Las afirmaciones israelíes sobre una «amenaza» iraní fueron siempre una mentira y ahora tenemos pruebas

Jonathan Cook, Middle East Eye, 30 mayo 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net

¿Podría ser que el discurso que Israel ha mantenido durante treinta años sobre Irán —el mismo que convenció al presidente estadounidense Donald Trump para que emprendiera una guerra de agresión criminal y desastrosa— fuera siempre una ficción, una invención urdida en Tel Aviv?

Lejos de que Teherán represente un peligro existencial para Israel, como ha afirmado durante décadas el primer ministro Benjamin Netanyahu, ¿podría ser que el verdadero temor de Israel sea que un Irán más fuerte socavara su influencia única sobre Washington, amenazando su estatus como única potencia nuclear de la región —potencia sin supervisión alguna—?

¿Podría ser que gran parte del mundo se enfrentara a un colapso económico simplemente para que Israel pudiera seguir siendo el líder indiscutible de Oriente Medio, un Estado de apartheid que no rinde cuentas y que comete genocidio contra el pueblo palestino y lleva a cabo una limpieza étnica en el sur del Líbano?

La semana pasada obtuvimos una respuesta definitiva, cortesía del New York Times. Es un sí rotundo a todas estas preguntas.

El periódico informó de que Netanyahu no sólo vendió mal a Trump la idea de un rápido cambio de régimen en Irán tras una breve campaña de bombardeos de «conmoción y pavor». También identificó ante la Casa Blanca quién iba a sustituir al ayatolá Alí Jamenei, líder religioso supremo de Irán.

Sorprendentemente, según el Times, Netanyahu designó para el puesto al expresidente iraní Mahmud Ahmadineyad. El objetivo al inicio de la campaña aérea era que Israel eliminara a Jamenei y, a continuación, liberara a Ahmadineyad del arresto domiciliario atacando a los guardias que lo tenían recluido.

Se suponía, al parecer, que Ahmadineyad debía asaltar la ciudadela y hacerse con las llaves del palacio. Pero sólo el asesinato de Jamenei salió según lo previsto.

Se cree que Ahmadineyad, a quien, según se informa, se le había consultado previamente sobre el plan, resultó herido en el ataque israelí cerca de su domicilio. Se echó atrás, posiblemente sospechando que también le estaban tendiendo una trampa para asesinarlo, y pasó a la clandestinidad. Se desconoce su paradero actual y su estado de salud.

El hombre del saco definitivo

Ni los funcionarios estadounidenses ni los israelíes quisieron hacer comentarios al Times sobre el supuesto complot para un cambio de régimen, un plan que el periódico calificó de «audaz». Ese es el eufemismo de todos los eufemismos.

La idea de que Ahmadineyad contara con el apoyo popular, por no hablar de la autoridad religiosa y el poderío militar que lo respaldaban, para enfrentarse al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, la fuerza militar de élite de Irán responsable de proteger el régimen clerical, es una idea que no puede creerse nadie.

Que alguien en la Casa Blanca se tomara en serio este plan, por no hablar de que lo llevara a cabo, es una idea realmente asombrosa. Pero la hipótesis de que Ahmadineyad pudiera volver a tomar las riendas del poder en Irán es posiblemente la parte menos descabellada del plan.

Aunque es posible que los lectores más jóvenes no reconozcan el nombre de Ahmadineyad, todos los demás deberían hacerlo. Apareció en los titulares casi cada semana durante gran parte de sus ocho años de presidencia, que comenzaron en 2005. ¿Por qué? Porque Israel lo convirtió en el hombre del saco definitivo.

Tras el derrocamiento y la ejecución de Sadam Husein, en el vecino Iraq, en 2006, a raíz de la invasión ilegal por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña, se presentó a Ahmadineyad como la nueva amenaza implacable para la paz regional.

Las afirmaciones sobre Ahmadineyad dieron por primera vez un aire de verosimilitud al guion, ahora indiscutible, de Israel según el cual un Irán supuestamente fanático y desquiciado no dejaría piedra sin remover en su intento de destruir a Israel. Ahmadineyad, nos repetían una y otra vez, pretendía fabricar una bomba nuclear, incluso después de que Jamenei hubiera emitido un edicto religioso en 2003 que prohibía estrictamente su desarrollo.

En 2006, Ehud Olmert, entonces primer ministro israelí, advirtió al mundo de que Ahmadineyad era un «psicópata de la peor calaña», y añadió: «Habla como lo hizo Hitler en su época sobre el exterminio de toda la nación judía».

Olmert se hacía eco de una campaña alarmista dirigida por Netanyahu, entonces líder de la oposición israelí, según la cual era necesario atacar a Irán de inmediato para salvar a Israel y al mundo.

