Jasper Craven, CounterPunch.org, 26 mayo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jasper Craven es un periodista de investigación que cubre temas relativos al ejército y a los veteranos estadounidenses, que es autor de un nuevo libro: God Forgives, Brothers Don’t: The Long March of Military Education and the Making of American Manhood. Sus trabajos aparecen en Harper’s, Politico, The Intercept, the Boston Globe y The New York Times. Es también miembro del Veterans Healthcare Policy Institute.
A principios de este año, el presidente Donald Trump consultó a sus altos mandos militares sobre la posibilidad de entrar en guerra con Irán. El general Dan Caine, presidente del Estado Mayor Conjunto, instó a la prudencia y predijo con clarividencia que una campaña intensificada contra Irán podría llevar a sus líderes a cerrar el estrecho de Ormuz. Sin embargo, Pete Hegseth, el autoproclamado «secretario de Guerra» de Trump, se mostró entusiasmado ante la perspectiva de tal conflicto.
«Pete, creo que fuiste el primero en alzar la voz», recordó Trump recientemente en una rueda de prensa. «Y dijiste: “Hagámoslo, porque no podemos permitir que tengan un arma nuclear”».
Los estadounidenses se alistan en el ejército por múltiples razones: para servir a su país, conseguir estabilidad económica o, simplemente, formar parte de una comunidad. Para Hegseth, la sed de victoria militar y el deseo de una metamorfosis masculina parecían superar todo lo demás.
Sin embargo, para gran disgusto de Hegseth, su carrera como oficial del Ejército se correspondió con una serie de campañas militares claramente fallidas. Tras graduarse en Princeton en 2003, fue destinado a dos escenarios militares condenados al fracaso —Afganistán e Iraq— y luego defendió sin descanso la ocupación por parte del Pentágono de partes de esos lugares en ensayos, discursos y, en última instancia, como presentador de fin de semana en Fox News. Aunque la retórica de Hegseth sobre esas guerras reflejó durante mucho tiempo los argumentos habituales de los republicanos —encubriendo el caos y la muerte en Oriente Medio y más allá con promesas de que las democracias estables estaban al alcance de la mano—, su celo indicaba algo más profundo: una desesperación por exprimir algún tipo de reconocimiento personal por su paso por el ejército.
«La tropa, e incluso algunos oficiales, han aceptado la gravedad de los fracasos de la guerra», me comentó Adam Weinstein, veterano del Cuerpo de Marines y subdirector de política de Oriente Medio en el Quincy Institute —un centro de estudios no partidista centrado en la paz y la diplomacia—, refiriéndose a Iraq y Afganistán. «Hay un profundo sentimiento de sacrificio y pérdida en vano. Y eso puede conducir a creencias fatalistas, puede conducir a la islamofobia. En su forma más sana, puede llevar a cuestionar los principios del intervencionismo y del establishment de la política exterior estadounidense».
Hegseth, por su parte, optó por evitar por completo cualquier ajuste de cuentas personal o geopolítico. Una vez que la Guerra Global contra el Terrorismo se volvió políticamente insostenible de defender, buscó excusas que no implicaran su propia carrera en el ejército. En lugar de centrarse en los fracasos tácticos o de inteligencia, su retórica dio un giro oscuro, cada vez más teñida de islamofobia, misoginia y una versión claramente tóxica de la masculinidad.
A medida que su perfil ganaba notoriedad, Hegseth argumentaba con cada vez más vehemencia que el Pentágono era débil de voluntad, insuficientemente letal y estaba invadido por líderes incompetentes y cobardes, muchos de ellos mujeres o pertenecientes a minorías que (a sus ojos) habían sido ascendidos injustamente. El remedio que proponía era tan directo y denso como su diagnóstico: Estados Unidos simplemente tenía que luchar con más fuerza en Oriente Medio hasta que la misión se cumpliera y se eliminara el «extremismo islámico». Como me comentó uno de sus antiguos compañeros de trabajo: «Nunca tuve la sensación de que quisiera abandonar Oriente Medio».
Le pregunté a Weinstein si, durante su propio despliegue en Afganistán en 2012, había percibido que la islamofobia bullía bajo la superficie. «Estaba justo en la superficie», respondió. «Pero ¿qué crees que decía la generación de la Segunda Guerra Mundial sobre los japoneses? La deshumanización es una consecuencia natural de la guerra».
