Nick Turse, TomDispatch.com, 21 mayo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Nick Turse es un destacado reportero de The Intercept y es miembro del Type Media Center. Entre sus libros, cabe destacar: “Next Time They’ll Come to Count the Dead: War and Survival in South Sudan” y, con anterioridad, “Tomorrow’s Battlefield: U.S. Proxy Wars and Secret Ops in Africa” y “Kill Anything That Moves: The Real American War in Vietnam”. Ha escrito para el New York Times, Los Angeles Times, San Francisco Chronicle, The Nation y Village Voice, entre otras publicaciones. Ha recibido el premio Ridenhour de periodismo de investigación, el premio James Aronson de periodismo sobre justicia social y una beca Guggenheim.
«No tienen nada», dijo el presidente Donald Trump sobre Somalia en una reciente diatriba xenófoba. «Lo único que hacen es ir por ahí disparándose unos a otros».
Como ocurre con tantas cosas en esta administración, toda acusación es también una confesión.
Las tropas estadounidenses llevan disparando a los somalíes desde principios de la década de 1990, después de que el presidente saliente George H. W. Bush lanzara allí una intervención aparentemente humanitaria que sería continuada por su sucesor, Bill Clinton. En junio de 1993, las tropas estadounidenses y de la ONU habían comenzado a atacar diversos objetivos en la capital de Somalia, Mogadiscio, vinculados al señor de la guerra Mohamed Farrah Aidid, quien había ayudado a derrocar al dictador Mohamed Siad Barre.
Al mes siguiente, en una escalada importante, helicópteros de combate estadounidenses atacaron una casa en esa ciudad donde se reunía un grupo de líderes de clanes somalíes. El Comité Internacional de la Cruz Roja afirmó que 54 personas murieron y 161 resultaron heridas. Aidid afirmó que 73 somalíes habían muerto, entre ellos numerosas mujeres y niños, y que más de 200 habían resultado heridos. Las fuerzas estadounidenses no sufrieron ninguna baja.
Y no pasó mucho tiempo antes de que —a principios de la década de 2000, bajo el mandato del hijo de Bush, George W., como parte de lo que se conoció como la «guerra global contra el terrorismo»— las tropas estadounidenses volvieran a masacrar a somalíes. Además de los grandes conflictos en Afganistán e Iraq, Bush hijo lanzó las primeras guerras con drones desde Pakistán hasta Yemen, incluyendo Somalia. Su sucesor, el presidente Barack Obama, subió la apuesta de la «guerra eterna», convirtiéndose en un «asesino-en-jefe» en Somalia y más allá. El vicepresidente de Obama, Joe Biden, también continuó la guerra con drones allí cuando llegó a la Casa Blanca.
Sin embargo, a pesar de todos esos años de matanzas en Somalia, ningún presidente estadounidense ha atacado jamás a los somalíes con la persistencia y a un ritmo como el del presidente Donald J. Trump, especialmente en su segundo mandato.
La segunda administración Bush llevó a cabo 11 ataques aéreos en Somalia, matando a hasta 144 personas, entre ellas, posiblemente a 55 civiles, según el think tank New America. Obama presidió 48 ataques durante sus ocho años en el cargo que mataron a hasta 553 personas. El primer mandato de Trump fue testigo de una escalada masiva de este tipo de ataques con drones. Durante sus primeros cuatro años, Trump llevó a cabo 219 ataques, lo que supone un aumento del 271% con respecto a los 16 años de las presidencias de George W. Bush y Obama. Pero incluso ese repunte palidece en comparación con el ritmo implacable de los ataques durante el segundo mandato de Trump. Mientras que Biden superó el total de Obama en la mitad de tiempo —51 ataques en cuatro años—, Trump ya está a punto de eclipsar su propio e infame primer mandato en menos de año y medio. Ha ordenado al menos 190 ataques aéreos en Somalia, si no más.
