidades necesarias mismas para una lucha sostenida. El sumud se practica, por lo tanto, de forma desigual, relacional y bajo coacción; incluso una misma persona puede mostrar diferentes capacidades de resistencia dependiendo de las condiciones a las que se enfrente. Desde esta perspectiva fundamentada, el sumud se presenta menos como una declaración que como una negociación continua con condiciones materiales e inmateriales; una negociación que puede fortalecerse, agotarse o colapsar con el tiempo.

Esta interpretación cuestiona directamente dos narrativas dominantes. La primera presenta a Gaza como un lugar inhabitable de pérdida total e irreversible, lo que sustenta propuestas impulsadas por el Estado para el desplazamiento forzoso, incluidas iniciativas como el plan GREAT Trust. La segunda presenta a los palestinos de Gaza como naturalmente resilientes, capaces de soportar indefinidamente el asedio, la destrucción y la violencia masiva sin quebrarse. Ambas miradas representativas corren el riesgo de ocultar la responsabilidad hacia los palestinos de Gaza. De diferentes maneras, ambos marcos desalientan la solidaridad, la rendición de cuentas y el compromiso material necesarios para mantener la vida en condiciones de violencia prolongada. Para ir más allá de estas narrativas, es necesario examinar cómo funciona realmente el sumud en la práctica a través de los actores, las relaciones y las condiciones que lo generan y lo sostienen.

El panorama del sumud en Gaza

La guerra genocida israelí ha destruido los sistemas cívicos, económicos y de planificación de Gaza y ha desmantelado las infraestructuras y los servicios que sustentan la vida. En respuesta a ello, la vida cotidiana continúa gracias a nuevos mecanismos basados en la reciprocidad, la solidaridad y la ayuda mutua. Las familias y los vecinos ponen en común los escasos recursos; las cocinas comunitarias ofrecen comidas compartidas; se organizan colectivamente refugios temporales y campamentos; y han surgido redes informales de cuidados para apoyar a los niños, los heridos y los ancianos ante la ausencia de instituciones que funcionen. Sin embargo, estas prácticas no han sustituido por completo a las estructuras existentes, sino que las han complementado y, en muchos ámbitos, las han sustituido. Aunque desiguales y sometidas a tensiones internas, han permitido, no obstante, la supervivencia y han mantenido un umbral mínimo de habitabilidad.

Es fundamental destacar que estas soluciones alternativas han contado con el apoyo de los palestinos que viven fuera de Gaza. Los familiares de la diáspora desempeñan un papel activo en la resistencia de Gaza mediante la movilización de fondos, la coordinación del acceso a la ayuda, la transmisión de información y el mantenimiento del apoyo emocional y político a través de las fronteras. La supervivencia cotidiana dentro de Gaza se articula, por tanto, a través de infraestructuras relacionales que se extienden más allá del propio territorio, uniendo a quienes permanecen allí con quienes han sido desplazados por la fuerza o viven en el extranjero. Como sugiere Rebecca Solnit, los momentos de catástrofe pueden dar lugar a un tipo de sociedad más colaborativa. En Gaza, esto se ha manifestado en una forma de cuidado colectivo, que se ha convertido en un elemento central para mantener la vida bajo el genocidio en curso.

Este nuevo sistema opera a través de actores identificables que han movilizado y mediado el acceso a lo que puede entenderse como los factores o recursos del sumud. Sin embargo, la disponibilidad desigual de estos actores y su capacidad variable para garantizar un apoyo material e inmaterial específico a lo largo del tiempo convierten al sumud en una práctica relacional y fluctuante, más que en una condición estática. Estos actores pueden agruparse a grandes rasgos en dos categorías. La primera comprende a los actores formales e institucionales, entre los que se incluyen municipios, ministerios, organizaciones internacionales y ONG locales. La segunda está formada por actores sociales, como familias extensas y grupos de parentesco, vecinos, amigos y redes de apoyo informales.

Los factores que conforman el sumud pueden clasificarse en recursos materiales e inmateriales. Los recursos materiales son tangibles y de carácter infraestructural, e incluyen el acceso al agua, los alimentos, el refugio, la tierra, la vivienda, el apoyo financiero, la asistencia sanitaria y las actividades económicas generadoras de ingresos. Los recursos inmateriales son afectivos, sociales y simbólicos, y abarcan el cuidado, la pertenencia y el vínculo social, así como la fe religiosa y el compromiso nacional. Estas dimensiones inmateriales se expresan en prácticas cotidianas de responsabilidad mutua, toma de decisiones colectiva y la negativa a abandonar a los familiares o el lugar a pesar del riesgo extremo. La fe religiosa y el compromiso nacional suelen proporcionar marcos morales a través de los cuales se soporta la pérdida y se mantiene el sentido. En conjunto, estos factores materiales e inmateriales no sólo coexisten, sino que se refuerzan mutuamente.