«Estamos en 1938 e Irán es Alemania», declaró Netanyahu en una reunión de líderes judíos estadounidenses celebrada ese mismo año. «E Irán se apresura a dotarse de bombas atómicas». Sobre Ahmadineyad, afirmó: «Creedle y detenedlo… Está preparando otro Holocausto para el Estado judío».

Bajo el mandato de Ahmadineyad, Irán supuestamente estaba empeñado en destruir Israel, convirtiéndolo en un gigantesco Auschwitz. También en 2006, Netanyahu declaró en la Radio del Ejército israelí: «Israel sería sin duda la primera parada en la gira de destrucción de Irán».

Ahmadineyad estaba tan desquiciado, dijo Netanyahu, que no se detendría ante la erradicación de Israel: «Irán está desarrollando misiles balísticos que alcanzarían Estados Unidos, y ahora preparan misiles con un alcance suficiente para cubrir toda Europa».

«Intención genocida»

Poco tiempo después, la campaña de alarmismo de Israel alcanzó su punto álgido en Londres.

Netanyahu dijo a los miembros del Parlamento británico que Ahmadineyad debía ser llevado urgentemente ante la Corte Penal Internacional —el tribunal de crímenes de guerra de La Haya— por su «visión mesiánica y apocalíptica del mundo».

Ironía de ironías, Netanyahu —quien veinte años después es un fugitivo de ese mismo tribunal, acusado de crímenes contra la humanidad por matar de hambre al pueblo de Gaza— hizo hincapié en la supuesta intención genocida de Ahmadineyad hacia Israel.

«En la década de 1930, tampoco nadie creía que Hitler fuera capaz de pasar a la acción porque no hablaba explícitamente de exterminar al pueblo judío», dijo Netanyahu a los diputados británicos. «Por el contrario, el presidente iraní anuncia públicamente sus intenciones y nadie intenta detenerlo».

Michael Gove, un exministro del Gobierno conservador que presidió la reunión, se mostró totalmente de acuerdo, haciendo caso omiso de un dato desconcertante: que miles de judíos han vivido en Irán durante siglos.

Gove afirmó ante los asistentes que «la retórica de Ahmadineyad es más que preocupante, equivale a una incitación al genocidio».

La preocupación de Gove por el genocidio no se ha extendido posteriormente a Gaza. Ha denunciado repetidamente a cualquiera, incluidos expertos jurídicos y estudiosos del Holocausto, que haya señalado el genocidio de Israel allí.

En medio de la matanza masiva en Gaza, Gove llegó incluso a pedir que el ejército israelí recibiera el Premio Nobel de la Paz.

Humo y espejos

Hace dos décadas, el mensaje de Netanyahu era claro: Ahmadineyad era tan rabiosamente antisemita que merecía ser comparado con Hitler.

Ahmadineyad estaba tan ansioso por llevar a cabo un programa de armas nucleares que estaba dispuesto a desafiar al líder religioso supremo del país. Era tan inestable mentalmente que estaba dispuesto a utilizar esas armas para exterminar a Israel, a pesar de que tal medida garantizaría un contraataque nuclear de represalia contra su propio país.

No olvidemos que Ahmadineyad tenía fama de llevar a cabo represiones tan despiadadas contra sus oponentes políticos que Amnistía Internacional señaló en 2014 que su mandato había «sentenciado a muerte la libertad académica en Irán».

Sin embargo, dos décadas después, según se ha informado, Netanyahu considera ahora que Ahmadineyad es la persona más indicada para dirigir Irán; la persona por la que valía la pena acabar con Jamenei, el dirigente con más influencia en Irán que se oponía al programa nuclear.

El New York Times informa de que, en los últimos años, existían fuertes sospechas dentro de Irán de que Israel, Gran Bretaña y Estados Unidos estaban estrechando lazos con Ahmadineyad y su entorno, sospechas que ahora parecen confirmarse con el aparente plan de cambio de régimen de Israel.

El periódico informa además de que Ahmadineyad había viajado recientemente tanto a Guatemala como a Hungría, países con vínculos muy estrechos con Israel.

¿Tiene todo esto algún sentido? Y, sin embargo, para los medios occidentales, el hecho de que Netanyahu defendiera a Ahmadineyad como el salvador de Irán, y que la Administración estadounidense se sumara de todo corazón a esta idea, no es más que «sorprendente».

En realidad, esto echa por tierra toda la narrativa de Israel sobre Irán. Es un recordatorio revelador de la enorme brecha que existe entre lo que se nos ha contado sobre Irán durante décadas y lo que realmente ha estado ocurriendo.

La imagen y la realidad no se parecen en casi nada. Todo esto ha sido humo y espejos.

«Borrado del mapa»

En mi libro de 2008 Israel and the Clash of Civilisations, señalé que nada de lo que Israel nos contaba sobre su rival en Oriente Medio podía aceptarse sin más, y menos aún la afirmación de Israel de que Ahmadineyad era un «nuevo Hitler» que odiaba a los judíos.