La oleada de asesinatos de Trump en Somalia no es más que una pequeña parte de su guerra más amplia contra el mundo. No es exagerado decir que tiene al ejército estadounidense «corriendo de un lado a otro disparándole» a la gente a una escala épica. Durante sus dos mandatos, Trump ha supervisado intervenciones armadas y operaciones militares —incluidos ataques aéreos, incursiones de comandos, conflictos por poderes, los llamados programas 127e y guerras a gran escala— en Afganistán, la República Centroafricana, Camerún, Ecuador, Egipto, Irán, Iraq, Kenia, Líbano, Libia, Malí, Níger, Nigeria, Corea del Norte, Pakistán, Filipinas, Somalia, Siria, Túnez, Venezuela, Yemen y un país no especificado de la región indopacífica, así como ataques contra civiles en embarcaciones en el mar Caribe y el océano Pacífico oriental. Su segundo mandato ha sido, de hecho, una furiosa oleada de beligerancia global, apenas percibida por los medios de comunicación estadounidenses. En marzo, por ejemplo, Estados Unidos entró en guerra en tres continentes en tan sólo tres días, llevando a cabo ataques en África, Asia y Sudamérica. Durante ese periodo, EE. UU. también atacó una embarcación civil en el océano Pacífico oriental.
A menos de un año y medio del inicio del segundo mandato de Trump, EE. UU. ya ha matado a más de 2.000 civiles desde América Latina hasta Oriente Medio y África. «Esto no tiene precedentes en cuanto al gran número de escenarios en los que se ha informado de daños a la población civil en un espacio de tiempo tan breve», afirmó Megan Karlshoej-Pedersen, especialista en políticas de Airwars, una organización con sede en el Reino Unido que realiza un seguimiento de las víctimas civiles en todo el mundo. También señaló los ataques en el mar Caribe, el océano Pacífico oriental, Irán, Nigeria, Somalia, Siria, Venezuela y Yemen.
Guerra contra los niños
Desde que Estados Unidos comenzó a llevar a cabo ataques aéreos en Somalia en 2007, han muerto hasta 170 civiles, según Airwars. Sin embargo, el ejército estadounidense sólo ha admitido seis de esas muertes y otros 11 heridos, y nunca se ha disculpado públicamente ante las familias de las víctimas ni ante quienes sobrevivieron a sus ataques.
En un ataque perpetrado en abril de 2018 en Somalia, durante el primer mandato de Trump, un ataque con drones estadounidenses mató al menos a tres (y posiblemente a cinco) civiles. Entre los fallecidos había una mujer y un niño, según documentos de investigación del ejército estadounidense anteriormente secretos, pero el mismo informe concluía que quizá nunca se conocieran sus identidades. Sin embargo, una investigación que realicé en 2023 para The Intercept reveló los detalles de ese desastroso ataque. La mujer y la niña —Luul Dahir Mohamed, de 22 años, y su hija de 4 años, Mariam Shilow Muse— sobrevivieron al ataque inicial, pero murieron en un ataque de doble golpe mientras huían para salvar sus vidas. Abdi Dahir Mohamed, uno de los hermanos de Luul, dijo sobre los estadounidenses que mataron a su hermana y a su sobrina: «Saben que murieron personas inocentes, pero nunca nos han dado una razón ni se han disculpado. Nadie ha rendido cuentas».
Más recientemente, el presidente Trump ha sido responsable de la matanza de decenas, si no cientos, de niños en la guerra que él mismo ha elegido librar en Irán. «Los ataques aéreos estadounidenses e israelíes han causado la muerte de al menos 2.362 civiles, entre ellos 383 niños, y han herido a más de 32.314 civiles, según cifras oficiales», Raha Bahreini, investigadora regional del equipo de Amnistía Internacional en Irán, declaró a este reportero y a otros periodistas durante una reciente rueda de prensa. Entre las víctimas mortales se cuentan más de 150 niños muertos en un ataque con misiles Tomahawk contra la escuela primaria Shajarah Tayyebeh, en el sur de Irán. Las conclusiones preliminares de una investigación militar estadounidense sobre ese ataque reconocieron que Estados Unidos era efectivamente responsable, lo que contradice las afirmaciones del presidente Trump de que Irán atacó la escuela. Sin embargo, públicamente, el Pentágono sigue eludiendo su responsabilidad. «Este incidente se encuentra actualmente bajo investigación», declaró recientemente el secretario de Guerra, Pete Hegseth, ante los legisladores, negándose a responder a preguntas sobre el ataque durante su comparecencia en el Capitolio.
