Yara Hawari y Tareq Baconi, Al-Shabaka, 26 mayo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Yara Hawari es codirectora de Al-Shabaka. Anteriormente fue investigadora y analista de la política palestina. Yara se doctoró en Política de Oriente Medio en la Universidad de Exeter, donde impartió diversos cursos de grado y continúa siendo investigadora honoraria. Además de su labor académica, centrada en estudios indígenas e historia oral, es una comentarista política habitual que escribe para diversos medios de comunicación, como The Guardian, Foreign Policy y Al Jazeera English.

Tareq Baconi preside el consejo de administración de Al-Shabaka. Fue becario de política estadounidense de Al-Shabaka entre 2016 y 2017. Tareq fue analista sénior de Israel/Palestina y Economía de los Conflictos en el International Crisis Group, con sede en Ramala, y es autor de Hamas Contained: The Rise and Pacification of Palestinian Resistance (Stanford University Press, 2018). Los escritos de Tareq han aparecido en la London Review of Books, la New York Review of Books yel Washington Post, entre otras publicaciones, y es un comentarista habitual en medios regionales e internacionales. Es editor de reseñas de libros del Journal of Palestine Studies.
Introducción
La población de todo el mundo está atravesando un momento de profunda crisis. El genocidio en curso en Gaza, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y el Líbano, las crisis energéticas y económicas resultantes y la erosión del orden jurídico internacional se desarrollan en paralelo a la fragmentación del sistema global liderado por Occidente. En conjunto, estas sacudidas convergentes están poniendo de manifiesto los límites de la hegemonía estadounidense, redefiniendo las posiciones estratégicas de los Estados árabes del Golfo y de China, e intensificando los debates sobre la multipolaridad, el realineamiento regional y la solidaridad Sur-Sur.
En esta mesa redonda, Yara Hawari y Tareq Baconi reflexionan sobre este punto muerto, destacando la centralidad de Palestina para comprender las transformaciones históricas que el mundo está presenciando hoy en día. Debaten sobre la quiebra del orden internacional liberal, la dinámica cambiante del poder imperial estadounidense-israelí en Asia Occidental y las formas en que Palestina ha emergido como un punto de convergencia a través del cual podría verse impulsado un orden global diferente.
(Esta mesa redonda es una adaptación de una sesión informativa impartida por Yara Hawari y Tareq Baconi en abril de 2026. Ha sido editada para su publicación)
¿Cómo se relaciona el momento actual con las historias más largas de violencia colonial e imperial?
Yara Hawari:
Este es un momento crucial de reflexión, no sólo para los países sometidos a la violencia colonial e imperial, sino para el mundo en su conjunto. Europa no es una isla. Cuando España se negó a permitir que Estados Unidos utilizara sus bases militares para lanzar ataques contra Irán, el presidente Donald Trump respondió diciendo que Estados Unidos podría utilizarlas de todos modos, lo que supuso una amenaza directa a la soberanía española. Creo que los gobiernos están empezando a comprender que ya no pueden descartar tales declaraciones como divagaciones erráticas de Trump, sino que deben reconocerlas como señales ominosas de lo que está por venir.
Sin embargo, aunque existe un esfuerzo para remodelar la política global, también debemos entender este momento no como una aberración en la historia de Estados Unidos, sino como una trayectoria predecible. De hecho, sucesivos gobiernos sentaron las bases, desde George W. Bush hasta Barack Obama y más allá.
Palestina se encuentra en el centro de esta dinámica. La descarada agresión de Estados Unidos e Israel contra la humanidad es, en muchos aspectos, la consecuencia de décadas de impunidad sin control. Los Estados occidentales han dado carta blanca al régimen israelí sobre los palestinos: se ha retransmitido en directo al mundo un genocidio mientras continúan las relaciones comerciales y se mantiene la cobertura diplomática. El coste de ese cálculo ha resultado ser mucho mayor de lo previsto.