Muchas de las afirmaciones difundidas hace veinte años por Israel sobre la intención genocida de Ahmadineyad se derivaban de una traducción errónea de un discurso en el que el líder iraní había citado al difunto ayatolá Ruhollah Jomeini, quien lideró la Revolución Islámica de 1979.

Según los políticos y los medios de comunicación occidentales, Ahmadineyad había pedido que Israel fuera «borrado del mapa», lo que se interpretó ampliamente como una ambición de lanzar un ataque nuclear contra Israel.

En realidad, Ahmadineyad había estado repitiendo la observación de Jomeini de que Israel no podía sobrevivir indefinidamente como Estado ilegítimo supremacista judío que oprimía a otro pueblo. Señalaba que los días de Israel como Estado racista estaban contados, al igual que lo habían estado los del apartheid sudafricano.

El sentimiento que subyace a la declaración de Jomeini debería resultar mucho más claro en las circunstancias actuales, cuando es Israel, y no Irán, el que se ha dedicado a borrar a personas del mapa —en Gaza y en el sur del Líbano—.

Del mismo modo, Israel y sus aliados occidentales armaron un gran revuelo en 2006 cuando Ahmadineyad convocó en Teherán lo que se tergiversó ampliamente como una conferencia de «negación del Holocausto». De hecho, Ahmadineyad había organizado lo que pretendía ser una maniobra provocativa —y, para algunos, ofensiva— para cuestionar los tabúes occidentales sobre Israel y poner de relieve la hipocresía de Occidente hacia los musulmanes.

El argumento de Ahmadineyad era doble: en primer lugar, si los musulmanes no tienen derecho a que los occidentales respeten sus creencias y sensibilidades —como quedó patente en el «asunto de las caricaturas danesas» de 2005 y en la defensa de la «libertad de expresión» para presentar caricaturas del profeta Mahoma—, ¿por qué deberían los occidentales esperar que sus propias sensibilidades sobre Israel y el Holocausto quedaran exentas de cuestionamiento?

También quería analizar la creencia occidental de que otros, el pueblo palestino, deben pagar un alto precio, incluyendo décadas de despojo y abuso, por los crímenes de Occidente contra los judíos de Europa.

Espectáculo de horror

La desinformación sobre Irán debería haber sido demasiado evidente ya en 2006, si se hubiera informado adecuadamente de ella; al igual que debería serlo ahora, dos décadas después, si los periodistas occidentales hicieran su trabajo en lugar de actuar como taquígrafos de Israel y la Casa Blanca.

Las mentiras, ahora como entonces, sirven al mismo fin: justificar el aplastamiento de Irán —entonces mediante sanciones, más tarde añadiendo bombardeos ilegales— para que pueda protegerse el derecho de Israel a pisotear las vidas de las personas de toda la región sin consecuencias.

Irán, que ahora se niega a soltar su garra sobre el estrecho de Ormuz y el suministro mundial de petróleo, exige que el precio incluya el fin del respaldo estadounidense al espectáculo de horror dirigido por Israel en Oriente Medio.

Como un niño malcriado, Trump se está revolviendo, mientras saca provecho de la volatilidad de los mercados petroleros, intentando imponer las viejas reglas, cuando los términos del enfrentamiento ya no están bajo su control exclusivo.

Su última pataleta —urdida tanto en Tel Aviv como en Washington— consiste en obligar a la mayoría de los Estados árabes, incluidos los vecinos de Irán en el Golfo, a firmar los llamados Acuerdos de Abraham con Israel. Esto se presenta como el marco de un «acuerdo de paz» regional en el que participa Irán. En realidad, es todo lo contrario.

Los acuerdos están diseñados para consolidar la posición de Israel como líder indiscutible de Oriente Medio, subordinando los intereses de los Estados árabes a los de Israel y, de ese modo, aislando a Irán en la región y dejando al pueblo palestino y al Líbano a merced de un Israel genocida.

Se trata de otra estafa, como la «Junta de Paz» de Trump, que disfraza la agresión criminal y el genocidio de EE. UU. e Israel como un proceso de paz.

Lo que los últimos 20 años de mentiras y engaños han tratado de ocultar es un simple hecho: no es Teherán quien está liderado por megalómanos desquiciados y genocidas que amenazan la seguridad de la región y del mundo. Son Tel Aviv y Washington.

Desde que ambos lanzaron su guerra criminal de agresión contra Irán hace tres meses, Teherán ha mostrado moderación, ha actuado con cautela y ha demostrado su voluntad de negociar de buena fe. Lástima que no haya adultos responsables al otro lado con quienes pueda llegar a un acuerdo.

Foto de portada: El expresidente iraní Mahmud Ahmadineyad es fotografiado en Teherán el 2 de junio de 2024 (Atta Kenare/AFP).

Voces del Mundo

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