Las sanciones matan, lo he visto con mis propios ojos

Un cirujano anónimo de Cuba, CounterPunch.org, 21 mayo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Soy cirujano en La Habana, Cuba. No voy a dar mi nombre, no porque tema a mi gobierno, sino porque temo al vuestro y lo que le pueda hacer a mis seres queridos.

El mes pasado operé a un anciano con una úlcera péptica perforada. La intervención fue de libro. Le cerré el abdomen limpiamente, sin complicaciones. En aquella ocasión disponíamos de antibióticos. Lo que no teníamos era líquido cristaloide intravenoso para la reanimación. Es la solución más básica, tan barata que casi no cuesta nada, pero tan esencial que puede salvarlo casi todo. Existe. Se fabrica en Santiago de Cuba, a 800 kilómetros de distancia. No pudo llegar a La Habana porque no había petróleo para transportarlo. Para cuando llegó, mi paciente ya había fallecido.

Quiero que reflexionen sobre esto antes de que hablemos de política.

Ahora quiero hablarles de una niña de dos años, la hija de unos amigos míos. Hace dos semanas, desarrolló una gastroenteritis grave: vomitaba veinte veces al día y se deshidrataba rápidamente. Sus padres la llevaron de urgencia a un hospital pediátrico de La Habana. No había suficiente líquido intravenoso en la sala de urgencias. Los hospitales pediátricos han sido históricamente el último refugio protegido de lo peor de nuestra escasez. Incluso en nuestros años más difíciles, hemos intentado proteger a los niños. Esa noche, sólo el director del hospital autorizaba cada botella de suero como si fuera oro puro. No era oro, sólo era sal y agua, pero no disponían más que de unas pocas botellas.

No se trata de tragedias aisladas. Son el resultado previsto.

La tasa de mortalidad infantil de Cuba —que en su día fue inferior a la de Estados Unidos, un auténtico logro de nuestro sistema de salud pública— ha ido aumentando desde 5 hasta más de 7,1 por cada 1.000 nacidos vivos, a partir de 2019. Dos tercios de los medicamentos esenciales no están disponibles o escasean. Los arbovirus como el dengue, el oropouche y el chikungunya han experimentado un repunte. Según la propia oficina de estadísticas de Cuba, el país ha registrado el éxodo de más de 1,4 millones de habitantes desde 2020 —entre ellos miles de médicos— y ha registrado el menor número de nacimientos en 65 años. Sólo en 2024-2025, el bloqueo de Estados Unidos le costó a Cuba 7.500 millones de dólares. A lo largo de 65 años, los daños acumulados han superado los 170.000 millones de dólares. No se trata de una crisis de gobernanza. Se trata de una ruina provocada: la aplicación deliberada de la máxima presión económica hasta que una nación se derrumba, para luego atribuir la ruina a la propia nación. La ruina se cita entonces como justificación para una intervención militar, y la intervención como el camino hacia los codiciados recursos.

La política de EE. UU. hacia Cuba se diseñó de esta manera: En 1960, el subsecretario adjunto de Estado de EE. UU., Lester Mallory, redactó un memorándum interno (ahora desclasificado) que abogaba explícitamente por medidas para provocar «hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno» en Cuba a través de dificultades económicas deliberadas. Este embargo de EE. UU. se estableció para incluir todo el comercio con Cuba en 1962. Algo considerado ilegal. Sesenta y cinco años después, esa estrategia no se ha abandonado. Se ha perfeccionado. La designación de «país patrocinador del terrorismo» excluye a Cuba del sistema financiero internacional: no hay transacciones, no hay acceso a la banca y las empresas extranjeras se ven amenazadas por hacer negocios con nosotros. Recientemente, el presidente de los Estados Unidos declaró a Cuba como una «amenaza extraordinaria para los Estados Unidos» y se emitió una orden que impide a cualquier país del mundo suministrar petróleo a la isla. El bloqueo naval de enero de 2026, que corta nuestro principal suministro de combustible, es la expresión más aguda y reciente del embargo estadounidense. Eso es asimismo ilegal.