Las consecuencias de esa impunidad ya no se limitan a los palestinos ni a la población del sur del Líbano. La gente corriente en Occidente se enfrenta ahora a una creciente crisis del coste de la vida porque los regímenes estadounidense e israelí —envalentonados por décadas de violencia impune contra los palestinos— decidieron iniciar una guerra con Irán. Ahora todo el mundo está pagando el precio de esa impunidad. La constancia y el alcance de esa impunidad, así como la profundidad de la complicidad occidental, son las variables que explican la trayectoria en la que nos encontramos ahora.
Tareq Baconi:
La guerra contra Irán revela algo crucial sobre las posiciones desde las que operan ahora los poderes de Estados Unidos e Israel. Estamos asistiendo a un resurgimiento de un lenguaje explícitamente imperial y colonial en la escena mundial: un presidente de EE. UU., cuya retórica refleja el lenguaje que el régimen israelí siempre ha empleado hacia los palestinos, respaldado por una fuerza militar y una agresión extraordinarias.
Pero esta agresión es un signo de declive, no de fuerza. Hoy en día, tanto la hegemonía estadounidense como el colonialismo de asentamientos israelí se están desarrollando mediante el uso excesivo de la fuerza, la violencia extrema y la escalada precisamente porque su legitimidad se está erosionando. Esto se ve claramente en el sionismo: en muchos sentidos, se encuentra en su momento de mayor debilidad histórica, y esa debilidad se manifiesta en forma de agresión, devastación y matanzas masivas. Comprender esta dinámica es esencial para entender el lugar que ocupa Palestina en estos cambios en el poder mundial. Es decir, un imperio alcanza su máximo nivel de violencia cuando aún conserva la capacidad de ejercer la fuerza, pero ha perdido la capacidad de mantener la legitimidad o la estabilidad.
¿Cómo debemos entender la relación entre Estados Unidos e Israel en este momento?
Tareq Baconi:
En cuanto a la cuestión de quién impulsa qué en la relación entre Estados Unidos e Israel, hay un punto concreto que destacar sobre la guerra con Irán: esta no es la guerra de Washington. Es la guerra del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, una guerra que ha estado impulsando durante años y para la que finalmente ha encontrado una puerta abierta con la administración Trump. Pero para entender cómo eso fue posible, tenemos que profundizar en la relación estructural entre los dos Estados.
Esa relación opera en dos niveles. El primero es ideológico. Tanto Estados Unidos como Israel son colonias de asentamientos de colonos; en otras palabras, Estados construidos sobre el exterminio masivo, el desplazamiento forzoso y la limpieza étnica, y sostenidos por una infraestructura racista y capitalista. Israel ha fascinado durante mucho tiempo a Estados Unidos porque ha logrado presentarse como una democracia mientras supervisa un sistema de apartheid. Y Estados Unidos fascina al régimen israelí porque representa, en el imaginario colonialista, un proyecto que «cumplió su cometido»: un Estado que despojó a su población indígena y luego asumió con éxito ese despojo como la base de la «democracia». Ninguna de esas historias es cierta: los pueblos indígenas de Palestina y la Isla de la Tortuga siguen resistiendo. Pero la narrativa colonialista es de victoria, y crea un profundo vínculo ideológico entre los regímenes coloniales. Si Israel fracasara como proyecto colonialista, ello equivaldría a una condena de los propios Estados Unidos.
El segundo nivel es geopolítico. El régimen israelí no es simplemente un aliado; es fundamental para el colonialismo de los Estados Unidos y para la proyección de su imperio a escala mundial. Permite a los Estados Unidos proyectar su fuerza imperial no sólo en toda la región, sino más allá de ella. Todo el discurso de la «relación especial», de la «ausencia de distancia» entre Washington y Tel Aviv y de los «valores compartidos» refleja no solo un sentimiento, sino, lo que es más importante, una necesidad estructural.