De niño, mientras crecía en Minnesota, Hegseth parecía la versión perfecta del hombre estadounidense. Era religioso, atlético, elocuente y extraordinariamente guapo. Sin embargo, se avergonzaba de lo que él percibía como su debilidad. «De niño no me metía en peleas y rehuía la confrontación porque, francamente, me daba miedo», escribió en su libro de 2016 In the Arena, Good Citizens, a Great Republic, and How One Speech Can Reinvigorate America. En él, pasó a alabar a su padre, Brian, por su «integridad» y su «ética de trabajo escandinava», antes de manifestar un resentimiento apenas velado por no haber sido educado eficazmente en el arte masculino de la agresividad. «Mi padre era —y es— un hombre increíble», reflexionó, «pero la confrontación no es necesariamente su fuerte».
Hegseth pensó que el servicio militar le imbuiría de una masculinidad muy necesaria de la que antes carecía. También era su mejor vía para la movilidad social y el prestigio. Cuando llegó el momento de ir a la universidad, solicitó plaza en West Point, la academia militar más prestigiosa de Estados Unidos, y en Princeton, donde aspiraba a una beca del ROTC. Fue admitido en ambas universidades y se decantó por esta última, llegando a su frondoso campus de Nueva Jersey en 1999.
Al decidirse por Princeton, Hegseth emprendió un camino que guardaba un inquietante paralelismo con el de otro nativo de Minnesota de una época anterior, el novelista F. Scott Fitzgerald. Ambos eran muchachos de clase trabajadora que asistieron a Princeton, donde se rebelaron contra el elitismo al tiempo que ansiaban su reconocimiento. Ambos desarrollaron su estilo literario en el campus y luego se alistaron en el Ejército. Ambos también lucharon contra el alcohol y las mujeres, aunque Fitzgerald, a diferencia de Hegseth, era algo reflexivo sobre sus vicios. Inicialmente tituló su primera novela The Romantic Egotist (más tarde, This Side of Paradise). La novela seguía a un apuesto joven de clase media de Princeton cuya codicia y ambición social le impedían encontrar el amor verdadero. El propio Hegseth expresó una ambición similar en una entrevista de 2015: «Si quieres algo, vas a por ello: estás dispuesto a dormir un poco menos, a aguantar más, a soportar un poco de locura y a hacer cosas que no quieres hacer».
En un ensayo de 1927 sobre su alma máter, muy leído en su época, Fitzgerald afirmaba que los hombres de Princeton «se resienten de cualquier intento de análisis». Hegseth también hizo todo lo posible por hacer imposible tal análisis. En Princeton, se le consideraba un hombre de «muchas caras», que apoyaba abiertamente la guerra de Iraq y atacaba a los grupos feministas del campus (aunque, en momentos más tranquilos, mostraba capacidad para el matiz y la amabilidad).
Uno de sus antiguos profesores ha señalado que la imagen actual de Hegseth y la que tenía en Princeton «no encajan». Parte de esta incongruencia se debe a que su actitud militar engreída y belicosa durante la era Trump no se corresponde ni con su formación en la Ivy League ni con su historial de servicio real. Hegseth regresó de la guerra de Iraq con una Estrella de Bronce que, cabe destacar, le fue concedida «sin mención al valor». (Se trataba, en resumen, de una versión menor de la medalla que, según el Washington Post, se «concedió con cierta generosidad» durante los años de la Guerra contra el Terrorismo. Algunos soldados bromeaban diciendo que tal condecoración no era más que un «trofeo de participación» para oficiales necesitados).
La mención de la condecoración de Hegseth era, en efecto, seca y formulista, repleta de los grandilocuentes tópicos que utilizaba entonces la Casa Blanca para vender al público estadounidense la desastrosa guerra de Iraq. Afirmaba (en lo que, históricamente hablando, era una fantasía) que había «contribuido de manera inconmensurable al éxito de la construcción de una nación libre y democrática para los ciudadanos de Iraq».
En realidad, los supuestos héroes de la guerra de Hegseth no eran, por lo general, oficiales de la Guardia Nacional del Ejército con pedigrí como él, sino los Boinas Verdes y los Navy SEALs, que derribaban puertas y pateaban traseros. Esto se debía en gran parte a películas como American Sniper y La noche más oscura, que glorificaban sus contribuciones.
Tras regresar a casa, Hegseth se ganó la confianza de dichos operadores gracias a su labor de promoción en una serie de grupos de veteranos de creación artificial, entre ellos «Concerned Veterans of America» (respaldado por los multimillonarios hermanos Koch), que aboga por la privatización de la Administración de Veteranos. Como parte de sus funciones, en 2014 emprendió una gira por diez ciudades bajo el lema «Defend Freedom». En esos eventos actuó Madison Rising, considerada «la banda de rock más patriótica de Estados Unidos», y se escucharon discursos de héroes militares condecorados y de sus familiares.
