David Hearst, Middle East Eye, 12 mayo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

David Hearst es cofundador y redactor jefe de Middle East Eye, así como comentarista y conferenciante sobre la región y analista en temas de Arabia Saudí. Fue redactor jefe de asuntos exteriores en The Guardian y corresponsal en Rusia, Europa y Belfast. Con anterioridad, fue corresponsal en temas de educación para The Scotsman.
Los artífices del Nuevo Laborismo han destrozado al Partido Laborista en dos ocasiones: primero, cuando el ex primer ministro Tony Blair llevó a Gran Bretaña a la guerra de Iraq en 2003, y ahora bajo el liderazgo de Keir Starmer.
A diferencia de otras crisis laboristas, como la efímera rebelión de la Banda de los Cuatro que desertó en 1981 para crear el Partido Socialdemócrata, o el voto a favor del Brexit en 2016, el Nuevo Laborismo ha resultado ser particularmente tóxico para la imagen del Partido Laborista.
Esto se debe a que llegó al poder mediante purgas internas. El Nuevo Laborismo no sólo se definió en contra de los sindicatos, la izquierda y los progresistas en general; expulsó a cualquiera que se interpusiera en su camino, independientemente de su ideología. El fin justificaba los medios, por muy sucios que fueran.
Las mismas artimañas utilizadas para derrocar el liderazgo de Jeremy Corbyn se aplicaron para impedir el regreso al Parlamento del alcalde de Gran Manchester, Andy Burnham.
En un momento álgido de su campaña para imponer su autoridad sobre el partido, supuestamente en torno al tema del antisemitismo, Starmer declaró: «Si no les gustan los cambios que hemos hecho, les digo que la puerta está abierta y pueden marcharse».
Más de 200.000 miembros del partido que Corbyn había creado hicieron precisamente eso. De un máximo de 532.046 miembros a finales de 2019, el Partido Laborista se quedó con 333.235 en 2024, y la pérdida de apoyos continuó aún más rápidamente después de eso.
Entonces, como ahora, el Nuevo Laborismo se enorgullecía de no poder interponer ni un papel de fumar entre ellos y Washington, ya fuera en forma del descubrimiento de Blair de que usaba la misma pasta de dientes que el expresidente estadounidense George W. Bush, o en el exembajador Peter Mandelson inclinándose sobre el hombro del presidente Donald Trump en su escritorio.
Entonces, como ahora, fue una guerra en el extranjero la que desencadenó el colapso de la autoridad en el país. En el caso de Blair, fue su decisión de unirse a la invasión estadounidense de Iraq en 2003. En el caso de Starmer, fue el apoyo incondicional del Reino Unido a un Israel que cometía genocidio en Gaza, la Cisjordania ocupada y el Líbano.
Ni Iraq ni Gaza fueron la única razón del progresivo declive de la autoridad de Blair o Starmer en el país.
El lunes, en un discurso de replanteamiento político, cuyo efecto se esfumó en cuanto terminó de hablar, Starmer alardeó de haber acertado en las «grandes decisiones políticas». Pero, como publicó Corbyn, todas fueron erróneas.
El gobierno optó por agravar el déficit en las finanzas públicas. Optó por abandonar el Nuevo Pacto Verde. Optó por no nacionalizar el agua. Optó por mantener a los niños en la pobreza hasta que se vio obligado a eliminar el límite de dos hijos en las prestaciones sociales. Optó por convertir a los inmigrantes y refugiados en chivos expiatorios para desviar la atención de sus propios fracasos.
La negativa inicial de Starmer a pedir un alto el fuego en Gaza o a permitir que cualquier funcionario del Partido Laborista asistiera a las protestas, y su apoyo a la restricción israelí del suministro de agua y electricidad a Gaza, fueron microcosmos de todo el resto de políticas que iban por mal camino.