La administración también ha sido responsable de una sucesión constante de ataques contra civiles en las aguas que rodean América Latina. En el marco de la Operación Southern Spear, la administración Trump ha llevado a cabo alrededor de 60 ataques contra supuestas «embarcaciones de narcotraficantes» en el mar Caribe y el océano Pacífico oriental, matando a cerca de 200 civiles desde el pasado mes de septiembre. Los funcionarios de Trump han insistido en que las víctimas son miembros de uno de los al menos 24 o más cárteles y bandas criminales contra los que, según afirma, está en guerra, pero que se niega a nombrar. Los expertos en derecho de la guerra y los miembros del Congreso de ambos partidos insisten en que los ataques constituyen ejecuciones extrajudiciales ilegales, ya que el ejército no está autorizado a atacar deliberadamente a civiles —ni siquiera a presuntos delincuentes— que no representen una amenaza inminente de violencia.
Trump también ha matado e herido a muchas personas en Yemen, incluidas decenas de civiles etíopes asesinados en un ataque contra un centro de detención de inmigrantes en ese país el año pasado. «La campaña de la administración Trump en Yemen, y este ataque en particular, deberían haber hecho saltar las alarmas de cualquiera que se preocupe por cómo opera el ejército estadounidense y por el grado de cuidado o desprecio que muestra hacia la vida civil», dijo recientemente Kristine Beckerle, directora regional adjunta de Amnistía Internacional para Oriente Medio y el Norte de África. «Un año después, no sólo no se ha producido ningún avance apreciable hacia la justicia y la reparación, sino que seguimos careciendo de información básica sobre lo que ocurrió en el ataque de Yemen, por qué ocurrió y qué medidas, si es que ha tomado alguna, ha adoptado el ejército estadounidense para abordarlo».
En la primavera de 2025, Airwars recopiló informes de al menos 224 civiles en Yemen asesinados por ataques aéreos estadounidenses durante la campaña de ataques aéreos y navales de la Administración Trump (con el nombre en clave de Operación Rough Rider) contra el Gobierno hutí de ese país. El Yemen Data Project cifró el número de víctimas mortales en al menos 238 civiles, además de otros 467 heridos.
Estas muertes no son más que una parte de una larga lista de víctimas en Yemen que se remonta al inicio mismo del primer mandato de Trump. Un informe del grupo Mwatana for Human Rights, con sede en Yemen, examinó 12 ataques estadounidenses en Yemen entre enero de 2017 y enero de 2019, 10 de ellos «ataques aéreos antiterroristas». Los autores concluyeron que al menos 38 civiles yemeníes —19 hombres, seis mujeres y 13 niños— murieron y otros siete resultaron heridos en los ataques. Entre ellos se encontraba una incursión de los Navy SEALs en una aldea yemení pocos días después de que Trump asumiera el cargo por primera vez, en la que murieron mujeres y niños. Un año más tarde, Estados Unidos lanzó un misil contra un todoterreno cerca de la aldea de Al Uqla. Tres de los hombres que se encontraban en su interior murieron en el acto. Otro falleció días después en un hospital local. El único superviviente, Adel Al Manthari, resultó gravemente herido y se vio obligado a recurrir a una campaña en GoFundMe en 2022 para salvar su vida.
«El ataque fue horrible y su respuesta fue horrible. Perdí a mi esposa y a mi hijo»
«Es un lugar horrible», dijo Trump sobre Somalia durante esa misma diatriba racista. «Todo es horrible allí».