En este contexto, Estados Unidos anunció recientemente una ayuda de 6 millones de dólares para Cuba, entregada a través de canales diseñados explícitamente para eludir al Gobierno cubano. Cuba pierde 20 millones de dólares cada día a causa del bloqueo. Seis millones no es un gesto de buena voluntad. Es cinismo expresado en dólares.

Cuando leo sobre Cuba en la prensa estadounidense, me llama la atención, una y otra vez, la misma omisión. Las sanciones —que afectan al 100% de los cubanos, cada hora de cada día— sólo reciben una mención de pasada, una cláusula subordinada, un breve reconocimiento rápidamente contrarrestado por el discurso de los «fracasos de la política interna». Esto no es neutralidad. Es una elección que sirve al poder y protege al agresor.

Así es como se ve el bloqueo desde dentro: Nuestra red eléctrica falla hasta 22 horas al día, incluso en la capital. Los niños se quedan a oscuras, sin poder hacer los deberes. Los profesores no pueden preparar sus clases. Cuando se va la luz y no hay gas natural en las casas, las familias cocinan al aire libre con leña. Y entonces ocurre algo que me gustaría que todos los estadounidenses comprendieran: otras personas salen a unirse a ellas. Las familias han empezado a turnarse para cocinar para barrios enteros, compartiendo lo que tienen y asegurándose de que todos coman. Eso no es un programa del Gobierno. Es un pueblo que se niega a dejar que sus miembros pasen hambre.

Por toda la isla, los cubanos están instalando paneles solares en los tejados, construyendo su futuro energético con sus propias manos. Han pasado de los vehículos de gasolina a los triciclos eléctricos para el transporte y el comercio. Algunos de ellos son voluntarios que dedican días concretos cada semana a llevar a pacientes de hemodiálisis a los hospitales, de forma gratuita. En las carreteras, parar a los autoestopistas es algo propio de la vida cotidiana y una obligación legal: funcionarios del gobierno, agentes de policía, médicos, tenientes coroneles del ejército cubano, artistas, ancianos, jóvenes, todos comparten el viaje en un país donde el combustible se ha vuelto un bien escaso. Los coches con matrículas del gobierno están obligados por ley a recoger pasajeros. No es raro ver a un poeta y a un obrero de fábrica compartiendo el asiento trasero del coche de un desconocido, de camino a casa. De vez en cuando, los viernes por la noche después del trabajo, mis colegas y yo reunimos algo para comer, buscamos ron, dominó, música y nos reunimos; con nuestros hijos corriendo entre nuestras piernas, bailando antes incluso de saber la letra de las canciones. No a pesar de todo. Sino precisamente por todo.

Llevo más de dos décadas ejerciendo como médico, con doble titulación en medicina familiar y cirugía general. Trabajo en un hospital universitario público (todos los hospitales son públicos) en el centro de La Habana, donde me encargo de los casos de traumatología y las urgencias quirúrgicas. Mi salario se ha triplicado en los últimos diez años. Aun así, no me alcanza para vivir. Mis pacientes y sus familias me llaman al móvil, a veces años después de su operación, cuando surge una nueva preocupación, cuando tienen miedo, cuando necesitan a alguien en quien confiar. Mis residentes, cada vez más y de forma comprensible, quieren marcharse. El bloqueo está vaciando desde dentro a la próxima generación de la medicina cubana, empujando a los cubanos hacia Estados Unidos y otros países en cantidades que no veíamos bajo el mandato de Barack Obama. Aquella era una época en la que nuestra calidad de vida era mucho mejor, en la que los cubanoamericanos regresaban a la isla para invertir y florecían los negocios privados. Ese cambio de rumbo no es el destino. Es política.

