Osama Abuzaid, Middle East Eye, 18 mayo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Osama Abuzaid es investigador de cuestiones de desarrollo y gobernanza con sede en Jartum. Actualmente, está afiliado al CEDEJ como investigador asociado y coordinador del programa de ayuda para proyectos de base y seguridad humana (GGP). Ha impartido clases sobre gestión del desarrollo y cuestiones relacionadas con la gobernanza en la Universidad de Ciencias Médicas y Tecnología (UMST) y ha participado en diversos proyectos de agencias de la ONU y ONG.
Hay guerras que acaparan la atención mundial, y otras que pasan desapercibidas. Sudán se ha convertido en una de estas últimas.
Durante más de tres años, Sudán ha estado viviendo una catástrofe que, en otras circunstancias, acapararía los titulares de la prensa mundial.
El país se ha ido desmoronando a cámara lenta. Más de 14 millones de personas se han visto desplazadas. Ciudades enteras se han quedado vacías. Los mercados apenas funcionan. Los hospitales han cerrado u operan sin electricidad, sin medicamentos y sin personal.
Nada de esto es nuevo. Lo que sí es nuevo es cuándo Sudán reaparece de repente en los titulares internacionales —y por qué.
Eso es exactamente lo que ocurrió en marzo, cuando el Departamento de Estado de EE. UU. anunció sus planes de designar a la Hermandad Musulmana sudanesa como organización terrorista extranjera.
La justificación fue explícita: Washington acusó al grupo de recibir apoyo del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán.
Ese momento fue revelador. Sudán no volvió a ser el centro de la atención mundial por las alertas de hambruna, ni porque se estuviera matando a civiles en los mercados y los campamentos de desplazados. Volvió a serlo porque podía encajar en el enfrentamiento geopolítico más amplio centrado en Irán.
No se trataba de una mera coincidencia. Puso de manifiesto cómo funciona la atención. Sudán no es invisible; es visible de forma condicional.
Equilibrio de poder
La guerra en Sudán sigue siendo, en esencia, un conflicto interno. Tiene sus raíces en una transición política fallida, un Estado militarizado y fuerzas armadas rivales que luchan por el control del poder y los recursos.
Sin embargo, se ha acelerado deliberadamente y se ha vuelto mucho más letal por la intervención oportunista de actores externos, que ven la fragmentación de Sudán no como una tragedia que hay que resolver, sino como un escenario que hay que explotar.
Nada de eso cambió en 2026. Lo que cambió fue la lente a través de la cual se ve la guerra.
A medida que se intensificaban las tensiones entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán, por otro, se redefinía de nuevo a Sudán: no como un país en crisis, sino como un espacio dentro de una confrontación más amplia.
Los grupos armados ya no eran sólo actores locales, sino extensiones de la influencia regional. Los acontecimientos militares —especialmente el uso de drones— se interpretaban como señales de alineamiento en un conflicto más amplio.
Pero este replanteamiento distorsiona más de lo que explica. Los actores sudaneses no son simples representantes. Operan según su propia lógica política, moldeada por años de fragmentación interna. El apoyo externo puede alterar el equilibrio de poder, pero no define la guerra en sí misma.
Y, sin embargo, una vez que Sudán queda integrado en un contexto geopolítico más amplio, las prioridades cambian. La cuestión ya no es cómo poner fin a la guerra, sino cómo gestionar sus consecuencias.
Ese cambio tiene consecuencias, porque una guerra que se gestiona rara vez es una guerra que se resuelve.
Caos económico
Si el replanteamiento geopolítico de Sudán es una de las facetas de la crisis, las consecuencias económicas son otra —y se están acelerando—.
La guerra con Irán ha desencadenado una crisis energética mundial. Los precios del petróleo han superado los 100 dólares por barril, impulsados por las interrupciones en las principales rutas marítimas, en particular el estrecho de Ormuz, por donde pasa una parte significativa del suministro mundial de petróleo.
Para las economías frágiles, este no es un problema lejano. Es inmediato. Sudán, que depende en gran medida del combustible importado, se ha visto muy afectado.