«Horrible» es una palabra que también recuerdo de mi viaje a Somalia para conocer a la familia de Luul Dahir Mohamed y Mariam Shilow Muse en 2023.
El ataque estadounidense que acabó con la vida de madre e hija fue consecuencia de información errónea, así como de una selección de objetivos precipitada e imprecisa por parte de una célula de operaciones especiales cuyos miembros, según la investigación militar llevada a cabo posteriormente, se consideraban a sí mismos inexpertos. Esa investigación condujo a la admisión de que se había matado a civiles y a una fuerte sugerencia de sesgo de confirmación (un fenómeno psicológico que lleva a las personas a seleccionar información que confirme sus creencias preexistentes). A pesar de ello, la investigación exoneró al equipo implicado.
«El ataque cumplió con las normas de combate aplicables», según dicha investigación. «Nada en los procedimientos de ataque provocó esta decisión inexacta [tachado]». El marido de Luul y padre de Mariam, Shilow Muse Ali, se quedó atónito mientras intentaba asimilar esas palabras. «El ataque fue horrible y su respuesta fue horrible. Perdí a mi esposa y a mi hija», me dijo. «Pero no puedo entender la explicación de la investigación. ¿Cómo se puede admitir que se mató a dos civiles y al mismo tiempo decir que se siguieron las normas?».
De hecho, Trump había promulgado en secreto normas más laxas para las operaciones de «acción directa» contra el terrorismo, incluidos los ataques con drones en lugares como Somalia, según una copia parcialmente censurada del documento. A finales de marzo de 2017, el número de ataques aéreos estadounidenses en Somalia se había disparado. «La carga de la prueba sobre quién podía ser objetivo y por qué motivo cambió drásticamente», recordó el general de brigada retirado Donald Bolduc, que dirigía el Mando de Operaciones Especiales de África en aquel momento. Durante la administración Obama, por el contrario, los ataques requerían una autorización de alto nivel, según un piloto de drones y analista de la célula de ataque que prestó servicio en Somalia el año en que Luul y Mariam fueron asesinadas. «Delegar la autoridad para ordenar ataques a un comandante sobre el terreno supuso una diferencia enorme», explicó. «Tuvo un gran efecto». Los ataques en Somalia se triplicaron después de que Trump volviera a relajar los principios de selección de objetivos y (como era de esperar) las estimaciones del ejército estadounidense y de fuentes independientes sobre las bajas civiles en múltiples zonas de guerra de EE. UU. se dispararon.
«No tienen más que delincuencia», dijo el presidente Trump —él mismo un delincuente condenado 34 veces— sobre Somalia, mientras despotricaba contra ese país.
Hasta la fecha, nadie ha rendido cuentas por las muertes de Luul o Mariam, ni por las de ningún otro civil asesinado en la guerra de Trump en Somalia. Tampoco se ha responsabilizado a nadie por los fallecidos en el ataque en Yemen que hirió gravemente a Adel Al Manthari. Ni por los asesinados en la incursión de los Navy SEALs en una aldea yemení. Ni por los inocentes que murieron en el ataque contra un centro de detención de inmigrantes en ese país. O en los ataques contra embarcaciones de narcotraficantes en el mar Caribe. O por el ataque contra la escuela primaria Shajarah Tayyebeh en Irán.
Algunos de esos ataques bien podrían haberse calificado como crímenes de guerra. Otros son sin duda ejecuciones extrajudiciales —o, dicho de forma sencilla, asesinatos a sangre fría—. Esas muertes y tantas otras pueden atribuirse a Donald Trump y a su desprecio por las vidas de las personas de todo el planeta.
«Es asquerosamente sucio, repugnantemente sucio», dijo Trump sobre Somalia, pero, en realidad, esa es una descripción más acertada para el alma del país que exporta matanzas, año tras año, y está liderado por un hombre que se regodea en ello. «Es un lugar horrible», continuó diciendo sobre Somalia.
Y, una vez más, cada acusación suya debería considerarse también una confesión.
Foto de portada de Salah Darwish.