Rechazo personal
Cada vez que el Nuevo Laborismo se estrellaba, dejaba una estela de devastación. El partido parecía un cascarón destrozado, aturdido, abandonado. Nadie sabía qué representaba. El partido no sólo había aniquilado a sus votantes; había perdido su identidad.
Las recientes elecciones municipales, en las que el bastión laborista y el Muro Rojo desaparecieron, fueron locales sólo de nombre. En realidad, se trataba de una votación nacional sobre un solo tema: «¿Quieren que Starmer lidere Gran Bretaña durante otros tres años?». La respuesta fue un rotundo no.
La buena noticia es que Gales, Escocia e Irlanda del Norte ahora tienen partidos progresistas de izquierda que apoyan a Palestina. La mala noticia es que, en Inglaterra, el Partido Reformista está prácticamente listo para formar el próximo gobierno del Reino Unido. Sólo una amplia coalición de la izquierda puede detenerlo, y es igualmente claro que nadie en la derecha del partido puede hacerlo ya.
Como señaló el destacado encuestador británico, John Curtice, el Partido Reformista sólo ha avanzado en las zonas que votaron a favor del Brexit en el referéndum. El desplome del voto laborista y las deserciones a los Verdes se debieron principalmente al propio Starmer.
Esto refleja lo que les sucedió a los demócratas bajo el liderazgo de la excandidata presidencial Kamala Harris. Trump no ganó seguidores tan rápido como Harris los perdió.
En el otrora bastión laborista del distrito londinense de Haringey, los activistas laboristas no pudieron superar el rechazo hacia el primer ministro que se percibía en las puertas de las casas.
Los Verdes no hicieron campaña en muchos distritos electorales. No les hizo falta. Sin siquiera saber quiénes eran sus candidatos locales, Haringey votó por los Verdes instintivamente. Era cualquiera menos Starmer.
Que Starmer haya inspirado tal grado de animosidad personal es, en sí mismo, un logro político. Ningún político busca activamente el odio. Pero el implacable Starmer parecía deleitarse con él.
Starmer no era simplemente un Blair sin labia ni carisma, una reencarnación fallida de un proyecto dos décadas después de su fracaso original. Starmer añadió una extraordinaria mezcla de rencor, autoritarismo e intolerancia al proyecto de Blair. En este sentido, los efectos del starmerismo perdurarán mucho después de que él no sea más que un mal recuerdo.
Esto se hará evidente en cómo los mismos poderes que Starmer introdujo para redefinir el terrorismo y reprimir las manifestaciones policiales se utilizan ahora con Nigel Farage al frente de un gobierno reformista en el Reino Unido.
Teorías de la conspiración
Para un musulmán en Birmingham, da igual ser víctima de las mentiras del exministro conservador Michael Gove sobre una supuesta «conspiración islamista» para controlar las escuelas de Birmingham —el llamado caso del caballo de Troya— o ser víctima de las mentiras del Partido Laborista y el Partido Reformista sobre el «voto familiar», como ocurrió en las elecciones parciales de Gorton y Denton en febrero.
El «voto familiar» se refiere a la práctica ilegal de que los votantes se pongan de acuerdo, conspiren o se den instrucciones entre sí sobre cómo votar en el colegio electoral. Desde el Partido Laborista hasta Farage y el exministro conservador Robert Jenrick, todos afirmaron que esto había ocurrido tras la victoria de la candidata verde Hannah Spencer.
Una investigación de la policía del Gran Manchester no encontró pruebas que respaldaran estas afirmaciones. Pero la verdad no importaba. Lo que importaba era sembrar la idea en la mente de millones de personas que algún día votarán por el Partido Reformista.
Farage, que hace que Starmer parezca un aficionado, no tardó en expresarlo: los musulmanes eran votantes sospechosos.
«Esto es profundamente preocupante y plantea serias dudas sobre la integridad del proceso democrático en zonas predominantemente musulmanas», declaró Farage.
Esas son las palabras clave, las que quedarán grabadas en la memoria mucho después de que se olvide el resultado de Gorton y Denton: la integridad de la democracia en zonas musulmanas.