En mi hospital, imparto clases a estudiantes de medicina de la ELAM —la Escuela Latinoamericana de Medicina—, que ha formado a médicos de 122 países y ha graduado a cerca de 31.000 doctores. Se considera la facultad de medicina más grande del mundo. Aquí es donde los estudiantes de comunidades rurales y desfavorecidas de todo el Sur Global estudian medicina de forma gratuita. Provienen de entornos humildes. Mis estudiantes vienen de Angola, Mozambique, la República Democrática del Congo, Namibia, Sudáfrica, Ghana, el Sáhara Occidental, Colombia, Bolivia, México, Venezuela, Timor Oriental, Nepal, Nicaragua, Dominica, Vietnam, Palestina e incluso Alemania, Canadá, Estados Unidos y otros países. Uno de los palestinos es un joven de Tulkarm, en la Cisjordania ocupada. A los catorce años, tras ver a su tío —un médico formado en Cuba—, decidió que algún día él también estudiaría medicina en La Habana. Viajó desde una ciudad bajo asedio militar para aprender cirugía en un país bajo asedio económico. Otra estudiante de medicina, una de las mejores que he formado en cirugía, es una joven que regresa a la República Democrática del Congo. Su país lleva más de treinta años sumido en una guerra continua. Se ha esforzado más que nadie a quien haya enseñado porque ya sabe lo que le espera: heridas de guerra y lesiones que rara vez vemos en Cuba, y a las que se enfrentará en gran medida sola. Fue una de las mejores alumnas que he formado. Tendrá que serlo, su país la necesita.

También he tenido el orgullo de ser seleccionado para las misiones médicas cubanas, intensamente competitivas (y en ocasiones lucrativas), que han enviado a más de 605.000 trabajadores sanitarios a más de 165 países desde 1963. Seré sincero con ustedes: algunos médicos cubanos que regresan de misiones médicas en el extranjero ganan lo suficiente para comprarse un coche, una casa o reparar un tejado, todo ello para dar a sus hijos una vida mejor. En el momento de mi primera misión médica, en 2010, gané más de cinco veces mi salario cubano. No hay ninguna contradicción en ello. El servicio y la dignidad no son mutuamente excluyentes.

Presté servicio en los barrios pobres de Caracas como parte de la misión quirúrgica cubana que colaboraba con «Barrio Adentro», el emblemático programa venezolano que llevó a médicos cubanos a comunidades donde nunca antes había ejercido ninguno. Fue a través de una brigada quirúrgica cubana similar como presté servicio en las comunidades rurales de Bolivia. En Caracas, operé de hernia al hijo de unos exiliados cubanos que habían huido de la dictadura de Batista. Después, su familia me puso en las manos una moneda de plata. En ella aparecía el rostro de José Martí, el poeta y revolucionario que lideró la independencia de Cuba frente a España. La moneda se había acuñado con motivo del centenario del nacimiento de Martí —1953, el mismo año en que esta familia huyó de la isla—. Se la habían llevado consigo al salir de Cuba, la habían guardado como un tesoro durante décadas y ahora decidieron dársela a un médico cubano para agradecerle que mantuviera viva la solidaridad en toda América.

En Yacuiba, Bolivia, atendí a una mujer embarazada de una familia de clase media, visitándola en su casa, tal y como debe practicarse la medicina siempre que sea posible. Ella ya acudía a una clínica privada. Tras mi primera visita, ella y su marido decidieron transferirme su atención. Cuando nació su hijo, le pusieron mi nombre. No hice nada heroico. Simplemente me presenté, me quedé y la traté como a una persona que merecía toda mi atención.

En Guatemala, un programa de casi 30 años de duración que enviaba médicos cubanos a comunidades indígenas —muchas de las cuales nunca habían tenido médico— está siendo desmantelado bajo la presión directa de Estados Unidos. Honduras acaba de expulsar a sus 128 médicos cubanos, poniendo fin a un programa oftalmológico que había realizado casi 7.000 operaciones para combatir la ceguera. Esto se suma a cancelaciones similares en Brasil (2018), Ecuador y Bolivia (ambos en 2019). Washington ha amenazado con revocar los visados de cualquier funcionario gubernamental que siga empleando a médicos cubanos. Los primeros ministros de Barbados, Trinidad y Tobago, y San Vicente y las Granadinas afirmaron que preferían perder sus visados estadounidenses antes que perder a los médicos cubanos que mantenían abiertos sus hospitales. Las cancelaciones se produjeron a pesar de las protestas de los propios pacientes. O eran atendidos por un médico cubano, o no recibían atención médica alguna. Washington tomó esa decisión por ellos.