En esa gira, Hegseth entabló relación con Karen Vaughn, una madre «Gold Star» cuyo hijo, Aaron, miembro del SEAL Team Six, había fallecido en Afganistán. Vaughn me dijo que apoya a Hegseth principalmente porque escucha a quienes han vivido el conflicto de cerca. «Sus amigos son las personas que lucharon en estas guerras», dijo. «No son las personas que se sentaban alrededor de manteles blancos de lino con copas de vino discutiendo sobre ellas».
Vaughn presentó más tarde a Hegseth a Eddie Gallagher, un SEAL que desencadenó un debate latente sobre las reglas de combate del ejército cuando fue acusado de matar a civiles y de apuñalar mortalmente a un prisionero herido. Hegseth utilizó el caso de Gallagher y de otros dos acusados de espantosos crímenes de guerra contra civiles en un intento de desplazar la ventana de Overton sobre lo que deberían considerarse normas aceptables de combate en tiempos de guerra. «Se trata de hombres que se adentraron en los lugares más peligrosos de la Tierra con la misión de defendernos y que tomaron decisiones difíciles en cuestión de segundos», afirmó con rotundidad. «No son criminales de guerra, son guerreros». Al final, el presidente Trump se mostró de acuerdo con él y revocó la degradación de Gallagher tras ser absuelto de los cargos más graves, al tiempo que indultó a otros soldados que habían sido condenados por crímenes de guerra.
Fue gracias a esta labor que Hegseth se ganó una gran credibilidad entre esa clase de combatientes de los de toda la vida y acabó encarnando el arquetipo esencial del soldado trumpista de este momento: blanco, hombre y temeroso de Dios.
El secretario de Guerra de la Cruz de Jerusalén
Según datos del Departamento de Defensa de 2019, aproximadamente el 70% de los miembros en servicio activo eran cristianos (y eso, sin duda, no ha cambiado en la era de Donald Trump). Son las personas que se parecen, hablan y rezan como Hegseth, las que también parecen más receptivas a oponerse a que las mujeres sirvan en puestos de combate y a favor de la retórica bélica islamófoba. «Si vamos a enviar a nuestros chicos a luchar —y deben ser chicos—», escribió en sus memorias, «tenemos que darles rienda suelta para que ganen. Estados Unidos necesita que sean los más despiadados».
Pero Estados Unidos ya había enviado a demasiados chicos a situaciones de peligro en guerras desastrosas y sus ciudadanos estaban agotados por el conflicto. En 2013, mientras la estrella de Hegseth estaba en ascenso, el 53% de los estadounidenses encuestados ya consideraba que la guerra de Iraq había sido un error. Ese mismo año, Hegseth viajó por primera vez a Jerusalén, donde, en un artículo escrito para la revista National Review, elogió «el sentido de propósito de Israel». A diferencia de otras naciones, observó Hegseth, Israel mantenía «la certeza constante de que la frágil paz de la que disfrutan y la propia nación sólo se preservan mediante una acción decidida, audaz y valiente».
Ahí había una nación capaz de calmar la insaciable sed de Hegseth por el dominio militar en el mundo árabe. Y, a diferencia de Estados Unidos, que buscaba justificaciones tecnocráticas para la guerra, Israel tenía la ventaja de enmarcarlo todo en términos bíblicos. «Siento envidia», concluyó Hegseth, «de la gravedad y la importancia de la tarea de los israelíes».
Visitó Israel en repetidas ocasiones en los años siguientes, algo que le ayudó a rejuvenecer su fe tanto en Dios como en la guerra. En Israel, Hegseth se reunió con figuras políticas conservadoras y soldados de las autodenominadas Fuerzas de Defensa de Israel; visitó búnkeres militares en la frontera norte del país; y recorrió Hebrón, una ciudad palestina de Cisjordania que Israel ha convertido en blanco de ataques y asentamientos. También produjo una serie de documentales proisraelíes rodados sobre el terreno para el servicio de streaming de Fox News, entre los que se incluyen «Battle in the Holy Land», «Battle in Bethlehem» y «Life of Jesus». Mientras rodaba uno de esos proyectos, vio por primera vez una cruz de Jerusalén, un símbolo que utilizaban antiguamente los cruzados medievales, y se la tatuó en el pecho «para demostrar que mi religión ocupa un lugar central en mi vida».
La piel de Hegseth acabaría ilustrando a la perfección su particular versión de la masculinidad cristiana hiperagresiva. Su collage de tatuajes incluye hoy una bandera estadounidense, un rifle de asalto y las palabras «Deus Vult» o «Dios lo quiere» —un lema de las Cruzadas que han adoptado los supremacistas blancos y que se vio en la mortífera marcha de 2017 en Charlottesville, Virginia. Hegseth también se tatuó la palabra «kafir», que significa «infiel» o «no creyente», en el bíceps derecho.