Wes Streeting, el secretario de Salud que estuvo a punto de perder su escaño en Ilford North en las últimas elecciones, utilizó las mismas tácticas para desacreditar a los Independientes de Redbridge en las elecciones locales. Streeting, ahora rival de derechas de Starmer, consideraba que hablar de política exterior en las elecciones locales era «sectario».
El escaño de Streeting se encuentra en Redbridge, un distrito étnicamente diverso donde más del 47% de la población se identifica como asiática o británico-asiática, y donde más del 30% es musulmana.
En marzo, Streeting envió una carta a los residentes acusando a los Independientes de Redbridge, un partido local respaldado por Your Party, de ser «un partido político divisivo que sólo pretende representar a algunos de nosotros, más centrado en conflictos internacionales que en arreglar baches».
De hecho, el 95% del programa del partido local se centraba en asuntos locales. Al ser originarios de la comunidad a la que servían, demostraron ser mucho mejores que el Partido Laborista a la hora de escuchar a su comunidad.
El Partido Laborista finalmente conservó el control de Redbridge con una mayoría muy reducida. Perdió 11 escaños, mientras que los independientes obtuvieron cinco más. Parece que la campaña de Streeting sólo sirvió para aumentar la popularidad de los independientes.
El líder del Partido Verde, Zack Polanski, fue acusado de manera similar de antisemitismo, de mentiroso e hipócrita en el período previo a las elecciones más exitosas de la historia de su partido.
En nombre de la lucha contra el antisemitismo, cuatro periódicos nacionales publicaron caricaturas del líder judío con un profundo contenido antisemita, después de que Polanski criticara la actuación policial con un hombre con problemas mentales que acababa de apuñalar a tres personas: un musulmán y dos judíos.
Los Verdes fueron acusados de practicar una «política sectaria» y de estar aliados con los «islamistas». Esta fue la misma estrategia que perjudicó a Corbyn, pero esta vez no funcionó. Cuanto más los atacaban, más popularidad ganaban los Verdes.
La larga sombra de Israel
En ningún otro ámbito se han concentrado más los peores aspectos del mandato de Starmer como primer ministro que en la cuestión del antisemitismo y la relación de Gran Bretaña con Israel.
Analizar la relación de Gran Bretaña con Israel durante este genocidio permite apreciar hasta qué punto el Partido Laborista, un partido sionista liberal, se ha adentrado en el terreno del Likud, que sigue la ideología maximalista de Zeev Jabotinski.
Bajo el mandato de Starmer, Gran Bretaña reconoció al Estado de Palestina, pero era evidente que se trataba de una mera formalidad. En todos los asuntos de interés para Israel, Starmer apoyó al gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu.
El gobierno de Starmer reconoció el derecho de los ciudadanos británicos con doble nacionalidad a servir no sólo en el ejército israelí, sino también en Gaza. Más de 2.000 de ellos lo hicieron, a pesar de que en enero de 2024 la Corte Internacional de Justicia advirtió a todos los Estados miembros del grave riesgo de que Israel estuviera cometiendo genocidio en Gaza.
Bajo el mandato de Starmer, Gran Bretaña también envió al menos 518 vuelos espía sobre Gaza en 15 meses. El gobierno insistió en que estos vuelos tenían como único objetivo localizar rehenes, pero las misiones de vigilancia continuaron durante y después del alto el fuego.
Además, el gobierno autorizó el envío de 169 millones de dólares en material militar a Israel tras un embargo parcial de armas, una cantidad superior en tres meses a todo lo aprobado bajo el gobierno conservador entre 2020 y 2023.
David Lammy, exministro de Asuntos Exteriores, declaró ante el Parlamento que «gran parte de lo que enviamos es de carácter defensivo», como cascos o gafas protectoras, y «no lo que habitualmente describimos como armas».
