Hacer historia en tiempos oscuros: No dejarnos llevar por el letargo. No quedarnos callados

Henry Giroux, CounterPunch.org, 15 mayo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Henry A. Giroux ocupa actualmente la cátedra de Estudios de Interés Público de la Universidad McMaster en el Departamento de Estudios Ingleses y Culturales y es Paulo Freire Distinguished Scholar in Critical Pedagogy. Sus libros más recientes son: The Terror of the Unforeseen (Los Angeles Review of books, 2019), On Critical Pedagogy, 2ª edición (Bloomsbury, 2020); Race, Politics, and Pandemic Pedagogy: Education in a Time of Crisis (Bloomsbury 2021); Pedagogy of Resistance: Against Manufactured Ignorance (Bloomsbury 2022) e Insurrections: Education in the Age of Counter-Revolutionary Politics (Bloomsbury, 2023), y, en coautoría con Anthony DiMaggio, Fascism on Trial: Education and the Possibility of Democracy (Bloomsbury, 2025). Giroux es también miembro de la junta directiva de Truthout.

Texto del discurso de Henry Giroux con motivo de la entrega de su título honorífico y la ceremonia de graduación en la Universidad del Sur de Maine, 9 de mayo de 2026:

Rector Edmundson, distinguido cuerpo docente, invitados de honor, familias y, lo más importante, graduados.

Es un gran honor dirigirme a ustedes en este día de celebración y posibilidades. Este momento es especialmente significativo para mí porque aquí, en lo que entonces era el Gorham State College, comencé mi propia trayectoria académica. Fue aquí, en la década de 1960, donde aprendí por primera vez que la educación no consiste simplemente en adquirir conocimientos, sino en aprender a pensar, cuestionar e imaginar el mundo de otra manera. Fue aquí donde aprendí que la educación debe ser un lugar donde los estudiantes se conviertan en ciudadanos críticos y comprometidos, capaces de ampliar y profundizar las posibilidades de la vida pública democrática. Esa experiencia me abrió las puertas a toda una vida dedicada a escribir, enseñar y reflexionar sobre el significado y la promesa de la educación. La Universidad del Sur de Maine ocupa un lugar imborrable en mi memoria y ha sido fundamental en la formación de la persona en la que me he convertido.

Hoy, mientras celebramos vuestros logros, también debemos hablar con franqueza sobre el momento histórico en el que os graduáis. La vuestra es una generación que alcanza la mayoría de edad en una época de profunda crisis y de inquietante incertidumbre. En todo el mundo, estamos siendo testigos de una catástrofe climática cada vez más intensa, de la sombra siempre presente del conflicto nuclear, de desigualdades crecientes que vacían de contenido la democracia, de una cultura de inmediatez implacable, del auge del autoritarismo y de nuevos ataques contra las instituciones públicas, especialmente la educación superior.

También vivimos una época en la que la verdad está bajo asedio, en la que el lenguaje de la justicia ha quedado vaciado de significado, en la que la crueldad se normaliza con demasiada frecuencia como forma de gobernanza y la violencia de Estado se convierte en algo habitual.  En un momento así, la educación no es un lujo; es una necesidad. No es simplemente una vía hacia una carrera profesional, es una fuerza moral y política, un recurso vital para comprender el mundo y cambiarlo.

La educación, en su mejor expresión, es uno de los pocos espacios que quedan donde las personas pueden aprender a pensar críticamente, conectar los problemas privados con las cuestiones públicas, revivir la memoria histórica y desarrollar el coraje cívico necesario para exigir responsabilidades al poder. Pero esa visión está siendo atacada. Cada vez más, la educación se reduce a la formación, despojada de sus dimensiones éticas y políticas, y alineada con las estrechas exigencias del mercado. Peor aún, en estados como Florida, Texas e Idaho, la educación superior se está transformando en laboratorios de adoctrinamiento. En esta visión reducida, los estudiantes se convierten en consumidores, el conocimiento se reduce a su valor de cambio, se prohíben libros, se censura la historia y la misión más amplia de la educación —cultivar ciudadanos informados, comprometidos y compasivos al tiempo que se defiende la democracia— queda relegada a un segundo plano. Debéis rechazar este estrechamiento de vuestra educación y vuestro futuro, junto con esta reescritura de Estados Unidos en términos peligrosamente autoritarios.