En última instancia, estos actores y recursos constituyen el panorama del sumud en Gaza. Aunque no operan con el mismo poder o importancia, sus interacciones dan forma a la capacidad de las personas para permanecer, desplazarse, reconstruir y resistir en condiciones de violencia prolongada.

Centrando la atención en la familia

Entre los actores que dan forma al sumud en Gaza, la familia extensa o clan (hamulah) se erige como un elemento especialmente decisivo debido a su capacidad distintiva para movilizar múltiples formas de apoyo de forma simultánea. Los actores institucionales, como los ayuntamientos, suelen abordar necesidades puntuales y aisladas. Por el contrario, las familias ponen en común recursos materiales, organizan refugios, proporcionan cuidados y protección y mantienen vínculos afectivos y sociales a través de acuerdos basados en los lazos de parentesco.

Otros actores también desempeñan papeles importantes: los grupos de seguridad informales han sustituido, en ocasiones, a la policía formal; las organizaciones humanitarias y el Clúster de Refugios coordinan el alojamiento; y las ONG gestionan la distribución de alimentos y la ayuda. Sin embargo, ha sido la capacidad de la familia extensa para agregar y mediar en los recursos materiales e inmateriales en diferentes esferas de la vida cotidiana lo que la posiciona como la infraestructura central a través de la cual se negocian continuamente la resistencia, la movilidad y la supervivencia en medio de una perturbación extrema.

Aprovechando esta capacidad, las familias extensas de toda Gaza han actuado como proveedores clave de recursos esenciales a lo largo del genocidio. Las familias ponen en común el acceso al agua, la tierra para los campamentos, el alojamiento, los alimentos, los ingresos y la protección, al tiempo que distribuyen las responsabilidades entre sus miembros, desde la construcción de los campamentos y la recolección de materiales hasta el cuidado de los niños y los familiares de edad avanzada.

Esta capacidad se ha visto reforzada aún más por la integración de los miembros de la familia en una amplia gama de redes formales e informales. Las personas han mantenido vínculos con los ayuntamientos, las ONG, las organizaciones humanitarias, los circuitos laborales de la diáspora y las redes vecinales, lo que ha permitido a las familias acceder a servicios y recursos a través de estos canales y redistribuirlos internamente. Así, las familias no funcionan como unidades cerradas, sino como nodos relacionales que actúan de mediadores de infraestructuras sociales más amplias y las traducen en apoyo cotidiano, reforzando su papel como células activas del sumud.

Además de movilizar recursos materiales, la familia desempeña un papel central en el refuerzo de los compromisos políticos y nacionales compartidos en medio de una incertidumbre extrema. Estos compromisos se articulan tanto a nivel interno a través de las redes familiares como públicamente, incluso en las redes sociales, donde muchas familias se niegan a colaborar con las autoridades israelíes o a cumplir con las exigencias de desplazamiento. La convergencia del apoyo material y la postura política ayuda a explicar por qué las fuerzas de ocupación israelíes han tomado con frecuencia como objetivo a las familias, no sólo como unidades de cuidado, sino como actores colectivos capaces de mantener la firmeza y la resistencia.

Este modelo de solidaridad y organización social centrado en la familia ha sido fundamental a la hora de configurar las geografías del desplazamiento. En la mayoría de los casos, las decisiones de permanecer en el lugar o de desplazarse se toman colectivamente, ya sea dentro de la familia extensa o entre grupos de hogares estrechamente relacionados. Cuando la decisión ha sido quedarse, las familias han organizado sistemas de protección y han garantizado el suministro de lo necesario, permaneciendo a menudo dentro de límites geográficos elegidos deliberadamente. Cuando las familias han decidido desplazarse, con frecuencia lo han hecho juntas, estableciendo campamentos de forma colectiva y organizando acuerdos compartidos para la cocina, el almacenamiento, el saneamiento y la prestación de servicios.

Además, la propiedad de la tierra, las viviendas o los negocios familiares a menudo ha mantenido a las familias en el lugar y ha respaldado la decisión de quedarse. Cuando el desplazamiento se vuelve inevitable, las familias extensas cuyos miembros poseen tierras en múltiples ubicaciones tienen una mayor flexibilidad espacial, lo que les permite reubicarse y establecer campamentos en condiciones que cambian rápidamente. Ya sea que se queden o se desplacen, las familias han moldeado activamente las geografías del desplazamiento y la supervivencia, a menudo enfrentándose a los planes de evacuación israelíes y con un coste considerable.