Sin embargo, los envíos incluían 8.630 exportaciones de municiones clasificadas como «bombas, granadas, torpedos, minas, misiles y otras municiones similares».
En su etapa en la oposición, el Partido Laborista se opuso a un proyecto de ley presentado por Gove en 2024 que prohibía a los organismos públicos retirar sus inversiones en Israel. Pero esto no impidió que Steve Reed, el secretario de Comunidades, advirtiera a los ayuntamientos gobernados por el Partido Laborista que podrían ser demandados por boicotear a las empresas israelíes.
Para colmo, la unidad del Ministerio de Asuntos Exteriores encargada de investigar las violaciones del derecho internacional por parte de Israel fue clausurada recientemente debido a recortes presupuestarios.
Antisemitismo
Estrechamente ligada a la gestión de Starmer hacia Israel ha estado su desastrosa gestión del antisemitismo.
Como todos saben, pero nadie reconoce, las arbitrarias guerras de Israel son el principal motor del antisemitismo en Gran Bretaña y Europa. Los anteriores repuntes del antisemitismo en julio/agosto de 2014 y mayo de 2021 coinciden con el momento de los bombardeos israelíes sobre Gaza.
Las ondas de choque que sacuden la autoridad de Starmer también afectan a quienes se autoproclaman líderes de la comunidad judía británica.
Nuevas voces se hacen oír con creciente urgencia. El rabino Charley Baginsky y el rabino Josh Levy, colíderes del Judaísmo Progresista —un movimiento de reciente creación que representa a cerca de un tercio de las sinagogas del Reino Unido—, han afirmado que la trayectoria de Israel podría suponer una «amenaza existencial» no sólo para el país, sino para el judaísmo mismo.
«A menudo hemos hablado de que la dirección que está tomando Israel representa una amenaza existencial no para los judíos en sí, sino para el judaísmo», declaró Baginsky al Guardian. «¿Qué sucede cuando la dirección del gobierno israelí lleva a Israel por un camino que lo hace incompatible con nuestros valores judíos? Eso es motivo de gran preocupación».
Esta es la misma advertencia que Lord Michael Levy lanzó en 2023, afirmando que Israel estaba dividiendo a la comunidad judía británica.
Al igual que Starmer, la Junta de Diputados de los Judíos Británicos ha perdido influencia sobre una nueva generación de judíos británicos que lideran las manifestaciones por Palestina.
Están indignados, como todos nosotros, por el partidismo político absoluto del rabino jefe Ephraim Mirvis al ensalzar el «sobresaliente» desempeño del ejército israelí en Gaza, en el que, por cierto, participa su propio hijo.
Cada año, Israel celebra el Día de Jerusalén, conmemorando el día de 1967 en que Jerusalén se unificó. Cada año, el evento principal es la Marcha de las Banderas, en la que colonos israelíes atacan a palestinos en la Ciudad Vieja y corean «Muerte a los árabes».
Este año no será la excepción; la marcha anual se ha convertido en un carnaval religioso de odio. Mirvis la celebra.
El camino a seguir
Está muy claro lo que el Partido Laborista debe hacer ahora. Su deber más urgente no es consigo mismo, sino con el país, una idea que Starmer invoca con frecuencia para salvarse a sí mismo.
Su tarea más inmediata es impedir que Farage se convierta en el próximo primer ministro. Como sucedió en Francia, la política británica está tan fragmentada que esto sólo puede lograrse mediante una coalición de fuerzas de izquierda.
Eso sólo se puede lograr con un nuevo líder laborista que pueda dialogar y colaborar con otras fuerzas progresistas de la izquierda, como los Verdes, los Independientes, Your Party, el Partido Nacional Escocés y Plaid Cymru, en lugar de demonizarlas.
Cada día que Starmer se aferra al poder, la sonrisa de Farage se ensancha.
Foto de portada: El primer ministro británico, Keir Starmer, aparece en la foto tomada en París el 17 de abril de 2026 (Tom Nicholson/AFP).