Una de las tareas más importantes de la educación es capacitaros para convertir las preocupaciones personales en cuestiones de interés público, para que no os veáis a vosotros mismos como individuos aislados, sino como parte de un tejido social más amplio. En una época marcada por el aislamiento, la fragmentación y una cultura de individualismo implacable, este acto de conexión es profundamente político. También es profundamente humano.

También debéis aprender a establecer conexiones entre vuestras propias experiencias y las vidas de los demás, entre lo local y lo global, entre la historia y el presente, entre el conocimiento y la responsabilidad. Sin esas conexiones, no puede haber una solidaridad significativa, y sin solidaridad, no puede haber democracia.

Es crucial que aprendáis a pensar de forma crítica e imaginativa. Pensar críticamente no es simplemente cuestionar los hechos; es comprender las fuerzas que los configuran, las relaciones de poder que organizan la sociedad y las formas en que la injusticia a menudo se oculta a plena vista. Es reconocer que los problemas a los que os enfrentáis, ya sea la precariedad económica, la injusticia racial, el colapso ecológico o la represión política, no son meras cargas individuales, sino parte de fuerzas sistémicas más amplias.

Vuestra tarea no es simplemente triunfar en el mundo tal y como es, sino cuestionarlo, reimaginarlo y luchar por un mundo más justo, más igualitario y más humano. Debéis aprender a mirar de otra manera para actuar de otra forma, para gobernar en lugar de ser gobernados. Esa tarea comienza con el cultivo de una conciencia crítica, una sensibilidad ética y el valor para actuar. El gran reto de vuestra generación es reinventar el lenguaje de la política y dejar claro que no hay democracia sin ciudadanos informados. Debéis aceptar, en lugar de negar, la función fundamental de la educación, uniendo la libertad a la responsabilidad social.

Pero la crítica por sí sola no basta; debe ir acompañada de esperanza. La esperanza no es una creencia ingenua; es valor informado, una negativa a aceptar la injusticia como algo inevitable. En el espíritu de Martin Luther King, Jr., la esperanza se niega a normalizar el racismo, la pobreza, el sexismo y el militarismo, ofreciendo la confianza de que esos problemas pueden cambiarse. La esperanza es la convicción de que la memoria importa, de que el futuro no está predeterminado y de que la acción colectiva puede transformar las condiciones en las que vivimos. Sin esperanza, no hay capacidad de acción. Sin capacidad de acción, no hay resistencia. Y sin resistencia, no hay democracia. Vuestra generación necesitará esa esperanza más que nunca. Heredáis un mundo marcado por retos abrumadores: un planeta en peligro ecológico, instituciones democráticas bajo asalto, guerras que amenazan con una destrucción inimaginable y un sistema económico que produce tanto una riqueza sin precedentes como una desigualdad devastadora. Pero también heredáis algo más: la capacidad de actuar.

La esperanza sólo cobra sentido cuando se materializa en el mundo a través de la acción, y la acción es una de las formas en que hacemos historia. La historia no es algo que simplemente os sucede; es algo que ayudáis a forjar. Y aunque las fuerzas alineadas contra la justicia puedan parecer abrumadoras, la historia está llena de ejemplos de personas y movimientos que se negaron a aceptar el statu quo, que se atrevieron a pensar de otra manera y, al hacerlo, transformaron el mundo.

El movimiento por los derechos civiles, la lucha contra el apartheid, la lucha por los derechos de los trabajadores y los movimientos por la justicia de género y medioambiental nos recuerdan que el cambio es posible, pero nunca fácil. Requiere valor, perseverancia y la voluntad de desafiar al poder arraigado. La historia os ofrece el potencial no sólo de aprender del pasado, sino también de luchar por la justicia junto a otros; de cómo hacer historia en lugar de ser arrastrados por ella, y de cómo gobernar con sabiduría en lugar de limitaros a someteros a quienes gobiernan con malicia.

Las grandes crisis de nuestro tiempo no son sólo políticas o económicas; también son culturales y lingüísticas. El vocabulario de la justicia, la igualdad y la compasión se ha visto erosionado, sustituido por el lenguaje del interés propio, la competencia y lo desechable. Cuando el lenguaje se empobrece, el pensamiento se merma y, con él, la propia democracia. Debéis recuperar y revivir un lenguaje que hable del bien común, que afirme la dignidad de todas las personas, que insista en la importancia del cuidado, la compasión y la responsabilidad mutua.