Al mismo tiempo, la cohesión familiar no es absoluta. Los periodos de invasión terrestre, bombardeos intensivos y miedo agudo han perturbado con frecuencia la toma de decisiones colectiva. Las familias que son capaces de soportar ataques aéreos prolongados a menudo han encontrado más difícil resistir las incursiones terrestres, lo que ha provocado la fragmentación de las unidades familiares extensas, ya que las familias nucleares se han separado en busca de la supervivencia inmediata. En tales momentos, el sumud se presenta como una capacidad situacional determinada por la intensidad y la modalidad de la violencia, más que como una condición fija o ilimitada.

En última instancia, esto no significa que las familias sean uniformemente eficaces a la hora de mantener el sumud, ni que funcionen sin tensiones o conflictos internos. Tal y como se ha documentado, algunas familias han supuesto una amenaza para el sumud colectivo, contribuyendo a dinámicas que complicaban la supervivencia y, en ciertos casos, la hacían insostenible. Sin embargo, incluso en medio de estas contradicciones, las familias suelen actuar como poderosos catalizadores de la movilización, la coordinación y la redistribución de recursos, configurando tanto las posibilidades como los límites del sumud dentro del fracturado panorama social de Gaza.

El «día después» de Gaza ya está aquí

Las familias de Gaza han ido recuperando y reorganizando sus condiciones de vida, a menudo en contraposición con las visiones urbanísticas impuestas por los regímenes israelí y estadounidense. En lugar de esperar a que se pongan en marcha planes de reconstrucción o proyectos de infraestructura a gran escala, han actuado movidas por la necesidad inmediata de satisfacer sus necesidades básicas y retomar la vida cotidiana con los recursos que les quedan. Sin embargo, estas acciones no se limitan a la mera supervivencia; también expresan esperanza y una orientación hacia el futuro. Sobre el terreno, las familias han seguido adelante construyendo, reorganizando y planificando, insistiendo en la vida incluso en medio de una profunda incertidumbre y limitaciones.

Algunas familias están ahora planificando y diseñando campamentos en zonas donde los planes respaldados por Estados Unidos e Israel prevén nuevos asentamientos. Una familia de Rafah, por ejemplo, ha compartido públicamente su plan para un campamento familiar, que incluye tiendas de campaña, calles, servicios colectivos y comodidades básicas. Han contratado a un arquitecto, se han coordinado con familiares en el extranjero y han comenzado a prepararse para su puesta en marcha una vez que se reabran los pasos fronterizos. Al hacerlo, las familias llevan a cabo formas de desobediencia epistémica, rechazando la autoridad de los regímenes de planificación coloniales y humanitarios para determinar cuándo, cómo y quién puede reanudar la vida.

Lo que está ocurriendo en Gaza es una planificación urbana familiar en medio de un genocidio en curso que no sigue los plazos tecnocráticos y lineales de la guerra, el alto el fuego y la recuperación. En cambio, las familias rompen el tiempo colonial al actuar, construir, habitar y planificar. Se niegan a suspender la vida hasta que se les conceda la soberanía o lleguen los fondos para la reconstrucción. En este sentido, el «día después» no lo dictan los Estados, los donantes ni los actores geopolíticos. Las familias de Gaza lo han estado imaginando y poniendo en práctica al dar forma a las condiciones a través de las cuales la vida continúa, a pesar de la ambigüedad y las limitaciones.

Los límites y las posibilidades del sumud

Examinar a la familia como actor central deja una cosa inequívocamente clara: el sumud no es algo que las personas simplemente llevan dentro de sí mismas. Más bien, se produce a través de relaciones, recursos, creencias, significados y sistemas de apoyo, y tiene límites. Las familias pueden hacer posible el sumud al poner en común la tierra, el agua, el dinero, los cuidados y la toma de decisiones, pero también pueden llegar a puntos de ruptura cuando la violencia se intensifica o los recursos desaparecen. La misma familia que sostiene la vida en un momento dado puede fracturarse en otro. La observación de las familias revela que el sumud es una capacidad que aumenta y disminuye dependiendo de quién está presente, qué hay disponible, qué se espera, en qué se cree y cuánta presión se ejerce.

Entender el sumud de esta manera desplaza la cuestión de si las personas se mantienen firmes ante qué es lo que permite la resistencia. También pone de manifiesto los límites de la resistencia: los momentos de fragmentación, retraimiento y colapso no son excepciones, sino parte del mismo panorama de la supervivencia. Las familias, al igual que los individuos, no resisten indefinidamente. Negocian, improvisan, se desmoronan y se reconstruyen.

Visto desde esta perspectiva, el apoyo a Gaza no puede seguir siendo abstracto, moral o simbólico. Fortalecer la capacidad de la gente para quedarse, rechazar el desplazamiento o, simplemente, sobrevivir un día más depende de formas concretas de apoyo material, social y político. El sumud no es ni automático ni está garantizado, sino que se construye y se desmonta a través de relaciones de solidaridad. Reconocer esto no es un gesto de simpatía; es un llamamiento a la responsabilidad.

Voces del Mundo

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