Lo que hace que esta guerra en curso sea particularmente reveladora es que también está poniendo al descubierto las fisuras dentro de esa relación. Al empujar a Estados Unidos a esta guerra con Irán, el régimen israelí está exacerbando las contradicciones que ya existen a nivel interno entre los estadounidenses. Cada vez más personas se preguntan si estos son realmente los valores compartidos que Estados Unidos afirma tener con el régimen israelí, y si las guerras interminables de este tipo benefician a los intereses de alguien. De hecho, la forma en que el régimen israelí sigue arrastrando a Estados Unidos a una violencia permanente no beneficia al pueblo estadounidense, y esto es algo que cada vez se hace más imposible de ignorar.
Yara Hawari:
Lo que ha quedado claro en los meses transcurridos desde que comenzó la guerra contra Irán es que Trump y su círculo más cercano no tienen un plan. Las conversaciones iniciales sobre mermar la capacidad de misiles iraní y eliminar el uranio enriquecido no llegaron a nada. Se planteó la posibilidad de un cambio de régimen y luego se desmintió. No existe una estrategia coherente por parte de Estados Unidos. Netanyahu, sin embargo, sí que tiene una, y muy clara. Estamos asistiendo al punto álgido de su visión del «Gran Israel», que no sólo consiste en la expansión territorial, sino también en consolidar a Israel como la potencia preeminente de la región.
Informes procedentes del interior de la Casa Blanca sugieren que Netanyahu propuso a Trump una guerra para provocar un cambio de régimen y que, a pesar de las graves divisiones internas, el presidente de EE. UU. acabó aceptando lo que le vendía el primer ministro israelí. Esto se debe en gran medida a un pequeño grupo de belicistas y sionistas acérrimos, entre los que se encuentran el senador Lindsey Graham y el secretario de la Guerra Pete Hegseth, que se han convertido en figuras centrales de la administración de Trump. Esto no quiere decir que Estados Unidos sea reacio a infligir violencia al mundo en otros ámbitos. Pero en la cuestión específica de la guerra con Irán, el consenso de larga data entre las agencias gubernamentales estadounidenses era que tal guerra sería catastrófica para Estados Unidos y para la economía mundial. Y tenían razón.
Sin embargo, debemos tener cuidado de no confundir esto con una sumisión de Estados Unidos ante Netanyahu —una narrativa que ahora está adoptando la extrema derecha antiisraelí en Estados Unidos—. Hacerlo sería ocultar la larga historia de intervencionismo violento de Estados Unidos en Asia Occidental y eximir a Washington de su propia responsabilidad en este momento.
Trump, por su parte, no es un hombre ideológico. No es sionista —desde luego, no en el sentido en que lo es, por ejemplo, el expresidente estadounidense Joe Biden—. De hecho, hay otras fuerzas en juego. Existe una dimensión transaccional: la multimillonaria israelí-estadounidense Miriam Adelson fue la mayor donante individual de la campaña de Trump para 2024, y tales megadonaciones conllevan expectativas. Existe la dimensión del ego: a Trump le vendieron la idea de que podría ser el presidente que finalmente derrocara al régimen iraní. Y, por último, está la dimensión del beneficio, quizás la más importante de todas: Trump está privatizando todos los aspectos de la gobernanza estadounidense, incluida la diplomacia, al servicio de la riqueza dinástica.
Trump sigue siendo impredecible, y los próximos meses encierran auténticas incógnitas. Lo que está claro es que algo ha cambiado dentro de una parte significativa de MAGA, el movimiento populista nacionalista de derechas organizado en torno a la agenda «America First» de Trump. Muchos dentro de su base creen ahora que los ha traicionado a favor de una potencia extranjera. Ese daño parece irreparable.
¿Cómo están reconfigurando la estrategia y el apoyo palestinos los cambios regionales y los ataques contra los aliados de Palestina?
Yara Hawari:
Los Estados árabes del Golfo se enfrentan ahora a un grave dilema. De esta guerra está surgiendo una fórmula probada y comprobada: si Irán es atacado por el régimen israelí o por Estados Unidos, la respuesta se dirigirá contra los Estados del Golfo, en su calidad de aliados de Estados Unidos y de anfitriones de sus instalaciones militares. Al mismo tiempo, Estados Unidos ha demostrado ser incapaz de garantizar la seguridad de dichos Estado, una premisa fundamental de la relación entre Estados Unidos y el Golfo. Como resultado, la credibilidad de Washington como poder hegemónico regional se ha visto gravemente mermada.