Los precios del combustible en el país se han disparado drásticamente. En el mercado paralelo, el precio de la gasolina saltó de unas 18.000 libras sudanesas (30 dólares) por galón a casi 30.000 en menos de una semana. No se trata de un aumento marginal; es un golpe que se propaga por todos los sectores de la vida cotidiana.
El combustible impulsa el transporte. El transporte impulsa el suministro de alimentos. El suministro de alimentos determina la supervivencia. Cuando los costes de transporte suben, los precios de los alimentos les siguen. Cadenas de suministro enteras se ralentizan o colapsan. En Sudán, donde el margen entre la supervivencia y el hambre ya es muy estrecho, estas presiones son devastadoras.
En ciudades como Omdurman y Wad Madani, algunos comerciantes han suspendido por completo sus ventas, incapaces de fijar los precios de los productos en un mercado donde los costes varían a diario. El precio de un saco de azúcar de 50 kg se ha disparado en miles de libras en cuestión de días, mientras que los materiales de construcción se han encarecido más de un 50%.
Así es como se desarrollan las crisis económicas en las zonas de guerra: no como acontecimientos aislados, sino como una sucesión de fallos en cadena.
La inflación en Sudán ya era grave. Las cifras oficiales la situaban por encima del 56% a principios de 2026, incluso antes de las últimas crisis. Ahora, con el aumento de los precios del combustible y la interrupción de las importaciones, el coste real de la vida está subiendo mucho más rápido de lo que pueden reflejar las estadísticas oficiales.
Y el combustible es sólo una parte de la historia. Las perturbaciones globales vinculadas a la guerra de Irán también han afectado a los fertilizantes, el transporte marítimo y las cadenas de suministro. Cada vez es más difícil acceder a los medicamentos, ya que las farmacias tienen dificultades para reponer existencias. Para la población civil, esto significa que una simple infección o una enfermedad crónica puede convertirse en una amenaza para la vida.
Empujados a los margenes
Hay una paradoja en el corazón de la situación actual de Sudán. El país ha cobrado mayor relevancia geopolítica, pero ha perdido visibilidad desde el punto de vista humano.
Queda eclipsado por conflictos de mayor envergadura, en particular la escalada en la que está involucrado Irán. Al mismo tiempo, en los debates sobre el propio Sudán, los civiles quedan relegados a un segundo plano, sustituidos por discursos sobre seguridad, alianzas y posicionamiento estratégico.
Esto no es sólo negligencia. Es una forma de distorsión. Se está prestando atención a Sudán, pero no en sus propios términos.
Las consecuencias son ya visibles. Las necesidades humanitarias siguen superando la financiación disponible. El colapso económico del país se agrava. Los grupos armados están consolidando su poder ante la ausencia de un proceso político creíble.
Y, sin embargo, las respuestas internacionales siguen siendo fragmentadas: reactivas en lugar de estratégicas, determinadas más por preocupaciones externas que por las realidades internas.
Cuanto más tiempo continúe esta situación, más difícil será revertirla. Los conflictos como el de Sudán no se mantienen aislados. Reestructuran regiones, provocan desplazamientos transfronterizos y afianzan sistemas de violencia que perduran más allá de cualquier guerra concreta.
Ignorar esto no estabiliza la situación. Simplemente retrasa el momento en que los costes se vuelven insoslayables.
La tragedia de Sudán hoy en día no es sólo la magnitud de su sufrimiento, sino la forma en que se interpreta ese sufrimiento. La guerra ya no se entiende principalmente como una crisis sudanesa. Se filtra a través de conflictos externos, en particular la guerra de Irán.
En ese proceso, se distorsiona la realidad sobre el terreno. Y ahí radica el peligro: porque una crisis que se ignora aún puede redescubrirse, pero una crisis que se malinterpreta se aborda de forma errónea desde el principio.
Sudán no necesita verse envuelto en la guerra de otros para ser importante. Ya lo es. La cuestión es si el mundo está dispuesto a darse cuenta de ello, antes de que las consecuencias se extiendan mucho más allá del propio Sudán.
Foto de portada: Un grupo de activistas viaja en un autobús con un mensaje de Amnistía Internacional en el que se aboga por una intervención internacional en la guerra de Sudán, en Nairobi (Kenia), el 15 de abril de 2026 (Tony Karumba/AFP).