Las palabras que usamos dan forma al mundo en el que vivimos. Hablar de justicia es imaginar su posibilidad. Hablar de compasión es hacerla visible. Hablar de democracia es mantenerla viva. No os dejéis seducir por una sociedad que mide el éxito únicamente en términos de riqueza, estatus y poder. Esas medidas carecen de sentido si no están vinculadas a un sentido más amplio de propósito y responsabilidad. En su lugar, pensad en vuestra vida como un proyecto arraigado en el deseo de hacer del mundo un lugar más justo, más igualitario y más humano.

Amplíad vuestro sentido de lo que es posible. Negaos a dejaros gobernar por el miedo. Mostraos solidarios con los demás. Defended las instituciones que mantienen viva la democracia.

Si hay un último encargo que quiero dejaros, es este: os insto a que ampliéis vuestros sueños y abracéis los actos de solidaridad, trabajéis para ampliar el bien común y colectivicéis la compasión. Estas son las prácticas que permitirán a vuestra generación no sólo ser gobernada, sino gobernar con sabiduría y justicia.

Recordad que la democracia nunca se nos entrega sin más; siempre se ha forjado a través de la lucha colectiva y se ha sostenido gracias al valor de quienes están dispuestos a resistir. En su mejor expresión, exige que os preguntéis cuál es vuestra responsabilidad ante un futuro insoportable y, a menudo, indescriptible. Rechazad el entumecimiento. Rechazad el silencio. Rechazad la comodidad de mirar hacia otro lado.

Actuar con valentía ante la injusticia. Hacer posible lo inimaginable y ampliar el espacio de lo posible más allá de los límites del presente. Para aferrarnos a esa visión en tiempos oscuros, necesitamos guías, voces que nos recuerden lo que significa rechazar la desesperanza. Permitidme dejaros con dos de esas voces, Ernst Bloch y James Baldwin, que desde hace tiempo han guiado a quienes se niegan a rendirse en tiempos oscuros.

El filósofo Ernst Bloch nos recuerda que la esperanza nunca se extingue por completo. Puede estar herida, relegada a un segundo plano, agobiada por la decepción, pero perdura, porque el mundo mismo está inconcluso, la historia permanece abierta y el futuro sigue esperando a quienes estén dispuestos a actuar. Y esa responsabilidad os corresponde ahora a vosotros. Pero la esperanza sin valor es vacía. Debe ser expresada, puesta en práctica y defendida.

Por eso recurro a James Baldwin, quien advirtió que cuando las luces comienzan a apagarse, cuando el miedo y la injusticia amenazan con apoderarse del mundo, se convierte en tarea de cada generación iluminar la oscuridad, abrir caminos a través de ella y rechazar la mentira de que el presente es todo lo que es posible. Escribe:

Porque nada es inmutable, para siempre y siempre y siempre, nada es inmutable; la tierra está en constante movimiento, la luz cambia sin cesar, el mar no deja de desgastar la roca. Las generaciones no dejan de nacer, y nosotros somos responsables ante ellas porque somos los únicos testigos que tienen. El mar se eleva, la luz se apaga, los amantes se aferran el uno al otro y los niños se aferran a nosotros. En el momento en que dejemos de abrazarnos, en el momento en que rompamos la confianza mutua, el mar nos engullirá y la luz se apagará.

Mientras las luces parpadean y las sombras se alargan, en una época marcada por el auge del fascismo en todo el mundo, la desigualdad abrumadora y el colapso de la conciencia moral, recordad que la esperanza, aunque herida, no ha muerto, y que la historia, por muy amenazada que esté, sigue estando a vuestro alcance. La oscuridad es real, pero no es el destino. Recurrid a vuestro valor para enfrentarla, a vuestra lucidez para nombrarla, a vuestra fuerza para desafiarla y a vuestra determinación para rechazarla. Avanzad con convicción y con un profundo sentido de la responsabilidad hacia los demás. Rechazad la indiferencia. Manteneos solidarios. Ampliad el espacio de lo posible. Y, sobre todo, no os limitéis a triunfar en el mundo tal y como es, sino ayudad a transformarlo en el mundo tal y como debería ser, porque lo que nos espera, con todas sus promesas y peligros, está ahora en vuestras manos.

Foto de portada de Nathaniel St. Clair: Rechaza la distopia.

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