Por lo tanto, no es de extrañar que China esté emergiendo como un actor clave en la región. Cabe destacar que, en los últimos meses, los diplomáticos chinos han llevado a cabo una diplomacia intensa, aunque sutil, con los Estados del Golfo. La presencia de China en la región no es nueva; lleva años integrándose en ella a través de proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Por lo tanto, no supone un gran salto para Pekín proponer una visión multipolar de un orden regional orientado hacia su propio continente.
Este reajuste geopolítico es también significativo para el movimiento de liberación palestino, como lo demuestran los esfuerzos actuales por profundizar el compromiso con el Sur Global. Durante años, gran parte de la sociedad civil palestina y la organización de base se han centrado en Estados Unidos y Europa. Sin embargo, décadas de compromiso con los responsables políticos y periodistas occidentales no lograron producir el cambio estructural necesario para detener el genocidio. Darse cuenta de ello ha sido doloroso, pero también necesario.
Las preguntas que surgen ahora del diálogo con el Sur Global se centran en cómo construir un orden mundial genuinamente multipolar y cómo Palestina puede servir de punto de convergencia que impulse la materialización de ese orden. De hecho, el genocidio de Gaza ha puesto de manifiesto los límites de la arquitectura internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. La tarea urgente ahora es imaginar y construir lo que vendrá después.
Tareq Baconi:
Si nos fijamos específicamente en el movimiento nacional palestino y la lucha de liberación, está claro que nos encontramos en un periodo muy delicado. Aparte de esa breve época en los años sesenta y setenta, cuando la revolución palestina mantenía un diálogo activo con otros movimientos anticolonialistas globales, la diplomacia palestina se ha orientado casi por completo hacia Occidente. Ha estado marcada por el lenguaje del universalismo liberal y por la fe en las instituciones de gobernanza internacional lideradas por Occidente. Esa orientación ha influido profundamente en la forma en que los palestinos han llevado a cabo su lucha.
Ahora comprendemos que esos sistemas liberales occidentales han fracasado. Muchos de nosotros lo hemos defendido durante mucho tiempo, pero el genocidio en Gaza lo ha hecho innegable. La difícil realidad es que los palestinos y sus aliados en todo el Sur Global aún no han construido la infraestructura necesaria para superar esa dependencia. Para ello es necesario ir más allá de una aceptación implícita de la hegemonía occidental, el imperio y el colonialismo, y avanzar hacia una realidad diferente: una en la que los sistemas de gobernanza internacional puedan proteger realmente la vida humana sin racismo ni dominación imperial. No se trata de una transición sencilla.
Pero también creo que este momento presenta una oportunidad extraordinaria, una que saca a Palestina de su estado de excepción. Cuando hablamos de remodelar la región o de construir alianzas más profundas en todo el Sur Global, muchos actores tienen un interés particular en enfrentarse al régimen israelí. La violencia colonial israelí no se ha detenido en Gaza; sus tácticas ya se están exportando a Siria, el Líbano e Irán, y la lógica expansionista va más allá del presente hacia otros lugares en el futuro.
El debate más amplio que debe tener lugar ahora es el siguiente: a medida que el imperio estadounidense retrocede y los sistemas existentes de gobernanza internacional se tambalean, ¿qué alternativa puede construir el Sur Global? Palestina es fundamental en ese debate.
¿A qué debemos estar atentos en los próximos meses y qué necesita el movimiento de liberación palestino para afrontar lo que se avecina?
Yara Hawari:
Me vienen varias cosas a la mente. Lo más urgente es que el régimen israelí hará un esfuerzo concentrado por terminar lo que empezó en Gaza y en el resto de Palestina. Hasta ahora, el genocidio ha tenido pocas consecuencias y, según los cálculos de Netanyahu, este es el momento oportuno para completar el proyecto.