Un estudio de 2025 publicado en The Lancet Global Health reveló que las medidas coercitivas unilaterales, como las sanciones, se asocian con aproximadamente 564.000 muertes al año en todo el mundo. Los niños menores de cinco años representan más de la mitad de estas muertes evitables. Entre los regímenes de sanciones estudiados, las sanciones de EE. UU. mostraron los efectos más graves en la mortalidad. La Asamblea General de las Naciones Unidas ha votado, cada año desde 1992, para condenar el embargo de EE. UU. contra Cuba. En octubre de 2024, la votación fue de 187 naciones contra 2. Estados Unidos e Israel se quedaron solos frente al mundo.

Cuba tiene sus propios fallos y contradicciones. Lo sabemos. Lo debatimos entre nosotros, a menudo con vehemencia. Las propuestas de ley se debaten en nuestros lugares de trabajo, barrios y en Internet antes de presentarse para su aprobación ante la Asamblea Nacional. Tenemos mucho que mejorar para lograr un mayor control social sobre el Gobierno. Esos retos nos corresponden a nosotros, y debemos afrontarlos según nuestros propios términos y a nuestro propio ritmo. Por ejemplo, varios altos cargos del Gobierno han sido encarcelados por corrupción. Sin embargo, no son un pretexto para que una potencia extranjera provoque nuestro colapso, se apropie de nuestros recursos y lo llame liberación.

La gente me pregunta por qué me quedo. La respuesta no es complicada. Soy patriota, no como una etiqueta, sino como una forma de vida. Creo que mi obligación no termina en la puerta de mi casa, ni en la entrada de mi hospital, ni en las fronteras de mi país. Creo en un país que pertenece a todos, no a unos pocos privilegiados. Creo en algo más grande que cualquiera de nosotros: la posibilidad de una sociedad construida no sobre el lucro, sino sobre la justicia social, la dignidad y el respeto por cada ser humano. Creo en una sociedad global donde el potencial innato, la habilidad, el talento y el genio que hay en cada uno de nosotros puedan florecer y compartirse libremente entre todos.

Creo en la sociedad que estamos construyendo aquí, imperfecta, asediada y nuestra. Creo que ningún político extranjero, que no sabe nada de mi país, debería decidir si mi hijo puede comer. Creo que ninguna potencia extranjera tiene derecho a entrar en esta isla, a agotar a su gente con el hambre y a llamarlo libertad. Si llegara el caso —si la defensa de esta patria lo exigiera todo—, lo daría todo. Esto no es bravuconería. Es la misma convicción que me hace levantarme antes del amanecer, que me hace contestar el teléfono a medianoche cuando llama un paciente asustado, o que me mantuvo en una cola para repostar durante 23 horas hace dos semanas, cuando la gasolina escaseaba, pero aún estaba disponible.

Cuba no es un Estado fallido a la espera de ser rescatado. Cuba es un pueblo —brillante, obstinado, generoso y vibrante— que se ha negado durante sesenta y cinco años a convertirse en el mercado de otros. Somos el anciano que sobrevivió a mi operación, pero no al bloqueo. Somos el niño de dos años deshidratado sin suficientes líquidos intravenosos. Somos el médico y el director del hospital que deciden cómo distribuir los escasos recursos, cuando todos los merecen. Somos la doctora congoleña que regresa a su país, devastado por la guerra, para curarlo con las herramientas clínicas que le ha proporcionado Cuba. Somos el exiliado cubano que guardó una moneda de Martí en un cajón en Caracas durante décadas, esperando una razón para regalarla. Somos el niño boliviano que lleva el nombre de un médico que simplemente apareció. Somos los desconocidos que comparten el asiento trasero de un coche de vuelta a casa. Seguimos aquí. Seguimos enseñando, seguimos trabajando, seguimos cocinando juntos al fuego de leña y seguimos bailando con nuestros hijos los viernes por la noche.

Foto de portada de Marcel Scholte.

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