En 2016, había llegado a considerar que el éxito de Israel estaba inexorablemente ligado al de Estados Unidos. Aquel enero, cuando el presidente Barack Obama ratificó un acuerdo nuclear histórico con Irán, Hegseth vio una capitulación cobarde ante un país que, según argumentó entonces, «si pudiera, borraría del mapa tanto a Israel como a Estados Unidos». Durante una visita a Israel ese año, prometió ante una audiencia que Estados Unidos estaría siempre dispuesto a «unir fuerzas y escudos con todos vosotros en defensa de la libertad y la civilización occidental».
Es esta historia, más que cualquier otra cosa, la que ayuda a explicar la actual guerra de Estados Unidos con Irán. En el secretario de Guerra Hegseth, Estados Unidos cuenta ahora con un hombre con un deseo profundamente arraigado de venganza nacional, animado en gran medida por su mal disimulado sentimiento de vergüenza y su castración personal ante los fracasos absolutos de las guerras en las que luchó.
Se trata, por supuesto, de excusas profundamente endebles y egocéntricas para enviar una vez más a las tropas estadounidenses a una zona de peligro. No es de extrañar, pues, que se haya producido incluso una serie de rechazos públicos y deserciones por parte de figuras de la antigua Administración Trump, frustradas por el conflicto con Irán. El más destacado de ellos es Joe Kent, un exfuncionario de lucha contra el terrorismo de la administración Trump que dimitió de su cargo alegando que «no existe una amenaza inminente para nuestra nación» por parte de ese país. La directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, y el director de la CIA, John Ratcliffe, también han reconocido tácitamente que la guerra en Irán no se inició por un índice de amenaza real.
Como Hegseth ha dejado claro con sus palabras y sus actos, la última guerra estadounidense está impulsada en gran medida por factores emocionales, además de (como han demostrado los informes) una intensa presión por parte de Israel. Ahora que está al frente del Pentágono, y con una nueva oportunidad de golpear a Oriente Medio, ha abandonado toda pretensión institucional de compasión o cautela. «Les estamos dando una paliza mientras están caídos», declaró recientemente a los periodistas, «que es exactamente como debe ser». En la práctica, esto ha supuesto una brutal campaña de bombardeos en colaboración con Israel que ha tenido como objetivo, entre muchas otras cosas, una escuela primaria de niñas y petroleros en el estrecho de Ormuz, actos que, respectivamente, mataron a niños y contaminaron la región. Hegseth se comprometió también a no dar cuartel a los combatientes enemigos, en violación del derecho internacional.
Sin duda, confía en que la fe y la actitud machista basten por sí solas para garantizar el éxito. A falta de información de inteligencia concreta, ha seguido el ejemplo de Israel al inyectar religiosidad en todas las filas, y recientemente prometió en CBS News que «la providencia de nuestro Dios todopoderoso está ahí protegiendo a esas tropas, y estamos comprometidos con esta misión». Cuando se le preguntó directamente si consideraba este conflicto como uno religioso, Hegseth respondió: «Obviamente, estamos luchando contra fanáticos religiosos que buscan capacidad nuclear para provocar un Armagedón religioso».
Para reforzar ese ambiente, ha organizado servicios de oración en el Pentágono en los que han participado pastores nacionalistas cristianos fervientes y un cantante religioso ganador de un premio Grammy. Los vídeos promocionales de su departamento han mostrado versículos de la Biblia junto con imágenes militares. Los observadores afirmaron además que los mandos estadounidenses han aconsejado a las tropas que la guerra está cumpliendo las profecías bíblicas en torno al Armagedón. La fusión de Hegseth entre fuerza, religión y violencia quedó plasmada en un cartel que, según se afirma, se exhibió en una instalación militar estadounidense en los últimos días. En él aparecía Jesucristo disparando un proyectil de mortero.
El libro de Hegseth de 2024, The War on Warriors, esboza con más detalle su teoría para revitalizar el espíritu masculino del ejército, a menudo a través de aforismos a medias que cabrían en el parachoques de una Ford F-350. El libro está salpicado de relatos míticos, la mayoría de los cuales tienen como protagonista a Hegseth u otro hombre blanco agraviado. El ejército se ha vuelto tan retorcido y «progresista», escribe, que ha rebajado sus criterios para permitir que las mujeres participen en combate, al tiempo que expulsa a «buenos soldados por llevar tatuadas mujeres desnudas en los brazos». A juicio de Hegseth, por supuesto, las mujeres sólo deberían estar en primera línea si están desnudas y tatuadas.
Fuente de foto de portada: Wikipedia.