Las próximas elecciones israelíes no cambiarán esto. Las encuestas muestran sistemáticamente que las políticas del régimen cuentan con el apoyo mayoritario de los ciudadanos judíos israelíes. Cualquier cambio de gobierno reflejará el cansancio con Netanyahu, no con la guerra ni con la limpieza étnica de los palestinos. Por lo tanto, es esencial que la atención siga centrada en Palestina, especialmente en Gaza, donde el genocidio no ha terminado, sino que ha entrado en una nueva fase.
En segundo lugar, a la luz de los cambios geopolíticos en curso, el movimiento debe posicionarse a la vanguardia. Esto implica un compromiso sostenido con el Sur Global, incluyendo, y quizás de forma más urgente, a las personas mucho más cercanas a nosotros en toda la región. El genocidio ha puesto de manifiesto la profundidad de la opresión que sufren nuestros compañeros en toda Asia Occidental.
Por último, el movimiento debe mantenerse firme en sus principios y su ética, ya que ambos se pondrán a prueba a medida que siga creciendo. Es fundamental construir un movimiento de base amplia, pero no a costa de nuestras líneas rojas y nuestros valores fundamentales. Un ejemplo concreto es el debate que está surgiendo sobre cómo abordar las divisiones que se están abriendo dentro de MAGA y la extrema derecha estadounidense en torno a Israel. Esas divisiones son reales y pueden resultar útiles desde el punto de vista táctico. Pero cualquier acercamiento no debe comprometer los fundamentos progresistas del movimiento. Nuestro movimiento es grande, pero también frágil, y debe protegerse.
Tareq Baconi:
Más allá de la guerra inmediata y del genocidio en curso —que exigen nuestra atención constante—, hay varios acontecimientos que merece la pena seguir de cerca.
A nivel regional, una cuestión crítica es si Irán podría obtener una ventaja estratégica tras esta guerra. Esto determinará si el régimen israelí puede alcanzar la hegemonía militar regional que persigue. El éxito con el que Irán gestione este momento y lo que consiga al final marcará todo el cálculo regional.
Igual de importante es cómo respondan los Estados del Golfo y qué lecciones extraigan. El marco que precedió a esta guerra —el dominio militar estadounidense respaldado por la hegemonía israelí, los Acuerdos de Abraham y la alineación del autoritarismo del Golfo con el imperialismo estadounidense e israelí— se ha derrumbado de hecho. La forma en que los Estados del Golfo se reposicionen tras la guerra, y el papel que desempeñen China y Rusia en ese reposicionamiento, serán determinantes.
Turquía es otra variable clave. Está claro que Turquía se encuentra en el punto de mira del régimen israelí; neutralizarla forma parte de lo que requeriría la hegemonía regional del régimen sionista. Su posición en la constelación regional emergente tendrá una importancia enorme.
Dentro de la propia Palestina, el panorama es alarmante. El régimen israelí está ampliando y acelerando su colonización de Gaza y Cisjordania mediante una violencia espantosa. La llamada «Línea Amarilla» en Gaza ha sido declarada unilateralmente como nueva frontera. La amenaza de limpieza étnica se cierne sobre Cisjordania. En toda la Palestina histórica, el proyecto del Gran Israel se está consolidando activamente, incluso mientras se recurre al discurso de la reconstrucción, el alto el fuego y el retorno a la normalidad para ocultarlo. Esta expansión se extiende también a Siria y el Líbano, donde se está llevando a cabo una política de asentamientos de tierra quemada.
En última instancia, los palestinos deben resistir la presión para volver a un statu quo anterior a la guerra genocida disfrazado de progreso. Lo que ocurrió el 7 de octubre fue someter la totalidad del proyecto colonialista sionista en Palestina a un nivel de escrutinio sin precedentes. Los palestinos deben aferrarse a esa oportunidad e insistir en que lo que este momento exige no es un alto el fuego que normalice el genocidio y la limpieza étnica, sino la descolonización total.